Irene Montero se retrata

Cantemos con música de La cabra mecánica: Sororidad, qué bonito nombre tienes… Los del plan antiguo que no sepan qué diablos quiere decir el palabro pueden recurrir al clásico sobre quienes presumen de lo que carecen. Y si quieren ponerle rostro, ninguno como el la ministra española de Igualdad, Irene María Montero Gil. La de veces que habremos visto a la doña de Galapagar dar la caca sobre la necesaria solidaridad elevada al cubo entre mujeres —ese es el significado de la arriba mentada sororidad— o llamando a sus compañeras de sexo a la denuncia de los micro, maxi y megamachismos, ¿verdad?

Pues vaya con la señora, que ante la jugarreta de sus conmilitones para expulsar a la disidente de Podemos Teresa Rodríguez de su grupo parlamentario en Andalucía aprovechando que estaba de baja por maternidad, ha espetado que la política no se para por esas cosas y que ella ha tenido dos embarazos y dos partos y ahí ha seguido, como decía el bajito de Ferrol, al pie del cañón. Imposible no recordar a otra pregonadora de consignas requetemoradas que no son de aplicación propia, la tal Leticia Dolera, que despidió a una actriz de la serie que dirigía porque se había quedado embarazada. Y lo más desazonador de todo, aunque ya no sea sorpresa, es el silencio cómplice de las abanderadas de la ortodoxia de género.

Silenciada, sí

Encajo sin un ápice de asombro, con más cansancio que enojo incluso, la torrentera de bilis que me ha llovido por haber señalado una obviedad: la agresión sexual de Zarautz fue silenciada durante seis meses porque su autor pertenecía a un entorno político determinado. No, ni rezumo odio a la izquierda abertzale, ni en mi calidad de esbirro de Sabin Etxea estoy haciendo la campaña a mis amados amos, ni ninguna de las soplagaiteces de aluvión que me han vomitado encima los que, como el ladrón, piensan que todos son de su condición. Individuos e individuas, además, que en este caso dejan a la vista hasta el último poro de su inmensa hipocresía. Ni se dan cuenta de que están justificando un hecho indigno. O quizá sí.

Pero ya dejé anotado que no me sorprendía. Conozco el paño. He visto decenas de veces cómo los monopolizadores del feminismo silbaban a la vía ante agresiones sexistas lacerantes solo porque no convenía dar cuartos al pregonero. ¡Cuántas miradas al otro lado! Y para que no falte de nada, el parapeto en la víctima. Se alega que el retraso ha sido para “respetar sus tiempos”. Como si en este medio año no se hubiera podido actuar sobre el agresor preservando la intimidad de la agredida. Qué bien lo resume un comentarista de mi blog: han actuado como la Iglesia en los casos de pederastia.

Un gobierno a la greña

Entre drama y drama, sigue uno casi con jolgorio la comedieta bufa de la bronca nada sorda que se traen los dos socios del gobierno español. Como a la fuerza ahorcan y la alternativa es la que es, no parece ni de lejos que el intercambio de bofetadas vaya a producir que el pacto estalle a corto plazo, pero da toda la impresión de que el espectáculo continuará en bucle, provocando momentos de hilaridad entreverada de sofoco.

Se me dirá que estas fricciones son absolutamente normales en un ejecutivo de dos o más colores y, efectivamente, cabe citar ejemplos muy cercanos —los gabinetes de la demarcación autonómica y la foral— donde vuelan las cargas de profundidad y hay morros para desayunar con frecuencia. Pero no recuerdo yo que en estos casos se haya llegado a los niveles de falta de respeto, inquina indisimulada y deslealtad abierta que vemos en la gresca entre PSOE y Unidas Podemos. No es ni medio normal que un vicepresidente acuse de machista frustrado a un compañero de banco azul, como ha hecho Iglesias con el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Y menos, que el insultador profesional Echenique haya acudido a ayudar a su jefe en la paliza dialéctica con un regüeldo todavía mayor.

Pero de lo suyo gastan. Leo que el vituperado Campo, después de haber filtrado la colección de membrilleces de la ministra Montero en la Ley de Libertad Sexual, ha bajado la testuz y se apunta a un pelillos a la mar por el bien de la causa. Sin duda, Redondovich, el capataz del patrón Sánchez le ha recordado las normas de la casa de la sidra resumidas en el viejo pero vigente axioma de Guerra: el que se mueve no sale en la foto.

Cambiemos las leyes ya

Miren por dónde, el protagonista del 25 de noviembre que acabamos de dejar atrás ha sido ese tipejo siniestro que atiende por Javier Ortega Smith. Resulta imposible no sentir náuseas al presenciar su comportamiento cobarde y brutalmente suficiente ante una víctima de malos tratos que le cantaba las verdades del barquero en el acto del ayuntamiento de Madrid. Ni fue capaz de sostenerle la mirada el muy cagarro humano. Antes y después, el fulano se había vuelto a permitir la chulería insultante de negar la violencia machista, una conducta que en una sociedad medio decente debería implicar bastante más que el destilado de mala sangre y bilis hirviente. ¿La ilegalización de la formación política que cobija a semejante sembrador de odio y a tantos como él? Jamás pensé que escribiría algo como esto, pero mi respuesta es rotundamente afirmativa.

Dado que eso no ocurrirá —me temo—, quizá proceda convertir nuestro cabreo en una actitud de provecho. Debemos conjurarnos para que los miles de Ortegas Smith que hay repartidos por el censo sientan nuestro aliento en el cogote y tomen conciencia de que su justificación (o, directamente, su práctica) de la violencia hacia las mujeres no les va a salir gratis. Y eso, siento decirlo por enésima vez, no se hace solamente con encendidas proclamas, repeticiones sistemáticas de topicazos, concentraciones para el telediario ni campañas resultonas. Tampoco, como demuestran los datos sobre la extrema juventud de muchos maltratadores y depredadores, con la martingala de la educación en valores. Hay que cambiar, por descontando, de mentalidad, pero especialmente de leyes. Es urgente.

Una huelga justa

El primer efecto de la convocatoria de huelga de las futbolistas profesionales ha sido poner en evidencia el gigantesco machismo que anida en las sentinas del llamado deporte rey. Bastó el anuncio para que saltaran como resortes los cromañones rezumantes de testosterona rancia a farfullar sus cagüentales resumibles en una idea, por nombrarla de alguna manera: encima de que las dejamos jugar, se quejan. Es verdad que, por desgracia, no es nada que no hubiéramos escuchado antes. El matiz diferenciador es que esos comentarios caspurientos han saltado de corrillos y barras de bar a los discursos públicos.

Yo diría que solo eso es un triunfo de la movilización porque implica delimitar el tortuoso terreno en que se va a disputar este pulso que, me temo, va a ser duro. Vamos, que este partido se va a jugar en campo contrario. Para ganarlo —o siquiera, para aspirar a empatarlo— intuyo que serán necesarias grandes dosis de realismo. Espero no pinchar el globo, o sea, el balón, si anoto que tampoco van a servir de mucho los discursos del ejército bienqueda habitual. Si de verdad se toma en serio la reivindicación, de poco servirán el voluntarismo o las parraplas demagógicas que también han hecho su aparición en el debate. Puede que miremos a las directivas de los equipos en primer lugar, porque a ellas corresponde satisfacer las demandas, pero quien de verdad está concernida es la afición. Tras los pasos muy positivos que se han dado en poco tiempo, habrá que conquistar la siguiente playa. Eso empieza por la disposición a seguir la liga femenina por interés en el fútbol en sí mismo y no porque es moda o porque mola.

Femimachismo

Nada por aquí, nada por allá… et voilá! ¡El gran prestidigitador Pedro Sánchez saca de su chistera sin fondo nada menos que 370 medidas para aplicar —implementar, gusta decir ahora— si algún decenio de estos deja de estar en funciones! Si el pomposo anuncio viniera inspirado por algo diferente a la pirotecnia desvergonzadamente preelectoral, cabría ponderar con la seriedad debida lo bueno de algunas de las propuestas, incluso obviando la cobardía de pasar de puntillas por cuestiones nucleares como la territorial. Pero como ya hemos renovado un porrón de veces el carné de identidad y hace tiempo que perdimos el vicio de chuparnos el dedo, no se nos escapa que todos esos castillos en el aire no son más que un puñado de giliprogreces.

Casi cada una merecería un comentario de texto, pero me van a permitir que me centre en la que en mi humilde opinión, es perfecto resumen y corolario del resto. Item más, me temo que es el retrato a escala del femimachismo que nos asola. Hablo de la promesa de hacer que el primer curso de las carreras técnico-científicas sea gratuito para las mujeres, supuestamente para combatir la actual escasa presencia femenina en esas titulaciones.

Aquí es donde le cedo la palabra a la reconocida química y divulgadora Deborah García Bello, que, de saque, hablaba de una medida “condescendiente, paternalista, sexista, machista e injusta”. Y después de una retahíla de collejas extraordinariamente repartidas, remataba: “No quiero que me digan qué debo estudiar. No quiero que me digan qué es lo mejor para mí, como si por ser mujer no lo supiese. Quiero que me dejen ejercer mi libertad”. Amén.

El linchamiento de Goenaga

Así están los tiempos. Después de nueve años salseando en Twitter, siempre para bien, Bárbara Goenaga se rinde. Anuncia que lo deja porque ya no traga con ser pimpampúm facilón de las toneladas de imbéciles ventajistas que aprovechan la impunidad que da la red —demasiadas veces desde el anonimato— para verter su mierda sobre personas populares. Es una lucha brutalmente desigual en la que a la celebridad le toca callar, pues una respuesta a la altura de la ofensa sería tenida por muestra de prepotencia y falta de capacidad de encajar.

Esta vez, sin embargo, no ha sido un anónimo cobarde quien ha expulsado a la actriz del patio del pajarito. La orden de desalojo la firmaba una reputada activista del neofeminismo ejercido en régimen de monopolio y sin derecho a réplica; me muerdo la lengua para no ser más explícito en la definición. Ocurrió que, haciendo uso de su libertad, Goenaga opinó no importa qué sobre qué más da cuál, cuando la aludida líneas arriba se le echó al cuello. Que vale, que muy bien, pero que siendo pareja de quien es —Borja Sémper, supongo que no necesitan que se lo aclare—, no colaba porque el tipo milita en un partido que esto y que lo otro. En vano trató Bárbara de explicar que ella era ella y el señor con el que comparte su vida, otro diferente, y que no necesariamente coincidían en sus visiones de las cosas. La habitual escuadra de linchamiento llegó en tropel para afearle sus gustos en materia de hombres y condenarla por desempoderada a la hoguera de la sumisión al heteropatriarcado. Ni los curas preconciliares llegaron tan lejos. Pero lo peor es el silencio de tanto ¡y tanta! progre.