Deporte alevín

Le agradezco al cielo que a mi hijo no le guste el fútbol más allá de lo justo para dar un par de patadas a la pelota con sus amigos en la plaza donde se juntan. Ídem de lienzo con el resto de los deportes, que sin serle del todo ajenos, tampoco le suscitan gran interés. Me libro, de saque, de intempestivos madrugones de sábado y de viajes a casacristo. Pero especialmente, quedo exento de probarme como energúmeno a pie de cancha. ¿Quién me dice que en mi interior no habita uno de esos tipejos que echa espumarajos desde la banda al árbitro, a los rivales, a la propia criatura o al resto de los progenitores?

No lo pregunto por preguntar. En la media docena de ocasiones en que, por diferentes circunstancias, mis huesos han acabado en el escenario de una competición deportiva infantil, he asistido a los más sorprendentes fenómenos. Hombres y mujeres aparentemente razonables, de esos que te saludan con una sonrisa en el descansillo, pidiendo entradas al tobillo o pisotones con los ojos inyectados en sangre, bramando que arrieritos somos o, directamente, agarrando de la pechera al padre de otro chiquillo.

También he visto a un crío de ocho años hundido porque el entrenador de un equipo de barrio le llama maula o nenaza a cada rato y le insta sin tapujos a buscarse otras aficiones. O a ese mismo entrenador riéndole las gracias a su jugador gallito cuando se comporta como un matón con sus compañeros menos dotados. No negaré que igualmente he visto actitudes bastantes más sanas, pero haciendo el balance, me temo que, como acabamos de comprobar, en el deporte alevín prima la hijoputez sobre la bondad.

Oda al esfuerzo

En una de las columnas que dediqué a la lotería del informe PISA, especialmente en lo que tocaba al morrazo de los escolares de la CAV, menté la necesidad de reflexionar sobre el esfuerzo. Lo hice a sabiendas de que ahora mismo es lo que Pablo Iglesias denominaría “significante perdedor”. Vamos, que quien lo enarbole como valor no solo no se comerá un colín, sino que resultará sospechoso de pertenecer al fascio y/o la reacción.

Ciertamente, en los ambientes donde se desenvuelve la ortodoxia bienpensante el concepto tiene una pésima fama. Se asocia —muchas veces con buena intención, pero en general, por postureo gandul— a la vetusta máxima “La letra con sangre entra”. No negaré que quede por ahí algún residuo de la (literalmente) rancia escuela que equipare esforzarse con recibir una mano de hostias, pero la vaina no por ahí. Y tampoco por el del sacrificio pseudopurificador ni cualquiera de las formas del masoquismo.

Es una cuestión bastante más simple, diría incluso que primaria y, desde luego, ajena al sufrimiento por el sufrimiento. Se trata, sin más y sin menos, de comprender que para conseguir cualquier cosa hay una cantidad razonable de trabajo que debe hacerse. Es verdad que hay afortunados de cuna a quienes los favores y los logros les caen del cielo. A los demás, que somos la mayoría, nos toca currárnoslo. Tenerlo claro es, de entrada, una buena vacuna contra la intolerancia a la frustración que muestran cada vez más congéneres que lo han tenido todo demasiado fácil. Pero el beneficio no se queda solamente ahí. También es una forma de dar sentido a aquello por lo que nos hemos esforzado.

Odiada amada Europa

Resultan enternecedoras las conmemoraciones y/o celebraciones [táchese lo que no proceda] del Día de Europa. Igual las abiertamente encomiásticas que las biliosas sin matices. Incluso las pretendidamente escépticas, como esta que están ustedes leyendo. Les confieso, de hecho, que mi idea era sacar el zurriago y unirme a las fuerzas del apocalipsis de boquilla que se pegaron toda la jornada echando pestes de la cosa. Cambié de idea escuchando al sabio Juanjo Álvarez en Euskadi Hoy de Onda Vasca. Tras glosar las mil y una fallas de la actual Unión, sin pasar por alto las decididamente sangrantes, nos pidió a los presentes que reflexionáramos en los costes de la no Europa. Y concluyó: “Estaríamos mucho peor. Me quedo con nuestro modelo, que está hecho jirones por muchas cosas, pero que merece la pena defenderlo desde un pesimismo constructivo”.

Quizá esa sea la actitud. Me sumo a ella desde una visión diferente a la de Juanjo. Mientras él sostiene —y argumentos no le faltan, lo reconozco— que el proyecto nació del idealismo y de las convicciones éticas, yo más bien tengo la impresión de que el impulso inicial de la alianza de estados fue principalmente económica. Añado que ese espíritu se ha mantenido a lo largo de estas casi siete décadas y que durante la mayor parte de ellas ha sido compatible con el desarrollo y la promoción de unos mínimos valores morales. Sin embargo, tras la carrera de ampliaciones sucesivas sin ton ni son y la creación de un entramado burocrático diabólico y, para colmo, ineficaz, el dinero se ha quedado al mando en solitario. Que eso cambie será cuestión de la ciudadanía.

‘Nuestra’ culpa

Desconozco los plazos de expedición al paraíso musulmán, pero si la efectividad es pareja a la de los métodos de los santurrones para el matarile, a esta hora es probable que los hermanos asesinos (seguro que en progresí hay un término menos rudo) de Bruselas anden retozando con las huríes a todo trapo. Entre polvo y polvo, Khalid puede guiñar un ojo a Ibrahim, y viceversa, con la satisfacción del sangriento deber cumplido y, de propina, el despendole de comprobar que su matanza es justificada —uy, perdón; contextualizada quería decir— con denuedo por lo más granando del pensamiento avanzado europeo.

Algún día alguien subvencionará una investigación sobre la paradoja que supone que los más comecuras y requetelaicos a este lado del Volga sean también los más encendidos defensores de una teocracia reaccionaria y criminal. Y ya para nota con doble tirabuzón, que además sean los campeones mundiales de la culpa judeocristiana y acaben echándose a la chepa la responsabilidad única de cualquier injusticia. Me corrijo: si bien usan frenéticamente la primera persona del plural, también han conseguido el prodigio gramatical de librarse de la parte chunga de ese Nosotros. Así, cuando braman que la masacre de la capital belga es el justiprecio de “las guerras que hemos provocado en su territorio”, la respuesta al “modo inhumano en que tratamos a los refugiados” o, por no extenderme, la contrapartida por “el trato cruel que damos al pueblo palestino”, se refieren a todos menos ellos y ellas. Claro que es todavía peor que de verdad piensen que merecemos ser eliminados uno a uno. Salvo sus mendas, faltaría más.

Ponernos a la tarea

La revolución eternamente pendiente es la de las actitudes individuales. He ahí el corolario de las últimas columnas que les he disparado a bocajarro para cabreo, seguramente justificado, de quienes ya tienen bastante con su cruz para que les venga un Pepito Grillo de buena mañana a echarles vinagre en la herida. Bien hubiera querido iluminarles el día con tiroliros preñados de optimismo o, en su defecto, con unas hostias dialécticas bien dadas a cualquiera de los peleles de ocasión. Como ya sabrán, soy genéticamente incapaz de lo primero, y aunque tengo cierta maña demostrada en lo segundo, de vez en cuando el estómago moral me pide algo más nutritivo para no tener la impresión de chapotear siempre en la superficie de este charco llamado actualidad.

Lo que he intentado transmitirles —con desigual acierto, a juzgar por algunas reacciones— es que no siempre los demás son los culpables de todo lo que nos pasa. Y no, tampoco me voy al extremo autoflagelante y masoquista de cargar sobre nuestras espaldas el hundimiento del Titanic, la muerte de Manolete o los cuelgues de Windows. Ni tanto ni tan calvo. Solo digo que al simplificar la realidad entre los que la hacen y los que la padecen y, sobre todo, al censarnos entre estos últimos, estamos renunciando a nuestra capacidad para hacer que las cosas cambien.

No hablo de un revolcón a escala planetaria en diez minutos, diez días o diez semanas. Me refiero a pequeños pero firmes pasitos en nuestro entorno inmediato. Echar una mano al de enfrente en lugar de venirnos arriba discurseando sobre la injusticia universal. Dejar de consumir aquello que sabemos a ciencia cierta que ha sido producido por medios nada éticos. Mandar al cuerno a los que viven como Dios de la venta de milagrosas alternativas de humo. Sustituir o, como poco, complementar la queja y la excusa ritual por cuestionarnos si podemos hacer algo. Y si es que sí, ponernos a la tarea.

Mentir como programa

Se dice mucho que esta crisis, además de ser económica, también es de valores. Cuando lo escuchaba, me parecía que era una de tantas frases resultonas pero vacías. Sin embargo, después de asistir al bochornoso comportamiento de la camarilla López en el asunto del agujero en sus arcas y la petición desesperada de sopitas al PNV, no tengo más remedio que concluir que es cierto lo que sostiene la letanía. De hecho, ahora mismo esa ausencia estratosférica de unos mínimos de decencia en Nueva Lakua me parece mucho más preocupante que el pedazo de pufo en el que nos ha metido una gestión tan inepta como malvada.

Extiendo la consideración a todos los cómplices de la fechoría, como Basagoiti, que sabiendo lo que hay (es decir, lo que ya no hay en la caja), invierte la carga de la prueba y se lía a estacazos, empeñado en mirar el dedo y no la luna. Mención deshonrosa especial para los grupos mediáticos de cabecera (el que pagamos todos directamente y el que pagamos en un buen trozo indirectamente), que han pasado olímpicamente del boquete en las finanzas para convertir en noticia la disquisición semántica. Resulta que la miga está en que Urkullu dijo “quiebra” y Egibar lo dejó en “situación delicada”. Ya se sabe, la eterna bronca interna jeltzale, según los amanuenses. Hay que joderse.

Fuera de concurso, Rodolfo Ares, que sale hecho una hidra desde Sevilla y olé a desmentir categóricamente la llamada… ¡que hizo él mismo! Que alguien rastree el diccionario en busca de una palabra para calificar ese comportamiento, porque a mi se me han agotado todas. Monta la escenita, consigue que el cándido presidente del EBB se lance al rescate para recibir una tarascada a lo Pepe de Idoia Mendia, y cuando se desvela el pastel, pone cara de yonofuí y hasta se ofende por la duda. Otra mentira para la colección. Mientras, estamos cada vez más cerca del despeñadero económico. Pero a quién le importa.