Diario del covid-19 (26)

Al guionista de la telesierie se le ha ido definitivamente la cabeza. En el último episodio, el predecesor del actual presidente del Gobierno español se saltaba el confinamiento para darse un rule de media hora. Uno de los acólitos vascongados del egregio infractor, de nombre Iñaki Oyarzábal, clamaba en Twitter que qué vergüenza darle pábulo en los medios a la fechoría de su exjefe, y pedía un duro castigo… ¡para quien grabó al incontenible andarín de Pontevedra!

Apenas unas escenas antes, el conseller de Interior de Catalunya montaba un pifostio del nueve largo porque desde España les habían mandado 1.714.000 mascarillas desechables, lo que según el tipo, era una clara y fea alusión al año 1.714, cuando los ejércitos borbónicos tomaron Barcelona, dando comienzo al yugo español. Hasta Gabriel Rufián, que no es sospechoso de rojigualdismo, terció espantado por una situación que le pareció sacada del programa de humor de TV3 Polònia.

Como remate, uno de los milicos de las ruedas de prensa oficiales —no sé si el mismo que el sábado apelaba al refranero español y anteayer llamaba “nuestro querido virus” al bicho que ustedes saben— anunciaba como enorme hito en la lucha contra el covid-19 la detención de unos paisanos que habían robado treinta kilos de naranjas y limones. Se lo juro.

Trapero, héroe caído

Estuve en Barcelona durante dos de los días que asombraron —o así— al mundo. El 1 de octubre de 2017 asistí al referéndum que se celebró contra la furia de las porras de la Guardia Civil y la Policía Nacional. El 27 del mismo mes, tras la ciaboga meteórica de Puigdemont a cuenta de las 155 monedas de plata de Rufián y los gritos de un puñado de universitarios, presencié la escasamente heroica declaración unilateral de independencia, celebrada por un millar de personas mal contadas en las inmediaciones del Parlament.

Además de la brutalidad sañuda de los piolines el domingo de urnas de plástico y de la falta casi total de épica de la proclamación de la república catalana cuatro semanas después, mi mayor motivo de sorpresa fue la exquisitez en el trato de los soberanistas a los Mossos D’Esquadra. Allá donde se cruzasen, había guiños cómplices, carantoñas, besos al aire y hasta vítores hacia los uniformados locales, que algunos parecían tener como la punta de lanza de las fuerzas armadas de la Catalunya naciente.

Muy poco tenía que ver todo aquel almíbar con las desmedidas actuaciones que yo había visto protagonizar a la policía del terruño. Pero decirlo en voz alta era de mala nota. Por entonces, el cuerpo gozaba de un prestigio indecible entre los partidarios de la secesión, que tenían entre sus grandes personajes de culto al Major Josep Lluis Trapero. Palabra que vi camisetas con su atractivo y aún barbado rostro serigrafiado. Cómo me gustaría saber qué ha sido de esas prendas ahora que el héroe ha devenido en villano y anda por esos juzgados de Dios proclamando que a él el procés le parece una barbaridad.

Borbón en off

Redacción: La vaca. La vaca tiene cuernos. La vaca come hierba. La vaca da leche. La vaca hace muuuu. Felices fiestas, eguberri on, bon nadal, boas pascuas.

Como sé que muchos de ustedes son más de poteo previo de nochebuena que de echarse caspa a los ojos o, directamente, que no se atizarían un Bourbon on the rocks ni por todo el oro del mundo, me he permitido resumirles arriba el discurso que expelió anteanoche el actual titular de la corona española. Sí, seguro que han leído o escuchado que dijo otras cosas. Pero no se dejen confundir. Las interpretaciones a medida del consumidor ideológico forman parte de la coreografía que sigue a la emisión del mensaje. En general, la charleta gusta a los de siempre y disgusta a los otros de siempre. Cada cual se cuelga de esta o aquella frase para verter opiniones que ya tenía precocinadas desde antes de que sonara el chuntachunta que abre paso a la conexión en falso directo —esta vez de 24 horas— con el casuplón del Preparao.

En el caso que nos ocupa, ni siquiera cabe ese ejercicio de equilibrismo argumental. El texto que recitó el tipo estaba específicamente construido para llenar los diez minutos de rigor. Fueron seis folios de topicazos de cuarta regional que sirven lo mismo para un roto que para un descosido. De traca fue que mentara Catalunya como de pasada en una enumeración de preocupaciones que incluía las consecuencias de la revolución tecnológica (sic) sobre la cohesión social o la desconfianza de algunos (sic) ciudadanos en las instituciones. Le faltó añadir la decepcionante trayectoria en la liga de su Atlético de Madrid. En resumen, no dijo nada de nada.

Consultas o así

Lo sorprendente es que ninguna de las consultas de las direcciones de los partidos a sus bases se haya saldado con un 225 por ciento de votos favorables. Ahí han andado, rozando el pleno, en el clásico búlgaro de la mayoría apabullante maquillada con un puñado de sufragios en contra. No me digan que no resulta enternecedor que a estas alturas pretendan colarnos esos plebiscitos de fogueo como la releche en verso de la democracia interna, y me llevo una. Cuando los gerifaltes de los aparatos planteen un cara o cruz que puedan perder, hablaremos de coraje, gallardía y disposición a aceptar la voluntad de la militancia. Entretanto, nos quedamos en un caramelito ventajista sin más sentido que procurar a los mandarines una coartada para hacer lo que les pete con la apariencia de respaldo.

En todo caso, si cabe algún reproche, no es a las cúpulas sino a los dóciles rebaños que en los casos que nos ocupan han accedido a pronunciarse sin conocer los detalles de la cuestión por la que se les preguntaba. Eso reza para los afiliados de PSOE y Unidas Podemos, que han debido definirse sobre un par de folios vagos, pero especialmente para los de ERC. A las huestes republicanas les ha tocado responder a una pregunta con triple tirabuzón y, sobre todo, de interpretación final absolutamente abierta. El abrumador resultado favorable da manos libres a la dirección de la formación soberanista para decidir si lo que sea que acepte el PSOE, ya sea mesa con mediador o con el botijo de agua fresca que mentó en su día Aitor Esteban, es condición suficiente para facilitar la investidura de Pedro Sánchez. Muy bien jugado por su parte.

Un dilema soberano

¿Facilitar o no facilitar la investidura de un gobierno con Pedro Sánchez como presidente y Pablo Iglesias como vicepresidente? He ahí el dilema del soberanismo catalán que —dejémonos de bobadas— es quien tiene los votos necesarios, incluso en forma de abstención, para que el pacto de los Picapiedra pase del par de folios con la firma de los susodichos a la realidad. Fíjense que lo que tras el 28 de abril parecía empresa factible ahora se ha puesto muy cuesta arriba. Y no será porque no se advirtió hasta la náusea durante el flirteo impostado del verano de que tras la sentencia del Procés el asunto se tornaría endiablado.

Por si eso no hubiera sido suficiente por sí solo, el Sánchez de la campaña electoral prometiendo trullo para los convocantes de referendos o presumiendo de que a un chasquido de sus dedos la fiscalía traería a Puigdemont engrillado ha elevado el precio del trato. Como poco, cabría exigir que el aspirante a dejar de estar en funciones se retractara de sus bravatas. No parece que vaya a ocurrir y aunque así fuera, tampoco se puede asegurar que serviría de algo cuando llevamos cuatro semanas de bronca sin tregua en las calles.

Ahí es donde Esquerra tiene que tomar aire y andar con pies de plomo. Será muy complicado explicar a los que llevan en el costillar una buena colección de porrazos que se va a permitir un ejecutivo liderado por el que ordenó a los uniformados actuar sin miramientos. Ya hemos visto a Rufián tratado de traidor y abandonando con la testuz gacha una movilización a la que acudió pensando que lo pasearían a hombros. No va a ser nada sencillo escoger entre lo malo y lo peor.

Paradojas del Procés

Algo me pierdo. 350.000 personas en la movilización número ene contra la sentencia del Procés son un pinchazo. Sin embargo, 80.000 en una manifestación constitucionalista con autobuses son un éxito del copón. Y casi es peor cuando tratan de explicarte que la cuestión está en las expectativas. Te sueltan sin mudar el gesto que en el primer caso se esperaban más y en el segundo, menos. ¿Se dan cuenta de lo que están reconociendo con tal argumento?

No se molesten en contestar. Era una pregunta retórica. Total, en esta gresca lo que se impone es la quíntuple vara. Fíjense, por ejemplo, qué cabreo más justificado con la vileza de Grande Marlaska —¡Nada menos que ministro de Interior, aunque sea en funciones!— sosteniendo que la violencia en Catalunya es cualitativamente peor que la que hubo en Euskadi. Se pregunta uno por qué los que más indignación han gastado en las soflamas contra el lenguaraz juez en excedencia son muchos de los que hace nada aplaudían idéntico paralelismo salido de labios de Puigdemont. Y, claro, viceversa: bastantes de los que entonces se ofendieron por el burdo símil salen ahora en defensa de Marlaska con la martingala de que hablaba “en términos conceptuales”.

Ocurre que no hay paradoja insuperable. Después de quintales de esfuerzos dialécticos para achacar los actos violentos a infiltrados por el unionismo o de poner a caldo de perejil a los medios que muestran las imágenes de caos, la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, sentencia: “Son estos incidentes los que hacen que estemos en la prensa internacional de manera continuada estos días, es decir, que hacen visible el conflicto”. Jo-dó.