¡Viva Finlandia!

¡Vaya con Finlandia! Moderna, civilizada, feliz, campeona sideral de no sé cuántos índices de desarrollo humano. Las brasas que habremos dado glosando la Ítaca nórdica y, particularmente, su envidiable y envidiado sistema educativo donde no se conocen ni el bullying ni el fracaso escolar. Y oigan, que no les digo que no sea cierto, pero déjenme que me rasque la cabeza con perplejidad a la vista de lo que han votado en las últimas elecciones un buen montón de ciudadanos forjados por ese modelo de enseñanza que se nos exhorta a imitar una y otra vez.

Les supongo tan informados y confusos como yo mismo: la ultraderecha agrupada en una formación llamada Verdaderos Finlandeses —¡glups!— se quedó a dos décimas, o sea, a 6.800 sufragios, de ganar los comicios. Se impuso por ese ínfimo margen el Partido Socialdemócrata, que vuelve a ser la primera fuerza después de dos decenios. Y ahí también se nos rompe un mito o una mentira que creíamos por pura inercia. Resulta que durante ese tiempo los gobiernos han estado encabezados por conservadores o centristas, que han venido constituyendo ejecutivos de coalición de variada coloratura. El más reciente, el que decae con estas elecciones, compuesto por centristas, conservadores y… ¡los propios Verdaderos Finlandeses! Es decir, que desde 2015, un partido al que se tiene por radicalmente xenófobo ha sido puntal de gobierno en el que creíamos paraíso del norte de Europa. Para más inri, su realidad política actual no es muy diferente de la que se vive en los países de su entorno, esos cuyos nombres aún pronunciamos al borde del éxtasis. Quizá debamos revisar ciertos tópicos.

Aznar al rescate

Están las hemerotecas —ahora Google— hasta las cartolas de desplantes de José María Aznar al Partido Popular y, de modo particular, al que él mismo impuso como su sucesor al mando del nido de la gaviota, Mariano Rajoy. Entre las bofetadas a mano abierta, destaca la carta que le escribió en noviembre de 2017 al hoy registrador de la propiedad para comunicarle su renuncia a la presidencia de honor de la formación.

Un gesto de rata abandonando el barco que se consumó hace menos de un año (junio de 2018), cuando en la presentación de un libro de su fiel sirviente, Javier Zarzalejos, se situó en varias ocasiones fuera del partido. “No tengo ningún compromiso partidario, ni me considero militante de nada ni me siento representado por nadie”, llegó a decir, antes de ofrecerse para liderar la reunificación de lo que él denomina sobrepasando el eufemismo “centro-derecha español”, dividido en tres, según su diagnóstico.

Por entonces, Abascal era “un chico lleno de cualidades”. Pero ya no. Ahora su exdíscipulo y Rivera son dispersadores del único voto útil para que en España no vuelva a ponerse el sol, el que vaya al PP de Pablo Casado, el otro niño amamantado con su mala leche. Y tan catastróficos está viendo los sondeos del chisgarabís palentino, que Superjosemari se ha echado la campaña a la chepa. Después de años negándose a poner los pies en un mitin (tampoco queda claro si era porque no le invitaban), Aznar figura como cabeza de cartel en media docena de actos selectos del que ya sin duda vuelve a ser su partido. Si consigue la remontada, será su éxito. Si no evita el fiasco, simplemente se encogerá de hombros.

¿Hay que temer a Vox?

¿Quién teme al lobo feroz? O lo que es lo mismo en el actual momento procesal: ¿Quién teme a Vox? Llámenme inconsciente, pero yo todavía no. En este instante, me limito a observar el fenómeno con infinita curiosidad, asco indecible —eso también es verdad— y cierta sorpresa porque, aun teniendo claro que son fascistas sin remisión y bodoques carentes de la menor humanidad, confieso que no esperaba que desplegaran toda la artillería pesada tan pronto ni con semejante nivel de descaro.

Como siga la progresión mostrada hasta ahora, llegaran a las vísperas del 28 de abril pidiendo grúas para colgar públicamente a los homosexuales y paseíllos con final en cuneta para quienes consideren rojoseparatistas, es decir, todo quisque menos ellos. Por brutal que suene lo que acabo de escribir, no parece exagerada la expectativa, si tenemos en cuenta que hasta la fecha ya hemos visto a Abascal y su recua cavernícola pidiendo que se permita portar armas a “los españoles decentes”, negando el bombardeo de Gernika y el holocausto o justificando la violencia contra las mujeres, mientras infestaban sus listas sin recato de militares abiertamente franquistas.

¿Y dice que tamañas atrocidades no han de ponernos temblonas las rodillas, ingenuo columnero? No digo que no sea para contener el aliento, pero también añado que quizá estemos ante un susto necesario. Me explico: el canguelo auténtico llegará si al contar los votos resultara que unas ideas como las enunciadas cuentan con un gran respaldo de la ciudadanía. Eso sí sería un drama, y más, si la aritmética convierte en decisivos los sufragios. En nuestra mano está que no ocurra.

Perdiendo el sur

Se consumó la tragicomedia del sur. A las cinco de la tarde (minuto arriba o abajo, no nos pongamos quisquillosos), como en el poema del bardo hecho desaparecer por rojo y maricón, un chisgarabís que se hace llamar Juanma Moreno se convertía en el primer presidente no socialista de Andalucía. ¿No socialista, escribe usted, señor columnero? De acuerdo, esta vez sí acepto la precisión. De un partido distinto al PSOE, quería decir, que no es exactamente lo mismo que lo anterior.

También es cierto que esa evidencia no ha evitado el concierto de plañidos rituales por la pérdida de un cortijo que se antojaba imposible de desahuciar. Por aquello de la batalla del relato, supongo, se cuenta la vaina como si la llegada de la derecha desorejada al poder fuera una especie de maldición bíblica, un accidente o directamente una asonada militar. Y allá quien quiera engañarse, pero no hace falta consultar el VAR para saber que el revolcón fue en las urnas. Ocurrió que unos centenares de miles de seres humanos con nariz y ojos optaron por una de las tres facciones de lo que el cachondo de Aznar sigue llamando el centro-derecha. Eso, al tiempo que otros seres humanos, dotados igualmente de órganos para la visión y el olfato, decidieron quedarse en casa, hasta el gorro de sentirse mangoneados por fuerzas que se proclaman de izquierdas.

Ahora que el mal ya está hecho, de poco sirve cogerla llorona. Esas venidas arriba dialécticas, esas manifestaciones multitudinarias al grito de “¡No pasarán!” pueden resultar de lo más estéticas y seguramente hasta justas y necesarias. Pero si no se acompañan de autocrítica, no sirven de nada.

Bolsonaro eres tú

Entre lo tierno, lo cómico y lo patético, pero siempre conforme a lo previsible, se me ha llenado el Twitter de enardecidos partisanos llamando a la resistencia contra el fascismo que asola el planeta Tierra. Como imaginan, el resorte que los ha encocorado a lo perro de Pavlov ha sido la (aplastante) victoria del cavernario Jair Bolsonaro en las presidenciales de Brasil. Y andan machacando frenéticamente con sus dedazos las pantallas de sus Iphone XS desde sus confortables adosados para que no quede un confín del globo al que no llegue su más enérgica protesta por la enésima muestra de incompetencia democrática de unos ciudadanos que han vuelto a equivocarse al echar la papeleta en una urna.

¡Será posible! ¡Con lo fácil que tenían esta vez elegir lo correcto frente al mal! ¡La de veces que lo habrán predicado los elegidos desde que el candidato pluscuamultra se llevó la primera vuelta por debajo de la pata! Habrá que empezar a plantearse seriamente la limitación del sufragio, de modo que solo puedan ejercerlo los individuos preparados y no susceptibles de manipulación. Les juro —ahora vuelve a hablar servidor— que exagero lo justo. Mensajes y actitudes como las anteriores están a la orden, no del día ni de la hora, sino del minuto, junto a las más variopintas y carrileras explicaciones de por qué ha pasado lo que ha pasado. Hasta al big data, toma ya, llegó a culpar el cátedro millonario apellidado Monedero, y varias versiones del pelo espolvorearon otros émulos locales y foráneos del susodicho. Lo que ninguno apuntó ni por asomo fue su papel de pirómano en este incendio que no ha hecho más que empezar.

El comisario patán

El jefe de la Policía Nacional en Nafarroa usaba una cuenta de Twitter anónima para poner a caldo de perejil a rojoseparatistas de variado pelaje y para exaltar a macizos de la raza hispana como el teniente coronel Tejero y el cabo furriel Abascal. Tocaría indignarse dos congos por semejante desmán perpetrado, para más inri, por un servidor público, o sea, un fulano al que le pagamos el sueldo. Pero no me sale, se lo juro. Por más que intento encabronarme con la infamia del tal Daniel Rodríguez López, solo consigo que se me descoyunte el bullarengue de la risa.

Que sí, que ya sé que es grave, pero no me digan que no les resulta despiporrante que el sujeto sea tan mastuerzo de usar su nombre real de pila para soltar sus cuescos dialécticos y que haya elegido para bautizar la cuenta el nombre de su pueblo seguido de su fecha de nacimiento. De premio Nobel de la mentecatez. Este es de los que se cree a pies juntillas que para ir de incógnito hay que disfrazarse de lagarterana. Para rematar la faena, cuando los de Eldiario.es le pillan con el carrito del helado, todo lo que se le ocurre balbucear es que, pese a que los ladridos han salido de su teléfono oficial, los autores han sido su mujer y su hermano, joder con los patriotas valientes que dan la cara.

Luego, pretende arreglarlo renunciando cinco minutos antes de que lo echen, el muy héroe. Y quizá aquí sea donde empecemos a ponernos a serios, porque algo me dice —mayormente decenas de experiencias anteriores— que este tirón de orejas ha sido para la galería. Andando el tiempo, no será extraño que el comisario Rodríguez acabe recibiendo una medalla pensionada.