Pactos a mil bandas

Habrá que reconocer a Pedro Sánchez, o sea, a sus negociadores, es decir, al zar Ivan Redondo, su excelsa genialidad en el billar político a las bandas que hagan falta. De prórroga en prórroga, los artistas del alambre monclovitas han ido superándose y saliendo siempre victoriosos en escenarios cada vez más complicados. La que se vota hoy, que es la sexta y juran que última, va a salir adelante con el respaldo, ya sea en forma de sí a la llana o de abstención afirmativa, de Ciudadanos, ERC, PNV y —supongo— EH Bildu.

Vive Dios que es una extraña macedonia de siglas, aunque lo verdaderamente prodigioso no es que fuerzas tan diversas coincidan en el mismo objetivo, sino que cada una ellas vaya dando a entender que se ha llevado al huerto al PSOE. Eso, incluso cuando al atender una a una las explicaciones de lo pactado, resulte que se han firmado cuestiones abiertamente contradictorias. Así, tenemos a los naranjas presumiendo de una última fase del estado de alarma ejecutada desde Madrid y, naturalmente, a las otras formaciones asegurando que por fin las decisiones se tomarán en cada territorio

¿Cuál es la verdad? Creo que ninguna. Si algo ha demostrado Sánchez desde la moción de censura de hace dos años es su capacidad de prometer lo que sea para luego incumplirlo sin mayores efectos adversos.

Truco o trato

La sublimación del arte del timo se alcanza cuando el timado festeja la estafa de la que ha sido objeto. Puede ocurrir esto porque el primo se la haya comido con patatas, porque quiera evitar a toda costa aparecer como el pardillo que ha sido o, en una versión más rebuscada, porque todo haya sido una componenda de dos pillos y los auténticos timados sean otros.

¿Qué es lo que ha ocurrido en el presunto trile de Sánchez a EH Bildu ofreciendo una derogación total e inmediata de la Reforma Laboral para, acto seguido, aclarar que ni será total ni inmediata? Hombre, de entrada, llama la atención que se compre lo que ya está vendido ni se sabe las veces. Tanto en la moción de censura contra Rajoy como en la segunda investidura de Sánchez y todo el tiempo intermedio, la derogación ha sido una promesa tan cacareada como incumplida. Poco sentido tiene hacer de ella materia de un pomposo pacto, salvo que el supuesto contenido sea solo una excusa para poner en el mismo papel las firmas de PSOE, Unidas Podemos y EH Bildu, y allá películas con si se lleva a la práctica o no algo que, en todo caso, se sabe que no se puede hacer de la noche a la mañana. Doy fe de que no soy el único que apuesta por esta posibilidad que, de ser la real, implicaría que nos disponemos a vivir tiempos (todavía) más interesantes.

Diario del covid-19 (28)

78 personas muertas con coronavirus en 24 horas en los cuatro territorios del sur de Euskal Herria. Sí, con el porcentaje más bajo de positivos desde el comienzo de la pandemia, con un crecimiento notable de las curaciones y con los hospitales liberando camas a un buen ritmo. Lo que quieran: sigue siendo una cifra demoledora, inaceptable, inasumible, que bajo ningún concepto deberíamos normalizar ni relativizar a base de edulcorantes estadísticos. Mucho menos, si como sospechamos cada vez con más indicios —y no exactamente porque haya mala intención de las autoridades—, la cifra real de defunciones es mayor porque una parte importante escapan al recuento oficial.

Les doy mi palabra de que no pretendo que cunda el desánimo, que bastantes circunstancias se nos juntan ya para hacernos el camino cuesta arriba. Creo, sin embargo, que debemos conjurarnos para no perder la dimensión de la tragedia, que es global, por el tremendo número de víctimas, pero también individual porque, como no nos cansaremos de señalar, detrás de los datos hay personas; las que se van y las que se quedan destrozadas por el dolor. Me parece oportuno que lo tengamos claro los ciudadanos, pero también nuestros representantes políticos. Por supuesto que hace falta un pacto, pero transparente y sin trampas. ¿Es pedir demasiado?

Urkullu, no; Chivite, sí

Celebro, no saben ustedes cuánto, el preacuerdo para aprobar los presupuestos de Nafarroa que han alcanzado el Gobierno de María Chivite y EH Bildu. Por la parte maliciosa, por la bilis que —imagino con delectación— empezarán a supurar las huestes cavernarias en cuanto sepan de la noticia. Confirmarán con los ojos fuera de las órbitas y expeliendo espumarajos por las fauces que Sánchez ha vendido la sacrosanta Comunidad foral a la ETA, así, con artículo, que es como les gusta pronunciar el nombre de su bicha favorita.

Será divertido. Pero más allá de eso, el pacto también me provoca una sonrisa socarrona al pensar que las cuentas que va a apoyar la coalición soberanista —la llamo así porque un día puse abertzale y me lo afearon algunos integrantes de la formación— no creo que sean muy diferentes de las que desdeñó con cajas destempladas en la demarcación autonómica. Y sí, ya se conoce uno la película del relato y los adornos sobre los compromisos megamaxisociales que se dirá que se le ha arrancado a la contraparte. Pero no me cuela. O sea, me cuela en la misma medida que hice como que me tragué las aleyuyas de Podemos en la CAV, pretendiendo que gracias a ellos, los presupuestos son requetefeministas, requeteverdes y me llevo una.

Allá cada cual con los autoengaños al solitario y, sobre todo, con lo que se vende a la parroquia. Bienvenidos los pactos, que no dejan de ser males menores porque a la fuerza ahorcan o estrategias del rato que toca. Como digo más arriba, este en concreto lo aplaudo, como aplaudí la abstención con sabor a sí en la investidura de Sánchez. Lo que no se me escapa es el contraste.

Un dilema soberano

¿Facilitar o no facilitar la investidura de un gobierno con Pedro Sánchez como presidente y Pablo Iglesias como vicepresidente? He ahí el dilema del soberanismo catalán que —dejémonos de bobadas— es quien tiene los votos necesarios, incluso en forma de abstención, para que el pacto de los Picapiedra pase del par de folios con la firma de los susodichos a la realidad. Fíjense que lo que tras el 28 de abril parecía empresa factible ahora se ha puesto muy cuesta arriba. Y no será porque no se advirtió hasta la náusea durante el flirteo impostado del verano de que tras la sentencia del Procés el asunto se tornaría endiablado.

Por si eso no hubiera sido suficiente por sí solo, el Sánchez de la campaña electoral prometiendo trullo para los convocantes de referendos o presumiendo de que a un chasquido de sus dedos la fiscalía traería a Puigdemont engrillado ha elevado el precio del trato. Como poco, cabría exigir que el aspirante a dejar de estar en funciones se retractara de sus bravatas. No parece que vaya a ocurrir y aunque así fuera, tampoco se puede asegurar que serviría de algo cuando llevamos cuatro semanas de bronca sin tregua en las calles.

Ahí es donde Esquerra tiene que tomar aire y andar con pies de plomo. Será muy complicado explicar a los que llevan en el costillar una buena colección de porrazos que se va a permitir un ejecutivo liderado por el que ordenó a los uniformados actuar sin miramientos. Ya hemos visto a Rufián tratado de traidor y abandonando con la testuz gacha una movilización a la que acudió pensando que lo pasearían a hombros. No va a ser nada sencillo escoger entre lo malo y lo peor.

Pactilandia

Felicitemos al equipo de guionistas de este enredo de acuerdos, desacuerdos y contracuerdos a que estamos asistiendo. Fíjense que yo no daba un duro por el serial, pero aquí y ahora reconozco humildemente que, como elaborador de espacios informativos y moderador de tertulias, todos los días he tenido alpiste nuevo que echar al personal. Y da lo mismo el ámbito del que hablemos. Si no era el embrollo de Irun, eran las mil y una abracadabras de la cuestion-de-estado de la demarcación foral, el gamberrismo dinamitero de Vox, los esfuerzos de PP y Ciudadanos para que no parezca que están de hinojos ante Abascal o la reiteración de Iglesias en la solicitud de un ministerio o, ya si eso, una subsecretaría. Para nota, claro, la actuación a favor de corriente del PSOE, con Ábalos, el de la voz cavernosa, sacando el matasuegras del adelanto electoral unas horas antes de que saliera su compañera Adriana Lastra con la milonga del “gobierno de cooperación” para que las hordas opinativas tuvieran con qué entregarse a su consuetudinario onanismo mental.

Y más allá de la pirotecnia, los hechos contantes y sonantes. En la aburrida CAV, el pacto previsto, con margen a alguna liebre saltarina pasado mañana en la constitución de ayuntamientos. En Navarra, todo abierto todavía, no diré que no, pero con Maya volviendo casi con seguridad a la alcaldía de la capital. En una parte regular de la hispanitud, triderecha pura y dura, más o menos disfrazada, a falta, quizá, de alguna extravagancia. Todo ello, como anticipo de un gobierno de Sánchez en España a lomos de una aritmética que a la hora en que tecleo no soy capaz de prever.

Vox ya ha hervido

Persisto en la inconsciencia de la que les hice partícipes aquí mismo. Por más que lo intento, el ya rubricado apaño de las derechas unas y trinas para arrebatarle al PSOE el momio andaluz no me produce el espanto reglamentario. Tampoco les diré exactamente que me divierte el asunto, pero sí que asisto al fenómeno deglutiendo palomitas metafóricas a dos carrillos. Mejor eso que chuparme el dedo o simularlo, como compruebo que están haciendo con gesto de escándalo pésimamente impostado los guardianes de la pulcritud moral. Hasta el caradura Abascal tiene dicho que nada le viene mejor a su causa que estar desayuno, comida y cena en los picos de los cacareadores mayores del reino. De hecho, si hay algo que me sorprende y hasta me rebela, es tener la certidumbre de que nueve de cada diez sobreactuaciones sobre Vox son actos tan propagandísticos como los del chaval de Amurrio y su tropa. Retroalimentación se llama la vaina.

Por lo demás, quede aquí mi descoyunte más estentóreo ante el rostro de alabastro que le han echado al psicodrama los llamados barones del PP. Qué dignos y cluecos andaban por la mañana lanzando esputos al por mayor contra el partiduelo que antes de ponerse el sol terminó siendo su socio, sostén y palafrenero de lujo para arrebatar a Susana Díaz el sultanato del sur. Es ahora, con el pacto ya convertido en hecho, cuando procedería volver a escuchar al aguerrido Alfonso Alonso diciendo que a Vox le falta un hervor. Qué desahogo, por cierto, salir por esa petenera cuando, como recordaba Iker Merodio en Twitter, se preside un partido que acaba de fichar a la fascista de manual Yolanda Couceiro.