Espías como nosotros

Lo del espionaje en masa y a discreción es tan grave que la única opción que nos queda es tomárnoslo a chunga. De verdad que antes de ponerme a teclear he estado ensayando un tono severo o como poco, circunspecto, para denunciar la ofensa a todas luces intolerable. Pero se me suelta la risa, creo que la tonta o la histérica, y se me va al carajo el discurso sobre la tremenda ignominia que es verse convertido en ala de mosca bajo el microscopio del gran hermano. Si, en general, el pataleo sirve apenas como desfogue y casi nunca para cambiar las actitudes o los hechos contra los que creemos estar rebelándonos, en un caso como este, la utilidad de la protesta es aún menor. Ya me gustaría ser uno de esos columnistas modelo “Se van a enterar estos malandrines del Pentágono” y cascarles aquí y ahora, sin ponerme rojo como la nariz de un político que no nombro, una filípica de pantalón largo sobre la desvergonzada intromisión permanente en el templo sagrado de nuestra intimidad. (¿Ven la chorrada que acabo de escribir? Pues eso era justamente lo que quería evitar)

Nos vigilan, sí. Al común de los mortales cuando busca en internet un hotelito con encanto en las Alpujarras y a Angela Merkel cuando parraplea por su móvil. Y ni a la baranda de Europa ni a nosotros nos queda más alternativa que sulfurarnos a beneficio de inventario, quizá con la diferencia de que ella se lo puede soltar a la cara y en palabras desabridas al jefe de los mirones, que para mayor tocadura de pelendengues, resulta ser un tipo que en su día creímos que era diferente.

Probablemente ahí está la cuestión. Obama no es diferente. Ni de Bush, ni de Putin, ni de Netanyahu… ni, mucho me temo, de cualquiera de nosotros mismos, que actuaríamos de un modo bastante parecido si tuviéramos los medios para ello. Tire la primera piedra quien no haya echado una miradita como al despiste al guasap de su pareja. Sin mala intención, claro.

Obama me espía

Obama me espía, cuánto honor. Como mi vecina Justi (nombre ficticio por si acaso), que tenía un cuaderno de bitácora donde registraba al detalle a qué hora salía, a qué hora entraba, con quién y en qué condiciones para pregonarlo después en la escalera. Una madrugada que sería más bien alborada, al adivinarla entre los visillos de su atalaya, hice como que se me caían las llaves y en el viaje a recogerlas le dediqué un calvo, creo que el único que he hecho en mi vida. Todavía hoy, cuando me la cruzo en el descansillo y le saludo con mi educación habitual, noto en ella un asomo de turbación provocada sin duda por el recuerdo imborrable de mis cuartos traseros. Los rosarios que habrá rezado esa mujer rememorando la escena.

Obama me espía, vaya por Dios. Tentaciones me dan de montarle idéntico numerito que a la sufrida Justi. ¿Pero para qué? A buen seguro que en mi expediente archivado vaya usted a saber en qué servidor del desierto de Mojave figura mi anatomía completa cartografiada en 3D, junto a lista de las páginas de internet que más visito y a una relación de las últimas chorradas que he comprado y pagado por PayPal.

Obama me espía, qué contrariedad. ¡Si por lo menos me dejara aclararle que entro tanto a la web de La Razón por motivos de trabajo o que aquel top fucsia ideal de la muerte que agencié en Amazon era un encargo de una prima de Cuenca! Le enviaría un email explicándolo, pero me da miedo que se lo tome a mal y flete un dron para que me apiole a domicilio; la dirección la tiene, por descontado.

Obama me espía, hay que joderse. Pero no solo él, que al fin y al cabo tiene un premio Nobel de la Paz y es el líder del mundo libre. También veo cámaras en cada sitio al que entro o por el que paso. En cajeros, parkings, centros comerciales, semáforos, hospitales, polideportivos, confesionarios… hay un objetivo que nos apunta. Miren al pajarito y sonrían. Creo que no queda otra.