Trolas de ayer y hoy

Ni un par de días antes, la ortodoxia progresí repicaba con denuedo la última gran frase de San Noam Chomski, que a punto de cumplir los 90, parece haber descubierto la pólvora. “La gente ya no cree en los hechos”, pontificaba el gurú en el suplemento megaguay del diario a veces megaguay y a veces no tanto, bien es cierto que forzado por un entrevistador genuflexo y succionador. ¿Ya no cree? ¿Es que alguna vez ha sido de otro modo? En la propia obra anterior de un pensador tan longevo está esa misma idea referida a diversos acontecimientos de los que ha sido contemporáneo.

Llama la atención que justo ahora nos parezca una novedad que el personal se trague sin rechistar las trolas más toscas. Y aquí vuelvo al comienzo, porque muchos de esos mismos que asentían al borde de la fractura cervical mordieron como panchitos el burdo cebo que tiró alguien en esa gran charca que son las redes sociales. El trampantojo en cuestión consistía en una fotografía de Abascal, la sensación del momento, besando la tumba de Franco. No les sé decir si era un tuneo con photoshop o un pavo que se parecía al de Amurrio, pero sí que cantaba a montaje cutre a mil millas. Eso no evitó que la instantánea chungalí se tomase por cierta, dando paso a todo tipo de cagüentales, que no cesaron cuando llegaron los desmentidos acompañados de pruebas. Los más moderados porfiaban que la imagen podría haber sido cierta. Los demás seguían insistiendo en que seguramente lo es, y puedo apostarles que en el futuro continuará rulando por ahí como la del falso Albert Rivera vestido de falangista. Pero luego daremos lecciones sobre bulos y rumores.

¡Fascista!

Pese a que se le atribuye insistentemente la cita, parece que Winston Churchill nunca dijo que los fascistas del futuro se llamarían a sí mismos antifascistas. Una lástima, porque el zorro inmortal (y un tanto inmoral) se habría anotado un pleno al quince como profeta. Y ya, si hubiera añadido la brutal banalización del término y su uso como piedra arrojadiza entre quienes, generalmente, harían mejor en callar, se habría coronado definitivamente como el gran as de los visionarios. Sospecho, sin embargo, que ni Churchill ni ningún verdadero coetáneo del fascismo y/o cualquiera de los totalitarismos de mediados del siglo XX se hubiera atrevido a sospechar que aquel motor de muerte y destrucción acabaría siendo un exabrupto casi vacío de contenido. O peor: con el contenido que le otorga a voluntad y por capricho quien se lleva a la boca la palabra para escupirla contra su enemigo.

Hay quien sostiene que lo que describo es una moda reciente, y se lo atribuye a la aparición en escena de fenómenos como los que identificamos con los apellidos Le Pen, Salvini, Trump, Bolsonaro, Orban… u otros que seguramente se habrán hecho presentes en la mente de los lectores. Lo cierto es que no es así. Desde que tengo memoria, es decir, desde poco después de la muerte de Franco, he asistido a idéntico proceder. Así, los adversarios, independientemente de su ideario, se convertían en fascistas sin matices para grupos que, faltaría más, reclamaban para sí y en calidad de monopolio la condición de antifascistas. Lo hacían y lo siguen haciendo, he ahí la siniestra paradoja, echando mano de los métodos de los fascistas originales.

Un chollo de Estatuto

25 de octubre, fugazmente San Patxi y San Antonio (Basagoiti) en aquel trienio pardo de gobierno vasco sociopopular que decidió convertir en fiesta de guardar el aniversario de la aprobación del eternamente incumplido Estatuto de Gernika. Hoy, que se alcanza la trigesimonovena vuelta completa de calendario, aunque vuelva a ser jornada laborable, tocará asistir de nuevo al orgasmo celebratorio justamente a cargo de quienes han perpetrado con diurnidad y alevosía su vaciado sistemático de contenido. Se le ocurren a uno pocos ejercicios de hipocresía semejantes. O mejor dicho, de cinismo y de ventajismo: los mutiladores contumaces del texto lo glorifican como supuesta gran cúpula celeste bajo la que viven felices las vascas y los vascos de la demarcación autonómica.

Ocurre que tal martingala no cuela. Hace mucho que dejó de ser verdad que la carta del 79 concita el acuerdo mayoritario de los censados en los tres territorios. Y miren que podía haber sido así. Quizá si se hubieran ido cumpliendo los mandatos que el documento deja negro sobre blanco, hoy tendríamos algo parecido a ese consenso inventado. Pero no ha habido la menor intención ni —todavía peor— la hay a día de hoy, como acaba de dejar claro el presidente español, Pedro Sánchez, en el Senado con su lapidaria al tiempo que reveladora frase sobre la competencia en materia de Seguridad Social: “Si no se ha completado en 30 años, por algo será”. Lo triste es que el principio es de aplicación para cada una de las disposiciones que no han pasado del papel a los hechos. Si lo piensan, los festejos son totalmente comprensibles: este Estatuto es un chollo.

Herenegun, reflexionemos

Nos conocemos desde hace mucho. Es evidente que el PP y las asociaciones monopolistas del dolor no van a aceptar jamás ningún intento de aproximarse a nuestra larga noche de plomo que no sea su —por otra parte, legítima— versión de blancos y negros sin lugar para cualquier tono de gris. Es más, aunque a las aulas llegara un material que se pareciera a ese trazo grueso, no dejarían pasar la oportunidad de montar una barrila. Y vuelvo a la primera línea de este texto: por brutal que parezca, a estas alturas ya no nos asusta el aprovechamiento infame de la violencia de ETA… incluso por parte de quienes la han padecido. Resumiendo: su rasgado de vestiduras ante los contenidos del programa Herenegun estaba, por desgracia, amortizado.

Sin embargo —y aquí viene lo sustancial de lo que quiero expresar—, no podemos decir lo mismo ni del PSE, ni de otros colectivos, ni de las víctimas a título personal que también están manifestando su disgusto por el contenido de los vídeos que forman parte de las unidades didácticas en cuestión. Yo mismo, que espero no ser sospechoso del vicio del relato obligatorio, me he sentido bastante incómodo viendo algunos fragmentos. Probablemente sea un asunto más de forma que de fondo, o de medio que de mensaje. Algo tan terrible como lo que nos ocurrió, cuyas consecuencias todavía arrastramos, no se puede contar —menos, si está destinado a chavales y chavalas— entre risas ni como batallitas del abuelo Cebolleta.

Sobran, por supuesto, las postureras peticiones de dimisión. Esto se arregla de un modo más sencillo, sin dramatizar. Basta una nueva revisión con ojos y espíritus más abiertos.

Picasso, el idealista

Me encantan las polémicas menores, esas que juntan en comunión a escandalizadores al por mayor y escandalizables de garrafón. La penúltima, la toreada que les ha pegado Arturo Pérez-Reverte —de profesión, sus troleos— a ciento y la madre de mordedores de anzuelos a cuenta de si un famoso cuadro de un celebérrimo pintor no sé qué o no sé cuántos.

Vale, se lo traduzco. Ocurre que el académico, tocanarices y (notable con excepciones) novelista anda promocionando su último seguro best seller, donde el protagonista, un cabrón de marca mayor presentado como tipo fascinante, se planta en París en 1937 para evitar que Picasso muestre el Guernica, en pleno proceso de elaboración, en la Exposición Universal. En su, seguramente, lícito propósito de vender más ejemplares y conseguir unos titulares de aluvión, al autor le ha dado por proclamar que el genio malagueño no pintó la emblemática obra movido por los sentimientos ni la ideología, sino por el dineral que le pagó el gobierno de la República.

Vamos, que ha descubierto la gaseosa. ¿Se puede ofender alguien a estas alturas por haber enunciado algo que, por otra parte, se ha venido diciendo en mil y una ocasión? Pues parece que sí. Han salido en tromba los recauchutadores de virgos históricos a leerle la cartilla al que les ha puesto el trapo. Sostienen sin rubor que está documentadísima la versión opuesta, la del arranque patriótico e idealista, y añaden, como si ellos mismos lo acabasen de descubrir, que no hay nada malo en que los artistas sean remunerados por su trabajo de acuerdo con su valor en el mercado. Y este servidor ni quita ni pone, solo sonríe con maldad.

Más sobre fachas

Venga, sigamos con el amanecer zombi de la señorita Pepis que nos hemos sacado de la sobaquera. Hagamos un hombrecito a Abascal, ese mindundi resentido y ególatra al que un excolega de militancia pepera me describió, cuando todavía compartía con él bancada en el Parlamento Vasco, como un tonto con balcones a la calle. Démosle más minutos de gloria con acompañamiento de mesado de cabellos y gestos de infinita preocupación, que con un poco de suerte, en vez del par de escañitos que le vaticinan las encuestas acojonapardillos, conseguiremos que sean cuatro o cinco.

Todo, claro, con tal de no entrar en la incomodísima reflexión a calzón quitado sobre lo que hace crecer y multiplicarse por todo el mundo adelante —véase Brasil como ejemplo más reciente— movimientos que no se paran en barras ni en decimales.

¿De verdad hay tanto fascista desorejado en el mundo? Servidor, con su olfato de andar casa, diría que más bien no. El número de auténticos cenutrios ultraderechistas de cabeza cuadrada y vacía no creo que haya variado demasiado a lo largo del tiempo. Atendiendo a la teoría del Hay gente pa tó de aquel torero, siempre habrá unos cuantos, igual que seguidores de Pitingo o consumidores de Bitter Cinzano. Esos no deberían preocuparnos. Quienes sí opino humildemente que merecen una consideración son las legiones de personas que, no ya solo olvidadas sino groseramente insultadas por los partidos en los que venían confiando —mayormente, pro-gre-sis-tas—, no han encontrado mejor válvula de escape para su cabreo infinito que la que le ofrecen los que, por lo menos, no les niegan que les pasa lo que dicen que les pasa.

Otro vídeo con gresca

Cuántas ganas de barrila y yo, qué viejo. ¿De verdad es para tanto lo del vídeo almibarado de los dos entrañables viejos con que el Gobierno de Sánchez nos quiere vender (como se viene haciendo desde Suárez hasta hoy, por otra parte) la eterna moto de la modélica Transición y, más específicamente, de la supercalifragilística y chachipiruli Constitución del 78? Después de verlo un par de veces, todo lo que he conseguido experimentar es la misma sensación de pudor, casi de bochorno, que me recorre el cuerpo ante el muy frecuente uso de personas mayores (también me pasa con niños) para manosear la fibra sensible del personal. Ni por un segundo me ha ofendido, como veo que ha ocurrido con farfulladores de cutis finísimo o postureros del recopón y pico, la mención a los “dos bandos” que desliza, como quien no quiere la cosa, la voz en off.

Y sí, venga, va, si nos ponemos supertacañones, es cierto que en la guerra (in)civil no hubo estrictamente dos bandos. Cualquiera que haya leído una migaja —ese es el puñetereo problema, que los que regüeldan no han leído una mierda— sabrá que no fue así. Como poco, en cada una de las banderías hubo otras dos facciones que se limpiaron el forro entre sí, y a veces, hasta más. Pero incluso pasando por alto ese dato, y por mucho que también sea verdad que hubo una legalidad y unos sublevados a esa legalidad, la tristísima y cabrona realidad es que una y otra causa, la legítima y ilegítima, tuvieron respaldo popular. No aceptarlo ochenta años después es una demostración de ingenuidad en el mejor de los casos y de papanatismo pseudopolítico mondo y lirondo en todos los demás.