¿Por qué tanta prisa?

En esto de la investidura de nunca acabar andamos como en el truculento refrán castellano: ni cenamos ni se muere padre. O si prefieren un paralelismo más suave, como en el chiste del intermitente: ahora sí, ahora no. Basta repasar los titulares del último mes para comprobar la yenka inconsistente que nos han obligado a bailar. Tan pronto estaba todo a punto de caramelo como unos u otros negociadores, generalmente los de Esquerra, enfriaban las expectativas ante el exceso de entusiasmo de la contraparte socialista.

Por no remontarnos mucho más atrás, este lunes parecía que el pescado estaba vendido para que el trámite parlamentario se consumara el día 30. De hecho, la Mesa del Congreso habilitó el fin de semana y se difundió la especie de que todo quisque había despejado sus agendas. Ayer, sin embargo, tocó la de arena, so pretexto de que el escrito de la Abogacía del Estado sobre la inmunidad de Junqueras tras la decisión del TJUE no era la menudencia que nos habían vendido. A la hora de escribir estas líneas, seguimos esperando el texto, lo que hace pensar que la investidura tendrá que esperar a que nos comamos las uvas.

¿Es tan grave? En absoluto. Lo incomprensible es que, jugándose un capital tan valioso, se haya convertido en una suerte de tótem el hecho de que el gobierno deje de estar en funciones antes de fin de año o, rayando lo patético, antes de reyes, como si hubiera un momento en que la carroza fuera a transmutarse en calabaza. Sostengo con Aitor Esteban que lo fundamental es que haya disposición al acuerdo. Y puesto que parece que eso es así, no tiene la menor importancia esperar al 7 de enero.

Otra investidura

Pierde uno la cuenta de las veces que hemos estado en las mismas durante los últimos cuatro años. De nuevo, investidura a las puertas con las matemáticas abiertamente esquivas al candidato propuesto. Cabe como clavo ardiendo al que aferrarse en la presente reedición del psicodrama que en esta ocasión hay un acuerdo previo y se supone que sólido entre los dos partidos que hace seis meses estuvieron jugando al gato y al ratón. Si añadimos que entre la variada y rica miscelánea política que salió de las últimas urnas hay una amplia vocación de respaldar el gobierno del mal menor, el escenario pinta media migaja mejor.

Con todo, esa amalgama sigue sin ser suficiente. Los hechos tozudos vuelven a señalar a los soberanistas catalanes, y particularmente a ERC, como depositarios de la llave que abre el primer portón a Pedro Sánchez. Conoce uno el paño lo suficiente como para tener claro que lo que trasciende de las negociaciones entre los socialistas y los republicanos es puro humo para despistar o, sin más, alpiste que nos entretenga a los plumillas al tiempo que calme a los menos proclives de cada formación. Aun así, se diría que la disposición de ambas partes es grande y, fijándonos específicamente en Esquerra, que sus demandas son, no ya razonables, sino de mínimos. Si sumamos que los penúltimos movimientos desde Waterloo, para variar, no apuntan por dinamitar los endebles puentes, quizá haya motivo para la esperanza. Ojalá que al bocachancla Emiliano García-Page los reyes le dejen media docena de botes de vaselina, no para lo que él insinúa en su hedionda metáfora, sino para que se la tome con árnica y sifón.

Consultas o así

Lo sorprendente es que ninguna de las consultas de las direcciones de los partidos a sus bases se haya saldado con un 225 por ciento de votos favorables. Ahí han andado, rozando el pleno, en el clásico búlgaro de la mayoría apabullante maquillada con un puñado de sufragios en contra. No me digan que no resulta enternecedor que a estas alturas pretendan colarnos esos plebiscitos de fogueo como la releche en verso de la democracia interna, y me llevo una. Cuando los gerifaltes de los aparatos planteen un cara o cruz que puedan perder, hablaremos de coraje, gallardía y disposición a aceptar la voluntad de la militancia. Entretanto, nos quedamos en un caramelito ventajista sin más sentido que procurar a los mandarines una coartada para hacer lo que les pete con la apariencia de respaldo.

En todo caso, si cabe algún reproche, no es a las cúpulas sino a los dóciles rebaños que en los casos que nos ocupan han accedido a pronunciarse sin conocer los detalles de la cuestión por la que se les preguntaba. Eso reza para los afiliados de PSOE y Unidas Podemos, que han debido definirse sobre un par de folios vagos, pero especialmente para los de ERC. A las huestes republicanas les ha tocado responder a una pregunta con triple tirabuzón y, sobre todo, de interpretación final absolutamente abierta. El abrumador resultado favorable da manos libres a la dirección de la formación soberanista para decidir si lo que sea que acepte el PSOE, ya sea mesa con mediador o con el botijo de agua fresca que mentó en su día Aitor Esteban, es condición suficiente para facilitar la investidura de Pedro Sánchez. Muy bien jugado por su parte.

Un dilema soberano

¿Facilitar o no facilitar la investidura de un gobierno con Pedro Sánchez como presidente y Pablo Iglesias como vicepresidente? He ahí el dilema del soberanismo catalán que —dejémonos de bobadas— es quien tiene los votos necesarios, incluso en forma de abstención, para que el pacto de los Picapiedra pase del par de folios con la firma de los susodichos a la realidad. Fíjense que lo que tras el 28 de abril parecía empresa factible ahora se ha puesto muy cuesta arriba. Y no será porque no se advirtió hasta la náusea durante el flirteo impostado del verano de que tras la sentencia del Procés el asunto se tornaría endiablado.

Por si eso no hubiera sido suficiente por sí solo, el Sánchez de la campaña electoral prometiendo trullo para los convocantes de referendos o presumiendo de que a un chasquido de sus dedos la fiscalía traería a Puigdemont engrillado ha elevado el precio del trato. Como poco, cabría exigir que el aspirante a dejar de estar en funciones se retractara de sus bravatas. No parece que vaya a ocurrir y aunque así fuera, tampoco se puede asegurar que serviría de algo cuando llevamos cuatro semanas de bronca sin tregua en las calles.

Ahí es donde Esquerra tiene que tomar aire y andar con pies de plomo. Será muy complicado explicar a los que llevan en el costillar una buena colección de porrazos que se va a permitir un ejecutivo liderado por el que ordenó a los uniformados actuar sin miramientos. Ya hemos visto a Rufián tratado de traidor y abandonando con la testuz gacha una movilización a la que acudió pensando que lo pasearían a hombros. No va a ser nada sencillo escoger entre lo malo y lo peor.

Colau y el poder

De entre las innumerables historias ejemplares (en el buen y en el mal sentido) que nos dejaron la constitución de los ayuntamientos, me quedo con el folletón de Barcelona. Más allá de filias y fobias, la actitud de Ada Colau atornillándose a la poltrona contiene la quintaesencia de lo que es la política. El juego va, básicamente, de conseguir y mantener el poder. Lo demás son evanescencias, postureos para la galería que se practican solo desde la oposición y, en definitiva, parole, parole, parole. La propia regidora-lapa lo ha confesado sin el menor rubor. “Nos hemos dado cuenta del valor incalculable que supone retener la institución”, iba contando ante cada alcachofa que le ponían delante. ¡Ella, que apenas anteayer vociferaba contra la casta que mandaba de vacaciones su ideario y hacía lo que fuera por permanecer en el machito!

Y ojo, que no seré yo quien le afee la conducta. Me limito tan solo a señalar la (enésima) brutal incoherencia entre los blablablás de la individua antes y después de tocar pelo gubernamental. En lo que es la sustancia de su actitud, poco tengo que decir. Que tire la primera la piedra quien no haya hecho lo que buenamente ha podido para auparse a un gobierno o, como es el caso, para no ser descabalgado. La propia ERC, que tanta indignación está manifestando, intentó por lo civil y por lo criminal exactamente lo mismo que Colau. Solo que lo que en otros municipios le fue bien, en Barcelona chocó con un PSC bien armado aritméticamente y con un señor, el tal Manuel Valls, necesitado de sacar petróleo de sus penosos resultados. “Es la política, amigo”, diría ya saben ustedes quién.

Cortesía parlamentaria

Para que no queden dudas, empezaré dejando claro que me pareció que el soberanismo catalán, y en particular, ERC, se equivocó al no facilitar la operación del PSOE para convertir a Miquel Iceta en presidente del Senado español. Como ya escribí aquí, el precio era ínfimo y aunque la contrapartida tampoco era la caraba, el resultado global tenía más aspectos positivos que negativos. Vamos, que menos daba una piedra. Y si bien no soy ni de lejos tan fan del voluble y excesivamente histriónico político catalán como otros, poco se perdía dándole el capricho de ser la cuarta autoridad del Estado. Máxime, si los que de verdad iban a echar las muelas por verlo ahí son los integrantes del trío de la bencina que ustedes saben.

Aclarado eso, lo que no puedo tragar es que tras la malbaratación del plan de Pedro Sánchez y sus gurús, el personal se rasgue las vestiduras porque se ha quebrado la cortesía parlamentaria que supuestamente obliga a votar de modo que se facilite la designación como senador autonómico de cualquier fulano que proponga un partido. No y mil veces no. Póngase en el reglamento que en función de su representatividad, un grupo tiene derecho a un senador o dos y nómbrese o nómbrense por imperativo. Si no se hace y se somete a votación, acéptese que cada quien haga de su capa un sayo. ¿O es que fue descortés aprovechar que Mayor Oreja se durmió para aprobar los presupuestos en el Parlamento Vasco? ¿O es que es cortés del copón y medio pactar para repartirse las mesas de los parlamentos? Por no hablar de la cortesía que implica aprovechar que hay parlamentarios electos presos para cambiar las mayorías.