Diario del covid-19 (24)

Milagro por Semana Santa. Aparecen de la nada diez millones de mascarillas que serán distribuidas a la plebe en medios de transporte por policías que hasta ayer denunciaban que no las tienen ni para ellos. Hasta donde uno conoce, el personal sanitario, que es quien sigue en primera línea, todavía carece de los preciados tapabocas. ¿Tendrán que ir a hacer cola a paradas de metro, tren y autobús a ver si les cae una? Todo esto, sin perder de vista que el Gobierno Vasco, institución que debería coordinar la entrega en los tres territorios de la demarcación autonómica, asegura no saber nada del asunto… ni de las mascarillas que habrían de repartir la Ertzaintza y las policías locales.

Y luego, claro, que nadie se atreva a poner en solfa el enésimo despropósito, pues será acusado de romper el consenso y de no remar en la misma dirección. ¿En qué dirección, si puede saberse? De momento, el único rumbo que hemos visto es un zig-zag ebrio a base de ocurrencias que se lanzan y caen al olvido cuando se anuncia la nueva tanda de propuestas creativas que jamás llegan a realizarse. Y como principio que guía las acciones, el que aventó ayer uno de los uniformados de la junta cívico-militar que nos da las consignas del día: “Hagamos caso al refranero español, que dice que no hay mal que cien años dure”. Glups.

Hasta el 8 de abril…

Moneda al aire. Cara, el gobierno español no dificulta el desarme y se limita a soltar la media docena de pejigueradas de costumbre. Cruz, Rajoy y Zoido se vienen arriba y mandan unos geos disfrazados de lagarterana a desbaratarlo. Ahora mismo, todo está al 50 por ciento. Estoy por jurar, de hecho, que el inquilino de Moncloa no tiene decidido nada al respecto. Como casi siempre, dejará que salga el sol por Antequera. O, vaya, por Baiona, Biarritz, Luhuso o donde cuadre. ¡Si pueden ocurrir cosas entre hoy y el 8 de abril, día de San Agabo Profeta!

Eso es lo malo. El anuncio se ha hecho con mucho tiempo de antelación. Demasiado, teniendo en cuenta la vocación de prima donna que gasta el personal. Esto apunta a show con codazos para repartirse el protagonismo. Tonto el último en salir a la palestra y vender su moto a la parroquia oportuna. Y cuidado si no acabamos sacando a hombros a ETA entre vivas a la madre que la parió por su bondad infinita. ¿Exagero? Estos ojos que han de comerse la tierra ya han visto entrecomillada una gloriosa frase de Arnaldo Otegi: “El desarme es un acto de desobediencia y de soberanía popular”. Joder con el relato. Unos no han empezado a escribirlo y otros van por el vigésimo tomo.

Pero cualquiera dice nada, que enseguida te sale el que llevaba fierro bajo el sobaco a cascarte por enemigo de la paz. Por si quedan dudas, reitero mis ganas infinitas de que se proceda a lo que llevamos cinco años y pico esperando. Sí, eso que se va a producir, fanfarria arriba o abajo, exactamente en los términos en que se decía que era imposible, con la entrega de una lista y cuatro quincallas.

Disolución

Sigo, poco más o menos, donde lo dejé ayer. El desarme lleva a la disolución. Por lo menos, esa es la lógica que se está vendiendo, que sin lo uno no es posible lo otro. Y hasta donde sabemos por la correspondencia de la banda con las personas vergonzosamente maltratadas por los aparatos judiciales y policiales franceses, la intención de ETA es bajar la persiana de aquí a doce meses. ¿Lo hará? Ya iría siendo año. De hecho, el sexto desde que anunció lo verdaderamente importante, es decir, la decisión de dejar de matar y extorsionar.

Podemos engañarnos lo que queramos. El auténtico fin estuvo ahí. Lo demás han sido epílogos y mareos de perdiz. Esa sociedad civil tan mentada en este asunto lo tuvo claro desde el primer momento. Pasó página y se dedicó a sus mil tribulaciones. ¿Olvidando todo lo que había pasado? ¿Obviando lo muchísimo que queda pendiente? No exactamente. Tampoco somos tan ombliguistas ni insolidarios. Simplemente, la cuestión se ha relegado en el orden de prioridades de cada cual, pero eso no significa que haya dejado de importar. A estos más y a aquellos menos; la condición humana.

La conclusión es que a efectos prácticos ETA está disuelta. Diría que la inmensa mayoría tiene esa convicción. Si hay un comunicado definitivo, se recibirá con el correspondiente júbilo y la Historia señalará su fecha de emisión como la del final oficial. Pero no mucho más. Quedará por ver, eso sí, el comportamiento de los únicos que han convertido la disolución en tótem, condición sine qua non y punto definitivo de inflexión. Conociendo el paño, apuesten a que encontrarán un nuevo requisito que exigir.

Deshelando, que es gerundio

Después de cinco años —los cuatro reglamentarios más el de propina en funciones— de rodillo y tentetieso, los heraldos anuncian el final de la glaciación mariana en lo que toca a las relaciones del glorioso centro con la pecaminosa periferia vascongada. “El deshielo”, lo bautizó Aitor Esteban, y la expresión ha prendido entre los que nos dedicamos al blablablá de mediana y baja intensidad. No en vano es lo suficientemente gráfica como para que sobren más explicaciones respecto a su significado. Otra cosa es que cada cual lo cuente a su modo. Dirán unos, elevando el tono de disgusto y sin ahorrar exabruptos contra la flexibilidad jeltzale, que volvemos a los tiempos del intercambio de cromos. Enfrente o al lado, los habrá más pragmáticos y por eso mismo cínicos (o viceversa) que simplemente describirán el fenómeno como la normalidad política.

Sin demasiado rubor, aun sabiendo lo poco popular de la postura, confieso que estoy censado más cerca de los últimos. A estas altura de la liga —duodécima legislatura en las cortes españolas, undécima en el parlamento vasco y novena en el de Navarra—, no me voy a rasgar las vestiduras por asistir a la coreografía del dame y te daré.

Y ahora que ya tengo escandalizados a buena parte de los lectores, añadiré que lo único que pido y espero es que los negociadores locales le saquen los higadillos al PP. ¿Retirar los recursos? Eso ni se discute; condición número cero. A partir de ahí, cupo al decimal más alto, pasta para esta y aquella infraestructura, el fin del tarifazo energético y como guinda, una transferencia de las lustrosas. ¿No vale todo eso cinco votos?

Las trolas de Soria

Del (¿todavía?) ministro José Manuel Soria, lo único que queda por descubrirse es que, como muchos sospechamos por el tremendo parecido físico, es gemelo univitelino de José María Aznar. Y la confirmación es cosa de un rato, si se mantiene el ritmo de exclusivas sobre su persona que llevamos en las últimas horas. Hasta los más puestos en la trama del trapicheo offshore del gachó sudan tinta para estar al día de las novedades. Lo último, que seguro que a estas alturas es solo lo antepenúltimo, es que su firma está en el acta anual de la sociedad que jura no reconocer y, hay que joderse, que además de esa empresa en las Bahamas, también administró otro bisnes chungo radicado en Jersey. Vamos, que en materia de paraísos, lo mismo le da el Caribe que el Atlántico europeo.

Si esa torrentera de chanchulletes es grave, aún lo es más el rosario de fantasías animadas que están saliendo de la boca del individuo. Más que trolas, algunas son fenómenos paranormales o, directamente, material para el diván. Sin solución de continuidad, asegura que nadie de su familia ha tenido nada que ver jamás con la sospechosa UK Lines y proclama que no fue él sino su padre el responsable de la compañía. ¡Y cuando los periodistas le señalan la imposibilidad metafísica de que ambas cosas sean ciertas, se agarra un rebote y pide respeto por lo que él entendía un acto de suprema transparencia.

Escribía ayer en Twitter un señalado dirigente del PP vasco que en política, con la verdad puedes llegar o no a muchos sitios, pero con la mentira tarde o temprano te vas casa. En el caso de Soria, parece que está siendo más bien tarde.

¡Otra ronda, hics!

Como no vamos suficientemente borrachos, venga otra ronda… de consultas. La convoca el sobrino de Doña Pilar la panameña fiscal, pero ya saben ustedes quiénes la pagamos. En dinero —da ternura ver a los partidos hablando de abaratar costes de la campaña electoral bis—, pero también en salud, que nadie nos va a devolver las neuronas sacrificadas en el inútil esfuerzo de tratar de entender algo. Para que luego diga el jeta Osborne que está encabronado porque le han pillado demostrando que su patrioterismo panderetero es una mierda pinchada en un palo cuando se trata de apoquinar a la causa. ¿Cómo habremos de estar los millones de pardillos que llevamos desde el 20 de diciembre por la noche siendo objeto de un chuleo ritual por parte de quienes dicen aspirar a buscar lo mejor para nosotros? Puñetero despotismo ilustrado del tercer milenio. Bien es cierto que consentido, porque ya verán qué descojono cuando las urnas de dentro de dos meses y pico demuestren —y me encantará equivocarme— que los vendepeines de los cuatro grandes partidos son la medida exacta de sus votantes.

¿El 25 y el 26 de abril? ¡No nos palpe la entrepierna su majestad! Si la cosa está tan chungalí, evítenos la agonía y el bochorno prolongado. Ya que es usted el detentador en mala hora de tal facultad —¡Viva la República!—, llame hoy mismo a los cabezas de cartel, al resto de comparsas y a ese administrador de comunidades de vecinos que han puesto de presidente del Congreso, y acabe de una vez con el martirio. ¿Que procede volver a votar a ver si hay suerte esta vez? Pues se vota, leñe, se vota. Pero dejen de darnos la brasa ya.

Pablo siempre gana

Salvo en los nutridos y crecientemente poderosos clubs de fans de Iglesias Turrión, hay cierto consenso en que la encorbatada última propuesta del ayatolá morado a Pedro Sánchez es la clásica de El Padrino, aunque formulada exactamente al revés. “Tengo una oferta que solo podrás rechazar”, vendría a ser el enunciado adaptado, y a la vista de la enganchada en bucle en que han entrado los negociadores de las formaciones que habrían de componer el (presunto) gobierno de progreso, tiene bastante pinta de que la cosa va por ahí. Bien es cierto que, conociendo media gota los usos y costumbres del gurú, no me quedaría en esa única interpretación.

Quiero decir —y creo que ahí está la clave— que ahora mismo a Iglesias le importa un pito lo que ocurra porque prácticamente todas las opciones le son favorables. Si Sánchez traga, aunque sea la mitad, y él arrampla con la vicepresidencia, la jefatura del CNI que mentó con ojos de lujuria indecible —joder, con el Carrero Blanco de Vallecas—, y la mayoría de los ministerios macizos que exige, jugada maestra. Si el líder nominal del PSOE no tiene más remedio que mandarlo al guano y hay que volver a llamar a las urnas, mejor todavía. Correría a montar la escenita del “Yo puse todo de mi parte, ya lo habéis visto, snif”, y acto seguido, con el auxilio de una claque en la que a los forofos de aluvión se han unido los que hacen cálculos del cacho que les va a caer, se dirigiría con paso firme a consumar el ansiado sorpasso sobre el PSOE. O directamente, a ganar las elecciones, hipótesis que, viendo al PP nadando en mierda, ya no parece en absoluto descabellada.