La broma del Brexit

Fue bastante simple. Hubo un referéndum y salió que se iban, punto. Todo lo que quedaba por hacer era marcharse y se puso a su disposición un generoso plazo para que la salida fuera lo menos dañina posible para la ciudadanía. El jueves pasado, 29 de marzo, era el día fijado para que Gran Bretaña dejara de pertenecer a una Unión Europea en la que siempre estuvo con el morro torcido pero disfrutando de ventajas que el resto de los estados miembro no podían ni oler. Unas semanas antes, la santa paciencia, cornuda y apaleada, de las autoridades comunitarias amplió el vencimiento al 12 de abril, e incluso se estableció una nueva fecha, el 22 de mayo, si se cumplían determinadas condiciones.

Este es el minuto en que todavía no sabemos si va a haber más prórrogas o, traducido a román paladino, hasta cuándo nos van a estar dando la brasa las autoridades del Reino Unido. Botellita y coco, por cierto, para quien sea capaz de explicar razonablemente en qué punto del enredo estamos ahora mismo. El premio es ampliable si, además, se ofrece una argumentación sobre por qué los otros 27 países, o los dos —Alemania y Francia— que de verdad cortan el bacalao, no han pegado un puñetazo en la mesa y acaban con el vodevil de una pinche vez. Es tremendo no solo que tal cosa no esté en su ánimo, sino que la inacción vaya a provocar la adulteración de las próximas elecciones elecciones al Parlamento europeo del 26 de mayo. Si nada lo impide, los que técnicamente deberían estar fuera tendrán opción a presentarse de nuevo a esos comicios, alterando el reparto de escaños que ya se había hecho y estaba asumido por todos. Intolerable.

Sobreactúa, que algo queda

Reincido en mi inconsciencia. O, vaya, en mi esquinado escepticismo. Veo a todo a quisque echándose las manos a la cabeza, voceando con uve, coceando con ce, llamando a la movilización, al cordón sanitario, al no pasarán, al sí pasaremos… y soy incapaz de contagiarme del histerismo, si es que todavía es de curso legal esa palabra. Todo es una sobreactuación que provoca otra sobreactuación enfrente que, a su vez, vuelve a la contraparte corregida y aumentada. “El clima previo a la guerra de 1936”, escucho que dicen gentes muy cabales y otras que solo buscan aumentar la crispación y el canguelo.

Pero, insisto: ante todo, mucho calma. De hecho, ni siquiera estamos ante algo realmente nuevo. No me remontaré a la sangrienta Transición, con su ETA, su GAL y el ruido de sables a todo meter. Ni a aquellos días de Lizarra, o a las embestidas contra el tripartit catalán de Maragall, Carod Rovira y Saura. Basta retroceder hasta el gobierno de Zapatero, la mesa de Loiola, la AVT peperizada dando la tabarra por doquier, y el rancio foralismo, entre latrocinio y latrocinio, venga y dale con que Navarra no se vende.

Lo del domingo de la derechota una y trina en la madrileña plaza de Colón no es más que una reedición de todos aquellos excesos. Con el añadido, además, de que si entonces cabía la duda sobre si había algo de sustancia en el fondo, esta vez es directamente una broma. Triste, pero broma, al fin y al cabo, pues la espoleta de la reyerta es una difusa y confusa apelación al diálogo del gobierno español a ver si cuela y las fuerzas soberanistas catalanas le aprueban los presupuestos. Tonto el último en posturear.

Calendario, por lo menos

Y todavía habrá que dar las gracias. A principios del año en que el Estatuto de Gernika cumple cuatro decenios, el gobierno eventual de Pedro Sánchez ha hecho llegar a las pacientes autoridades de la demarcación autonómica un calendario para negociar las transferencias eternamente pendientes. De saque, queda fuera todo lo que tiene que ver con esa fruta prohibida que es la gestión de la Seguridad Social y se deja para el postre la presuntamente peliaguda competencia de prisiones.

Manda pelotas, por demás, que siendo así, tengamos que asistir al posturero rasgado de vestiduras del ultramonte, vendiendo la especie de que el inquilino de Moncloa se ha bajado los bombachos no ya ante el PNV, sino la izquierda abertzale y, ya que nos ponemos, ETA. Les juro que cosa similar cacareaba anteayer en su editorial aquel diario que fundó Pedrojota. Y no crean que anda lejos el PP; ya escuchamos a Casado gritar con los ojos fuera de las órbitas que impediría que Zaballa se convierta en “catedral de ETA”. Cualquiera le explica al aznárido alevín que el acercamiento de reclusos no tiene demasiado que ver con la asunción de la política penitenciaria tal y como se dejó plasmado negro sobre blanco en el Estatuto que tanto le gusta a su partido esgrimir como supuesta argamasa de los ciudadanos de los tres territorios. De cumplirlo, que es de lo que se trata simple y llanamente, ya tal.

Resumiendo, que entre la pachorra y la racanería de los actuales mandarines españoles y la cerrilidad de las envalentonadas derechas unas y trinas, dan ganas de cortar por lo sano. Pero lo práctico es no hacerlo… todavía. Menos da una piedra.

Naufragio en la orilla

Desde que se certificó la imposibilidad de un acuerdo sobre los presupuestos de la demarcación autonómica entre el Gobierno Vasco y EH Bildu, voy de refrán en refrán, de frase hecha en frase hecha. Nada más recibir la noticia, al filo de la medianoche del jueves, evoqué la montaña que parió un ratón, maldije los esfuerzos inútiles que conducen inevitablemente a la melancolía y, después de lamentar haber visto remar tanto para acabar naufragando en la orilla, me pregunté si para ese viaje hacían falta semejantes alforjas.

Antes de eternizarme, tiraré por ahí. ¿No habría sido mejor haber zanjado la cuestión desde el primer instante con una enmienda a la totalidad? Recuerdo haber aplaudido aquí mismo la sinceridad de Arnaldo Otegi al reconocer que en el pasado se había abusado de esa receta, pero que los nuevos tiempos requerían otras formas de hacer política. Entraba ahí remangarse y tratar de encontrarse en el medio del camino con el adversario político.

Si les soy sincero, al ver las exigencias y los planteamientos iniciales de la coalición soberanista, creí que el que primero se haría a un lado sería el Gobierno. Los argumentos para la ruptura eran de carril: demasiada demagogia, ningún realismo. Pero luego fuimos contemplando cómo algunos imposibles de saque empezaron a parecer razonablemente factibles. Eso hablaba de disposición a ceder y, por lo tanto, de voluntad de abandonar la postura inicial. Y en esas llegó vaya usted a saber quién y mandó parar, casi en una versión de bolsillo de una negociación mucho más trascendente de hace un decenio y pico. Me consolaré pensando que fue bonito mientras duró.

No nos resignemos

39 años y un mes después, llegan a la demarcación autonómica las transferencias de 6 kilómetros de una autopista y 14 de dos líneas de ferrocarril de mercancías. Un pellizquito a descontar del Cupo. No me digan que no es motivo de celebración. Casi para sacar la gabarra, si no fuéramos a herir sensibilidades. Pero eso no es todo, oigan. Lo rebueno es que hay un calendario. ¿El de los bomberos? ¡Ca! ¡Mucho mejor! Uno que hace el inventario de lo que ponía en el Estatuto de 1979 en la fila de la derecha, mientras que en la de la izquierda figuran las fechas en las que el muy cumplidor Estado español va a ir devolviendo el trigo a su dueño nominal. ¿Como las anotaciones de las deudas en la barra de hielo? Por ahí debe de ir la cosa, con el pequeño matiz de que el gobierno presuntamente pagador está en situación de interinidad y podría ser que pasado mañana, cuando toquemos el timbre para ver qué hay de lo nuestro, nos contesten que Pedro ya no vive aquí y que las reclamaciones, al maestro armero.

Admito que me llamen pinchaglobos, incluso antes de que les revele el minúsculo detalle de que la ministra Batet, cabeza del equipo negociador español, ha dejado claro que, sintiéndolo mucho, la Seguridad Social (artículo 18.2) se cae de la lista de lo demandable. Bastante será que se ponga sobre la mesa la competencia de Prisiones, esa que Marlaska dijo que no y Celaá que quién sabe.

Comprende uno que, con la amenaza ultracentralizadora de la tripleta Casado-Rivera-Abascal cerniéndose en el horizonte, quepa apechugar con la teoría del mal menor. Pero resignarse a quedarnos sin lo que es ley no debería ser una opción.

Iglesias, el negociante

Asisto con divertida curiosidad al tour diplomático emprendido en las últimas fechas por Pablo Iglesias. La primera duda que me asalta es si se trata de una iniciativa propia a mayor gloria de su ego inmarcesible o si ejerce de correveidile de su socio presupuestario, el doctor Sánchez. Es verdad que el entorno monclovita se está cuidando mucho de tomar distancia del Marco Polo de Galapagar (anteayer, de Vallecas), y hasta exagera la nota al presentar a su partenaire de cuentas como una especie de metete que va por libre. Cuadra con esa forma de actuar de yo-mi-me-conmigo, pero igualmente es verosímil la versión del tonto útil enviado a sondear pero de modo que parezca un accidente.

Claro que también puede ser una mezcla de uno de lo otro: sabiendo de la querencia de Iglesias por figurar y consciente de la necesidad de un poquito de foco, Sánchez le deja hacer, a ver si suena la flauta y se suman los votos necesarios para aprobar los presupuestos. De momento, no parece. Sabemos que en el pomposo encuentro presidiario con Junqueras, el líder de Esquerra le cambió de conversación. En la charleta teléfonica con Puigdemont, ni siquiera hubo lugar a sacar el tema porque el expatriado en Waterloo no se deja marcar la agenda.

¿Y con el lehendakari? Pues hasta donde uno imagina, lo lógico es que antes de llegar a Gasteiz, alguien le explicara al líder de Podemos de qué va la bicefalia en el PNV y cuál es la diferencia entre la institución y el partido. Otra cosa es que en el encuentro, con la presencia del delegado de la sucursal local de la formación, se hablara de las cuentas vascas. ¡Pena de grabadora si fue así!

Otra moción de fogueo

No lo puedo remediar. Mi lado oscuro me está haciendo desear unas elecciones generales a la voz de ya. Si rompe, que rompa, y a tomar vientos con la más que posible entronización moncloviana del figurín figurón Rivera. Y ojo, que quizá más acongojante que eso es pensar que el fulano podría tener mayoría absoluta con los restos de serie del PP. ¿Es lo que queremos? Que se confiese cada cual. Yo ya les acabo de decir que en ocasiones, y no en pocas, el cuerpo me pide tirar por la calle de en medio.

Como entretenedera hasta que pase lo que tenga que pasar, que sospecho que es lo recién mentado, bien está la moción de censura del PSOE. Déjenme anotar un par de menudencias al respecto. Primero, que es la iniciativa que estaba prometida para el pasado mes de octubre y que se ha ido retrasando con la excusa del enredo en Catalunya. Segundo, que no deja de resultar sorprendente la salida del letargo de Pedro Sánchez, a quien en las fotos de las últimas semanas hemos visto de la mano de Rajoy. Más que eso: le pasaba diez traineras a Don Eme Punto en cuanto a la intensidad y la duración del 155. Y no digamos ya en los calificativos dirigidos al president Quim Torra. ¿Cómo pedir ahora al PDeCat que le regale sus votos?

Ahí me temo que llegamos a otro punto interesante y revelador. Lo que pedirá Sánchez es que no le apoyen los disolventes nacionalistas. No solo porque no sabe sumar, como ya demostró en su fallida investidura, sino porque no quiere hacerlo. Resumiendo, esta moción de censura es tan posturera y de fogueo como la que presentó Unidos Podemos hace menos de un año. Lo dicho, casi mejor elecciones.