Listísimas

Pasan lustros y no pierde ni un ápice de vigencia el principio sobre el reparto de puestos en la mayoría de las organizaciones políticas que dejó enunciado Alfonso Guerra. “El que se mueve no sale en la foto”, sentenció lapidariamente el entonces número dos del PSOE, que a los efectos de colocación y eliminación de efectivos, era el número uno. Se trataba, desde luego, de un aviso a navegantes, pero también de la descripción de una realidad difícilmente refutable: un partido necesita cohesión y observación de la jerarquía. Eso se consigue, no nos engañemos, rodeando al líder de personas fieles o, si se prefiere la versión suave, de personas de su confianza. Otra cosa es que lo sean por convicción, porque no queda otro remedio o porque la recompensa merece el esfuerzo.

Es verdad que la reciente moda de las primarias ha variado algo el procedimiento. Todos tenemos en mente media docena de casos, empezando por los de los propios Pedro Sánchez y Pablo Casado, en los que ha ocurrido lo inesperado. Quizá por eso mismo, porque conocen de primera mano los peligros de no tenerlo todo atado y bien atado, uno y otro se han aplicado el cuento y de cara a la inminente torrentera de elecciones han elaborado listas casi literalmente a su imagen y semejanza. Sánchez se ha librado de hasta el último susanista y ha instalado a su guardia de corps en los lugares preminentes. De lo suyo gasta. Con mayor descaro que su rival, Casado directamente ha laminado a la vieja guardia y la ha sustituido por frikis como Cayetana Álvarez de Toledo o Juan José Cortes, cuyo único mérito político consiste en ser padre de una niña asesinada.

Megadomingo de urnas

Que sí, que no, que quién sabe, que puede ser, que ya se verá, que si no hay más remedio… Era de cajón que llegaría este momento a la política hispanistaní del pedrismo que va cogiendo resabios y atesorando conchas de galápago a velocidad de vértigo. Y aunque uno pensaba, con su lógica desactualizada, que en plena campaña andaluza se silbaría a la vía sobre el asunto por no abrumar al personal con la perspectiva de ir de paliza electoral en paliza electoral, ahí nos han echado al aire todos los globos sonda de golpe. “Son los atributos del presidente del gobierno”, soltó en gazapo impagable el arcángel anunciador José Luis Ábalos, que pretendiendo decir atribuciones, acabó dando a entender que Sánchez convocará a las urnas porque le sale de entre las ingles o, en una acepción menos testicular del término empleado erróneamente, por su apostura física.

En resumen, que, hablando de cosas que cuelgan, ahora mismo pende sobre nosotros la amenaza de tener que votar en hasta cuatro comicios distintos (cinco, contando aparte el Senado) de una tacada un domingo, el 26 de mayo, día de San Felipe Neri. No se ha visto jamás semejante pifostio de papeletas, y es de esperar que no lo veamos. Sin embargo, el solo hecho de que se haya echado en el comedero informativo y opinativo este alpiste de quinta es lo suficientemente indicativo de por dónde va el balón. Con una oposición a la derecha desinflándose en una esperpéntica batalla por la primacía del facherío y un socio a la izquierda condenado al papel de pagafantas, al PSOE ahora mismo le da igual arre que so. Si la legislatura sigue, muy bien. Y si no, pues también.

Bendita modorra

¡Ay, esos esfuerzos baldíos que conducen a la melancolía! Miren que nos empeñamos los del gremio plumífero en echarle épica con sifón a la cosa, pero ni por esas. ¿A quién pretendíamos engañar con lo del pleno de política general más importante de los últimos años en el Parlamento vasco? Que sí, que vale, que ecuador de la legislatura, elecciones forales, municipales y europeas a la vista, nuevo estatus cociéndose a fuego lento, presupuestos con olor a prórroga que es un primor, y lo que te rondaré, moreno, pero de un tiempo a esta parte, la política del terruño se ha instalado entre la placidez y la calma chicha a la que no estábamos acostumbrados. ¡Y que dure!, hemos de pedir, si de verdad conservamos memoria de aquella crispación que nos atizábamos no hace tanto desyuno, comida, merienda y cena.

De momento, y hasta nueva orden, bendita modorra y bendita previsibilidad del Gobierno, que incluso el lehendakari mentó, entre la retranca y la confesión de parte, en un discurso que contuvo exactamente las sorpresas con las que contábamos: cero. En justa correspondencia, los portavoces de los grupos —y especialmente, los de la oposición— cumplieron hasta la última coma con un guion que, en algún caso, llegó a la autoparodia, cuando no a la antología de la vergüenza ajena. Cómo decirles, cómo contarles, que la cámara, sin necesidad de ser un Templo, no puede parecer tampoco un aula de segundo de BUP.

Y lo demás lo tienen en los titulares, cada cual, incluidos los nuestros, arrimando el ascua a la sardina propia y dopados con hormona del crecimiento, a ver si hay suertecilla y el común de los mortales supera la indecible pereza que le provoca la cuestión.

21-D, cuenta atrás

Una campaña electoral que comienza en martes. Se hace raro, ¿verdad? Cosas del creativo calendario de quien convocó los comicios. Porque supongo que eso lo tenemos claro. Si se vota en fecha tan extemporánea es porque así lo decidió Mariano Rajoy Brey. Él mismo va galleándolo de la Ceca a la Meca. Y eso duele y cabrea, pero es la puñetera verdad que no queda otra que asumir. Fue el inquilino de Moncloa el que se sacó las urnas del forro del 155. En el mismo viaje, mandó deponer a todo un Govern que en cuestión de días acabaría dividido entre la cárcel y la fuga, y disolvió el Parlament que a las tres y veintisiete minutos de esa tarde había proclamado —yo estaba allí— la República Catalana.

Miren que solo 24 horas antes pudo haber cambiado el cuento, pero ya no merece la pena llorar por la leche derramada. Quizá sí recordar que el 21-D habrá candidaturas de formaciones que dijeron que sería una traición presentarse. Reitero que no es para encabronarse, sino para no perder de vista cuál es la voluntad que se va cumpliendo por el momento y cuál es la que se ha visto, digámoslo de la forma más suave posible, relegada para mejor ocasión.

Por lo demás, gran comienzo. Como aperitivo, el juez Salomón (digo, Pablo) Llarena deja en libertad con fianza a la mitad del Govern depuesto y mantiene entre rejas a la otra mitad y, de propina, a los Jordis, cargando a los entrullados el mochuelo de no sé qué explosión violenta que nadie ha visto. Y luego, un CIS patrocinado por La Cocinera anunciando a todo trapo que Ciudadanos será la formación más votada y que el soberanismo perderá la mayoría absoluta. Jolín.

Huir hacia adelante

La política del tú lo has querido, menudo soy yo. Sobre todo, cuando presiona la parroquia, y a uno le toca batir el récord mundial de dar marcha atrás. Qué gran paradoja: se diría que en cada extremo de la cuerda imaginaria se desea exactamente lo contrario de lo que se cacarea en público. Qué bien me vendría una DUI para justificar un 155 del tamaño de la catedral de Burgos. Igualico que a mi, pero a la inversa: tu 155 es la mejor coartada para una DUI de la talla de la Sagrada Familia. ¿Vértigo? Para parar un camión. Incluso, vértigo al vértigo mismo, pero de perdidos, al río. Cuando llegue el momento de escribir la Historia, ya vendrán los montadores a cortar los planos chuscos y dejar solo los épicos.

¡Ah, la épica! Qué pena que, como decía el otro día en Onda Vasca Aitor Esteban, sea tan efímera. Y que se lleve tan mal con lo cotidiano. La independencia no se consigue cerrando los ojos y deseándola muy fuerte, ya vamos viéndolo. Pero a lo hecho, pecho. Como escribí el día en que teóricamente se iba a proclamar pasara-lo-que-pasara y luego fue un fiasco, no caben medias tintas. Andamos tarde para reconocer que no era tan fácil. Hay decenas (o centenares) de miles de personas que se lo creyeron y no están dispuestas aceptar algo que no sea lo que se les prometió firme y solemnemente. Es preferible enfrentarse a los tanques y los jueces de Rajoy que a la frustración de quienes llevan años y años escuchando que ya casi está.

Pero… ¿Y si aparece una salida medianamente honrosa? Desengañémonos, no la hay. Ni siquiera esas elecciones a la desesperada. Solo queda, mucho me temo, huir hacia adelante.

Reflexión francesa

Tras el susto francés, procede una reflexión. De entrada, sobre la verbena de los titulares que ha provocado por aquí abajo la victoria de un señor al que hace un ratito no conocía nadie al sur del Bidasoa. “Francia liberada”, se albriciaba sin sentido del pudor un diario de los alrededores, mientras otros daban las gracias en el idioma de Moliere o anunciaban el fin de los días del radicalismo populista o del populismo radical, no sé muy bien. Tremendos excesos, solo a la par de los heraldos del apocalipsis que proclaman la llegada del anticristo ultraliberal a lomos del caballo de Troya de la democracia. Qué poco disimulaban los joíos que en el fondo les habría encantado la victoria de Marine Le Pen, musa de Verstrynges que tiran al fascio como las cabras al monte.

¿Y hay motivo para tanta pirotecnia a diestra y siniestra? Me da que ni tanto ni tan calvo, pero no se lo podría certificar y, mucho menos, documentar. Ojalá estuviera iluminado por la misma sabiduría que quienes sin ningún lugar a dudas van soltando esta o la otra profecía, sin pararse a pensar en que han pifiado todos y cada uno de sus anteriores vaticinios. Me limitaré, y más por intuición que por conocimiento de causa, a acoger de buen grado la victoria de Macron por lo que evita y, especialmente, porque es lo que han querido los votantes. A partir de ahí, me siento a ver qué ocurre en los próximos capítulos, empezando por las legislativas que tocan dentro de un mes, sin pasar por alto que hay más de diez millones y medio de personas que, seguramente sin ser fascistas de manual en su mayoría, han apostado por el Frente Nacional.