Memoria de Mikel Zabalza

Curioso ganapán, el de delegado o delegada del Gobierno español en las taifas peninsulares del café aguado para todos. Miren la que acaba de liar la que ejerce en Madrid a cuenta de la estelada. Del virrey en la demarcación autonómica de Vasconia, Suecencia Urquijo, qué les voy a contar; como aquel viejo eslogan del cupón de la ONCE: cada día, un numerito. Y no pierde comba en el concurso de hacer la gapuchipez más gorda la titular de la prefectura patria en el cachito foral, Carmen Alba.

“Ya estoy acostumbrada a que me reprueben y pidan mi dimisión”, se refocilaba hace unos días la que lleva como apellido cierto ducado de infame recuerdo. Razón no le falta, a ella plin, así que, sin dejar de sumarme a la inútil petición de que se las pire de una vez, le muestro mi gratitud en estas líneas. Sí, lo que leen: gratitud. Su infinita torpeza —seguramente malvada, por demás— al relacionar con ETA a Mikel Zabalza en el tristemente célebre requirimiento para que se borrase la pintada de Aoiz contra la tortura ha servido para sacar del olvido uno de los más truculentos crímenes cometidos en las cloacas del Estado español.

Invito a los lectores más jóvenes a documentarse sobre el caso. Más de 30 años después, los mismos que berrean sobre la asunción del daño causado y nos dan lecciones de memoria, siguen sin tener los bemoles de reconocer como víctima a un inocente al que sacaron de su casa de madrugada, lo llevaron a Itxaurrondo para inflarlo a hostias, y apareció 20 días más tarde en una zona del río Bidasoa que ya se había rastreado. ¿Cómo era la cantinela de la verdad, la justicia y la reparación?

Fernández amenaza

Tricornio Basque Tour 2013. A Fernández, el ministro de la triste figura y la lengua inquieta, lo han mandado a las bárbaras tierras norteñas en comisión de servicio. Lunes en el cuartel de la Guardia Civil de Leitza y martes en Intxaurrondo. Entre esos muros que han amortiguado tantos gritos desesperados, testigos o más bien cómplices de ciento y un episodios de la violencia que no cabe en la versión oficial, el jefe de la porra hispana arengó a la tropa verdeoliva. Una palmadita en el lomo a los penúltimos de Sidi Ifni, que necesitaban escuchar que allá en la metrópoli los tienen en sus pensamientos, que siguen siendo su anacronía predilecta, y que así será por siempre jamás, digan lo que digan las habladurías.

Desconozco cómo sonarían sus palabras desde dentro. Desde fuera, el eco era de ultratumba, de no-do o, como poco, de telediario de Urdaci, definitivamente divorciadas del día que señala el calendario. La amenaza, a estas alturas, de la ilegalización inminente, con la metáfora de un supuesto contador de ofensas que, una vez colmado, tendría su traslado a los señores de las togas para que procedieran en consecuencia. Como en los buenos tiempos. Solo que esos, así haya muchas ganas, no volverán. Han pasado dos o tres docenas de cosas que hacen impensable la marcha atrás, y Fernández es el primero que lo sabe, o el segundo, después de superior jerárquico, el Tancredo de Moncloa.

Otro asunto es que no quieran darse por enterados y prefieran seguir con el lenguaje y las actitudes añejas, pecado del que no tienen el monopolio, por cierto. En muchos aspectos, no les va mal por el momento. Todavía mantienen y ejercen draconianamente su capacidad de bloqueo, su contumaz negativa a moverse un solo milímetro. No es poca cosa, pero es casi lo único que les queda. El resto es pólvora mojada, pura farfulla de aluvión, como las amenazas extemporáneas del ministro en su gira por los cuarteles.