Cuatro balas a Iglesias

A ver si de esta lo aprendemos para siempre. Enviar un sobre con balas es un acto absolutamente intolerable. Exactamente igual que pintar en las paredes dianas con nombres. O que arengar desde las redes a la borregada contra los enemigos de este o aquel pueblo. Minimizar, justificar o poner en duda la veracidad de tales hechos es situarse entre los antidemócratas sin remisión. O, directamente, entre los fascistas, que como tengo dicho aquí mil veces, con harta frecuencia se presentan como antifascistas.

Vaya descojono, por cierto, que los ultramontanos diestros puestos entre la espada y la pared salgan con el viejo comodín: condenamos todas las violencias. Si no fuera por la descomunal tragedia que hay de fondo, resultaría cómico el parecido más que razonable entre los extremos que no es que se toquen. Se besan con lengua hasta la campanilla porque son, tachán, tachán, el mismo guano con distinto disfraz. Quedan solo un escalón por debajo los tontos del haba —da igual con tres seguidores en Twitter que con diez millones— que sueltan soplapolleces de aluvión sobre la equidistancia. Muy poco se dan cuenta de que sus infantiles tiroliros demagógicos son la proteína que engorda día a día a los abascálidos. Por lo demás, ojalá fuera la dignidad y no el cálculo electoral lo que impulsara las denuncias.

Madrid, batalla de egos

Caray con Murcia. Una chusca moción de censura —para colmo, pifiada— provoca la convocatoria de elecciones en Madrid y, en segundas nupcias, la salida del gobierno español del vicepresidente Iglesias para hacer frente al mal diestro que encarna Isabel Díaz Ayuso. Los que tenemos por vicio y por oficio comentar la actualidad no damos abasto con tanto material. Sería hasta divertido, si todo esto no ocurriera al cumplirse un año de una pandemia que ha provocado cien mil muertos en el conjunto del Estado. Eso, por no hablar de los estragos económicos y anímicos. Que no es cuestión de venirse arriba en la demagogia facilona, pero quizá no debería escapársenos el contexto. Se diría —yo lo digo— que están primando más los intereses electorales egoístas que la búsqueda de soluciones a las toneladas de problemas del común de los mortales.

En todo caso, ya que está servido el espectáculo, ocupemos nuestra localidad. Más allá de las palabras bonitas de primera hora, quiero ver cómo el PSOE, con 37 escaños, y Más Madrid, con 20, se dejan llevar del ronzal a una candidatura liderada por Podemos, que a día de hoy tiene 7. Y por lo demás, si se consuma el karate a muerte en la Puerta del Sol, me permito señalar que Iglesias y Ayuso son grandes catalizadores de votos a favor, pero ojo, también en contra.

Dos socios a bofetadas

Unidas Podemos y PSOE han completado la enésima semana de zancadillas, mordiscos, collejas y cargas de profundidad cruzadas. He escrito en ese orden los nombres de los pendencieros porque, sin necesidad de revisar el VAR, salta a la vista que la primera hostia siempre la calzan los verdimorados. A los socialistas les toca recibir y encajar cada sobamiento de entrepierna como buenamente pueden. Y empieza a ser clamor que a algunos —mejor dicho: a algunas— se les va haciendo más cuesta arriba tragar con las provocaciones a la yugular de sus socios. La vicepresidenta primera, Carmen Calvo, está a cinco minutos de cagarse en lo más barrido y de agarrar de la pechera a cualquiera de los integrantes del matrimonio residente en Galapagar. Y en esas anda, aunque siempre amagando y sin dar, la entusiasta palmera de monarcas, Margarita Robles.

De Nadia Calviño, pimpampun de rutina, mejor no hablamos. Hasta Ábalos se ha acordado esta semana con su voz de cazalla y ajenjo de toda la parentela de sus camorristas compañeros de gabinete. Ya, pero, ¿y el jefe? ¿Cuál es la respuesta de Pedro Sánchez ante la sucesión ininterrumpida de torpedos de su muleta morada? Simplemente, ninguna. No es que no diga; es que ni insinúa nada. Bien aleccionado por Rasputín Redondo, se queda con lo importante: él sigue al mando.

¿Nacionalizar qué?

Qué gran bravuconada, la del vicepresidente español, Pablo Iglesias. En un remedo aguachirlado del “¡Exprópiese!” de Chávez, el estadista de Galapagar ha porfiado que no le temblaría el pulso en nacionalizar farmacéuticas si eso garantizara el derecho a la salud. Como es obvio, los capos de las boticas al por mayor no están para chorradas, pero en el remoto caso de que la fanfarronería hubiera llegado a sus oídos, no es difícil imaginar la carcajada inyectada de desprecio. Puro principio de realidad: es mucho más fácil que una farmacéutica intervenga un Estado (presuntamente) soberano que la viceversa. Basta poner frente a frente los recursos financieros de cada cual para comprobar quién saldría ganando de un pulso.

Y como dolorosa prueba del nueve, ahí tenemos bien reciente la claudicación de toda una Comisión Europea frente al emporio AstraZeneca. Incluso con una actitud valerosa y digna de elogio, todo lo que ha conseguido la entidad que representa a 27 gobiernos es que los trileros de vacunas se avengan, ya si eso, a servir la mitad de las dosis inicialmente comprometidas hasta el mes de marzo. Una humillación, sí, pero el mal menor cuando en el zoco despiadado de la inmunización hay postores con mucho parné que decuplican el precio por vial que acordó la UE. Es el mercado, amigo Iglesias.

«¡No seas cabezón!»

Podría haber sido una canción de Pimpinela o una de esas rancias Escenas de matrimonio de José Luis Moreno. El vicepresidente segundo del gobierno español y la portavoz del mismo ejecutivo, que además es titular de Hacienda, discuten con profusión de aspavientos en los pasillos del Congreso de los Diputados. En un momento de la agria disputa, los divertidos testigos escuchan claramente como María Jesús Montero espeta a Pablo Iglesias: “¡No seas cabezón!”. Y sí, luego han venido los voluntariosos esfuerzos por quitarle hierro a la gresca: que si pasa en las mejores familias, que donde hay pasión saltan chispas, que la bronca era entre dos personas que se aprecian y se respetan… Pero es un secreto a voces que el gabinete bicolor del Doctor Sánchez es un campo de batalla permanente donde llueven las bofetadas cruzadas, las zancadillas o directamente las deslealtades.

¿Algo por lo que preocuparse? Me consta que hay aprendices de Nostradamus vaticinando que en cuanto queden aprobados los presupuestos, el pasajero del Falcon le dará la patada al residente en Galapagar. Sinceramente, no lo creo. Por muy enemigos íntimos que sean, por ganas que se tengan, PSOE y Podemos disponen de la mejor argamasa para mantener su sociedad a la fuerza por un tiempo largo: la torpe oposición de PP, Vox y Ciudadanos.

Podemos es la oposición

Es un hecho constatado cien veces que la triderecha PP-Vox-Ciudadanos no le hace ni cosquillas a Pedro Sánchez. Al contrario, cada vez que montan el número en el Congreso juntos o por separado, lo único que consiguen, además de hacer un ridículo sideral y provocar vergüenza ajena por arrobas, es engrandecer al inquilino de Moncloa. Ahí y así me las den todas, pensará el presidente que tiene como objetivo único seguir siendo lo que es a la mañana siguiente.

La torpeza del tridente diestro no es su problema. Su motivo de preocupación viene —¡oh, paradoja!— de su socio en los bancos azules. Ahora mismo la única y verdadera oposición de Sánchez está en su propio gobierno. Y qué oposición, oigan, que no se queda en zancadillas corrientes de las que se esperan en cualquier ejecutivo compartido, sino que llega a las puñaladas por la espalda con charrasca de nueve pulgadas, como acabamos de ver con la autoenmienda de Podemos a los presupuestos en compañía de ERC y Bildu, siempre prestos al enredo. Y ya no solo por su presentación. En el instante en el que escribo, una Secretaria de Estado —Ione Belarra, fiel escudera del vicepresidente Iglesias— sigue sin haber pedido disculpas a la ministra Margarita Robles por haberle llamado “favorita de los poderes que quieren que gobierne Vox”. Esto promete.

Ser Iglesias o no

Para que no haya dudas —aunque las habrá igualmente; conozco a mis clásicos—, empezaré diciendo que las imputaciones que pretende cargarle a Pablo Iglesias el juez García-Castellón suenan un congo a paja mental de su señoría. Díganme si no lo aprecian en este fragmento del auto, cuando el togado califica los hechos como una “consciente y planificada actuación falsaria desplegada por el señor Iglesias con su personación, fingiendo ante la opinión pública y ante su electorado haber sido víctima de un hecho que sabía inexistente, pocas semanas antes de unas elecciones generales”. Ya me contarán cómo carajo se va a probar que lo que movió al líder de Podemos fue hacerse el mártir para rascar votos. Tiene toda la pinta de que este fuego de artificio quedará en humo.

Por lo demás, en el momento procesal actual, Iglesias no es culpable de nada. Ni siquiera presunto culpable. Será el Supremo quien determine si procede imputarlo (o investigarlo, según la jerga nueva). ¿A que el principio es de cajón? Debería, pero ya saben que no. Solo se aplica cuando los pleitos afectan a los intocables. Cualquier otra persona sobre la que se emprende una acción judicial es automáticamente culpable. Es la eterna doble vara. Por cierto, este juez tan malvado es el mismo que instruye el caso Kitchen. Denle una vuelta.