Bolsonaro eres tú

Entre lo tierno, lo cómico y lo patético, pero siempre conforme a lo previsible, se me ha llenado el Twitter de enardecidos partisanos llamando a la resistencia contra el fascismo que asola el planeta Tierra. Como imaginan, el resorte que los ha encocorado a lo perro de Pavlov ha sido la (aplastante) victoria del cavernario Jair Bolsonaro en las presidenciales de Brasil. Y andan machacando frenéticamente con sus dedazos las pantallas de sus Iphone XS desde sus confortables adosados para que no quede un confín del globo al que no llegue su más enérgica protesta por la enésima muestra de incompetencia democrática de unos ciudadanos que han vuelto a equivocarse al echar la papeleta en una urna.

¡Será posible! ¡Con lo fácil que tenían esta vez elegir lo correcto frente al mal! ¡La de veces que lo habrán predicado los elegidos desde que el candidato pluscuamultra se llevó la primera vuelta por debajo de la pata! Habrá que empezar a plantearse seriamente la limitación del sufragio, de modo que solo puedan ejercerlo los individuos preparados y no susceptibles de manipulación. Les juro —ahora vuelve a hablar servidor— que exagero lo justo. Mensajes y actitudes como las anteriores están a la orden, no del día ni de la hora, sino del minuto, junto a las más variopintas y carrileras explicaciones de por qué ha pasado lo que ha pasado. Hasta al big data, toma ya, llegó a culpar el cátedro millonario apellidado Monedero, y varias versiones del pelo espolvorearon otros émulos locales y foráneos del susodicho. Lo que ninguno apuntó ni por asomo fue su papel de pirómano en este incendio que no ha hecho más que empezar.

El comisario patán

El jefe de la Policía Nacional en Nafarroa usaba una cuenta de Twitter anónima para poner a caldo de perejil a rojoseparatistas de variado pelaje y para exaltar a macizos de la raza hispana como el teniente coronel Tejero y el cabo furriel Abascal. Tocaría indignarse dos congos por semejante desmán perpetrado, para más inri, por un servidor público, o sea, un fulano al que le pagamos el sueldo. Pero no me sale, se lo juro. Por más que intento encabronarme con la infamia del tal Daniel Rodríguez López, solo consigo que se me descoyunte el bullarengue de la risa.

Que sí, que ya sé que es grave, pero no me digan que no les resulta despiporrante que el sujeto sea tan mastuerzo de usar su nombre real de pila para soltar sus cuescos dialécticos y que haya elegido para bautizar la cuenta el nombre de su pueblo seguido de su fecha de nacimiento. De premio Nobel de la mentecatez. Este es de los que se cree a pies juntillas que para ir de incógnito hay que disfrazarse de lagarterana. Para rematar la faena, cuando los de Eldiario.es le pillan con el carrito del helado, todo lo que se le ocurre balbucear es que, pese a que los ladridos han salido de su teléfono oficial, los autores han sido su mujer y su hermano, joder con los patriotas valientes que dan la cara.

Luego, pretende arreglarlo renunciando cinco minutos antes de que lo echen, el muy héroe. Y quizá aquí sea donde empecemos a ponernos a serios, porque algo me dice —mayormente decenas de experiencias anteriores— que este tirón de orejas ha sido para la galería. Andando el tiempo, no será extraño que el comisario Rodríguez acabe recibiendo una medalla pensionada.

¡Que vienen los fachas!

Echo a cara a cruz si reír o llorar al ver a los guardianes del pensamiento reglamentario echarse las manos a la cabeza porque un partidillo que no llega ni a chicha y nabo ha juntado a nueve mil energúmenos en el madrileñísimo pabellón de Vistalegre. “¡Ya tenemos extrema derecha!”, vociferan en corrillos internáuticos, corralas televisivas y, en general, cualquiera de los mil y un lugares donde tienen plaza de opinantes a tanto el rasgado de vestiduras. Pues que Santa Eduvigis les conserve la pituitaria y San Cipriano de Carrara la dureza del rostro a los monopolistas de la ortodoxia.

Extrema derecha, lo que se dice extrema derecha, la ha habido para regalar desde hace un cojón de quinquenios en la llamada piel de toro. Venía ocurriendo que se camuflaba en siglas teóricamente convencionales autopresentadas como de centroderecha liberal. Ahí siguen, de hecho, los ejemplares más dañinos, con el agravante de que de un tiempo a esta parte se han soltado el corsé y andan con el michelín totalitario todo desparramado. ¿Nombres? Los que tienen ahorita en mente: el figurín figurón Rivera por el lado naranja y, con más peligro, el aclamado presidente del (neo) PP, Pablo Casado. Esos sí que acojonan, porque compiten en discurso duro y, llegado el caso, podrían sumar mayoría suficiente para aplicar el jarabe de palo que pregonan con creciente éxito. Y como motivo añadido, porque enfrente tienen una pretendida izquierda de señoritingos que cada vez que abren la boca les regalan clientela a mansalva a los de enfrente. Los otros, los cantamañanas de Vox, son —por lo menos, de momento— una panda de fachuzos folclóricos.

El cobarde Rodrigo Lanza

De Ciutat morta recuerdo dos impresiones. La primera, que mantengo, es la existencia de una trama judicial y policial para manipular los hechos que quedó a la vista de todo el mundo en el documental. La segunda, en la que en este instante me reafirmo, es la sospecha de que el tal Rodrigo Lanza fue, efectivamente, el autor material de la pedrada que dejó tetrapléjico a un agente de la Guardia Urbana de Barcelona. O, como poco, sabía quién lo hizo. El mal cuerpo que se me quedó al llegar a los títulos de crédito respondía, de hecho, a la sensación de haber asistido a la impunidad de uniformados torturadores y jueces prevaricadores, pero también a la cobardía de este figura bocachancla que, según lo entendí yo, dejó que un puñado de chavales se comieran un marrón en el que poco —en algún caso, nada— tuvieron que ver. Una de las jóvenes se suicidó, poca broma.

Ahora que el tipo vuelve a ser presunto autor de un hecho criminal, nada menos que un asesinato (o no sé si técnicamente, de momento solo homicidio—, considero ventajista la enmienda a la totalidad del mensaje de la película. Con su gruesa capa de demagogia y lo que se quiera, que a ver si a estas alturas vamos a descubrir el género panfletario, Ciutat morta mostraba y sigue mostrando la sordidez de determinadas alcantarillas del llamado Estado de Derecho. Quizá los retenes de retroprogres de guardia que se han lanzado a disculpar al personaje, cuando no a justificarlo porque su víctima era un ultraderechista casi literalmente con correajes, deberían pararse a pensar en el daño colateral que su defendido le ha acabado haciendo a una buena causa.

Nuestro amigo nazi

Una ignota eurodiputada del PP que atiende por Pilar Ayuso ha conseguido su gramito de fama gracias a un tuit en el que tilda de neofascista y amigo de Puigdemont al ministro belga de Interior, Jan Jambon. La culiparlante bienpagada sigue la misma estela de mala baba que había dejado su jefe de filas, el dinosaurio aparcado en Bruselas y Estrasburgo, Esteban González Pons, que ya había calificado al sujeto como xenófobo y alguna lindeza más. Tiene su gracia, es verdad, que salgan por esa petenera dos individuos que pertenecen a un partido fundado por un ministro franquista que se fue a la tumba sin arrepentir ni una migaja. Por no hablar, claro, de las mil y una ocasiones en que últimamente hemos visto a conmilitones de los susodichos rindiendo homenaje a conspicuos figurones de la dictadura. O, simplemente, justificando sus tropelías.

Anotada la paradoja, habrá que dar el siguiente paso, ese en el que ya no quedamos tan bien retratados. Ocurre que González Pons y la tal Ayuso no mienten. Por muy ministro del Interior belga y, ¡ay!, muy amigo de Puigdemont que sea, Jan Jambon es un fascista sin matices. Hace año y medio, en su nefasta gestión de los atentados de Bruselas, escupió que sus autores eran unos cobardes que se escondían “como los judíos durante la ocupación nazi”. Sobre ese tiempo terrible, ha dicho en más de una ocasión que los colaboracionistas tuvieron muy buenas razones para actuar así. Nada extraño, cuando ha participado en actos en recuerdo de los SS de la legión Flandern o en otros de similar catadura.

Lo tremendo es que haya quien lo disculpe porque “apoya nuestra causa”. Yo no.

“¡Puigdemont a prisión!”

Oigo, patrioteros hispanistanís, vuestra aflicción. Más bien, la cuita reflejada en la consignilla coreada hasta la náusea en los diversos guateques, barbacoas y grescas varias a mayor gloria de la unidad supuestamente amenazada por la perfidia catalana. “¡Puigdemont a prisón!”, salmodian con gran ímpetu señoronas de triple capa de perlas, zotes irrecuperables de Foro Coches, funcionarios del orden de paisano a los que se les nota una hueva lo que son o, en fin, clones de Mauricio Colmenero producidos en serie.

Y esos son los más civilizados, pues en no pocas de las jaranas se barrita con el mismo denuedo y ardor la versión con tres rombos de la cantinela, que no deja de ser la amenaza que ni supo que había hecho el indocumentado Pablo Casado: “¡Puigdemont al paredón!”.Tal gritaba, por ejemplo, antes de liarse a sillazos en Barcelona el pasado 12-O, el malnacido ultra del Betis al que vimos agredir salvajemente a un hombre que se estaba tomando un café en la Plaza Nueva de Bilbao.

Vean qué plano más preciso del mecanismo del sonajero. Los tipos que andan reclamando que entrullen a un señor que simplemente ha puesto unas urnas se dejan acompañar por matones como esa montaña de mierda con nariz y orejas, que debería estar en la trena hace un buen rato. Desde antes, incluso, de la paliza de Bilbao, porque como ya escribí aquí mismo, el individuo y sus compinches las lían parecidas en cada lugar que pisan. Por supuesto, no espero que lo entiendan. Cómo van a hacerlo si jalean a su gurú, el novio de Isabel Preysler, cuando ante una marea rojigualda grita que el nacionalismo es la peor de las pestes.

Sobre el voto alemán

¡Oh, uh, ah! Rasgado ritual de vestiduras con doble tirabuzón y gestito zalamero de escándalo porque la ultraderecha ha entrado en el parlamento alemán por primera vez desde el fin del nazismo. Demasiada bronca para menos del 13 por ciento de los votos, por mucho que la endeblez de las otras listas, empezando por la supuestamente izquierdista fetén, genere el espejismo de convertir a Alternativa [ejem, ejem] por Alemania en tercera fuerza del Bundestag. El único efecto real de los aproximadamente 90 escaños cosechados es dejarle las cosas a Merkel en mandarín para conseguir una mayoría de gobierno suficiente, una vez que los hostiados socialdemocrátas del revulsivo Schultz han jurado que se van a la oposición. Por lo demás, ni siquiera está claro que los electos en la candidatura populista vayan a ir todos a una, cuando su propia presidenta ha renunciado al acta al tiempo que denunciaba el “carácter anárquico” de la cuadrilla que presuntamente lidera.

Quizá sea ahí donde debamos fijarnos antes de exagerar la nota. No estamos hablando de una formación poderosa con estructuras inquietantes, sino de una jaula de grillos a cada cual más friki, ególatra o, directamente, carne de frenopático. La pregunta correcta, opino humildemente, es por qué una organización así es capaz de atraer el voto de buena parte de la población alemana con menores ingresos. ¿Qué hace que los más pobres, es decir, los más empobrecidos, se abracen a este tipo de opciones? Si la respuesta, especialmente de los que no pasan apreturas, es que son unos racistas insolidarios, es probable que en las próximas elecciones sean más.