Miente, que queda todo

Si no fuera tremendamente trágico, sería gracioso que en un país donde excusitas de a duro farfulladas como letanías pasan por revisiones críticas del pasado se esté negando que el lehendakari pidiera ayer disculpas explícitas por los errores en la gestión del derrumbe del vertedero de Zaldibar. “Siento mucho los errores que hemos podido cometer en este operativo”, dijo Iñigo Urkullu. Añadiría que el documento audiovisual está al alcance de cualquiera que esté por la labor de comprobarlo, pero sé que pincho en hueso. Una vez más, la realidad es una minucia al lado de los juicios prefabricados y lanzados al enmerdadero en la certeza de que casi cualquier especie hará fortuna. Los dispuestos a creer creerán. Cualquier intento por confrontar con hechos contantes y sonantes las trolas caerá en saco roto.

¿Ejemplos? Mil. El penúltimo lo comentaba, creo que ni siquiera sorprendido, un querido compañero de fatigas informativas y opinativas. Ayer corrió la especie de que en el Teleberri se habían obviado las declaraciones de Maddalen Iriarte. Es solo la enésima vuelta de tuerca a la mandanga que sostiene que EITB pasa de puntillas sobre la cuestión, cuando va a todo trapo con información no precisamente cómoda. Y qué decirles de mi propio trabajo. A pocas cosas les habré dedicado tanto tiempo de radio —amén de un par de columnas que hubo quien tomó por fuego amigo— como al derrumbe. Si rescatan las tertulias de Euskadi Hoy en Onda Vasca, escucharán durísimas diatribas de contertulios de varias siglas. Da igual: a cada rato se me reprocha callar yo y silenciar las versiones poco amables. Pues lo lamento. No me rendiré.

Se prohíbe criticar

Es gracioso que en uno de sus primeros mensajes, el ya oficialmente elevado a vicepresidente español, Pablo Iglesias, haya pedido con entusiasmo a la ciudadanía que fiscalice su actuación de un modo crítico. Tomen nota del recado, en primer lugar, sus propios fieles y, por extensión, los de su socio principal en el gobierno y los del resto de partidos —incluido el que yo voté en noviembre— que han contribuido a esta etapa novedosa. Lo escribo con las marcas todavía frescas en mi jeta de las bofetadas que me han llovido por una columna en que cometí el atrevimiento de afear los primeros pasos del invento hasta ahora inédito.

Resulta llamativo y me temo que tristemente revelador el hecho de que los campeones mundiales de la evaluación ajena sean incapaces de tolerar la menor apreciación negativa de los actos de los de su cuerda. Y esto no va de cien días, ni de cincuenta ni de quince, sino de comportamientos concretos que, aunque se cometan en el minuto uno, resultan censurables. Basta con pensar —sin hacernos trampas, claro— lo que estaríamos diciendo si la triderecha hubiera montado un gabinete mastodóntico dividiendo ministerios y bautizándolos con nombres a cada cual más extravagante. O las lenguas que nos hubiéramos hecho a la vista de las zancadillas y codazos indisimulados entre los que supuestamente comparten objetivo.

Muy flaco favor nos haremos los que queremos que esto dure si cerramos los ojos ante lo que no hubiéramos aceptado en la acera de enfrente. Por más generosos que pretendamos ser, los comienzos del bipartito que llamamos voluntariosamente “de progreso” han sido manifiestamente mejorables.

Moderna y arriesgada

Échale farlopa al pavo real. Al artista multidisciplinar y notable tahúr de amplio espectro que atiende por Hansel Cereza, me refiero. No te jode que después de haber perpetrado un finstro cósmico inaugural de la capitalidad cultural europea de Donostia, unánimente deplorado, va el gachó y se pone bravo. Que le confunden y le cabrean las críticas a su bodrio, farfulla el gachó. Y para terminar de demostrar la clase de prepotente chuleta que es, arrumba de paletos a las y los donostiarras al escupir que no están preparados para un montaje “moderno y arriesgado” —hay que joderse— y que de haber puesto fuegos artificiales, le habrían sacado a hombros. Valiente tipejo.

Siempre he sostenido que hay pecados que llevan adosada la penitencia. Del mismo modo que me anonada que los munícipes se sulfuren porque la peña se les descoyunta en un puente pagado a trillón a Calatrava, se me enarcan las dos cejas al contemplar el chandrío montado por el individuo que se autodefine como “conceptor de equipo” y otra docena de oquedades del pelo. No es de recibo que a estas alturas de la liga te cuelen un espéctaculo-de-luz-y-sonido con chuntachuntas y contorsiones epilépticas como la hostia en verso de la innovación. Tampoco, que sueltes un pastón del carajo por ello, y mucho menos, que después de haber tenido un congo de advertencias sobre el truño que se viene encima, sigas mirando a la vía, no sea que vayas a pasar por provinciano. Pues fíjense la paradoja ojalá instructiva para lo que queda del evento: al final el que te lo llama —a ti organizador, y contigo, a los ciudadanos— es el que te la ha liado parda.

Ahora sí pueden

Palabrita del niño Jesús que me había hecho el propósito de no escribir en un tiempo sobre la formación emergente. ¿Autocensurándose a estas alturas, columnero? Pues un poco sí, más que nada, por instinto de supervivencia neuronal. No imaginan lo cansino que es vérselas con un puñado de fans fatales pertrechados de una escasísima variedad de exabruptos arrojadizos y/o difusas amenazas. Ocurre —y he ahí el sentido de estas líneas y de la quiebra de mi intención de mantenerme alejado del cáliz— que no es necesario publicar pieza nueva para merecer tales atenciones.

Basta una anterior, como la del pasado jueves en que me explayaba sobre la horizontalidad vertical (o viceversa) de la cosa, poniendo como ejemplo que la cúpula madrileña de Podemos había desautorizado a la sección vasca en su resolución de presentarse a las elecciones forales. Como quiera que 48 horas después el titular se dio la vuelta —ahora sí les dejan presentarse—, han comenzado a llegar a mi vera los cobradores del frac. Unos me exigen que me trague mis palabras y otros que me las meta por el conducto rectal. Alguno, más elegante, simplemente se guasea de mis dotes de adivino.

A todos les remito a la anotación que hice en mi sufrido muro de Facebook el mismo día de autos: “A pesar de lo escrito, apuesto a que habrá marcha atrás en esta decisión. El coste es demasiado alto. No veo a bastantes de los integrantes de Podemos Euskadi, veteranos de mil batallas, dejándose acogotar por unos parvenus”. Más abajo, añadía: “La publicación de la cuestión es lo que, según mi apuesta, provocará la marcha atrás”. Diría que ha sido tal cual.

Prohibido criticar a Podemos

Cualquiera que no le haga la ola a Podemos es asimilado en juicio sumarísimo de una décima de segundo a Marhuenda, Inda, Tertsch, Federico, o el resto de los latigadores cavernarios. La menor insinuación sobre que quizá esta o aquella cosa implican una contradicción en el discurso o merecería el esfuerzo de un matiz convierte a quien la hace en esbirro del capital, colaboracionista del sistema y, al final de la escapada dialéctica, en casta. Diría, arriesgándome a ser objeto de lo que acabo de enunciar, que esos modos y esas maneras son, vaya por Marx, los que han caracterizado la política rancia que se supone que la formación de los círculos viene a superar y combatir. Esa refracción a la crítica, esa comunión obligatoria, esa intolerancia a la discrepancia, esa disposición a tragar con lo que sea, han venido siendo los usos y costumbres de las siglas convencionales. ¿Dónde está lo nuevo? Supongo que por inventar.

Todavía creo que lo que ha aportado la irrupción de una fuerza que ha alborotado el balneario como no se esperaba tiene más valor que las fallas que enumero. Estoy lejos de los profetas interesados que anuncian prematuramente el descenso de la riada o que, amplificando las supuestas divergencias entre los fundadores, pronostican con ansiedad un final de jaula de grillos. Aunque mi bola de cristal es de todo a cien, estaría por asegurar que Podemos va a seguir provocando quebraderos de cabeza y temblores de piernas durante un rato largo. Lo que ya no tengo tan claro es que, andando no mucho tiempo, no nos vaya a parecer un partido tan corriente y moliente como cualquiera de los demás.