¿Cuarta ola?

Mucho me temo que sobran los signos de interrogación en el encabezado. Los últimos números, da igual en Euskal Herria, el Estado o en el entorno europeo, apuntan exactamente por ahí. Cabe, como mucho, la bizantina discusión técnica: si es todavía la segunda ampliada o una tercera de nuevo cuño. Da igual. Basta mirar el gráfico. Desde que hace un año tuvimos que encerrarnos en casa hasta hoy, se ven claramente tres montañas y el inicio de una nueva cuesta arriba. Justo cuando nos las prometíamos felices recuperando (en el caso de la CAV) la movilidad entre los territorios y acariciando la posibilidad, una vez pasada la Semana Santa, de dar saltos mayores, volvemos a darnos de morros con la realidad.

Somos Sísifo subiendo una y otra vez por la pendiente con el pedrusco a cuestas. Y para que el chasco sea mayor, cuando empezábamos a pasar del trantrán en el ritmo de vacunación, se obliga a dejar en el congelador miles de dosis del suero de AstraZeneca sin que los mismos expertos sepan muy bien por qué. Será inevitable la caza del culpable. Unos dedos señalarán a la pachorra de la ciudadanía. Otros negarán la mayor y apuntarán a las autoridades por hacer y, ya puestos, por dejar de hacer. Este humilde tecleador no tiene moral para apuntarse a este o al otro bando. Bastante trabajo da seguir en pie.

Vayamos con tiento

¿Cuántas veces tenemos que desmorrarnos en la misma piedra para aprender algo? Infinitas, me temo. Perdonen, de nuevo, que ejerza de cenizo, pero se me ponen las rodillas temblonas al asistir al enésimo festival de triunfalismo ante la evidencia de que la tercera ola va cediendo. Es verdad que venimos de números terroríficos, pero las cifras actuales siguen siendo escandalosas. Están muy pero que muy lejos de los parámetros que permitirían pensar en algo que, aun así, sería remotamente parecido a nuestra vida anterior al desembarco del virus. Todo eso, sin dejar de lado la enorme e impía ligereza que supone anotar casi a beneficio de inventario los casi 5.000 fallecidos por covid —datos oficiales; los reales son más— que sumamos en el sur de Euskal Herria.

No. Por supuesto que no digo que no sea motivo de alivio ver cómo las gráficas confirman de día en día el camino descendente. Eso es tan esperanzador como la certificación de que las vacunas, incluso al ritmo seguramente muy mejorable que llevamos, empiezan a manifestarse efectivas; las curvas de contagios en las residencias, por ejemplo, han caído en picado. Soy el primero que se alegra al comprobar que también hay buenas noticias. Por eso mismo, para que siga habiéndolas, ruego a gobernantes y gobernados que esta vez vayan (vayamos) con tiento.

¡Hagan algo ya!

De la reunión del Consejo Interterritorial de Salud de hoy no espero autocrítica. Qué va, ni siquiera aunque los responsables sanitarios nos deban quintales de explicaciones por el modo en que su ceguera voluntaria sea en buena parte culpable de esta tercera ola telegrafiada que nos golpea sin piedad. Llegará —ojalá—el momento de exigir responsabilidades, pero ahora no toca llorar por la leche derramada sino remangarse y hacer frente de verdad al descomunal repunte de contagios, ingresos hospitalarios y muertes. Lisa y llanamente, hay que coger el virus por los cuernos y dictar las medidas más eficaces para ponerlo en retirada.

¿Cuáles? Es obvio que no tengo la cualificación profesional para enumerarlas, así que me abstendré de decir si se trata de un confinamiento a rajatabla, de mayores restricciones horarias y de movilidad o de cierres selectivos de actividades concretas. Sí me atrevo a anotar, en todo caso, que parecen necesarias determinaciones más drásticas y, por descontado, acordadas entre las diferentes comunidades desde la honradez y renunciando al lucimiento propio o al aprovechamiento político. Y, claro, con el compromiso del poder central, que debe comprender de una vez que cogobernar no es boicotear a las autoridades locales ni meterse las manos en los bolsillos y silbar a la vía.

Guerra de vacunas

Era lo penúltimo que nos faltaba por ver, una guerra por el modo de aplicar las vacunas. ¡Y con premios y castigos, oigan, decididos caprichosamente por el paternalista gobierno español! Zanahoria y sobadita en el lomo para las comunidades que se liaron la manta a la cabeza y se pusieron a dispensar viales como si no hubiera mañana, es decir, como si no fuera necesaria otra dosis. Pescozón, afeamiento de la conducta y reducción del suministro a las que, como la demarcación autonómica, prefirieron pecar de prudentes y administraron solo las dosis que garantizaban la segunda e imprescindible vuelta.

Se actuó así a riesgo de que el cuñadismo, igual el ilustrado que el sin desasnar, empeñado en convertir la inmunización en carrera de pinchazos al por mayor, despotricara contra las autoridades sanitarias por ser farolillo rojo. Luego el tiempo, o sea, la realidad de la producción de algo que todavía está en puñeteras mantillas, demostró que la cautela tenía razón de ser. A la todopoderosa Pfizer se le cruzaron los hechos tozudos, y tuvo que anunciar que echaba el freno en la distribución. Lo lógico y, desde luego, lo justo habría sido que las comunidades derrochadoras pagasen su desparpajo competidor. Pero Sánchez, Illa y Simón han decidido, conforme a sus caracteres, castigar a las que actuaron con mesura.

Sánchez hace la estatua

Se había quedado el fin de semana niquelado para una de esas pomposas comparecencias sabatinas o dominicales del señorito de Moncloa, pero en la hora en que tecleo, parece que no va a ser así. El caporal ha mandado a su chico colocado como candidato, el ya casi exministro Illa, a hacer una nueva exhibición de lo que mejor se le da, que es lo que, al fin, le hace tan buen cabeza de cartel: hablar mucho y no decir nada. Convirtiendo prácticamente en bella arte su divisa —ni una mala palabra, ni una buena acción—, el interino de sí mismo se pegó toda la rueda de prensa con el balón en el córner. Todo lo que llegó a medio anunciar, que es lo que ustedes habrán visto en los titulares, es que en un gesto de inconmensurable bondad, su benemérito gobierno quizá —pero solo quizá— se avenga a conceder graciosamente a las comunidades autónomas la facultad de adelantar el toque de queda.

¿Y si precisaran tomar otras medidas más drásticas? Ah, no, eso ya no. Da igual que la curva de contagios sea ya una pared vertical que diariamente pulveriza su propio registro, que las UCI estén a reventar o que vuelvan a morir personas por paletadas. Lo que impera, como viene ocurriendo desde el minuto cero de la pandemia, es el frío y desalmado cálculo de lo que conviene políticamente. Y esta vez toca hacer la estatua.

¡Ay, Simón!

Esto se parece cada vez más a aquel truculento chiste de Gila: ¡Me habéis matado al hijo, pero lo que me he reído! O, traducido, se disparan los contagios y las muertes de día en día, pero hay que ver cómo comunica el heraldo sanitario del gobierno español, el bienqueridísimo Fernando Simón. Como aquel rey en pelotas, no hay comparecencia en la que no supere sus propios registros de arrogancia buenrollista o, directamente, de manifiesta cara dura, sin que sus entregados adoradores caigan en la cuenta de la tomadura de pelo.

Anoten la penúltima, de ayer mismo. Después de aventar otras brutales cifras —35.978 positivos y 201 muertes—, el compartidor de chistes machirulos con los hermanos Pou se descolgó con otra melonada antológica: “Se ha estabilizado el incremento”. Pues, hala, a dejar de preocuparse, ¿no? Total, solo tenemos un virus desbocado que se lleva paletadas de peña por delante y que tiene a los hospitales colapsados o a un cuarto de hora de hacerlo. Y por si faltaba algo, él, que hace un mes nos estaba diciendo que había que hacer concesiones a la Navidad, nos reprocha ahora severamente y por quintuplicado haberle hecho caso. Eso, después de haber asegurado sin rubor que la variante británica del bicho sería una anécdota. Exactamente lo que dijo el pasado febrero sobre el covid-19.

No somos ovejas

No entiendo cómo puede estar azotándonos una terrible pandemia cuando vivimos rodeados de tipas y tipos que saben perfectamente lo que hay que hacer para acabar con ella. Los sabios incuestionables están por todos lados. Desde las barras de bar a las cátedras del recopón, pasando, cómo no, por Twitter. Fue precisamente en esa corrala donde el jueves leí a una individua que en los CIR —Centros de Instrucción de Reclutas, aclaro a los insultantemente jóvenes— se vacunaba a 5.000 soldados en una mañana. Tal garrulez nostálgica empató en cuñadismo barato con la proclama de un fulano al que escuché decir en la parada del bus que si su suegra se inyectaba la insulina o hasta el yonki más bruto era capaz de chutarse una dosis, no veía por qué no obligaban a que cada cual se vacunase contra la covid-19.

Pero como en la canción de Rosa León, entonces llegó un doctor —en veterinaria, en este caso— afirmando que los de su gremio habían vacunado en un mes a dos millones de (¡tatachán!) ovejas, lo cual venía a ser la prueba irrefutable de que tanto las autoridades como el personal sanitario eran unos mantas que no sabían hacer su curro. Lo tremendo para mi no fue la comparación vomitivamente ofensiva, sino el aplauso de paladines de la ciencia que, en efecto, nos ven a los seres humanos como ganado lanar.