Las mentiras de Casado

La eterna disyuntiva que en realidad no lo es: ¿Es más dañino un tontolnabo o un malvado? Efectivamente, llevamos acumulados los suficientes trienios en la cosa esta de vivir como para tener meridianamente claro que no hablamos de condiciones incompatibles. Al contrario, la estadística y de nuevo la experiencia prueban que lo más habitual es que lo uno vaya conjunta e inseparablemente con lo otro. Ya expliqué hace años y sigo confirmando cada día —hace nada, me ha ocurrido con un tipo más o menos cercano— que la mediocridad acaba degenerando, previo paso por el resentimiento, en la vileza más absoluta. Y como con las patatas del anuncio, cuando haces pop, ya no hay stop.

En esas anda desde la cuna la nulidad encumbrada a la presidencia hispana del PP que responde por Pablo Casado. No es ya que haya motivos para tomarse a guasa sus másteres de la señorita Pepis. Empieza a ser dudoso hasta su título de bachiller. De otra forma no se entiende que vaya de plaza en plaza diciendo que en las próximas elecciones “está en juego que España siga siendo lo que es desde hace cinco siglos: una nación unida”. Aparte de lo discutible de saque que es hablar de España como tal hace quinientos años, al tarugo palentino se le olvidan un huevo de revueltas, una guerra sucesoria, alguna que otra invasión, tres carlistadas más un puñado de alzamientos del mismo jaez y, por no hacer interminable el inventario de lo que Goya representó en su Duelo a garrotazos, la contienda incivil de 1936 de la que él es cada vez más indisimulado heredero. ¿Cuestión de ignorancia? Ustedes y yo sabemos que no solo eso: también apego a la mentira.

Cita con la Historia

A la hora en la que lean estas líneas, habré aterrizado en Barcelona. Es lo más parecido a una certeza que albergo ahora mismo. Bueno, no es la única. También estoy convencido de que pase lo que pase, salga como salga, estaré viviendo un acontecimiento destinado a ocupar su lugar en la Historia. ¿Lisboa el 25 de abril de 1974 o Berlín entre el 9 y el 10 de noviembre de 1989? Quizá no tanto, porque algo me dice que aún quedan más episodios, pero parece difícil negar que ya se ha cruzado la línea de no retorno. Incluso aunque la fuerza bruta se imponga y el titular de urgencia sea que no se ha podido votar, todo el mundo, incluyendo a los que manejan los hilos judicioso-policiales, tiene bastante claro que esto ya no se arregla con el viejo esquema del cambalache, el apretón de manos y las palmaditas en la espalda. Se ha marcado un antes y un después.

Ante tal evidencia, lo inteligente —y lo justo— sería no tratar de detener con violencia lo que ha demostrado ser una determinación firme y ya inalterable de lo que, se mida como se mida, constituye una amplísima mayoría social en Catalunya. Y no hablo de quienes aspiran a la independencia, sino de las ciudadanas y los ciudadanos que exigen algo tan primario y tan simple como ser escuchados.

La tremenda, casi perversa, paradoja es que si hace un tiempo se hubiera pactado un referéndum, es altamente probable que se habrían impuesto los partidarios se seguir formando parte de España. Siempre quedará la duda de si ha sido la torpeza o el cálculo frío e intencionado lo que nos ha traído hasta estos minutos cruciales de los que me dispongo a ser notario.

Y en eso, murió Fidel

Pues sí, en eso, murió Fidel. Llegó la comandante Biología y le mandó parar. A más de un medio le ha faltado el humor negro para apuntarse el tanto. “Tal y como hemos adelantado muchísimas veces en los últimos años”, podían haber encabezado las informaciones seguidas del obituario que por fin salía de la nevera de modo pertinente.

Y junto a los perfiles biográficos recalentados en el microondas, el aguacero torrencial de castrólogos y cubólogos nacidos de la nada 30 o 40 segundos después de la difusión del óbito. Qué hartura de escuchar sus verdades verdaderas sobre lo que va a pasar o a dejar de pasar en cuanto los magros y gastados restos del finado se convierta, por deseo expreso, en ceniza. Que si mucho, que si poco, que si cuarto y mitad, que si Raúl esto, que si Trump lo otro, que si el papa Francisco. Solo faltó meter por medio a Susana Díaz, aunque quizá alguien lo hizo y me lo perdí.

Bien es cierto que resultaron más cansinos si cabe los eternos de Villarriba y Villabajo. Imposible decir qué proclamas ganaban en ranciedad, si los del “Hasta Siempre, patria o muerte, venceremos” o los del “Ahí te jodas tirano, que has palmado y pasado mañana el pueblo será libre”. Lo escribí sobre Hugo Chávez, y lo repito con más motivo —porque su dimensión histórica es bastante mayor— respecto a Fidel: un personaje así no entra en un puñado de palabras. Menos, si eso que se dice está contaminado por el ramplón simplismo que nos asola. Sí debo decir, con todo, que me asusta un tanto comprobar que a estas alturas del tercer milenio hay jovenzuelos que cacarean estas o aquellas consignas con peste a naftalina.

Razones para un festivo

Gernika, Casa de Juntas, 7 de octubre de 1936. No muy lejos resonaban los bombardeos asesinos de quienes todavía no han sido repudiados por muchos que se dicen demócratas. Mientras la sinrazón avanzaba, desgraciadamente imparable, bajo el árbol que a partir de esa fecha tendría un simbolismo aun mayor, once hombres comenzaban a escribir una de las páginas más heroicas —y desde luego, más hermosas— de nuestra Historia. Contemplado el episodio desde estos días de pandemia de canallas, cobardes e interesados, emociona la generosidad de aquellas personas tan distintas en lo vital y en lo ideológico que se disponían a entregarse a una causa que sería la de toda su vida. Muy pronto, de hecho, alguno pagó con ella.

Al frente del grupo irrepetible, José Antonio Agirre Lekube, un tipo bueno en el sentido machadiano, juraba “en pie sobre la tierra vasca” desempeñar fielmente su cargo. Los hechos dan fe de que lo hizo largamente. En medio de una guerra, asediado por un enemigo implacable y ventajista que tuvo la ayuda de grandes matarifes, el primer Gobierno vasco fue capaz de levantar los cimientos de un país en los apenas ocho meses que tardó en llegar la amarga derrota.
Luego, en el largo exilio, la mayoría de sus componentes —¡de nada menos que seis partidos que hacía muy poco se habían llegado a sacar las pistolas!— se mantuvieron inquebrantablemente leales entre sí y al pueblo que representaban. 80 años de semiolvido después, exactamente hoy, el calendario oficial de la demarcación autonómica celebra su gesta. Lástima que muchos no sepan que les debemos bastante más que un fin de semana prolongado.

Cinco siglos

Si yo fuera catalán, soberanista y creyente, le pondría toneladas de cirios a Sant Cugat (en castellano, San Cucufato) para que el PP monte todos los fines de semana una chanfaina patriotera como la que acaba de dejar al planeta sin reservas de vergüenza ajena. Aparte de dar para escribir cuatro tratados de psicopatología, el desfile de caspa, facundia, suficiencia moral y arrogancia mendaz cuenta tanto como cien incendiarios mítines independentistas. Efecto bumerán, tiro por la culata, pan con unas hostias o, pensando mal, que el happening no estaba diseñado para los naturales del lugar donde se celebró, a los que se da por perdidos, sino para elevar la moral de la talibanada centralista del exterior. Más motivos para el desafecto.

Fuere como fuere, el espectáculo resultó un non stop de la chabacanería. Montoro sacándose de la manga birlibirloques para disimular el expolio, Rajoy hablando de amor como lo hacen los maltratadores, Mari Mar Blanco exhibida a modo de estampita de la virgen de la culebra con el hacha, Sánchez Camacho relinchando no sé qué de machetazos… Resulta casi imposible escoger el despropósito más ruborizante, pero si hay que hacerlo, me quedo con María Dolores de Cospedal gritando a voz en cuello que los catalanes ya eran fieles y felices súbditos de España hace cinco siglos.

Tal barbaridad equivale a porfiar que la Tierra es plana, que los niños vienen de París o que el autor de estas líneas es el vivo retrato de Brad Pitt hace quince años. Pero claro, es lo que ocurre cuando los cátedros de reconocido prestigio y camisa azul se ponen la ideología por montera y dan en proclamar, sabiendo que es una trola infecta, que la nación española se engendró en el tálamo de los reyes católicos. Los bodoques sin media lectura, como la de los finiquitos simulados y diferidos, se lo tragan y lo recitan cual papagayos. Y los que se inventan la Historia son los demás, no te jode.

El simposio

Los simposios suelen ser un peñazo del carajo de la vela. Tiene delito, porque si van a la etimología de la palabra, descubrirán que el significado alude al acto de beber juntos. Ya puestos, los griegos, que sabían montárselo, añadían condumio, sexo y juegos de oratoria. Como es público y notorio, en la actualidad las actividades gastronómicas y lúbricas van fuera de programa —aunque se incluyen en el caché de los ponentes— y lo único que pervive es el blablablá. Aliñado con un pogüerpoin, lo que en la mayoría de las ocasiones triplica la intensidad del pestiño y hace que los asistentes maldigan el momento en que se inscribieron y cuenten los segundos que quedan para la parte extra-académica o, por lo menos, para la pausa del café.

Con tales características —y otras peores que he omitido— estos conciliábulos no resultan lo que se dice atractivos para el común de los mortales, que los ignora olímpicamente. Cada semana en cada ciudad puede haber dos docenas de encuentros, jornadas, congresos o similares que pasan absolutamente desapercibidos salvo para los matriculados y, quizá, los periodistas, que somos abrasados a notas de prensa por los impíos (e ingenuos) gabinetes de comunicación de los organizadores. Por eso tiene un enorme mérito que una de estas chapas siderales, la que se celebra desde ayer en Barcelona, haya conseguido no ya un puñado de líneas en páginas interiores, sino titularazos de primera, lugar privilegiado en las tertulias más chic, broncas parlamentarias y hasta una querella ante la fiscalía por incitación al odio.

Un triunfo del marketing y, más concretamente, de la habilidad para bautizar el evento. Un hallazgo enorme, lo de “España contra Catalunya”. A los propios les sube la cachondina y a los ajenos se les dispara la bilis negra. Unos y otros lo pasan en grande con el pifostio correspondiente. Pero el simposio no deja de ser, como casi todos, un duermeovejas.

Franco, ¡presente!

Francisco Franco vuelve a ser, como en el delirante documental de Sáenz de Heredia, ese hombre. Por más señas, católico y valeroso militar que se alzó contra un régimen caótico con el fin de restaurar la monarquía democrática. ¿Y no era un pelín totalitario? Qué va, si cabe, una gotita autoritario, mínimo defectillo que quedaba compensado por su probada capacidad de inteligente liderazgo y su inquebrantable espíritu de sacrificio por el bien común. Eso, sólo como aperitivo. El resto de las virtudes del ferrolano con voz de flauta quedan convenientemente inventariadas en la ardorosa pieza firmada por el autoproclamado historiador y franquista sin complejos, Luis Suárez, para el diccionario biográfico de la Real Academia (española) de la Historia.

La broma -macabra, por supuesto- ha costado casi siete millones de euros públicos y, como era de sospechar, empezó a pergeñarse en tiempos del glorioso gobierno de José María Aznar, ese otro hombre. Se trataba, lisa y llanamente, de ganar la guerra civil por segunda y definitiva vez. Había que cerrar la boca a tanto fastidioso reivindicador de la memoria histórica que andaba removiendo las cunetas y sacando a la vista el pasado que tanto había costado enterrar. Y había que hacerlo a la luz del día, con la frente alta y adornándose con cortes de mangas, sabiendo que de un tiempo a esta parte el viento sopla a favor y ya no hay por qué ocultar los correajes.

Algunos se tomaban a guasa a Vidal, Moa, y el resto de la piara de reescritores del anteayer. Las soplagaiteces que contaban en sus libruchos, vendidos en torres a la entrada de El Corte inglés, parecían demasiado atrabiliarias para que cualquiera con un dedo de frente les concediera el menor crédito. Ahora toda esa bazofia revisionista tiene sello oficial y es cuestión de un par de cursos que pase directamente a los manuales escolares. Es la versión de los hechos que quedará, nos guste o no.