Hijoputismo social

Fue hace ya unos días y ha habido por medio una petición de disculpas a la remanguillé, pero no consigo que se me pase el sulfuro provocado por [Enlace roto.], presidenta del Círculo de Empresarios e integrante de una familia de rancio abolengo que floreció especialmente en el franquismo. Esto último hace más hirientes sus babeos: una espécimen humanoide que le debe todo lo que es a la cuna en que la evacuaron tiene las santas pelotas de proclamar que los jóvenes sin formación no sirven para nada. Podrán decirme que [Enlace roto.], pero aparte de que no cuela, lo verdaderamente grave no está en la expresión concreta sino en la ponzoña general que late bajo un discurso que es, sin matices, el del hijoputismo social. A los que nacieron para martillo, viene a decirnos la tipeja, les caen del cielo los clavos y su única opción es joderse y bailar al ritmo de quien ha comprado a precio de ganga —ella propugna que sea aun menos— su fuerza de trabajo.

Bien saben quienes me leen de antiguo que no soy de los que divide el mundo en malvados e insaciables explotadores y cuitados explotados indefensos. Aunque de lo uno y de lo otro, haberlos, haylos, conozco la amplísima gama de grises entre ambos extremos y mi progresismo (o similar) no se resiente por no comulgar con la caricatura empresarial al uso. Echo en falta, eso sí, un desmarque rotundo cuando —y ocurre con harta frecuencia— uno de sus representes oficiales u oficiosos regüeldan una melonada lacerante como la de esta individua que tan bien hubiera lucido en las novelas de Dickens.

Juventud a prueba de informes

Independientemente de lo que ponga en la casilla “fecha de nacimiento” de nuestros carnés, todos pertenecemos a una camada de la que alguna vez se dijo que era la peor que habían conocido los tiempos y que caminaba hacia el desastre sin remisión. Estoy seguro de que entre los moradores de Ekain o Santimamiñe ya se daba eso que unos miles de años después sería llamado “conflicto generacional”, que no es otra cosa que un sarampión que, como la propia juventud, se cura con el paso de los años.

Casi todas las rebeldías sin causa de la Historia han devenido, siquiera sin ser conscientes de haber claudicado, en barriguitas prominentes, patas de gallo, resignado pago de impuestos y facturas y, como corolario, la convicción cascarrabias de que los que nos han sacado de la pista de baile están hechos de una pasta de peor calidad que la nuestra. No puedo evitar reírme por lo bajini cuando veo a los campeones mundiales de las gaupasas de los ochenta repitiendo desvelo, sólo que en pijama, a la espera de que vuelvan sus churumbeles adolescentes. Luego, claro, pienso en la edad que tiene mi hijo y en que pronto me va a tocar a mi, y se me congela la sonrisa.

Trabajos de “investigación”

El único cambio que veo en este eterno retorno -ley de vida, se decía antes- es que de un tiempo a esta parte pretendemos tener cartografiados a los cachorros de la tribu. No pasa un mes sin que aparezca un nuevo estudio, informe o similar sobre lo que bulle en esas cabecitas que sospechamos huecas. Sus conclusiones dan para titulares apañados -”los jóvenes de hoy son así o asá”-, pero casi todos tienen los mismos pecados originales. Por una parte, están hechos por tipos ya talluditos y, por tanto, biológicamente incapacitados para interpretar el código fuente. Por otra, se basan en encuestas a las que la chavalería responde con ánimo de choteo, de exageración o, directamente, de ocultación; a tus quince años, a buenas horas le vas a entregar voluntariamente a un pureta (lo sé, palabra en desuso) el plano de tu tesoro.

Pongamos, pues, en cuarentena los resultados de estos trabajos de campo. El penúltimo, avalado por el Departamento de Empleo y Acción social del Gobierno vasco, lleva por enunciado [Enlace roto.]. Tras ese paternalista punto de partida, concluye que la mocedad de este trozo del país -la CAV- vive obsesionada con su imagen, se aburre un congo estudiando y se chutan en vena bollería industrial. O sea, como la de todos los lugares en todas las épocas. Tremendo hallazgo.