Pactos a mil bandas

Habrá que reconocer a Pedro Sánchez, o sea, a sus negociadores, es decir, al zar Ivan Redondo, su excelsa genialidad en el billar político a las bandas que hagan falta. De prórroga en prórroga, los artistas del alambre monclovitas han ido superándose y saliendo siempre victoriosos en escenarios cada vez más complicados. La que se vota hoy, que es la sexta y juran que última, va a salir adelante con el respaldo, ya sea en forma de sí a la llana o de abstención afirmativa, de Ciudadanos, ERC, PNV y —supongo— EH Bildu.

Vive Dios que es una extraña macedonia de siglas, aunque lo verdaderamente prodigioso no es que fuerzas tan diversas coincidan en el mismo objetivo, sino que cada una ellas vaya dando a entender que se ha llevado al huerto al PSOE. Eso, incluso cuando al atender una a una las explicaciones de lo pactado, resulte que se han firmado cuestiones abiertamente contradictorias. Así, tenemos a los naranjas presumiendo de una última fase del estado de alarma ejecutada desde Madrid y, naturalmente, a las otras formaciones asegurando que por fin las decisiones se tomarán en cada territorio

¿Cuál es la verdad? Creo que ninguna. Si algo ha demostrado Sánchez desde la moción de censura de hace dos años es su capacidad de prometer lo que sea para luego incumplirlo sin mayores efectos adversos.

Diario del covid-19 (42)

Como señaló certeramente mi compañero Juan Carlos Etxeberria, ayer en el panel de votaciones del Congreso de los Diputados se dio un curiosísimo Tetris ideológico. Ocurrió que PSOE, PNV y Ciudadanos coincidieron en el sí, mientras que PP y EH Bildu se abstuvieron al unísono y… ¡tachán!… en el marcador se sumaron los noes de Vox, Junts per Cat y ERC. Evidentemente, se trata de una casualidad que probablemente tardará en darse de nuevo o de la golondrina solitaria que no hace verano. Sin embargo, también es un retrato del momento político actual donde literalmente puede ocurrir cualquier cosa, como que se acuesten en la misma cama, aunque sea para un polvo rápido y sin amor las formaciones que les he citado arriba.

Bien es es cierto que igual cabría remedar aquel tópico sobre el fútbol y Alemania. Esta vez se puede decir que la política española es una cosa en la que juegan todos contra todos y siempre ganan el PNV y Pedro Sánchez. Respecto a la victoria jeltzale, esperemos que no sea pírrica y solo para la estadística. Es decir, que el Napoleón monclovita suelte el juguete del mando único y lo comparta de verdad con quienes debe. Permítanme que sea escéptico. Ya les digo que el hombre está de dulce y se la bufa un kilo cumplir los compromisos porque todo le sale bien. ¡Esta vez hasta se ha cargado a Girauta!

Mal menor o así

Ayer tuve un cariñoso cruce de cargas de profundidad con mi apreciado Jon Iñarritu. Él tuiteó (creo que) con la socarronería aguda que lo caracteriza que no acababa de fiarse de la enésima promesa del gobierno español de ponerse manos a la obra con las transferencias eternamente pendientes. Dejando de lado que yo también tiendo a un escepticismo cimentado en quintales de incumplimientos, le anoté al diputado de EH Bildu que ese gobierno del que dudaba era exactamente el mismo al que hace un mes pelado había sido aupado por la abstención de su formación. Con agilidad gatuna, llegó la respuesta. Iñarritu me apuntaba, palabra arriba o abajo, que la experiencia le empujaba a la desconfianza, que iban a denunciar lo que no se hiciera y, como resumen y corolario, que este gobierno era el mal menor. De inmediato llovieron en tromba retuiteos y likes de su réplica a modo de zasca y chúpate esa, infecto pinchaglobos enemigo del pueblo.

Y vale, sí, que pulpo, animal de compañía, pero también que y sin embargo, se mueve. Quiero decir que, mal menor o bien mayor, Sánchez debe su reválida por los pelos a la abstención de la fuerza liderada por Arnaldo Otegi y, sobre todo, de sus socios de ERC. Bien podían haber hecho como los antiguos convergentes, ahora Junts per Cat, que le atizaron con su no en los morros al tipo que en campaña había prometido traer a su líder esposado desde Waterloo. Pero la coalición soberanista no solo no lo hizo, sino que tuvo guardados sus síes en la recámara por si algún socialista patriota ponía en peligro la investidura. Y todo fue, parafraseando a Otegi hace dos días, gratis et amore. No se olvide.


Torra vs Torrent

Bueno, pues ya están las dos grandes almas del soberanismo catalán donde querían los de enfrente. Cierto es que las rencillas, amén de ser inevitables por la pura naturaleza de cada formación, vienen de muy largo. Si la antigua Convergencia echada al monte y la vieja Esquerra que ha abrazado el posibilismo han llegado hasta aquí, ha sido por compartir, más que un objetivo, un enemigo hostigándoles literalmente por tierra, mar y aire. Ahora que el unionismo gobernante ha cambiado (solo de momento y por pura necesidad) las porras por las cucamonas negociatorias, las contradicciones se han agudizado hasta el punto de ser imposibles de ocultar.

Sé que los más convencidos de nuestro terruño, mis tiernos procesistas de salón, clamarán que no hay división alguna y que la meta está cada día más cerca. Que Santa Lucía les conserve la vista y San Cucufato, o sea, Sant Cugat, el voluntarismo irredento ante la evidencia. Junts y ERC o, personalizando, Torra y Torrent, están a mandoble limpio. El primero, representante a este lado de los Pirineos del expatriado Puigdemont, ha visto cómo el segundo le ha levantado la condición de diputado sometiéndose al yugo judicial del estado opresor. En términos que tanto gustan a los más encendidos e incendiados, el barbado president del Parlament ha actuado como un cipayo de tomo y lomo. Lo secretamente divertido para mi es que quienes usaban tal epíteto a todas horas forman en la actualidad sociedad de gananciales políticas con el partido que se ha bajado los pantalones. Confieso que ardo en deseos de escuchar las explicaciones de quienes viven las fantasías propias en carne ajena.

¿Por qué tanta prisa?

En esto de la investidura de nunca acabar andamos como en el truculento refrán castellano: ni cenamos ni se muere padre. O si prefieren un paralelismo más suave, como en el chiste del intermitente: ahora sí, ahora no. Basta repasar los titulares del último mes para comprobar la yenka inconsistente que nos han obligado a bailar. Tan pronto estaba todo a punto de caramelo como unos u otros negociadores, generalmente los de Esquerra, enfriaban las expectativas ante el exceso de entusiasmo de la contraparte socialista.

Por no remontarnos mucho más atrás, este lunes parecía que el pescado estaba vendido para que el trámite parlamentario se consumara el día 30. De hecho, la Mesa del Congreso habilitó el fin de semana y se difundió la especie de que todo quisque había despejado sus agendas. Ayer, sin embargo, tocó la de arena, so pretexto de que el escrito de la Abogacía del Estado sobre la inmunidad de Junqueras tras la decisión del TJUE no era la menudencia que nos habían vendido. A la hora de escribir estas líneas, seguimos esperando el texto, lo que hace pensar que la investidura tendrá que esperar a que nos comamos las uvas.

¿Es tan grave? En absoluto. Lo incomprensible es que, jugándose un capital tan valioso, se haya convertido en una suerte de tótem el hecho de que el gobierno deje de estar en funciones antes de fin de año o, rayando lo patético, antes de reyes, como si hubiera un momento en que la carroza fuera a transmutarse en calabaza. Sostengo con Aitor Esteban que lo fundamental es que haya disposición al acuerdo. Y puesto que parece que eso es así, no tiene la menor importancia esperar al 7 de enero.

Otra investidura

Pierde uno la cuenta de las veces que hemos estado en las mismas durante los últimos cuatro años. De nuevo, investidura a las puertas con las matemáticas abiertamente esquivas al candidato propuesto. Cabe como clavo ardiendo al que aferrarse en la presente reedición del psicodrama que en esta ocasión hay un acuerdo previo y se supone que sólido entre los dos partidos que hace seis meses estuvieron jugando al gato y al ratón. Si añadimos que entre la variada y rica miscelánea política que salió de las últimas urnas hay una amplia vocación de respaldar el gobierno del mal menor, el escenario pinta media migaja mejor.

Con todo, esa amalgama sigue sin ser suficiente. Los hechos tozudos vuelven a señalar a los soberanistas catalanes, y particularmente a ERC, como depositarios de la llave que abre el primer portón a Pedro Sánchez. Conoce uno el paño lo suficiente como para tener claro que lo que trasciende de las negociaciones entre los socialistas y los republicanos es puro humo para despistar o, sin más, alpiste que nos entretenga a los plumillas al tiempo que calme a los menos proclives de cada formación. Aun así, se diría que la disposición de ambas partes es grande y, fijándonos específicamente en Esquerra, que sus demandas son, no ya razonables, sino de mínimos. Si sumamos que los penúltimos movimientos desde Waterloo, para variar, no apuntan por dinamitar los endebles puentes, quizá haya motivo para la esperanza. Ojalá que al bocachancla Emiliano García-Page los reyes le dejen media docena de botes de vaselina, no para lo que él insinúa en su hedionda metáfora, sino para que se la tome con árnica y sifón.