Coronalistos

Deseo fervientemente que algún día podamos reírnos de esto. Me consta que algunos lo están haciendo ya, no sé si por inconsciencia, como antídoto del miedo o, sin más, porque oye, qué le vas a hacer, si de esta palmamos, que nos vayamos al otro barrio bien despiporrados. Servidor, que seguramente será un sieso, no le encuentra la gracia a la mayoría de los chistes negros que circulan. Ojalá a nadie se le congele la carcajada cuando compruebe en su entorno inmediato que lo que estamos viviendo no es ninguna broma.

Claro que los graciosos que hacen chanzas de octogenarios muertos —ayer mismo, con el primer fallecimiento en Euskadi, hubo jijí-jajás, se lo juro— resultan mas soportables que los requeteenterados que saben de buena tinta que todo se está haciendo mal. Los coronalistos son una epidemia paralela al coronavirus. Se queda uno asombrado de sus conocimientos enciclopédicos sobre transmisiones víricas, enfermedades contagiosas, protocolos, tratamientos y medidas de contención infalibles.

Y lo más pistonudo es que los integrantes de esta banda de sabiondos pontificadores no han pisado una facultad de Medicina en su vida y, en el mejor de los casos, sus conocimientos científicos se reducen a haber jugado con el Quimicefa. Pero ahí los tienen, oigan, igual proclamando que esto se pasa con zumo de naranja y paracetamol que cacareando que las autoridades sanitarias no tienen ni pajolera idea. O, por ir al asunto central de estas líneas, acusando a los profesionales sanitarios de Araba de haber propiciado la difusión del Covid-19 en el territorio, amén de su propia cuarentena. Lo llaman periodismo y no lo es.

De mentiras y crédulos

Como dice mi querido psiquiatra de cabecera, qué culpa tendré yo si las veo venir. Cuando me llegó la especie de que una dicharachera reportera de Televisión Española había celebrado en vivo y con gran aparataje histriónico-emotivo que le había tocado el gordo de Navidad, supe que era mentira. No fue un pálpito ni una sospecha de eterno malpensado, qué va: tuve la absoluta certidumbre de que la enviada especial al jolgorio se había pasado de frenada. Y dado que conozco algo el paño de los directos, donde la marcha atrás no suele ser una opción viable, comprendí inmediatamente que la atribulada plumilla se había metido en un follón de tres pares de narices.

A diferencia de la inmensa cantidad de trolas con las que se estercola la avidez de falsedades del personal, esta era una de relativamente fácil comprobación. En el mejor de los casos, se habría tardado días en verificar que la mujer seguía tan a dos velas como antes de tener la pésima idea de buscar su minuto de gloria con una fantasía así de endeble. Finalmente, como ya sabrán, tuvo que ser ella la que compareciera en su cuenta de Twitter a confesar el pecado. Ahí pasó de festejada heroína a villana vilipendiada sin piedad.

Se concluirá que la peña no soporta que le mientan, pero por desgracia, la vaina no va por ahí. Lo que no toleran los que han sido engañados como panchitos porque están dispuestos a creerse lo que les viertan en sus cocorotas es que les revelen lo fácil que ha sido metérsela doblada. Ojalá la compañera aprenda de esto que sale caro ceder a según qué tentaciones. Y ojalá los que dan por bueno lo que sea empiecen a no ser tan cándidos.

Mentiras verdaderas

La penúltima moda molona en mi oficio recibe el nombre de Fact Check. En realidad, tiene decenas y decenas de años, y se ha venido practicando sin grandes aspavientos por quienes creen firmemente que uno de los principios básicos del periodismo es la comprobación de hechos, monda y lironda traducción al castellano del chachipalabro de arriba. Es cierto que las apreturas económicas, la pereza y/o directamente la falta de escrúpulos han ido dejando en la cuneta la higiénica costumbre de constatar —hasta en tres fuentes, nos decían los manuales; ¡ja!— que lo que se cuenta responde a la verdad. Si añadimos que en los últimos tiempos se han multiplicado casi hasta el infinito las mentiras difundidas como noticias o Fakes, como han sido rebautizadas en la jerga reglamentaria, el regreso a la verificación de los datos parecía una gran iniciativa.

Sí, eso he escrito: parecía. Lo tremendo es ir comprobando que muchos de los desmentidos al uso atienden a intereses determinados y, por tanto, son bulos más perversos que los que afirman desmentir. O puede ocurrir que, efectivamente, dejen en evidencia la presunta información pero resulten inútiles porque lectores, espectadores y oyentes optan por creer lo que les apetece. Ayer, sin ir más lejos, un periodista independiente llamado Matthew Bennett desmontó dato a dato un trabajo de investigación de El País sobre los insultos en Twitter a Greta Thunberg. El diario decía basar sus escandalosas conclusiones en el análisis de 400.000 tuits, cuando los que realmente se parecían al titular eran 280. Fue en vano. La versión manipulada de los hechos triunfó sobre los hechos mismos.

Vetar al vetador

Desde mis ya tres décadas en el oficio, contemplo con cara de póker la llantina tontorrona de algunos de mis compañeros porque Vox veta periodistas y medios a discreción. Entre la puñetera manía de creernos el ombligo del mundo, la tendencia al enfurruñamiento exhibicionista y la incapacidad para preguntarnos por qué ocurren las cosas, estamos dando pisto del bueno, del que engorda, a esos malotes que pretendemos denunciar. Oh, sí, queridos colegas que os rasgáis las vestiduras como no lo hacéis por otras mil y una injusticias que padecéis o de las que incluso sois cómplices: Abascal y sus secuaces no os prohíben entrar a sus actos porque os tengan manía. O no solo por eso, vamos. Buscan justo lo que han conseguido, a saber, multiplicar por ene la ya desproporcionada repercusión de sus regüeldos fachuzos.

Así va la vaina y muchos del gremio plumífero lo saben, pero se lo callan porque en este juego de pillos, los vetados saben que también aumentará su relieve y las entradas —los clics, se dice ahora— a sus cabeceras digitales. Esa, me temo, es la razón fundamental por la que no se opta por la solución más sencilla y, a la larga, eficaz, que es el veto al vetador. ¿Qué pasaría si la mayor parte de los medios que nos consideramos, en sentido amplio, progresistas dejamos de cubrir los actos públicos de los ultramontanos? Sería una medida muy higiénica.

Por lo demás, un saludo a los que, gritando tanto ahora, no tuvieron una palabra de reproche cuando no hace mucho se sacaba reporteros de las sedes a empujones o, en lo más personal, cuando el Gobierno de Patxi López vetaba a los profesionales del Grupo Noticias.

Esperando al Supremo

La sentencia, el viernes o el lunes, nos decían. Salvo que estén equivocados todos los calendarios o nos encontremos ya viviendo en universos paralelos, queda claro que va a ser mañana. Por lo menos, la impresa en los folios oficiales, porque también es verdad que ayer y anteayer tuvieron la gentileza de hacernos un adelanto en papel prensa y en los cibermedios amigos. Uno, que pertenece al gremio plumífero, lo celebraría como gran logro del periodismo de investigación, si no supiera que la presunta primicia había sido convenientemente deslizada por los autores del fallo a sus postes repetidores de confianza para que el personal fuera preparando el alma y el cuerpo. Y aquí quizá merezca la pena detenerse un segundo a reflexionar por qué nos parece normal algo tan extremedamente grave como la filtración del fallo del que, junto con el del 23-F, es el proceso judicial de más calado que se haya llevado a cabo en España durante el último medio siglo.

Esa brutal anomalía aparte, podemos convenir que lo avanzado por El País el viernes y El Mundo ayer cuadra bastante con los últimos usos y costumbres de la Justicia española. No es muy diferente de lo que acabamos de ver con el caso Altsasu. Primero se generan las expectativas de condenas durísimas para reducirlas levemente en el dictamen final, de modo que parecería que hay que alabar la generosidad de sus señorías y hacerle la ola al Estado de Derecho. Creo que es lo que nos disponemos a ver también este caso. Habrá apariencia de rebaja, probablemente notable en el caso de algunos de los juzgados. Otra cosa es que cuele. Por pequeñas que sean las condenas, seguirán siendo injustas. Ninguno de los procesados debió pasar un solo día en la cárcel.

Memoria ensuciada

Blanca Fernández Ochoa, qué historia más triste. Y cuánta carnaza inmunda e innecesaria en las presuntas informaciones sobre su desaparición, su búsqueda y, como nauseabundo colofón, el hallazgo de su cadáver. Ocurre, como cada vez que escribo sobre el carroñerismo que pretende pasar por periodismo, que es inútil esperar una reflexión, y aun menos, un propósito de enmienda. Los expendedores de bazofia al por mayor, que no dejan de ser mis colegas de gremio, se escudan en lo jodido que está ganarse las habichuelas, la impepinable obligación de competir en un mercado donde no hay lugar para los escrúpulos o, sin más, en que exactamente eso es lo que exige el populacho.

Ante las dos primeras explicaciones, poco que objetar, aunque sigo creyendo que hay formas de contar una noticia relevante sin caer en el amarillismo. Respecto a lo último, me duele escribir que no es mentira. Para mi pasmo, a una porción no pequeña de la audiencia le encanta retozar en las desgracias ajenas y disfruta un congo con cada detalle escabroso, independientemente de que responda a la verdad o proceda ser contado.

En el caso que nos ocupa, me revuelve el estómago pensar en la cantidad de especulaciones e insinuaciones gratuitas en que se ha incurrido. El asombro y la repugnancia son mayores al comprobar que buena parte del estiércol lo han estado dispensando familiares y/o amigos cercanos. Lo peor, me temo, es que la aparición del cuerpo no va a frenar el río de babas. La memoria de la deportista quedará teñida para siempre por las insidiosas conjeturas que se han venido haciendo desde que se anunció su desaparición. Descanse en paz.

Solo una entrevista más

Calculando por lo bajo, en mi ya moderadamente larga carrera profesional, le habré hecho unas 25 entrevistas a Arnaldo Otegi. Unas han sido de carril y otras con algo más de sustancia. Ninguna, se lo juro por el Dios de los plumíferos, ha incurrido en el blanqueamiento. Ni en el ennegrecimiento, ojo. El género no está ni para lo uno ni para lo otro. La cosa va de preguntar con más o menos tino, escuchar la respuesta y, si es el caso, volver a preguntar o pasar a la siguiente línea del cuestionario. A veces la cosa fluye como una conversación natural, mientras que en otras ocasiones se ronda el interrogatorio, el test, el juego de frontón o el cansino paseo por lo requetetrillado. Y eso pasa con Otegi, con Ortuzar, con Sémper o con quien se tenga en la alcachofa de enfrente.

Les arreo esta chapa introductoria porque sigo sin salir de mi pasmo ante la bronca de diseño que ha provocado la presencia del coordinador de EH Bildu en un programa de la televisión pública española. Manda bemoles que lo que por estos lares hace lustros no llama en absoluto la atención origine un cristo del quince si se da en la villa y corte de la hispanitud. O mandaría. Como vamos para talluditos, ya no nos pilla por sorpresa el rasgado ritual de vestiduras de los que viven de los pifostios de plexiglás. Que les ondulen con la permanén a los hiperventiladores fingidos. Ladren y ladren y vuelvan a ladrar, que ni por el forro tomaremos por auténtico su cabreo. Y si lo es, peor para ellos. Elijan entre tila y Lexatín. Otra cosa son mis presuntos compañeros de gremio que se escandalizan por la naturaleza misma de su curro. Qué pena.