¡Al rico sapo!

Pues no, petulante y encantadísimo de conocerse señor vicepresidente del gobierno del Reino de España, lo del error que no volverá a ocurrir no cuela. Comprende uno que en su meteórico viraje de amenazar con la guillotina a rendir cortesana pleitesía a la borbonada haya querido adornarse con un homenaje al Campechano, pero su acto de contrición tras haber votado en contra de la publicación de la hoja de servicio del matarife Billy el Niño no va a evitar el autorretrato de la acción inicial. Usted, yo y el que le saca el polvo a su mesa de caoba sabemos que de no haber mediado el torrente de indignación por su traición a las víctimas del torturador (y en general, a cualquier persona con un gramo de decencia), no habría habido lugar a esa rectificación innecesariamente posturera.

Con qué clarividencia, maese Iglesias Turrión, advirtió a sus mansos conmilitones de que venía un tiempo de tragar sapos. Va camino de récord de ingesta de batracios en menos de un mes de gabinete compartido. Estuvo fina hace unos días, porque le conoce de largo y de ancho, su levantisca compañera Teresa Rodríguez al recordarle unas palabras de Sabino Cuadra: una cosa es tener que tragar sapos y otra decir que nos gustan los sapos. Y ahí enlazamos, no tanto con usted como con su patulea de lamelibranquios que antes de que saliera a dar marcha atrás, se dedicaron a la jabonosa justificación de lo injustificable. Sostiene Iñaki Galdos, de quien he tomado prestado el apunte anterior, que los pelotas andarán deseando ser tragados por la tierra, pero yo me permito dudarlo.

Un saludo final, por cierto, a su progresista socio, que no rectificará.

Las purgas de Pablo

Fíjense que con todo lo crítico que me he mostrado con Podemos, siempre había opinado que la identificación de la formación morada con el estalinismo era una caricatura grosera. Para mi sorpresa —solo relativa, tampoco exageremos—, es el propio mandarín en jefe de la cosa quien parece empeñado en retratarse como la versión vallecana del padrecito. Miren si no, cómo siguiendo la macabra broma clásica, le ha hecho la autocrítica a su número tres, Sergio Pascual. Con alevosía, nocturnidad y, cómo no, el sambenito de rigor, es decir, la acusación de haber perpetrado una gestión deficiente que ha resultado perjudicial para la (santa) causa. Abundando en el paralelismo con los usos y costumbres del bigotón, como recordó ayer Oskar Matute en Euskadi Hoy de Onda Vasca, el ahora laminado fue enviado como comisario a la campaña electoral andaluza para marcar a Teresa Rodríguez, sospechosa de desviada de la ortodoxia pablista. Igual que en lo más crudo del invierno soviético de don José, los mayores evangelizadores acabaron fusilados por traición, prácticamente sin excepciones, Pascual ha sido el purgador purgado.

En el inventario de parecidos razonables, se puede citar la alucinógena carta de Iglesias en la que proclama que cuando se trata de “defender la belleza” —les juro que esa es la expresión— no caben “corrientes o facciones que compitan por el control de los aparatos”, telita. Con todo, la mayor de las semejanzas con el infausto régimen es el atronador silencio de los corderos. Y aun peor —ya lo verán en las respuestas a esta misma columna—, el bilioso ataque a quien ponga en solfa tal proceder.