RTVE, bonito marrón

No somos como los demás… hasta que lo somos. O sea, hasta que el objetivo indiscreto nos retrata en idéntica pose de quienes tanto hemos criticado. Vaya quilombo, my friends, a cuenta de la elección del gran-profesional-del-medio que ha de guiar la ciaboga de Radio Televisión Española hacia la recaraba de la libertad de información que fue. Un momento… ¿Cuándo ocurrió eso? Ahí nos damos de morros con el primer trile. Quitando un rato corto de la época zapateril (y no en todos los espacios), el mastodonte público jamás se ha caracterizado por escapar al control caprichoso y descarado del gobierno español de turno. Dirán que como todos los medios dependientes de la administración, y acertarán, aunque con sus matices, puesto que este que les garrapatea puede presumir de haber sido copartícipe de una de las épocas más plurales de EITB, aquella en la que unos nos decían ETA mediática y otros nos arrumbaban de GAL comunicativo. Lo anoto con la autoridad moral de quien se apeó en marcha en los años oscuros, cuando tenía sobre la mesa un contrato de quitar el hipo. Un saludo, por cierto, a la panda de hijoeputas de la mano que te da de comer.

Digresiones nada digresivas al margen, aguardo con ansiedad la resolución del psicodrama para la elección del mandamás de RTVE. A la espera, les recomiendo la confesión descarnada de mi muy respetada Ana Pardo de Vera, una de las presuntas candidatas a la cosa. Cuenta Ana que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias jugaron con ella y con el gran Arsenio Escolar, antes de soltar el nombre de Andrés Gil, que, por si acaso, había borrado la semana anterior unos miles de tuits. Qué triste.

Sí a la misa televisada

No voy a misa. Ya ni siquiera por compromiso en los funerales. Aparte de que me aburría soberanamente, casi siempre acababa acordándome de la parentela del oficiante por la ligereza con que animaba a la concurrencia a que viéramos como motivo de fiesta y algarabía la muerte, muchas veces demasiado prematura, de nuestros seres queridos. Y cuando no era eso, era el mitin que nos largaba el gachó desde el púlpito. De variada índole, no crean, que lo mismo me han sermoneando sobre la una, grande y libre, la Euskal Herria liberada de fuerzas de ocupación a tiro limpio, la aberración de muerte digna o el tremendo pecado que sería que el Athletic fichase extranjeros.

En resumen: a mi no me pillan ni en carne mortal en el templo que sea, ni mucho menos como feligrés virtual en la transmisión televisiva de cualquiera de las cadenas públicas —EITB y RTVE, en nuestro entorno— que mantienen la liturgia católica en su programación. Ahora bien, el hecho de que esté entre la clientela potencial de la cosa no me impide ver su procedencia y su utilidad social. O dicho en menos fino, que me parece una memez supina la campaña de cuatro comecuras rancios —son la releche los retroprogres— para exigir que las “televisiones que pagamos todos” (ya será menos) retiren las misas de sus parrillas. No encuentro ningún problema en que en horarios perdidos de la programación se satisfaga esta mínima demanda de personas generalmente de una edad considerable, con dificultades de movilidad y/o residentes en lugares alejados de donde se ofrece el culto. Una vez más, los adalides de la tolerancia son unos intolerantes de manual.

Antiespañolismo cañí

Perdonen la descarga de cinismo impúdico, pero yo estoy encantado con la bronca a cuenta del a esta hora ya celebérrimo programa de ETB 1. De hecho, creo que si no fuéramos tan tiquismiquis y postureros, veríamos esta presunta escandalera de diseño como parte del servicio público que le corresponde cumplir al ente.

Bromeo lo justo. Para empezar, parece haber descubierto, y más a los propios que a los ajenos, que en Euskal Herria tenemos ejemplares perfectamente homologables a los que gañanean en el hispanísimo Foro Coches. Modificando levemente la maldad de Josep Pla, siempre he sostenido que no hay nada más parecido a un antivasco desorejado que un antiespañol de caca, culo, pedo y pis. Son el yin y el yan perfecto, oigan, como se puede comprobar en las mendrugadas que se están arrojando los ofendidos y los ofensores. Que si levantar piedras, que si el flequillo cortado a hachazo, que si lengua que suena a serrería. Nivel de pozo séptico hasta en el insulto.

Otra gran virtud del espacio en la picota ha sido revelar la cara auténtica de ciertos ilustres locales. Algunos de los que aparecen mostrando su falta de respeto son de esos que suelen cantarnos las mañanas con la diversidad, la acogida y la convivencia con los diferentes. Y no pasen por alto a los que, conforme a lo absolutamente previsible, han salido en defensa cerril de los susodichos. Entre ellos tengo contados a varios —especialmente a uno— que se pasan la vida sermoneándonos sobre lo peligrosos e injustos que son los estereotipos.

Termino con algo en positivo: este antiespañolismo infantilón es un residuo ínfimo y da más pena que miedo.

El dolor que une

Cuánto mejor el trigo que la prédica. El viernes pasado ETB 2 rindió el servicio público que le corresponde. Si no pudieron ver en directo la primera parte de La noche en Jake, les animo con entusiasmo a que localicen el programa y le dediquen un tiempo que les será de mucho provecho. De bastante más, desde luego, que las palabras bienintencionadas, las peroratas impostadas o los estomagantes rifirrafes que habían acompañado en la víspera la conmemoración del pomposo Día de la Memoria.

El espíritu que no acaba de imponerse en el fallido homenaje oficial se hizo presente en el estudio de televisión a través de los testimonios de cuatro mujeres y un hombre que han padecido un daño injusto de distinta procedencia. ¿Víctimas? Sí, pero mucho más que eso, porque ellas y él tienen existencias que trascienden esa etiqueta paternalista y un tanto simplona. Quizá el auténtico reconocimiento empiece por ahí, por dejar de contemplarlas como a objetos de compasión y considerarlas de una vez personas que, además de no haberse quedado ancladas en el episodio más doloroso de sus vidas, son capaces de poner en común sus experiencias.

¿Es esa la perversa equiparación que denuncian quienes se emperran en distinguir entre aristocracia y plebe del sufrimiento? Nada más lejos. Como quedó de manifiesto en el espacio que insisto en recomendarles, Rosa Rodero, Idoia Zabalza, Inés Núñez, Manoli Urritegui y Gorka Landaburu son estimulantemente diferentes entre sí. Cada cual tiene su historia, sus cicatrices, su relato de lo que ocurrió y su visión propia de lo que debería ocurrir. Y aun así, es evidente que algo los une

La persecución del ‘Txori’

Habrá enorme algarabía hoy en las sedes de UPN y PP. Cautiva y desarmada la perversa herramienta de propaganda vasquizante, las tropas regionalistas han alcanzado uno de sus más ansiados objetivos: los canales de EITB han desaparecido de los mandos a distancia de uno a otro confín de la foralidad.

En lo sucesivo, como en los tiempos en que se cruzaba la muga del norte buscando alegrarse el ojo con El último tango en París, será menester traspasar la raya con la CAV para ver programas de dos rombos ideológicos como el de Xabier Lapitz o el de Klaudio Landa. Y no digamos los que se expelen en la lengua del diablo que es, ¡ay!, la navarrorum, esa en la que cada vez más padres y madres, ¡ay, ay, requeteay!, matriculan a sus hijos en el más vetusto que viejo reino.

Morrocotudo éxito del navarrisímo Esparza y la cofradía que desde hace nueve meses no ha parado de ladrar su rencor por las esquinas. Logro, por demás, póstumo, pues como se sabe, el cese de las emisiones es consecuencia de una denuncia que dejó escondida —a modo de esas bombas-trampa de las pelis de mafiosos o de la tierra quemada de Gengis Kan— el gobierno de Barcina cuando ya olía a cadaverina. Una bajeza del quince que retrata a sus perpetradores, sí, pero más que eso, una torpeza inconmensurable. Aparte de la memez de poner literalmente puertas al campo en un tiempo en que cualquiera puede acceder sin demasiado esfuerzo a la televisión local de Pernambuco, la persecución enfermiza del Txori lo único que consigue es elevarlo a la categoría de símbolo y hacerlo, por lo tanto, más peligroso. O dicho en menos fino, un pan como unas hostias.

EITB, ese juguete

Proclama Idoia Mendia, líder apenas estrenada del socialismo vasco crepuscular, que ha llegado el momento de cambios profundos en EITB. Puesto que se come el verbo por el camino, supongo que lo que la sustituta semidigital de Patxi López —¿qué ha sido de él?— quiere decir es que hay que afrontar, acometer, o en politiqués batua, implementar tales cambios. ¿Cuáles exactamente? Bueno, no empujen, que tampoco hay que descender a esos niveles de detalle. La cosa no va de propuestas concretas para mejorar la salud de ese mastodonte reumático que nos ha resultado, casi desde su mismo alumbramiento, el queridísimo ente público. Se trata, sin más y sin menos, de utilizarlo como navaja albaceteña en la reyerta partidista cutresalchichera nuestra de cada día. Y ahí la (ir)responsabilidad no es exclusiva de la dirigente del PSE, pues no hay una sola sigla que, estando en la oposición, haya renunciado a la tentación de atizar al txori a modo.

La propia Mendia debería acordarse de los obuses dialécticos que se enviaban desde Sabin Etxea durante el trienio largo y oscuro en que su partido (gracias al PP, que hoy también tanto rezonga) tuvo los trastos de mandar, incluidos los medios que pagamos a escote. Eso fue anteayer. ¿Por qué no se emprendieron entonces los cambios que ahora demanda a voz en grito? Me consta, porque yo fui testigo privilegiado del primer año del capataz Surio en el rancho grande, que la intención inicial era sacudir un buen meneo, empezando, oh sí, por el ERE del que ahora despotrican. Pronto se descubrió que era más práctico dejarlo todo igual y disfrutar del juguete mientras durase.

Medios públicos, ¿seguro?

La Radio Televisión pública madrileña acaba de confirmar la patada a 860 trabajadores. Se salvan 300, buena parte de ellos, cargos directivos, que ya se sabe que las cuchillas tienen ojos. En la autonómica valenciana, Canal Nou, hay otros 900 a punto del amargo caramelo del Inem. Con menos ruido pero igual dolor, en los últimos meses han ido cayendo entre la mitad y tres cuartas partes de las plantillas de los medios públicos de Asturias, Baleares o Castilla-La Mancha. Los demás entes pagados a escote por la ciudadanía, incluido el que nos es más cercano, han sufrido sucesivas curas de adelgazamiento —así se dice ahora— a la espera del big one, o sea, el tantarantán los deje en la raspa.

Lo tremendo es que en algunos (pío, pio; txio, txio) se lo siguen tomando como si el asunto no fuera con ellos y no han dejado de pulirse pastones de escándalo en pijadas tan aparentes como superfluas. O en tener contentos y recontentos a los niños buenos que han rezado primorosamente las oraciones del régimen, es decir, de los regímenes, que hay quienes dominan todo el repertorio. Se ve que la inercia puede más que la evidencia, y ya puede estar a las puertas Paco con la rebaja, que no se mudarán ni los comportamientos ni los vicios adquiridos, entrenados y, hasta la fecha, impunes.

Sé que, como en la columna de ayer, vuelvo a salirme del carril de lo bien visto, pero lo cortés no quita lo atrevido. Inmediatamente después de la solidaridad con los que se quedan a la intemperie, y sin olvidar que en el sector privado la sangría ha sido infinitamente más cruel, me brota una pregunta: ¿de verdad nadie tenía claro que la fiesta acabaría exactamente así?

Por desgracia, se llora no ya lo que no se supo defender, sino lo que no se quiso defender. Con sus matices, ninguno de los medios en liquidación y derribo fue jamás realmente público. Mientras la noria giraba, qué poco importó ese detalle, sin embargo.