Vox ya está ahí

Se nos quedan los análisis a medias. Antes de las elecciones del 28 de abril, el gran acojone era la irrupción estrepitosa de Vox en el Congreso de los Diputados. Con los ojos fuera de las órbitas, los agoreros cifraban la catástrofe aumentando el pronóstico de diez en diez: 25, 35, 45, 55… Hasta 70 llegué a ver en algún vaticinio. Ninguno de los visionarios, por cierto, ha recibido ni medio tirón de orejas por sus subidas a la parra que a la postre se han demostrado fallidas. Al contrario, tras pifiarla escandalosamente, están en primera línea de tertulia, tuit y/o columna haciendo predicciones sobre con quién pactará o dejará de pactar Sánchez o sobre los navajeos en el PP tras su batacazo. Y aquí vuelvo al principio: esas cábalas respecto a los acuerdos de gobierno o al futuro de los genoveses, sin duda pertinentes, han relegado a tercera fila las reflexiones sobre el resultado de los cavernarios de Abascal.

Hablamos, ojo, de 24 escaños y la friolera de 2.677.173 votos, o sea, el 10,26 por ciento de los sufragios emitidos. Es verdad que en comparación con las expectativas hiperventiladas que mencionaba en las líneas de arriba, los números reales han podido crear la ilusión de que tampoco ha sido para tanto. También contribuye al alivio la certeza aritmética de que el grupúsculo ultramontano no solo no sirve para sumar la mayoría reaccionaria, sino que tampoco alcanza para ser determinante en ninguna votación. Su papel será —y verán cómo lo cumplen a rajatabla— montar un número tras otro en el hemiciclo, a la entrada de las Cortes o en los pasillos. Sin embargo, el hecho indiscutible es que ya están ahí.

Trump y los profetas

Anoten en su diario: 20 de enero de 2017, hoy comienza la era Trump. Un saludo con corte de mangas y cuchufleta al ejército de sabios que nos explicaron con profusión de argumentos expelidos mirándonos por encima del hombro que esto no ocurriría jamás de los jamases. ¿O ya no se acuerdan? Empezaron vaticinando sin-ningún-género-de-dudas la imposibilidad de una victoria en las primarias del Partido Repúblicano. No había el menor riesgo, seguían porfiando mientras el pelopaja iba mandando a la cuneta un rival tras otro.

La prudencia más elemental habría aconsejado que cuando finalmente fue designado candidato a la presidencia, los profetas de lance dejaran abierta una puerta a la sorpresa. Ni por esas. Sin mudar el gesto ni mostrar el menor signo de vergüenza por el colosal fiasco, pasaron a abrumarnos con los quintales y quintales de motivos por los que Hillary Clinton barrería del mapa al extravagante multimillonario.

Consumada la derrota de la aspirante demócrata, no crean que tampoco hubo el menor amago de reconocer su terrorífica cantada. Los auríspices contumaces se travistieron en analistas del copón y se aplicaron, con aplomo forense, a hacer la lista de los cómos y los porqués del inopinado triunfo del tipejo. La conclusión vino a ser, coma arriba o coma abajo, que la democracia es cada vez más peligrosa porque la masa inculta no sabe votar y tiene querencia a salir por peteneras. Si no rebosaran soberbia, quizá les diera para preguntarse si esa insultante superioridad moral traducida en desprecio sistemático por los demás no es lo que ha alfombrado el camino de Trump hacia la Casa Blanca.

Apocalipsis 2012

Las profecías, especialmente las catastrofistas, tienen la extraña habilidad de cumplirse. Si al abrir los ojos por la mañana pensamos que va a ser un mal día, ya podemos darnos por jodidos. Ocurra lo que ocurra, lo será. Invadidos por la negatividad, cualquier minucia cotidiana —esa cafetera que siempre gotea, el termostato de la ducha que pasa en un segundo del punto de ebullición al de congelación— nos parecerá un signo confirmatorio del desastre anunciado y a partir de ahí todo rodará por la cuesta abajo que nosotros mismos hemos trazado. Nuestro trocito racional mirará hacia otro lado y no querrá contarnos que lo que nos disponemos a vivir como una epopeya contra un destino cruel sólo es una jornada más.
Si sólo se trata de 24 horas, la cosa es medianamente llevadera. Basta una noche de sueño y un primer pensamiento menos cabrón al despertar para que la fatalidad se vaya por donde ha venido. Lo malo es cuando la premonición nefasta alcanza un periodo más largo. Pongamos un año. Pongamos… este año. Apenas lo hemos sacado de su envoltorio y ya hemos decidido sin dejar un cuarto de resquicio a la duda que nos procurará una sucesión de calamidades sin pausa para respirar. Cada desgracia que nos traiga será el anticipo de una mayor que, a su vez, lucirá como una broma comparada con la siguiente, que encadenará otra y otra y otra.
Para que el infortunio resulte aún más devastador, el negrísimo augurio no ha salido de nuestras temerosas mentes de simples mortales. Las trompetas del apocalipsis suenan desde Berlín, París o Bruselas y las tocan quienes, como no tienen ni pajolera idea de por dónde sopla el aire, se dedican a prepararnos para que asumamos como inevitable lo que ellos ni quieren ni saben cómo evitar. Abandonada toda esperanza de cambiar las cosas, desechada por inútil la menor intención de pelear, seremos un pasto mucho más fácil para lo que se les vaya ocurriendo.