Un gobierno paradisíaco

Tiene su gracia, no me digan que no, que el hueco que deja el trolero Soria en el gobierno español en liquidación por derribo lo vaya a cubrir, ensanchando el culo, el titular de Economía, Luis de Guindos. Lo anoto porque si el desmemoriado y/o jeta sosias canario de Aznar tiene acreditado algún pufete en nirvanas libres de impuestos, el calvorota del ricito a lo Estrellita Castro es un auténtico profesional del tiburoneo a gran escala. Su currículum imposible de esconder delata que el individuo fue responsable para España y Portugal de Lehman Brothers hasta 2008, el año en que el macroemporio de la estafa entró en barrena, inaugurando ese inmenso pantano que fue, es y seguirá siendo la recesión mundial.

¿Por qué lugares del globo podía mover la pasta una organización facinerosa como la susodicha? Pues sí, justo por donde están pensando, y Guindos no era precisamente el botones. Para que luego venga ese personaje de Rafael Azcona que atiende por Cristóbal Montoro a proclamar que “Nadie puede estar en el Gobierno si ha operado en paraísos fiscales”. Que se lo cuente al compadre Luis, y ya puestos, a Pedro Morenés, baranda de una empresa de armamento, un tipo de negocio que no se desenvuelve precisamente ante la luz y los taquígrafos.

Por más que el comisario honorario Marhuenda y otros patrulleros gaviotiles traten de vendernos que la enseñanza de estos días marrones es que el que la hace la paga, no cuela. Si el tramposo Soria ha caído, no ha sido por un ataque de decencia. Como hemos visto en tantas películas y novelas de mafiosos, simplemente se había convertido en un lastre para el negocio.

Las trolas de Soria

Del (¿todavía?) ministro José Manuel Soria, lo único que queda por descubrirse es que, como muchos sospechamos por el tremendo parecido físico, es gemelo univitelino de José María Aznar. Y la confirmación es cosa de un rato, si se mantiene el ritmo de exclusivas sobre su persona que llevamos en las últimas horas. Hasta los más puestos en la trama del trapicheo offshore del gachó sudan tinta para estar al día de las novedades. Lo último, que seguro que a estas alturas es solo lo antepenúltimo, es que su firma está en el acta anual de la sociedad que jura no reconocer y, hay que joderse, que además de esa empresa en las Bahamas, también administró otro bisnes chungo radicado en Jersey. Vamos, que en materia de paraísos, lo mismo le da el Caribe que el Atlántico europeo.

Si esa torrentera de chanchulletes es grave, aún lo es más el rosario de fantasías animadas que están saliendo de la boca del individuo. Más que trolas, algunas son fenómenos paranormales o, directamente, material para el diván. Sin solución de continuidad, asegura que nadie de su familia ha tenido nada que ver jamás con la sospechosa UK Lines y proclama que no fue él sino su padre el responsable de la compañía. ¡Y cuando los periodistas le señalan la imposibilidad metafísica de que ambas cosas sean ciertas, se agarra un rebote y pide respeto por lo que él entendía un acto de suprema transparencia.

Escribía ayer en Twitter un señalado dirigente del PP vasco que en política, con la verdad puedes llegar o no a muchos sitios, pero con la mentira tarde o temprano te vas casa. En el caso de Soria, parece que está siendo más bien tarde.

De Reikiavik a Donostia

El que no se consuela es porque no quiere. Siempre nos quedará Reikiavik, donde el pueblo ha salido a la calle para acordarse de la calavera de su primer ministro, uno de los chopecientos mandarines mundiales pillados con el carrito del helado de las ofsshores de Panamá. Con una gota de suerte, entre que llegan estas líneas al periódico y se publican, al tal Sigmundur Gunnlaugsson le da un ataque de dignidad y se pira a su casa. Antes de echarse a brincar y a tuitear con los ojos fuera de las órbitas que sí se puede, pongan en su contexto el hipotético éxito considerando que toda Islandia no alcanza la población de Bilbao. Y si quieren terminar de deprimirse, recuerden que el partido del pájaro este formó parte de la coalición gubernamental que llevó al país a la bancarrota, y que fue restituido en el poder después de lo que aquí celebramos como una revolución del copón. Quien la entienda, que compre a la ciudadanía boreal.

Moraleja: ocupémonos —y sobre todo, preocupémonos— de lo que nos toca más de cerca. ¿De lo de la Real? Anden, circulen, que ahí no hay nada que ver. Proclama el club y lo refrenda la autoridad fiscal competente en el territorio que eso está re-gu-la-ri-za-do. No hay por qué dudar de que sea así. Seguramente, hasta existen unos papeles que lo certifican. Otra cosa es que a los que somos de ir medio milímetro más allá de lo estrictamente legal nos dé por preguntarnos por lo moral y no aceptemos pulpo como animal de compañía. Y es aquí donde firmo al pie de las sabias palabras del consejero Toña: “Los que utilizan estrategias para defraudar nos están robando a todos”. Pues eso.

Saber quiénes son

Lo primero, el aplauso. No está todo perdido en este oficio de tinieblas. Un porrón de auténticos periodistas del mundo entero se han dejado las cejas durante meses para poner al descubierto a miles de figurones planetarios que —como poco— han escaqueado y/o escaquean pasta a paletadas en Panamá. Eso merece una celebración, incluso aunque todo quede en uno de esos gigantescos esfuerzos que por baldíos conducen irremisiblemente a la melancolía. ¿Por qué ha de ser así, si las pruebas son tan claras? Veamos…

De entrada, técnicamente, para España el país centroamericano no es un paraíso fiscal. A pesar de que el pato anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, el gobierno de Zapatero —oh, sí, me temo que sí— retiró tal consideración para no perjudicar (o sea, para beneficiar) a los emporios patrios de la construcción que pretendían pillar cacho en las obras de ampliación del canal.

Añadan, como se están encargando de explicar con gran dolor de su corazón los autores de la investigación y los expertos en marrones económicos, que en buena parte de los casos ni siquiera estamos ante delitos penalmente perseguibles. Resulta que las empresas offshore, los testaferros, los accionistas fiduciarios y toda esa casquería financiera que aparece en las noticias pueden ser instrumentos inmorales de cabo a rabo, pero no necesariamente ilegales. Más allá de alguna dimisión cosmética —en Islandia, pongamos— y quizá un pellizco de monja de las supuestas autoridades fiscales, no cabe esperar castigo. ¿Qué nos queda, entonces? Saber quiénes se ríen de nosotros y, a partir de ahí, actuar en consecuencia.