No tan deprisa

Con la necesidad perentoria que tenemos de echarnos al coleto medio gramo de esperanza, no quisiera ser yo quien viniera a pinchar el globo. Sin embargo, creo que haríamos bien en moderar las expectativas sobre la vacuna de Pfizer. Indudablemente, es fantástico todo lo que se nos ha contado sobre ella, pero en este instante es uno entre cientos de pájaros volando. Hay como dos docenas de circunstancias que podrían chafar el invento. E incluso aunque no se dieran tales vicisitudes —la enésima mutación indetectable del bicho mamón, por ejemplo— y los plazos se cumplieran, nada nos garantiza que el par de pinchacitos vayan a hacer que en la próxima primavera volvamos a nuestra vida anterior.

En resumen, que debemos vacunarnos también, por si acaso, contra el exceso de entusiasmo y de confianza. Lo vivido hasta ahora nos demuestra que en eso sí andamos fatal de anticuerpos. Esta segunda ola que nos está azotando es, en buena parte, hija de la facilidad para despreocuparnos y venirnos arriba. Bravo, pues, por lo que pueda ser que nos depare el futuro, pero vendamos la piel del oso solo cuando tengamos la certeza de haberlo cazado. Tiempo habrá de disfrutar la victoria como se merece y con quienes nos merecemos. Hasta ese día ojalá no muy lejano, hagamos acopio de prudencia y de paciencia, por favor.

Diario de la segunda ola (4)

Menudo papelón, el del presidente Sánchez, el ministro Illa y el bienquerido e intocable doctor Simón. El lunes prometían a todo trapo que para diciembre llegarían a Hispanistán tres millones de dosis de la vacuna de Oxford, y ni 24 horas después, los responsables de la investigación anunciaban la suspensión temporal de los trabajos ante un serio contratiempo: uno de los voluntarios había desarrollado una grave enfermedad que los científicos no sabían explicar. En ese punto, los titulares de aluvión proclamaban con estruendo la catástrofe y los mismos todólogos que el día anterior celebraron con vítores en mil y una tertulias el anuncio de los temerarios mandarines españoles corrieron a pontificar el tremendo desastre.

Por fortuna, no tardaron en aparecer quienes de verdad distinguen una probeta de una pastilla de Starlux para contarnos que lo ocurrido no era ningún drama. De hecho, según añadían la mayoría de los auténticos expertos, lo que podía resultar mosqueante es que hasta la fecha todo pareciera ir tan maravillosamente bien. Lo habitual en este tipo de investigaciones es que el camino esté trufado de adversidades, cuya paciente resolución será la garantía del funcionamiento deseado del producto final. La lección es bien sencilla: sobran las prisas y las ganas de colgarse medallas.

Diario del covid-19 (20)

Se comprende la necesidad de buenas noticias, pero no puedo evitar que me resulte obsceno celebrar una porrada de muertos y otra de contagios bajo el argumento de que es la menor cifra desde no sé cuándo. Soy el primero en mirar con ansiedad los datos cada mañana buscando una señal, pero creo que no está de más una gota de contención. Las grandes derrotas se cimentan demasiadas veces en levantar los brazos prematuramente.

¿Que el bicho me está haciendo más cascarrabias de lo que ya era? No lo niego. Y anoten otra muestra de acidez gástrica y mental: tampoco entiendo el milagro a punto de obrarse de la multiplicación de los panes y los peces, o sea, de las mascarillas y los test rápidos. En cuanto a los preciadísimos tapabocas, y al margen de los vaivenes sobre su efectividad real o no, ya quisiera uno saber cómo se las va a maravillar el gobierno español para obligar a su uso, como dice que estudia hacer, cuando, simplemente, es imposible conseguir una.

Claro que aun es más alucinógeno lo de las pruebas. Hasta hoy, ni siquiera se las practican a sanitarios que han tenido contacto estrecho con pacientes o compañeros que han dado positivo. Sin embargo, de repente nos anuncian que se las van a hacer a todo quisque, y de modo especial, a las personas asintomáticas. Estoy deseando verlo.