Adeu, Mas (otra vez)

La primera vez que tuve delante a Artur Mas en carne mortal fue a principios de 2004. Venía de estrenarse mordiendo el polvo como cabeza de cartel de CiU. Tras 23 años y medio de pujolismo, el llamado a ser hereu del todopoderoso mandarín se quedó compuesto y sin presidencia ante el PSC de Pasqual Maragall, que sumó escaños con una ERC que ni soñaba con lo que llegaría a ser y con los restos de serie del histórico PSUC, rebautizados por aquellos días como ICV. El rencor, por no decir encabronamiento, era patente en cada una de las respuestas a las preguntas que le iba haciendo.

A esa impresión inicial de tipo profundamente resentido fui sumando otras en las conversación. Como que era un vendepeines con poco fuste político embutido en un traje caro. O como que, más allá de formulismos, le importaba una higa la pelea que vivíamos por entonces por estos pagos. El llamado Plan Ibarretxe se acababa de presentar en el Parlamento Vasco y hacía correr ríos de tinta tóxica en los vertederos mediáticos del ultramonte. A Mas, oigan, ni fu ni fa. Simpatía y atención por lo que se cocía, pero dejando claro que los ritmos de Catalunya eran diferentes, qué gracioso resulta recordarlo casi tres quinquenios más tarde.

No puedo decir que en adelante mejorase mucho mi concepto sobre quien zascandileó con Zapatero para descafeinar el Estatut de la discordia o quien en la campaña de las elecciones que devolvieron a CiU al poder tuvo el apoyo cerrado de toda la caverna hispana. Comprenderán la risa tonta que me entra al ver que en su segundo mutis obligado sea despedido como la leche en verso del independentismo.

¿Todo sigue igual?

Tirando del clásico manido, la ciudadanía catalana ha hablado. Otra cosa es que vayamos a ponernos de acuerdo sobre lo que ha dicho. Por lo que voy viendo en los apenas minutos que han pasado desde que el escrutinio ha quedado visto para sentencia, casi todos pueden cantar su trocito de victoria. El que más, claro, Carles Puigdemont, a quien ya nadie podrá discutirle que es el líder del independentismo. Será difícil toserle, aunque tampoco está muy claro cuál es su futuro. ¿La cárcel? Con el batacazo que se ha pegado el PP, Rajoy le tendrá más ganas que antes.

En cuanto a Esquerra, para declararse ganador, deberá contarse en bloque. Es verdad que los soberanistas vuelven a ser mayoría absoluta. Pero con menos votos, y de nuevo dependiendo de una capitidisminuida CUP, que va a hacer valer sus cuatro escaños como si fueran oro.

Al otro lado, el constitucionalismo encabezado sin la menor duda por Inés Arrimadas dará por cautivo y desarmado al Procés. Lo que no podrá será hacer efectiva su victoria numérica. El éxito no le dará para ser presidenta. De los Comunes y el PSC, poco que decir. Poco pintaban y menos parece que van a pintar. No están los tiempos para los grises. O para las medias tintas, no sé bien.

¿Estamos donde estábamos el 27 de septiembre de 2015? La tentación es pensar que sí, pero luego uno se consuela pensando que no nos bañamos dos veces en el mismo río y que la experiencia es un grado. Muy pronto vamos a saber si se ha aprendido algo por el camino o si estamos condenados al día de la marmota en un bucle infinito. ¿Reservo hotel para dentro de seis meses? Más de uno me lo recomienda.

Encuestas y caprichos

Si siempre es entretenido mirar encuestas, echar un vistazo a las que se han publicado de cara a las elecciones impuestas del 21-D en Catalunya procura una diversión superlativa. Por lo menos, para los frikis de la cosa político-demoscópica (o viceversa), como este que suscribe, que ha disfrutado con cada barómetro de parte como hacía tiempo que no recordaba.

¿De cada parte? Bueno, empecemos aclarando eso, que también tiene su miga. Una de las dos presuntas partes, la soberanista, se ha cuidado mucho de airear sondeos. Me dirán que eso es porque la potencia mediática y económica está al otro lado, pero no es cierto del todo. De hecho, es uno de los mitos falsos que, como tantos otros, nos tragamos sin pestañear. En el bando que apuesta por el adeu a España hay unos cuantos medios de comunicación con una enorme potencia de fuego. Sin ellos, y por mucha que sea la fuerza de la base social, habría sido imposible llegar a donde se ha llegado. Algún significado debe de tener que estas cabeceras no hayan dado el do de pecho en pronósticos. Quizá sea solo que el 155 ha menguado el chorro de pasta, pero eso ya es significativo.

En el flanco unionista, a cambio, sí ha habido profusión de vaticinios. Ni siquiera diría que con cocina. A la vista de los resultados y, sobre todo, de cómo se han ido suministrando las sucesivas dosis de buena ventura, parece claro que lo de menos han sido los muestreos. Los titulares han salido, como diría Butano, del forro de los caprichos de los tituladores. Y ese capricho, haciendo la media de lo que sacan unos y otros, es que Arrimadas se va a salir de la tabla. Pues vale.

Tragicomedia del tesoro

Berlanga vive. Decenas de seres humanos trasnochan frente a un museo para evitar que unas (supuestas) obras de arte por las que casi nadie había mostrado gran interés sean llevadas al lugar donde estuvieron durante centenares de años con más pena que gloria. Junto a los agrestes defensores del tesoro, hacen guardia en la fría madrugada de Lleida mis colegas del gremio plumífero, cada cual con su parroquia que atender y sus huestes que enardecer. Así, unos narran la berroqueña resistencia a lo que califican como expolio español —botín de guerra, nada menos, según el president arraigado en Bruselas—, mientras los de enfrente, enfervorecidos de españolidad, dan la buena nueva del entuerto desfacido y la gozosa vuelta de los cachivaches afanados a la localidad de procedencia. Como ayudantes y garantes del traslado, mire usted por dónde, los mismos mossos que pasan de héroes a villanos y viceversa, según el costillar que muelan con sus porras. Esta vez, gajes del oficio o del 155, tocó atizar a los de las esteladas.

Lo patético vuelve a suplantar a lo épico en esta tragicomedia de Sigena (o Sijena, que hasta la ortografía es confusa), cuando lo que hay de fondo es bien poco. Esto empezó con unas monjas, no sé sabe si caraduras o muy necesitadas, que vendieron por una cantidad ridícula lo que no era suyo a quien no debió comprarlo. No hay modo de defender el expolio, y menos, cuando se ha sido expoliado en tantas y tantas ocasiones como le ha ocurrido a Catalunya. Es para llorar que los argumentarios que escuchamos con los papeles de Salamanca se estén calcando ahora a la inversa. ¿Nadie se acuerda?