155 sanitario a Madrid ya

La alucinógena presidenta de Madrid ha venido choteándose del ministro español de Sanidad de un modo indecente. Espera uno que a Salvador Illa se le hayan terminado de hinchar las pelotas y cumpla sin temblor de manos la decisión de chapar las diez grandes ciudades de la comunidad, incluyendo la villa y corte. Ojo, que no es cosa del atribulado filósofo de Roca del Vallés, sino acuerdo ampliamente mayoritario de las demarcaciones autonómicas del Estado español. A un pelo hemos estado de que por las santísimas narices de Isabel Díaz Ayuso colaran de punta a punta de la piel de toro una especie de ricino para todos para disimular el particular mal hacer de la susodicha. El insulto final fue que la propia proponente de la medida se descolgara de ella menos de 24 horas después como la criatura caprichosa que es y pretendiera in extremis otro apaño chungalí para evitar el confinamiento impepinable.

¿Se imagina alguien que, en lugar de Madrid, estuviéramos hablando de cualquiera de los terruños que arrastramos fama de irredentos? Los mismos cuervos cavernarios que ahora graznan sobre presuntos agravios malintencionados estarían reclamando a todo trapo el 155 sanitario y, si me apuran, el entrullamiento de los responsables políticos de esas comunidades en nombre de la salud y de la vida. Apuéstense algo.

Ahí te dejo Madrid

No queda claro si se pretende matar moscas a cañonazos o rinocerontes con perdigones de escopeta de feria. “850.000 personas confinadas en Madrid”, se desgañitan los titulares. Luego, en la letra pequeña se da cuenta de las mil y una excepciones, que básicamente se resumen en lo que dejó escrito alguien en Twitter: “Los vecinos de las zonas confinadas no pueden salir a tomar unas cañas en su barrio pero sí pueden ir a otros a servirlas”. ¿Y cómo hacen el trayecto? Pues apiñados como sardinas en el metro o en los autobuses públicos. Estuvo rápido Gabriel Rufián al difundir sendas fotografías de una estación del suburbano atestada y de un vagón hasta los topes bajo la anotación: “Se limitan las reuniones en Madrid a un máximo de 6 personas”. Por si faltaba algo en el esperpento dirigido y coprotagonizado por la alucinógena presidenta Díaz Ayuso, su número dos, el chisgarabís Ignacio Aguado, se marcaba un Churchill de cuarta regional: “En la lucha frente a esta pandemia los ciudadanos vais a poder elegir qué ser, si virus o vacuna”.

Esas tenemos en la Comunidad que acoge la villa y corte y, por ende, las principales instituciones del reino de España. No diré que nosotros, aquí arriba, no tenemos lo nuestro. Solo espero que no lo dejemos crecer hasta semejantes niveles. El cuantopeormejorismo acecha.

Un chotis para Arrimadas

Creo que con mucho tino, algunos guasones le llaman Pichi a Albert Rivera, en alusión al chulo que castiga del Portillo a la Arganzuela, y hace otras cosas peores, según la letra de la cancioneta de la caspurienta revista musical Las Leandras. Cosas de las imágenes mentales, el otro día se me metió en la cabeza con la gorra reglamentaria, camisa merengona. chaleco de cuadritos y floripondio en la solapa, cantando a voz en cuello el célebre chotis de Agustín Lara: “Cuando vengas a Madrid, chulona mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés, y alfombrarte de claveles la Gran Vía y bañarte en vinillo de Jerez”. Lógicamente, la destinataria de la tonada no podía ser otra que Inés Arrimadas, que ha decidido plantar sus reales en la villa y corte, previo paso por Waterloo, donde le montó un numerito menor a Puigdemont.

Es verdad que le queda un simulacro de primarias, pero a estas alturas, hasta el que reparte las cocacolas sabe que veremos a la doña en un escaño de la Carrera de San Jerónimo después de las elecciones de abril. Tanta gloria lleves como paz dejas, dirán sus rivales políticos en el Parlament, aliviados porque se librarán de sus performances con bandera y sus bocachancladas ayunas de documentación. Cuánta razón tuvo no sé quién del PP, que ante la confirmación del “Me las piro, vampiro” de la individua, concluyó que tal decisión demostraba la inutilidad de su victoria en las elecciones de 2017. Añadiría servidor que lo que queda probado es que Catalunya, por más tabarra que den y más dignos que se pongan, solo es un trampolín para lo que Aitor Esteban definió certeramente como “Hacerse un Maroto”.

Máster de caradura

De cuando en cuando, la actualidad te regala caramelos como el marrón universitario de la cada vez menos mirlo blanco pepero Cristina Cifuentes. No me ha dado un aire, lo digo completamente en serio. Ya podían ser todas las corruptelas así, es decir, sin daños realmente graves y, al mismo tiempo, tan reveladoras de la condición humana de sus protagonistas y de las instituciones afectadas. Estaría por jurar que de cara a la opinión pública, estos triles acaban teniendo bastante más repercusión que muchas mangancias verdaderamente sustanciosas en lo económico. Vaya, pues, tentándose las ropas la desparpajuda presidenta de la Comunidad de Madrid, que a lo peor le toca comerse con patatas ese vídeo —este, sí que sí, máster cum laude de chulería— más de parvulario que de Enseñanza Superior en el que porfía que no piensa dimitir, chincha raviña.

Vaya desde aquí mi caluroso aplauso a ElDiario.es por su campanada informativa y por la forma en que ha ido dosificando los detalles, de modo que cada excusa de la doña quedaba inmediatamente desmentida por los documentos. ¡Y lo que faltará aún! Por lo demás, para que la diatriba sea completa, no olviden incluir una jaculatoria para los usos y costumbres de esta universidad pública en concreto, la Rey Juan Carlos (lo siento mucho, no volverá a ocurrir), y tantas otras casas de tócame Roque presuntamente académicas donde campan a sus anchas el compadreo y la jeta sideral. Acuérdense, sin ir muy lejos, de la beca chollo de Iñigo Errejón. Y ya que menciono al individuo, no me digan que no hace falta desahogo para ser de los primeros en salir a atizar a Cifuentes.

Lavapiés blues

Es rigurosamente cierto que fue una agencia de prensa, citando fuentes oficiales, la primera que distribuyó la noticia de la muerte de un mantero en el barrio madrileño de Lavapiés cuando huía de una redada policial. También lo es que, de acuerdo con los usos y costumbres de este oficio cada vez más venido a menos, varios medios hicieron suya la información, la colocaron en sus webs y la difundieron a través de sus cuentas de Twitter. Hasta ahí, los hechos que señalan la responsabilidad original por lo que vino después.

Ocurre que también responde a la verdad que, sin aguardar nada parecido a una confirmación y ni siquiera tratar de recabar algún dato más, varias personas de las que se esperaría una cierta prudencia, se lanzaron de cabeza a los teclados a aventar la especie. Como es de imaginar, no se quedaban en la reproducción monda y lironda del titular, sino que añadían, de su cosecha, toda la casuística que faltaba. Los culpables, cómo no, el capitalismo y la brutal represión policial. No dejaba de resultar abracadabrante que la cuenta oficial de Ganemos Madrid, el grupo que gobierna en Madrid y cuya policía local era señalada, bramaba: “Urgente terminar con cualquier tipo de violencia policial y depurar responsabilidades”.

Claro que lo grave viene después, cuando se descubre y se documenta que el ciudadano senegalés murió en circunstancias que nada tenían que ver con ninguna persecución. No solo no se paró el bulo inicial, sino que se insinuó que esta versión, la real, era un invento. Eso, mientras la excusa falsa provocaba que se destrozara un barrio humilde. Pero a esos pobres que les den.

Reventadores

Las marchas de la Dignidad estaban inspiradas exactamente por lo que enuncia su nombre. Los miles de hombres y mujeres que participaron en ellas no merecían que su titánico esfuerzo fuera vilmente pisoteado y reducido a una cuestión de orden público. Lo que iba a ser —¡y en buena medida fue!— la toma pacífica de Madrid para abrir ojos y despertar conciencias ha quedado en los medios como una (otra más) batalla campal, un suceso sujeto a las leyes implacables de la intoxicación. Y como ahí gana quien tiene los repetidores más potentes, la partida se la están llevando de calle la Delegación del Gobierno y el Ministerio del Interior, que llevan días suministrando material de casquería a granel. Material de primera, además. No hay redacción que se resista a difundir gañanadas como la del cenutrio que presumía, “todo de subidón”, de haber apedreado a un policía en el suelo o vídeos como los que mostraban a unos sulfurados gritando “¡Matad a esos hijos de puta!”. Por supuesto, imágenes de antidisturbios pateando cabezas, ni una; esas hay que buscarlas en Twitter, donde el ruido real supera de largo a las nueces.

Me pregunto si entre los organizadores, participantes y, sobre todo, jaleadores de sofá de las marchas, habrá una reflexión sobre cómo y por qué lo que podría y debería haber sido un hito de la protesta ciudadana ha acabado siendo vendido —y comprado, que es mucho peor— como una acción vandálica premeditada. Que siempre van a mentir los poderes del Estado, va de suyo. Ponérselo tan fácil consintiendo y justificando a los reventadores violentos es lo que me resulta incomprensible.

De Madrid a Kiev

¡Mecachis! Con lo felices que nos las prometíamos contemplando la estampa (creíamos que heroica) del pueblo rodeando el parlamento de Ucrania. Más de quince despistados ya habían tuiteado con un nudo en las teclas que viva la revolución, carajo o karajov, que el pueblo unido jamás será vencido, que sí se puede y la retahila de consignas de aluvión. Pero llegaron los cuatro o cinco pastores al mando, cayado en ristre, a desfacer el embeleco: que no, que estos no son de los nuestros. No son las masas derribando al tirano, sino una panda de fachas furibundos enviados por los malosos, previo pago de bocadillo y termo de café con vodka, a derribar la democracia. “Son la versión local del PP, que quiere conseguir en la calle lo que no obtuvo en las urnas”, llegué a leer a uno de los guías de cabestros. Y ahí me entró el descojono padre. Olé, los argumentos reversibles como los anoraks del Decathlon.

Miren, servidor de política ucraniana —o ucrania, como nos aleccionan que hay que decir ahora—, lo justito. O sea, lo mismo que los que estos días nos vienen con el máster en política internacional (subespecialidad repúblicas exsoviéticas) igual que hace unos meses exhibían sus doctorados en funcionamiento de frenos de trenes o lo que toque en la escaleta. Lo que ocurre es que con esos conocimientos de ir tirando, que me sitúan más cerca de la ignorancia que del saber, no me atrevo a pontificar quiénes son los buenos y los malos esta vez. Se me hace raro, es cierto, que haya decenas de miles de ciudadanos dispuestos a montar un pifostio para pertenecer a esta Europa maltratadora de dignidades. Pero si lo hacen, de lo suyo gastan.

Así que, por falta de datos, no voy al contenido sino al continente. Lo de Kiev es lo que se intentó hacer en Madrid y salió más bien tirando a regular. No me digan que no es gracioso que los que aplauden lo primero sean los que defenestraban lo segundo… y viceversa.