Diario del covid-19 (22)

Los números vuelven a darnos una bofetada. Otra vez más muertos y más contagios. Y eso, pasando por alto que los positivos son en función de la cantidad birriosa de test que se hacen y que empezamos a descubrir que hay caja B de defunciones. Menos mal que hemos entrado en la realidad dictada por decreto y propagada por los medios alpistados —una kilada a repartir entre Atresmedia y Mediaset; al resto, que nos ondulen con la permanén—, que son los mismos que dicen luchar contra los perversos bulos.

Pues que empiecen por el ombligo propio, porque nada más publicadas las cifras, andaba Ferreras contando que eran unos datos cojonudísimos, lo que confirmaban uno tras otro sus compañeros de francachela, incluyendo el presunto experto con el que conectan por Skype a pantalla completa. Por si cabía alguna duda, los creativos grafistas se habían currado una curva donde el aumento de fallecimientos aparecía como una cuesta abajo. Todo, después de haberse pegado la mañana entera poniendo de chupa de dómine al diario El Mundo por publicar en portada una escalofriante fotografía de varias filas de féretros ordenados alfabéticamente en la siniestra morgue que se ha debido improvisar en el Palacio de Hielo de Madrid. ¿Quién dice que esta pandemia nos va a cambiar a todos? Se ve que algunos son inmunes.

La fantasía de Veleia

Los gravísimos acontecimientos que han marcado la actualidad de los últimos días me han impedido seguir con mayor atención el juicio por el presunto timo de la estampita, o sea, de los grafitos de pega, en Iruña-Veleia. Con todo, he ido coleccionando, a modo de aquellas viejas selecciones del Reader’s Digest, los momentos más relevantes del proceso que ayer quedó visto para sentencia. Puestos uno detrás de otro, formarían una pieza a medio camino entre Golfus de Roma, Amanece, que no es poco, The good wife y El ministerio del tiempo. Quien tuviera la intención de llevarla a las pantallas, grandes o pequeñas, debería pensar en Karra Elejalde para encarnar al personaje principal, el extravagante arqueólogo y birlibirloquero Eliseo Gil.

Como título, propongo Grandes mentiras para grandes crédulos, que es donde enlazamos con casi todas las cuestiones que nos ocupan estos días. Quizá la diferencia, y ojalá cunda, es que esta patraña parece que sí se ha logrado desmontar. No crean que ha sido fácil. Por burdos que nos resulten los detalles que han aparecido en sede judicial, como el tipo que confesó haber falsificado un grafito “pero en bromas” o la revelación de que las inscripciones amañadas contenían acero inoxidable, hubo un tiempo en que se creyó a pies juntillas en la autenticidad de los hallazgos. Si rebuscan en las hemerotecas, comprobarán el desprecio entre chauvinista y aldeano con que fueron tratadas las primeras personas que se atrevieron a poner en duda la fantasía animada que tantos quisieron (¿quisimos?) tragarse porque los deseos son siempre más bonitos que la puñetera realidad. Jode reconocerlo.

Miente, que queda todo

Si no fuera tremendamente trágico, sería gracioso que en un país donde excusitas de a duro farfulladas como letanías pasan por revisiones críticas del pasado se esté negando que el lehendakari pidiera ayer disculpas explícitas por los errores en la gestión del derrumbe del vertedero de Zaldibar. “Siento mucho los errores que hemos podido cometer en este operativo”, dijo Iñigo Urkullu. Añadiría que el documento audiovisual está al alcance de cualquiera que esté por la labor de comprobarlo, pero sé que pincho en hueso. Una vez más, la realidad es una minucia al lado de los juicios prefabricados y lanzados al enmerdadero en la certeza de que casi cualquier especie hará fortuna. Los dispuestos a creer creerán. Cualquier intento por confrontar con hechos contantes y sonantes las trolas caerá en saco roto.

¿Ejemplos? Mil. El penúltimo lo comentaba, creo que ni siquiera sorprendido, un querido compañero de fatigas informativas y opinativas. Ayer corrió la especie de que en el Teleberri se habían obviado las declaraciones de Maddalen Iriarte. Es solo la enésima vuelta de tuerca a la mandanga que sostiene que EITB pasa de puntillas sobre la cuestión, cuando va a todo trapo con información no precisamente cómoda. Y qué decirles de mi propio trabajo. A pocas cosas les habré dedicado tanto tiempo de radio —amén de un par de columnas que hubo quien tomó por fuego amigo— como al derrumbe. Si rescatan las tertulias de Euskadi Hoy en Onda Vasca, escucharán durísimas diatribas de contertulios de varias siglas. Da igual: a cada rato se me reprocha callar yo y silenciar las versiones poco amables. Pues lo lamento. No me rendiré.

‘Feik Nius’

Jijí-jajá, he visto una víbora de Gabón en las marismas de Amute. Jijí-jajá, te mando la foto. Jijí-jajaá, la compartimos con el grupo. Jijí-jajá, cada uno de los del grupo la comparte en el resto de los grupos en que están. Jojó-juajuá, lo están contando en la tele, en la radio y en las versiones digitales de los periódicos. Jejé-jujú, la Ertzaintza ha perimetrado el lugar, ha colocado un cartelón de peligro y ha puesto en marcha un dispositivo para localizar al bicho.

Y así, hasta que casi 24 horas después de que se echara a rodar la trola inicial, las bromistas cantaran la gallina y se hiciera el desmentido oficial. Ahí quedaron con los pantalones en los tobillos quienes, siguiendo el ritual de costumbre, se convirtieron en herpetólogos del recopón en un abrir y cerrar de ojos, y se dedicaron a ilustrarnos a los que, simplemente, mirábamos con asombro algo que ni nos atrevíamos a dar por cierto ni falso del todo. Un saludo con cuchufleta adosada a los que tragaron como panchitos y en cuanto salió el mentís, porfiaron que ya decían ellos que eso era una feikniu de libro.

¿Aprendizaje del sucedido? Me temo que ninguno, salvo la certidumbre de que volverá a ocurrir. A quienes pontifiquen que es signo de estos tiempos de postverdad y blablablá, un recordatorio: la fábula del pastor mentiroso la escribió Esopo hace 2.500 años. Desde entonces, la Humanidad se ha comido patrañas de todo pelo, desde que los judíos en tiempos de los reyes católicos bebían sangre de niños cristianos hasta que los españoles hundieron el Maine o, como anotábamos aquí el otro día, que España lleva unida desde hace más de cinco siglos.

Trolas de ayer y hoy

Ni un par de días antes, la ortodoxia progresí repicaba con denuedo la última gran frase de San Noam Chomski, que a punto de cumplir los 90, parece haber descubierto la pólvora. “La gente ya no cree en los hechos”, pontificaba el gurú en el suplemento megaguay del diario a veces megaguay y a veces no tanto, bien es cierto que forzado por un entrevistador genuflexo y succionador. ¿Ya no cree? ¿Es que alguna vez ha sido de otro modo? En la propia obra anterior de un pensador tan longevo está esa misma idea referida a diversos acontecimientos de los que ha sido contemporáneo.

Llama la atención que justo ahora nos parezca una novedad que el personal se trague sin rechistar las trolas más toscas. Y aquí vuelvo al comienzo, porque muchos de esos mismos que asentían al borde de la fractura cervical mordieron como panchitos el burdo cebo que tiró alguien en esa gran charca que son las redes sociales. El trampantojo en cuestión consistía en una fotografía de Abascal, la sensación del momento, besando la tumba de Franco. No les sé decir si era un tuneo con photoshop o un pavo que se parecía al de Amurrio, pero sí que cantaba a montaje cutre a mil millas. Eso no evitó que la instantánea chungalí se tomase por cierta, dando paso a todo tipo de cagüentales, que no cesaron cuando llegaron los desmentidos acompañados de pruebas. Los más moderados porfiaban que la imagen podría haber sido cierta. Los demás seguían insistiendo en que seguramente lo es, y puedo apostarles que en el futuro continuará rulando por ahí como la del falso Albert Rivera vestido de falangista. Pero luego daremos lecciones sobre bulos y rumores.

Lavapiés blues

Es rigurosamente cierto que fue una agencia de prensa, citando fuentes oficiales, la primera que distribuyó la noticia de la muerte de un mantero en el barrio madrileño de Lavapiés cuando huía de una redada policial. También lo es que, de acuerdo con los usos y costumbres de este oficio cada vez más venido a menos, varios medios hicieron suya la información, la colocaron en sus webs y la difundieron a través de sus cuentas de Twitter. Hasta ahí, los hechos que señalan la responsabilidad original por lo que vino después.

Ocurre que también responde a la verdad que, sin aguardar nada parecido a una confirmación y ni siquiera tratar de recabar algún dato más, varias personas de las que se esperaría una cierta prudencia, se lanzaron de cabeza a los teclados a aventar la especie. Como es de imaginar, no se quedaban en la reproducción monda y lironda del titular, sino que añadían, de su cosecha, toda la casuística que faltaba. Los culpables, cómo no, el capitalismo y la brutal represión policial. No dejaba de resultar abracadabrante que la cuenta oficial de Ganemos Madrid, el grupo que gobierna en Madrid y cuya policía local era señalada, bramaba: “Urgente terminar con cualquier tipo de violencia policial y depurar responsabilidades”.

Claro que lo grave viene después, cuando se descubre y se documenta que el ciudadano senegalés murió en circunstancias que nada tenían que ver con ninguna persecución. No solo no se paró el bulo inicial, sino que se insinuó que esta versión, la real, era un invento. Eso, mientras la excusa falsa provocaba que se destrozara un barrio humilde. Pero a esos pobres que les den.

Rosa no vive en Vilna

Ya es mala leche que el mismo día que me ponía Rottenmeyer a cuenta de los bulos virales, estas manitas que teclean fueran las involuntarias lanzadoras de uno. Ocurrió que me encontré con la lista de los europarlamentarios amorrados al pilo del ya célebre fondo de pensiones gestionado por una panda de buitres, por sus siglas, SICAV. Corrí a la D de dedo para certificar la presencia de cierta regeneradora de la política que lleva más de treinta años viviendo —y muy bien, por cierto— de la ubre pública. Y allí estaba, como siempre que hay un momio: Díez González, Rosa. Al lado, una dirección, presuntamente la suya, ¡de Vilna, la capital de Lituania!

Escarmentado en carne propia y ajena de los juicios precipitados, como tantas veces que tengo una duda, me fui a Twitter a preguntar —se lo juro, solo a preguntar— si alguien sabía por qué esas señas tan lejanas a Sodupe figuraban como las de la fáctotum del chiringuito magenta. Las interrogantes se perdieron en el colosal aluvión de retuits de mis palabras. En cinco minutos nueve de cada diez replicantes proclamaban sin pararse en barras que la denunciadora de corrupciones se había buscado un apaño en la república báltica para defraudar al fisco de su amada nación española. Conociendo el percal, verosímil… pero falso de toda falsedad, como me demostró un buen samaritano que tras bucear en los procelosos archivos del europarlamento, localizó la fuente del error. En el orden alfabético, Rosa Díez sigue a un escañista lituano al que pertenece la dirección de marras. Una cantada en la transcripción. Definitivamente, Twitter lo carga el diablo.