Diario del covid-19 (47)

Asisto con una ceja enarcada al debate sobre la vuelta a las aulas el próximo lunes de parte del alumnado de la demarcación autonómica. Como padre de uno de los chavales a los que les toca el regreso presencial, soy el primero no ya en comprender el recelo, sino en compartirlo. Por lo mismo, pero también porque tiendo a escuchar todos los argumentos antes de apostarme en la trinchera y disparar, me hago cargo de los muchos y diversos motivos por los que se considera inoportuna la medida. Hablo, insisto, de razonamientos, no de consignillas de a duro como esa letanía estomagante que ha hecho correr —con fortuna, reconozcámoslo— el equipo paramédico habitual: “Esto es para poder justificar las elecciones en julio, raca, raca, raca”.

Dejo para otro rato extenderme sobre esa mandanga que sirve para rotos y descosidos, y retomando la cuestión, anoto aquí lo que parece, más que una paradoja, una enorme contradicción o, incluso, una colosal muestra de hipocresía. Cualquiera que haya salido a la calle estos días en las franjas permitidas habrá sido testigo de la presencia masiva de cuadrillas de adolescentes de cuatro, seis, ocho y hasta quince integrantes haciendo exactamente lo mismo que antes de la pandemia. Y por tanto, arriesgándose a lo mismo por lo que no queremos que vuelvan a clase. ¿Entonces?

Imprudencia asesina

Causas aún desconocidas. Causas que se están investigando. Traduzcan en nueve de cada diez de los casos que realmente hay bastante poco que conocer o que investigar. Vamos, que dos y dos tienden a ser cuatro y, con sus excepciones, las cosas son lo que cabe imaginar. La navaja de Ockham, creo que le dicen en fino. Otro asunto es que por no cargar las tintas con las víctimas de una desgracia, incluso aunque haya sido autoprovocada, tiremos respetuosamente de la muletilla como quien corre un tupido velo.

Hablo de varias de las dolorosas noticias de los últimos días, y por no hacerme demasiado daño con las más cercanas, me centro en la que tuvo lugar el pasado sábado a 600 kilómetros. A la hora de escribir estas líneas, siete muertos —entre ellos, dos menores de edad— y quince heridos al ser arrollados por un coche que participaba en el rally de A Coruña. Espanta más que sorprende la brutal tozudez de quienes siguen sosteniendo a machamartillo y contra la macabra evidencia que era imposible que sucediera lo que sucedió. Y no es únicamente que nieguen la realidad.
Cualquiera que trate de argumentar echando mano de esquelas y partes médicos, será tildado de cuñado y de metete. Solo tienen derecho a opinar los doctos en motores, y si ellos dicen que la curva de una carretera de asfalto manifiestamente mejorable por donde pasan coches a toda leche es un sitio absolutamente seguro para ver la competición, el resto de los mortales asentimos sin rechistar. Pues no será mi caso. Estas siete vidas perdidas no debemos cargárselas a la fatalidad sino a la estúpida, prepotente y reiterada imprudencia.