Diario de la segunda ola (3)

Grandes retratos de la segunda ola. Mientras un disciplinado ejército de alevines avanzaba hacia sus pupitres-burbuja cumpliendo escrupulosamente con las medidas de prevención, sus progenitores contemplaban el espectáculo apiñados a la puerta del centro educativo en cuestión. Alguno, hasta cigarrillo en mano. Y mientras, los plumíferos agotábamos los tópicos sobre el incierto regreso, sabiendo en nuestro fuero interno que, casi como desde la irrupción del bicho allá por el pasado invierno, nuestras palabras pueden quedar desmentidas por los hechos medio minuto después de ser pronunciadas.

Lo único seguro es que no hay nada seguro. Otra cosa es que asumirlo provoque tal zozobra que salga a cuenta no darse por enterado. Total, la frágil memoria juega a favor de los contumaces anunciadores del fin del mundo. Como me sopló alguien por el pinganillo ayer, de haber hecho caso a ciertos doctores Tragacanto, en la demarcación autonómica ahora mismo estaríamos a las puertas de una campaña electoral. “¿Por qué en julio y no en septiembre?”, preguntaban con los ojos fuera de las órbitas. Pero casi mejor que ni se les ocurra recordárselo, porque aun les porfiaran, como hizo hace poco un aguerrido padre de la patria, que aquellos comicios son el origen de la situación actual. Le faltó tararear Amante bandido.

Diario del covid-19 (50)

Francamente, no esperaba que los campeones siderales de loas a la soberanía popular fueran a retratarse como los más refractarios del lugar a la colocación de urnas. Como ya anoté aquí, resulta particularmente insultante, amén de autodefinitoria, la soplagaitez esa de que la sociedad vasca no está para elecciones. Cualquiera que se haya dado un rule ayer mismo por nuestras calles en la fase cero coma pico habrá comprobado que, sin ser el de antes de la pandemia, el paisaje ya no tiene nada que ver con el páramo del confinamiento. Vuelve a haber vida. Más incluso de la que el cenizo que teclea cree que sería razonable para un momento en el que el virus todavía no ha hecho las maletas.

Parece, por lo tanto, que no es descabellado pensar que el 12 de julio, dentro de casi dos meses, la situación vaya a ser mejor. Y si resultara que no, hay tiempo para plegar velas y esperar un momento más propicio. Puro sentido común. Por eso se antoja tan incomprensible que la cojan llorona y bronquista las formaciones políticas que, por lo demás, no tienen nada que perder de la convocatoria electoral. Al contrario: se la juegan los que llevan la manija de la gestión de una crisis endiablada donde casi todo el monte es orégano para hacer oposición de pimpampum calcadita, oh sí, de esa tan pintoresca allende Pancorbo.

Diario del covid-19 (48)

Escucho a señalados portavoces de uno y otro lado del meridiano ideológico que la sociedad vasca no está para elecciones. Así, tal cual, a palo seco, categóricamente, sin lugar al matiz ni a la réplica. Como tantas otras cosas en estas semanas de espanto, los usufructuarios únicos de la verdad han tomado la decisión de lo que es y lo que no es sin consultar a los implicados. Igual en lo que atañe a la sanidad, la economía, la educación o los meros comportamientos individuales, los autoinvestidos doctores toman las decisiones basándose en el mismo principio que guiaba a la asamblea de majaras de la canción de Kortatu: mañana sol y buen tiempo.

Y en esto de la celebración de las elecciones pendientes en julio —que yo no sé si sí o si no, se lo juro— ya han determinado que no hay más tutía. No, no, y no. Como me dicen varios oyentes de Euskadi Hoy en Onda Vasca-Grupo Noticias, quizá el error del lehendakari fue no hacer la propuesta contraria a la que le parecía más razonable. Si hubiera dicho que en septiembre o hablado de posponer el asunto sine die, se le estarían exigiendo los comicios para pasado mañana porque la Democracia no puede quedar al albur de una pandemia. ¿Y saben lo que les digo? Que tendrían razón. Si de verdad nos creemos lo de la soberanía popular, no hay que renunciar a ejercerla.

Casado humilla a Alonso

Casi a la par que Real y Athletic consiguieron su brillante pase a las semifinales de Copa tras hacer morder el polvo, respectivamente, a Madrid y Barça, corrió el chauchau de que el Partido Popular había elegido a Rosa de Sodupe como candidata a Lehendakari para las elecciones que —tiene pinta— se nos vienen encima. Era inevitable que las albricias se adueñaran de los memes de las redes sociales. Tanta alegría, aventuraban decenas de malévolos tuiteros, no podía ser verdad. Y la lástima, mirado desde el lado de quienes desean que la franquicia vascongada del PP resulte más irrelevante de lo que ya es en la actualidad, es que no lo vaya a ser.

Pensaba uno cuando se echó a correr semejante especie que se trataba de un bulo de cuarta regional. Ni les cuento la cara que se me quedó al saber por las fuentes cavernarias que he vuelto a frecuentar que, efectivamente, en la Génova del mandarín Casado se había ponderado esa posibilidad muy seriamente. De hecho, va a misa que la doña exmagenta fue llamada a consultas en la sede central del PP junto a Fernando Savater —lagarto, lagarto— y Maite Pagazaurtundua, quien, por cierto, aún no está descartada al cien por ciento para encabezar una hipotética candidatura conjunta de populares y Ciudadanos en la plaza autonómica.

Todo eso, ojo al parche, después de haber ofrecido a Alfonso Alonso la consabida salida digna remunerada a millón en algún chiringo semipúblico bajo la égida pepera. Parece que la estrechez de fechas, sobre todo si hay adelanto, lo va a impedir. Pero como humillación al principal valor político del partido en la CAV no me digan que no es del quince.

Urnas parlantes

Mi animal mitológico favorito es la urna parlante. Lástima que todavía no haya encontrado una sola. Lo confieso no sin rubor, pues debo de ser uno de los pocos seres humanos que queda por asistir al sin duda majestuoso espectáculo de las cajas de metacrilato lanzando sus (por lo visto) siempre sabias y certeras peroratas. Escribo, por supuesto, de oídas y con una indisimulable envidia hacia tantos y tantos afortunados que juran haber escuchado de labios de las urnas todo tipo de sentencias lapidarias, sospechosamente acordes, eso también es verdad, a los intereses de los presuntos testigos de semejante fenómeno.

“Las urnas dijeron contundentemente que querían un gobierno de coalición”, proclaman los apóstoles del sumo sacerdote Iglesias Turrión. “Las urnas hablaron con claridad”, porfían con más misterio y con interpretación abierta a rotos y descosidos los acólitos del sanchismo ivanredondista. Y al otro lado de la bisectriz ideológica, lo mismo, pero con la martingala adaptada a su nicho de mercado y cambiando el sujeto de la frase por “los españoles”, como si los resultados electorales fueran el producto de una decisión consensuada por todos los miembros del censo.

No negaré que quizá tras un referéndum (de esos que tanto acongojan a algunos) tenga sentido expresarse en esos términos. Incluso sería razonable hacerlo ante unos resultados apabullantes en unos comicios. En el resto de los casos, empezando por el del 28 de abril, poner este o aquel mensaje en boca de las urnas o de una entelequia bautizada “los españoles”, “la ciudadanía” o “la sociedad” solo es propio de iluminados, de jetas o ambas cosas.

Que las convoquen ya

Aquí les vengo, al borde de la extenuación prevacacional, malsujetando la bandera blanca con una mano y mis tripas con la otra. Les anuncio mi rendición total sin condiciones. Me uno al enemigo con el que no puedo, y desde este instante me declaro partidario de la repetición electoral. De hecho, si por mi fuera, y en evitación de sufrimientos mayores, hasta prescindiría de la milonga de la investidura. Que pongan fecha y se dejen de sobetearnos la entrepierna con sus sobreactuados lanzamientos mutuos de trastos de porexpan a la cabeza. Como decía mi abuela, el que más pueda, capador.

Total, ¿qué puede pasar aparte de seguir otros tres meses y pico con todo manga por hombro? Personalmente, lo que más me despiporraría sería que quedasen las cosas tal cual están ahora. Sabrá Iván Redondo las cuentas que se ha hecho, pero no es descabellado pensar que, escaño arriba o abajo, resultara que los dos que no son capaces de consumar ahora la coyunda se siguieran necesitando para conseguir algo parecido a la mayoría que tampoco sería absoluta..

Y esa es la mejor alternativa. A partir de ahí, cabe temer que tras un nuevo paso por las urnas, a Ciudadanos se le curen los remilgos y, como quiere el Señor (o sea, el Ibex 35), los naranjas saquen del cajón el pacto con Sánchez de febrero de 2016. Claro que tampoco es descartable —¡al contrario!— la opción España Suma, haciendo realidad su nombre porque los votantes de izquierdas tienden a enfadarse y no respirar a la mínima contrariedad, mientras que los de derechas prefieren mostrar su cabreo a golpe de papeleta. Conste que todo esto lo escribo solo para que no ocurra. Ojalá.

Grecia ya no importa

El domingo hubo elecciones generales en Grecia. Lo habrán visto en un suelto de aliño perdido entre la crueldad de la canícula, las broncas orgullosas de diseño y, ya si eso, la cuenta atrás de Sánchez hacia su investidura (o no) o los pactos anunciados y desmentidos de la triderecha cañí. Ganó por goleada, o sea, por mayoría absoluta, Nueva Democracia, el partido conservador que empufó el país y lo condenó al infierno de la austeridad despiadada y los rescates europeos que se pagaron con sangre, sudor y lágrimas. O contado a la inversa, perdió Syriza, la formación supuestamente de ultraizquierda que se vio domesticada cuando le tocó bregar desde el gobierno con la pura y dura realidad.

El resultado, en todo caso, es lo de menos. Mucho más digna de subrayado me parece la diferencia con los comicios de hace ahora cuatro años y medio, que fue cuando Alexis Tsipras asaltó los cielos ante la ovación cerrada de la crema y la nata de la progresía. Los que no tenemos memoria de pez conservamos fresco el recuerdo del seguimiento al milímetro de aquella contienda electoral por tierra, mar y aire. Qué vivas, qué hurras, qué olés, qué colas de lideres de partidos de la izquierda fetén, incluidos los locales, para fotografiarse junto al gran líder de la imparable revolución helena que devolvería la dignidad a su pueblo.

Como suele ocurrir, la lírica de la campaña se trocó por la aburrida y tozuda prosa del gobierno. Hubo que tragar quina por arrobas y convocar, incluso, otras elecciones en las que Tsipras retuvo el poder al trantrán. Anteayer lo perdió otra vez en el final de una historia cuya moraleja les dejo a ustedes.