El tal Cortés

En la todavía no digerida tragedia del pozo de Totalán ha destacado, por su estomagante omnipresencia, ese peculiar individuo llamado Juan José Cortés. Apuntaran donde apuntaran las mil y una cámaras que transmitieron al segundo cada insignificante detalle del rescate del niño Julen Roselló, él estaba allí. A veces, simplemente se conformaba con chupar plano junto a los padres o los familiares del pequeño, los operarios que colocaban los dispositivos, los expertos que explicaban lo que se hacía, los guardias civiles que pululaban por allí, las autoridades que acudían también a retratarse o el gentío atraído por el drama. En otras ocasiones, sin embargo, conseguía en exclusiva el micrófono y los focos para farfullar sus sonrojantes naderías. También es verdad que ninguna de sus melonadas in situ superó a la que lanzó desde la convención del PP, donde, como militante con derecho a escenario, bramó: “¡Aguanta, Julen, que Juan José Cortés y el Partido Popular están contigo!”.

Como no hay que explicar pero sí señalar porque tendemos a pasarlo por alto para evitar la incomodidad que provoca saberlo, la autoridad de este tipo para actuar así le viene dada por su condición de padre de una niña asesinada por un malnacido que, además, intentó abusar sexualmente de ella. Con ese tremebundo salvoconducto, Cortés ha conseguido, amén de una colocación vía carné, ser convocado a un sinnúmero de foros en calidad de experto al que, por descontado, no se puede rebatir ni poner en solfa. O no se podía. Por fortuna, este caso lo ha desenmascarado. Sería genial que cundiera el ejemplo. No es el único que vive de su sufrimiento.

Sobre las cloacas

Ciento y pocos días después de su sorpresiva elevación a los cielos monclovitas, el sanchismo, atizado por todos los costados, como corresponde a cualquier gobierno que se precie, opta por la defensa de carril, declararse víctima de una conjura masónica. O de las cloacas, que es el término consensuado en el argumentario de los nuevos mandarines para nombrar al malvado monstruo informe que se está hinchando a soltar soplamocos a los pardillos llamados para la gloria de convertir la sombría Hispania rajoyana en la luminosa Pedronia, tierra libre de conflictos, penas y penillas.

Al primer bote, cabría recordar a lo Reverte que al poder se llega cagado, meado y llorado. Enfadarse y no respirar no es (o sea, no debería ser) una opción. Tampoco está de más recordar que el flanco en el que están recibiendo las hostias, el de la moralidad de los gestores de lo público, es exactamente el que utilizaron como bandera para despoltronar al anterior y encaramarse al timón. ¿Cómo es que ahora son bagatelas los que anteayer eran motivos de dimisión y/o cese fulminantes?

Claro que lo que menos cuela es hacerse de nuevas y llevarse las manos a la cabeza con las tales cloacas. Si personalizamos, como procede, la rata en jefe del sumidero del que hablamos se llama José Manuel Villarejo Pérez, y realizó buena parte de sus servicios más hediondos por encargo de conmilitones muy significados del actual presidente del Gobierno español. Si, como acabamos de escuchar con tristeza, una fiscal tenida por independiente (hoy ministra) le reía las gracias machistas y comentaba con él en tono jocoso ciertos delitos graves, era por algo.

Eternos ofendidos

No cesa la pandemia de escandalizables por esto, lo otro y lo de más allá. Manda narices, a estas alturas del psicodrama, montar el pollo por un cartel de promoción de una película —tragicomedia, me dicen que es— titulada, por si cabía alguna duda sobre su temática, Fe de etarras. Sí, otra del bueno de Borja Cobeaga, que luego dirá que no quiere encasillarse. Es la enésima y seguramente hasta graciosa vuelta de tuerca a lo mismo que nos lleva sirviendo desde los tiempos de ¡Vaya semanita! Por eso llama la atención que todavía quede quien esté dispuesto a manifestar su ofensa, ni siquiera ante la cinta en sí, sino ante el modo en que se anuncia.

Si no conocen el caso, ni gasten un segundo imaginando tremendos escarnios. Toda la bronca es por la consignilla forocochesca “Yo soy españoool, españoool, españoool” tachada con rotulador rojo. Tal memez ha provocado la santa indignación de plexiglás de los restos de serie cavernarios. Que si cómo se puede hacer chanzas con algo tan serio, que si a tiro de piedra del edificio donde cuelga el pancartón se produjo tal o cual asesinato —¿En qué sitio de Donostia no?—, que si es intolerable con ETA aún sin disolverse, o que cómo se nota que han ganado los malos.

De entrada, punto para el creativo de la plataforma Netflix, productora de la película, que ha sabido multiplicar el impacto con el recurso de la provocación de diseño, que ya le funcionó con el “Sé fuerte” de Rajoy para dar bola a la serie Narcos. Por lo demás, me remito a mis mil y una columnas sobre la ley del embudo que rige con la libertad de expresión. El límite siempre es lo que me molesta a mi.

La madre de Garzón

Palabras de Baltasar Garzón Real en una entrevista-masaje para promocionar el enésimo libro en el que se casca una manola a mayor gloria de sí mismo: “No me voy a olvidar del dolor que han causado a mi madre con todo esto”. El otrora juez que veía amanecer se refería a su descabalgamiento de la judicatura después de haber defraudado a aquellos poderosos amiguitos para los que rindió tantos servicios.

Qué rostro. Reparen en la frase de nuevo, y piensen en cuántas y cuántas víctimas de las arbitrariedades de Garzón podrían repetir exactamente lo mismo. “Coño, Don Javier, es algo gratuita esa comparación, digo yo. Seguro que hay alguna diferencia con narcos y terroristas”, me replica un tuitero, perfecto representante de muchísima buena gente de fuera de Euskadi que tiene un gran concepto del dandy de las sienes plateadas. Tremenda tarea, y estoy viendo que también baldía, explicarle a mi interlocutor que en la lista de damnificados por este individuo se cuentan mayoritariamente hombres y mujeres que pasaban por allí. Eso, sin mencionar que incluso los culpables gozan de unos derechos que eran sistemáticamente ignorados cuando las operaciones político-policiales llevaban su firma.

No es la primera vez que escribo, y me temo que no será la última, aunque sirva para poco, que Garzón ha sido objeto de un tipo de faena jurídica que por algo recibe el nombre de garzonada. Manda muchas narices que él, que retorció la ley a discreción, vaya por ahí haciéndose el ofendido. Y aun resulta más increíble y desolador que, con la bibliografía que tiene presentada, haya quien le compre la moto averiada que vende.

Calimero Monedero

A medio camino entre la severa (auto)disciplina y el capricho diletante, me he tragado entera la conversación entre Fernando Berlín y Juan Carlos Monedero que a la larga (en realidad, a la corta) provocó el sacrificio más o menos ritual de este último. Medidos desde el saludo a la despedida, son apenas quince minutos. Lo apunto mostrando mi dedo corazón enhiesto a todos los lamelibranquios que ante los entrecomillados del diálogo que han reflejado los medios, sostienen que son mentira y que para comprobarlo “basta escuchar los 43 minutos” de la charla. Como ellos no lo han hecho, no saben los osados gañanes que el archivo que está circulando incluye otros contenidos del programa La cafetera. No es una anécdota, sino de nuevo, una categoría. Es el modus operandi habitual: la trola es la forma más efectiva de denunciar a los troleros. Lo peor es que cuela.

¿Pero decía o no decía lo que fue a los escandalosos titulares? Hombre, que algunas cabeceras aprovecharon para forzar la literalidad parece evidente. Pero no crean que tanto. Y hay un hecho difícilmente rebatible: si la cosa terminó en dimisión cinco horas después de haber porfiado que la adhesión seguía intacta, algo gordo vería alguien en la rajada.

Más allá de los lamentos y las cargas de profundidad a sus conmilitones, yo me quedo con las partes de la entrevista en que Monedero la coge llorona —¡Ay, Calimero incomprendido!— por la lluvia de bofetadas recibidas por estar en la primera línea de un partido. Con tono munillesco asegura que eso no se lo esperaba. Lo dice alguien, hay que joderse, al que le pagan millonadas como asesor político.

Miénteme, Juan Carlos

Puesto que tengo ojos y oídos, no le discutiré a Juan Carlos Monedero que hay una campaña de linchamiento mediático contra su persona y su partido. Las acometidas son tan burdas como brutales, eso no hay quien lo niegue, del mismo modo que es evidente que quienes ordenan y ejecutan las andanadas no buscan nada remotamente parecido a la verdad, sino dañar un proyecto que consideran muy peligroso para sus intereses.

Empecemos a anotar ya en este punto, sin embargo, que tal objetivo, lejos de cumplirse, se vuelve contra los atacantes convertido en un constante aumento de la simpatía hacia Podemos y su cúpula. De ese efecto boomerang o pan con unas tortas, algo sabemos por aquí arriba o en Catalunya, donde el número de soberanistas ha subido al ritmo de los toscos exabruptos desde la trinchera de enfrente. Y tampoco se le escapa el fenómeno al propio aludido, que cuando le preguntaron sobre las posibles consecuencias negativas de su marrón para la formación emergente, contestó con media sonrisa que hasta la fecha, las embestidas habían hecho crecer el proyecto y que esta vez no tenía por qué ser diferente.

Sobran, por lo tanto, el regodeo en el victimismo y la sobreactuación en plan Calimero incomprendido. Primero, porque un tipo que es la rehostia en vinagre de la asesoría política —le pagan como si tuviera el Nobel de Veterinaria— era plenamente consciente de dónde se metía y de lo que le acarrearía. Segundo y más importante, porque como una parte de los demás tampoco nacimos hace tres cuartos de hora, tenemos meridianamente claro que el otro día Monedero nos mintió mirándonos a los ojos.