Amanciofilia y Amanciofobia

El Parlamento Vasco agradeció ayer a la Fundación Amancio Ortega la donación a la sanidad pública de una carísima maquinaria para el tratamiento del cáncer. Son esas cuestiones que entretienen a los representantes de la ciudadanía sin que el común de los mortales se entere. Puro politiqueo del tres al cuarto. A ver si soy capaz de hacerme entender. Todo partió de una proposición no de ley (o sea, de un brindis al sol) de la excrecencia PP-Ciudadanos, que venía a reclamar que se cantaran mil aleluyas al gran benefactor de Arteixo por su inmarcesible generosidad. Con buen criterio, la mayoría de gobierno PNV-PSE neutralizó la babosona iniciativa con una enmienda en la que se saludaba el gesto del megamillonario al tiempo que se instaba al Ejecutivo a “seguir mejorando y modernizando las instalaciones y equipos sanitarios”.

En efecto, una obviedad como la copa de un abedul. Pero la cosa no va de contenido sino de forma. Por un lado, había que desactivar la provocación demagógica de la derecha españolista que pretendía postrarse de hinojos ante el donante y por otro, había que plantarse frente al populacherismo barato de la contraparte progre que, cumpliendo el guion, entró al trapo con el comodín de la limosna y la supuesta tibieza fiscal que se dispensa a Ortega. Lo que no supieron ni quisieron aclarar los portavoces de EH Bildu y Elkarrekin Podemos es si procedía devolver los aparatos y, en consecuencia, perjudicar a los centenares de enfermos de cáncer cuyo tratamiento mejorará gracias al equipamiento donado. Ojala algún día encontremos el término medio entre la Amanciofilia desmedida y la Amanciofobia de aluvión.

Luces de navidad: yo estoy a favor

Creo que es sobradamente conocido que a este humilde picateclas la navidad se la trae bastante al pairo. Es verdad que ya no me provoca quemaduras de tercer grado en mi alma negra, pero solo armado de un estoicismo cultivado a fuerza de renovaciones del carné de identidad, soy capaz de soportar las melosamente llamadas fechas entrañables. Que cada vez se prolongan más, por cierto: mes y medio hace desde que colocaron las baldas de los turrones y los mantecados en los supermercados y cuatro desde que se venden décimos o participaciones de la lotería del soniquete taladrante.

Y también hace ya unos días (o estamos en ello) de los encendidos de la iluminación navideña en nuestros pueblos y capitales. No hace falta decir que, con o sin pandemia, de un tiempo a esta parte se ha instalado una suerte de competición por tener un alumbrado más voltaico, más literalmente deslumbrante y, si se puede, más molón que el de los vecinos, con la incorporación de elementos de los de ¡oh, ah, uh! Seguro que hay mucho de ombliguismo paleto en la pelea a codazos para destacar en el número de bombillas o en lo original de los diseños, que en realidad, tiende a cero porque no pasamos de la estrellita, la velita o el arbolito. Sin embargo, no me pillarán en primera línea de diatriba en esta cuestión. Tengo asumido que hay una docena de buenos motivos para poner las luces y tratar, valga el juego de palabras, de que luzcan. Está la bendita y necesaria parte económica, porque va bien para los pequeños comercios, pero sobre todo, está lo más primario. A miles de mis congéneres las luces les suben el ánimo. No hay más que hablar.

Demagogias eléctricas

De los deseos a la realidad hay un buen trecho. A mí también me gustaría, como a todos, meter en cintura a las todopoderosas y abusonas compañías eléctricas. La cuestión es cómo y con qué consecuencias. Cuando el atribulado Gobierno español puesto entre la espada y la pared anunció su intención de dar un bocado a los beneficios de los emporios que nos suministran la luz, no me fue difícil imaginar el siguiente capítulo. Y creo que a nadie, porque es lo que vienen haciendo los proveedores de servicios básicos cada vez que se encuentran con una disminución de las ganancias. Simplemente, trasladan el mordisco a los consumidores. En un mercado medianamente libre, los sufridos paganos buscarían una oferta mejor. En este caso no hay tutía. Da lo mismo a quién le paguemos el recibo. Nos la clavan igual porque estamos cautivos.

Con todo, esta vez los taimados semimonopolios han hilado más fino. En lugar de endiñar el zurriagazo a los particulares que ya van ahogados de sobra, lo han hecho sobre las empresas. El hostión ha sido tan espectacular, que algunas de las firmas industriales más potentes han tenido que parar la producción. Imaginen cómo lo estarán pasando las más pequeñas. La moraleja, por más que nos pese, es que lo del cacareado hachazo no fue tan buena idea. Al final, el remedio es peor que la enfermedad y en el cómputo global salimos palmando mucho más. Bueno, no todos. Hay quien gana porque nunca pierde. ¿Las eléctricas? Ellas, claro, y a su lado, los demagogos que piarán a dos carrillos contra el tarifazo y contra la pérdida de empleo de las empresas que no pueden pagar la factura.

Son solo negocios

No termina de entrarnos en la cabeza. Los negocios no saben de romanticismos ni de sentimentalismos. Tampoco de demagogia facilona. ¿O acaso los que prometieron, allá a quinientos y pico kilómetros, que iban salvar La Naval la salvaron? Por supuesto que no. Su bravata quedó apuntada, como tantas otras, en la barra de hielo. En la jungla de la empresa y las finanzas querer no necesariamente es poder.

Escribo todo esto, como estarán imaginando, a cuenta de la sorpresiva absorción de Euskaltel por parte de MásMóvil. Nos pongamos como nos pongamos, una vez que la compañía madrileña con una pequeña pata testimonial en Donostia tomó la decisión de hacerse con nuestra emblemática teleco naranja, solo había dos formas: por las regulares o por las malas. En el segundo caso, la operación habría respondido a los usos y costumbres habituales. Sin miramientos, todo habría marchado a Alcobendas, sede principal de la compradora.

Así que, aunque lo ocurrido no haya sido lo más deseable, creo que podemos darnos un canto en los dientes. La OPA amistosa garantiza el arraigo y el empleo tanto directo como indirecto durante cinco años. Conociendo algo la trayectoria de MásMóvil, es razonable pensar que se cuidará mucho de mantener la marca y la presencia social que ha hecho de Euskaltel algo más que una empresa.

Diario del covid-19 (20)

Se comprende la necesidad de buenas noticias, pero no puedo evitar que me resulte obsceno celebrar una porrada de muertos y otra de contagios bajo el argumento de que es la menor cifra desde no sé cuándo. Soy el primero en mirar con ansiedad los datos cada mañana buscando una señal, pero creo que no está de más una gota de contención. Las grandes derrotas se cimentan demasiadas veces en levantar los brazos prematuramente.

¿Que el bicho me está haciendo más cascarrabias de lo que ya era? No lo niego. Y anoten otra muestra de acidez gástrica y mental: tampoco entiendo el milagro a punto de obrarse de la multiplicación de los panes y los peces, o sea, de las mascarillas y los test rápidos. En cuanto a los preciadísimos tapabocas, y al margen de los vaivenes sobre su efectividad real o no, ya quisiera uno saber cómo se las va a maravillar el gobierno español para obligar a su uso, como dice que estudia hacer, cuando, simplemente, es imposible conseguir una.

Claro que aun es más alucinógeno lo de las pruebas. Hasta hoy, ni siquiera se las practican a sanitarios que han tenido contacto estrecho con pacientes o compañeros que han dado positivo. Sin embargo, de repente nos anuncian que se las van a hacer a todo quisque, y de modo especial, a las personas asintomáticas. Estoy deseando verlo.

De aquí al 5 de abril

Si la vida es eterna en cinco minutos, cómo de larga será en la semana escasa que ha pasado desde que saltara la liebre del adelanto electoral en la demarcación autonómica hasta su confirmación ayer a las cuatro de la tarde. Quedan como asuntos del pleistoceno la primera miguita de pan lanzada por el portavoz del Gobierno y las especulaciones de aluvión en que nos enredamos. La lección es que el escenario puede cambiar bajo nuestros pies como los más avispados consultores y lectores de posos de café no son capaces de vislumbrar. Miren Zaldibar, sin ir más lejos, o sea, más cerca. Cuidado con pensar que se gana sin bajar del autobús o sin mancharse la pernera del pantalón. Seremos un pueblo emocionalmente austero, pero los sentimientos cuentan. Vaya que si cuentan.

Por lo demás, si ha de ser el 5 de abril, sea. Como he leído ya no recuerdo a quién, cuanto antes, mejor. Si de algo estamos hasta la mismísima sobaquera por estas laltitudes es de climas preelectorales infinitos, con broncas de a duro, demagogias hediondas y desvergonzados ejercicios de cuantopeormejorismo. De hecho, cuento los días que quedan hasta la fecha en que hemos sido convocados a las urnas, y me siento acechado por una pereza estratosférica. Se nos viene encima toda la caterva de señoritingos de bolsillo holgado, autoinvestidos de portavoces de los que están a dos velas, a predicarnos que vivimos en un paisaje lunar irrespirable. Advierto desde ya que no será la mejor de las ideas tratar de contrarrestar esos embistes y esos embustes a base de pincel rosa y baño de almíbar. Hay que ganarse cada voto de uno en uno. Hasta el último cuenta.

¿No votar?

La mejor aliada de los irresponsables políticos que nos han llevado a la repetición electoral del 10 de noviembre es la desmemoria de la mayoría de los que votamos. Y hago precio de amigo, porque tal vez sería más atinado hablar de la indolencia, de la dejadez o, más en llano, de la pachorra del personal. Quiero yo ver en el momento de contar las papeletas en qué queda toda esa indignación sulfúrica que se exhibe en barras de bar, colas de carnicerías y no digamos en Twitter, Facebook y los tremebundos grupos de guasap.

¿De verdad alguien cree que la forma de castigar a unos tipos a los que se la refanfinfla todo es no presentarse ante las urnas el día de autos? Sin pensar en a quién le vendría de perlas y para quién sería el roto, ya habrán escuchado a esa mediocridad venida a mucho más que atiende por José Luis Ábalos. “No hay ningún miedo a la abstención”, se jacta el palafrenero de Sánchez ante cada alcachofa que le ponen delante, dejando claro que para él, su jefe y el iluminado que le susurra a su jefe, la ciudadanía es un rebaño de mansas ovejas. Lo triste es que los hechos pueden darles la razón.

En resumen, tengan cuidado con a quien votan, pero también con a quién no votan. Como apunté aquí mismo hace unos días, en nuestros terruños tenemos el pequeño consuelo de que hay, por lo menos, dos siglas a las que no podemos achacar esta inmensa tomadura de flequillo de la que hemos sido —¡y seguimos siendo!— víctimas. Cierto es también que con eso solo avanzaremos si los hados quieren, como ha ocurrido con cierta frecuencia, que estos escaños resulten determinantes para conseguir la mayoría buena. Así sea.