Reparto de culpas

Las ocho semanas de campaña que nos quedan hasta el bis electoral van a girar monotemáticamente sobre una cuestión: quién ha tenido la culpa. De hecho, llevamos en estas desde que empezaron las presuntas negociaciones. Ahora ya sabemos que en esas mesas de ping-pong dialéctico lo fundamental nunca fue el acuerdo, sino la construcción de una mandanga retórica que permitiera endiñar al otro la responsabilidad del fiasco. Y a la vista de que esa esgrima va a determinar el resultado del 10 de noviembre, procede preguntarse del modo más desapasionado posible si cabe hacer una clasificación general de la culpa atendiendo a las actitudes acreditadas desde que se contaron los votos de las últimas generales.

La primera en la frente: no parece haber lugar para una respuesta objetiva. Como vemos, esto va de filias y fobias, de simpatías y antipatías. Cualquiera cercano al PSOE apuntará a Unidas Podemos como causante del desastre y, en simétrica correspondencia, los partidarios de Iglesias se lo atribuirán a Sánchez. Luego están los no alineados (aunque sí una gotita esquinados) que, tirando de manual, pontificarán que la responsabilidad mayor siempre recae en el líder de la fuerza más votada. Sin negarlo, y sin dejar de ver también que en estos meses Pedro Sánchez ha batido récords siderales de soberbia y humillación hacia los morados, no hay que ser ajenos a otra evidencia palmaria: Iglesias se lo ha puesto a huevo de principio a fin. Tan de Juego de Tronos que es, no ha olido el problemón en que habría metido a su antagonista con un simple apoyo gratuito. O no ha querido hacerlo. Esa culpa, nada pequeña, es suya.

Todo sigue igual

Eché la persiana a esta columna unos días antes de la investidura fallida de Pedro Sánchez. Vuelvo al tajo, como ven, a las puertas de la nueva y definitiva intentona. ¿Qué ha sucedido digno de mención entre ambos momentos? Absolutamente nada. Los actores principales del psicodrama se han dedicado al mareo sistemático de la perdiz y, sobre todo, al señalamiento recíproco del antagonista como culpable de una más que posible repetición electoral.

Realmente, eso ha sido lo único coherente del discurso de PSOE y Unidas Podemos en estas seis semanas de estío políticamente estéril, la fijación en que la hastiada ciudadanía se cabreara con el adversario y le hiciera pagar la vuelta a las urnas. El resto de los mensajes de unos y otros han ido variando de un rato al siguiente en una sucesión infinita de contradicciones. Así, desde Ferraz/Moncloa o Moncloa/Ferraz, que tanto monta, la incansable Carmen Calvo tan pronto descartaba el acuerdo de septiembre como lo daba por casi hecho. En contrapartida, desde Galapagar, Pablo Iglesias aseguraba tajantemente que no pensaba ceder ni un milímetro justo antes de proclamar que aceptaría la propuesta de julio con los ojos cerrados.

Desconozco cómo acabará el folletón. Hace ya mucho tiempo que la política española no cabe en los análisis más o menos racionales. Responde más bien al caos, al azar, al interés de cada minuto o al puro capricho de personas que andan justas de escrúpulos y no tienen el menor empacho en hacer gala de ello. Es todo lo que soy capaz de sacar en limpio de esta inconmensurable tomadura de pelo de la que venimos siendo objeto desde hace medio año largo.

Que las convoquen ya

Aquí les vengo, al borde de la extenuación prevacacional, malsujetando la bandera blanca con una mano y mis tripas con la otra. Les anuncio mi rendición total sin condiciones. Me uno al enemigo con el que no puedo, y desde este instante me declaro partidario de la repetición electoral. De hecho, si por mi fuera, y en evitación de sufrimientos mayores, hasta prescindiría de la milonga de la investidura. Que pongan fecha y se dejen de sobetearnos la entrepierna con sus sobreactuados lanzamientos mutuos de trastos de porexpan a la cabeza. Como decía mi abuela, el que más pueda, capador.

Total, ¿qué puede pasar aparte de seguir otros tres meses y pico con todo manga por hombro? Personalmente, lo que más me despiporraría sería que quedasen las cosas tal cual están ahora. Sabrá Iván Redondo las cuentas que se ha hecho, pero no es descabellado pensar que, escaño arriba o abajo, resultara que los dos que no son capaces de consumar ahora la coyunda se siguieran necesitando para conseguir algo parecido a la mayoría que tampoco sería absoluta..

Y esa es la mejor alternativa. A partir de ahí, cabe temer que tras un nuevo paso por las urnas, a Ciudadanos se le curen los remilgos y, como quiere el Señor (o sea, el Ibex 35), los naranjas saquen del cajón el pacto con Sánchez de febrero de 2016. Claro que tampoco es descartable —¡al contrario!— la opción España Suma, haciendo realidad su nombre porque los votantes de izquierdas tienden a enfadarse y no respirar a la mínima contrariedad, mientras que los de derechas prefieren mostrar su cabreo a golpe de papeleta. Conste que todo esto lo escribo solo para que no ocurra. Ojalá.

Gobierno de coalición

Empiezo exactamente donde lo dejé ayer. Anoté, sin más, que sonaba creíble la filtración del PSOE respecto a la exigencia de Iglesias de una vicepresidencia. La reflexión iba sobre el error de comunicación del líder de Podemos que provocaba que buena parte de la opinión pública esté convencida de que los morados priorizan el ego y los sillones a la consecución de un programa progresista. O traducido, que en este minuto del partido, Iván Redondo, el José Luis Moreno que hace hablar a Sánchez, Ábalos, Lastra y compañía, va ganado por goleada la batalla del relato. Bien es cierto que más le vale no confiarse. La ciudadanía no es tan párvula como presumen los gurús y también empieza a olernos a cuerno quemado la estrategia de Ferraz de hacer que parezca que no hay más remedio que ir a la repetición electoral. Las urnas las carga el diablo, avisados quedan.

Cumplido el prolegómeno, voy al grano. No me parece en absoluto censurable que una fuerza política de la que depende una mayoría de gobierno quiera estar en el Consejo de Ministros. Es una aspiración del todo legítima que no cabe criticar como hambre de poltrona. Se hace política para cambiar las cosas y las cosas se cambian —en la medida de lo posible; no nos pasemos de pardillos— desde los gobiernos. Más en llano: Unidas Podemos tiene todo el derecho del mundo a reclamar un ejecutivo de coalición en el que participe de acuerdo a la proporción de votos y escaños. Naturalmente, para tratar de llevar a cabo un programa consensuado y de conocimiento general. Lástima que esta última parte, la esencial, es la que no se ha abordado en este punto de la negociación.

Vicepresidente o nada

El psicodrama de la investidura entre Sánchez e Iglesias va teniendo banda sonora de Pimpinela. El matiz acongojante es que la interpreta la orquesta del Titanic mientras el transatlántico avanza con decisión hacia el iceberg de la repetición electoral. Ninguno de los dos gallos parece dispuesto a apartarse el primero. Al contrario, la paradoja física es que con cada intento de acercamiento acaban un poco más lejos.

Hay una teoría, entre cínica, cándida y voluntarista, que sostiene que todo forma parte de un estudiado guión que concluye con la salvación en el último segundo, un suspiro de alivio y un beso de tornillo con fundido a negro. Aparte de la falta de respeto hacia la ciudadanía que implica un planteamiento así, el riesgo de que el espectáculo se vaya de las manos es demasiado alto. Humildemente les confieso que, pese a mi larga experiencia de espectador de estas pantomimas, ahora mismo soy incapaz de asegurar cuánto hay de sobreactuación y cuánto de cabreo auténtico en las posturas de los protagonistas y sus respectivos séquitos.

Por lo demás, me desconcierta que quien hemos tenido como genio de la comunicación política, Pablo Iglesias, se esté dejando comer la merienda ante la opinión pública. Fuera de los muy forofos, el común de los mortales que atiende a la representación está convencido de que el escollo del acuerdo es la obsesión ególatra del líder de Podemos por hacerse con un puesto en el gobierno al precio que sea. Su contrincante en la negociación, el PSOE, aprovecha este flanco débil. Ayer filtró que en la reunión en el Congreso se llegó a exigir una vicepresidencia. Y sonó muy creíble.

¿Vuelta a las urnas?

Qué extraña coincidencia. 24 horas después de haber anunciado las fechas de los intentos de Pedro Sánchez para ser reinvestido presidente del gobierno español, nos sale el prestidigitador Tezanos con un CIS que vaticina una apabullante victoria del PSOE en caso de repetición electoral. Está hecho tan a bulto, que en la demarcación autonómica el PACMA anda a la par del PP —¡tampoco es para tanto!—, pero a quién le importa. Como quiera que en una porra anterior el brujo demoscópico de Ferraz desde tiempos de Felipe X y Alfonso Z acertó un par de cosas, al tosco sondeo apoquinado con dinero público se le concede la condición de augurio infalible. En consecuencia, se usa como aviso a navegantes morados, naranjas y azules subidos a la parra: ustedes verán, señores Iglesias, Rivera y Casado —a Abascal lo dejamos para otro rato— a quién le conviene más que nos veamos en las urnas allá por novienbre..

Los analistas de mejor fe, que son la mayoría, aseguran que se trata de un farol o, incluso, de un teatro que, como suele ser costumbre, tendrá como desenlace un pacto de último segundo, justo al borde del precipicio. Confieso que quiero creerlo porque es difícil concebir una irresponsabilidad de tal calibre que implique meternos en otro pifostio electoral dentro de cuatro meses, pero no apostaría más de diez céntimos por el buen fin de la vaina. Quien tenga memoria, y no demasiada, recordará cómo tras las generales de diciembre de 2015 anduvimos en parecidas cábalas y, contra lo que parecían indicar la lógica y hasta el decoro, acabamos volviendo a votar medio año después. Quedan poco más de dos semanas para evitarlo.

Ping-pong eterno

¿Recuerdan la urgencia con la que se convocaron las elecciones generales? Se nos hizo creer que había una prisa loca en darle un tajo al nudo gordiano del bloqueo para afrontar no sé qué cuestiones inaplazables. Pues mañana se cumplirán dos meses de la cita con las urnas y este es el minuto en que seguimos sin novedad en el Alcázar, o sea, en La Moncloa. Mimetizado en Rajoy —¿seguro que cambió el colchón?—, Pedro Sánchez tira de cachaza y se deja llevar en la placidez de la presidencia en funciones.

El cuajo alcanza tal nivel que en este tiempo apenas hemos oído de sus labios nada que tenga que ver con su investidura. De eso se encargan sus fieles escuderos, la vicepresidenta interina, Carmen Calvo, y el chico para todo, José Luis Ábalos, que va camino de batir el récord sideral de comparecencias públicas inútiles. Según salen de su boca, las palabras caducan. Ahora está todo muy avanzado para un gobierno de cooperación, ahora las posturas están a siglos, ahora, ya si eso, hasta se le tiran a los tejos a Ciudadanos, a ver si en su zozobra muerde el anzuelo y caen unas abstenciones del cielo.

Para nota también, lo del presunto socio preferente. El inquilino del chalé de Galapagar amenaza una noche con hacer morder el polvo a Sánchez para jurar a la mañana siguiente que el acuerdo está más cerca de lo que parece. Y apostilla el mendicante de ministerios, con cinismo insuperable: “aunque tengan que pasar dos meses y medio”. Efectivamente, es lo que parece. Nos toman a los ciudadanos por el pito de un sereno. Sus vidas no van a cambiar salga el sol por donde salga. El ping-pong que dijo Iglesias puede ser eterno.