La segunda en la frente

El PSOE de Sánchez tiene la extraordinaria habilidad de vender la torre Eiffel o el desierto del Gobi al mismo pardillo varias veces. Cabría la crítica acerada al timador, y de algún modo esta columna pretende algo de eso, pero lo cierto es que, como sostiene el adagio, a partir de la segunda ocasión en que te la meten doblada la culpa es tuya. Es lo que les ha vuelto a ocurrir a EH Bildu y sus jaleadores en medios y redes. Uno no olvida el bullicio ante la promesa arrancada al partido que gobierna en España de promover la derogación de la Reforma Laboral del PP a cambio de dejar pasar una de las prórrogas del estado de alarma. Pasando por alto que la cuestión estaba más que comprometida en el pacto con Unidas Podemos, ni dos horas tardó Ferraz en salir a matizar que lo firmado era un bueno, ya si eso, se verá lo que se hace.

Ante la trapacería, Otegi mandó poner dientes, tiró del manido y mil veces desmentido latinajo Pacta sunt servanda y, en fin, arreó patada a seguir. Unas semanas después de aquello, la claque de la multicoalición aplaudió a rabiar que el grupo socialista hubiera votado a favor de la tal derogación en ese brindis al sol llamado Comisión para La Reconstrucción. Seguían los vítores cuando el partido de Sánchez trampeó una nueva votación y cambió el sí por el no. Sin ruborizarse

Truco o trato

La sublimación del arte del timo se alcanza cuando el timado festeja la estafa de la que ha sido objeto. Puede ocurrir esto porque el primo se la haya comido con patatas, porque quiera evitar a toda costa aparecer como el pardillo que ha sido o, en una versión más rebuscada, porque todo haya sido una componenda de dos pillos y los auténticos timados sean otros.

¿Qué es lo que ha ocurrido en el presunto trile de Sánchez a EH Bildu ofreciendo una derogación total e inmediata de la Reforma Laboral para, acto seguido, aclarar que ni será total ni inmediata? Hombre, de entrada, llama la atención que se compre lo que ya está vendido ni se sabe las veces. Tanto en la moción de censura contra Rajoy como en la segunda investidura de Sánchez y todo el tiempo intermedio, la derogación ha sido una promesa tan cacareada como incumplida. Poco sentido tiene hacer de ella materia de un pomposo pacto, salvo que el supuesto contenido sea solo una excusa para poner en el mismo papel las firmas de PSOE, Unidas Podemos y EH Bildu, y allá películas con si se lleva a la práctica o no algo que, en todo caso, se sabe que no se puede hacer de la noche a la mañana. Doy fe de que no soy el único que apuesta por esta posibilidad que, de ser la real, implicaría que nos disponemos a vivir tiempos (todavía) más interesantes.

La fantasía de Veleia

Los gravísimos acontecimientos que han marcado la actualidad de los últimos días me han impedido seguir con mayor atención el juicio por el presunto timo de la estampita, o sea, de los grafitos de pega, en Iruña-Veleia. Con todo, he ido coleccionando, a modo de aquellas viejas selecciones del Reader’s Digest, los momentos más relevantes del proceso que ayer quedó visto para sentencia. Puestos uno detrás de otro, formarían una pieza a medio camino entre Golfus de Roma, Amanece, que no es poco, The good wife y El ministerio del tiempo. Quien tuviera la intención de llevarla a las pantallas, grandes o pequeñas, debería pensar en Karra Elejalde para encarnar al personaje principal, el extravagante arqueólogo y birlibirloquero Eliseo Gil.

Como título, propongo Grandes mentiras para grandes crédulos, que es donde enlazamos con casi todas las cuestiones que nos ocupan estos días. Quizá la diferencia, y ojalá cunda, es que esta patraña parece que sí se ha logrado desmontar. No crean que ha sido fácil. Por burdos que nos resulten los detalles que han aparecido en sede judicial, como el tipo que confesó haber falsificado un grafito “pero en bromas” o la revelación de que las inscripciones amañadas contenían acero inoxidable, hubo un tiempo en que se creyó a pies juntillas en la autenticidad de los hallazgos. Si rebuscan en las hemerotecas, comprobarán el desprecio entre chauvinista y aldeano con que fueron tratadas las primeras personas que se atrevieron a poner en duda la fantasía animada que tantos quisieron (¿quisimos?) tragarse porque los deseos son siempre más bonitos que la puñetera realidad. Jode reconocerlo.

Miente, que queda todo

Si no fuera tremendamente trágico, sería gracioso que en un país donde excusitas de a duro farfulladas como letanías pasan por revisiones críticas del pasado se esté negando que el lehendakari pidiera ayer disculpas explícitas por los errores en la gestión del derrumbe del vertedero de Zaldibar. “Siento mucho los errores que hemos podido cometer en este operativo”, dijo Iñigo Urkullu. Añadiría que el documento audiovisual está al alcance de cualquiera que esté por la labor de comprobarlo, pero sé que pincho en hueso. Una vez más, la realidad es una minucia al lado de los juicios prefabricados y lanzados al enmerdadero en la certeza de que casi cualquier especie hará fortuna. Los dispuestos a creer creerán. Cualquier intento por confrontar con hechos contantes y sonantes las trolas caerá en saco roto.

¿Ejemplos? Mil. El penúltimo lo comentaba, creo que ni siquiera sorprendido, un querido compañero de fatigas informativas y opinativas. Ayer corrió la especie de que en el Teleberri se habían obviado las declaraciones de Maddalen Iriarte. Es solo la enésima vuelta de tuerca a la mandanga que sostiene que EITB pasa de puntillas sobre la cuestión, cuando va a todo trapo con información no precisamente cómoda. Y qué decirles de mi propio trabajo. A pocas cosas les habré dedicado tanto tiempo de radio —amén de un par de columnas que hubo quien tomó por fuego amigo— como al derrumbe. Si rescatan las tertulias de Euskadi Hoy en Onda Vasca, escucharán durísimas diatribas de contertulios de varias siglas. Da igual: a cada rato se me reprocha callar yo y silenciar las versiones poco amables. Pues lo lamento. No me rendiré.

La gran farsa

¡Oh, qué sorpresa! Con once años de retraso, nos enteramos de que cada uno de los aspavientos y rasgados rituales de vestiduras del PP y UPN durante las negociaciones de Loiola eran puro teatro. Como leímos el lunes en las páginas de Diario de Noticias de Navarra, hasta aquella manifestación lisérgica que reunió en Iruña a lo más granado del fascio, la carcunda, vividores del cuento varios e ingenuos ciudadanos al grito de “Navarra no se vende” fue una pantomima de tomo y lomo. Se la montaron a pachas Miguel Sanz, a la sazón y en el momento, presidente de la demarcación foral, y Mariano Rajoy, en funciones entonces de líder de la oposición española tras haber mordido el polvo en 2004 ante el imberbe Rodríguez Zapatero.

Tanto el de Corella como el de Pontevedra estaban informados al milímetro de lo que se cocía en la mesa de diálogo entre representantes del gobierno español y ETA (y/o sus comisionados de la izquierda abertzale) con el PNV como notario y engrasador. Y uno de los detalles fundamentales que conocían eran que Navarra no era ni de lejos moneda de cambio.

Lo divertido y a la vez revelador sobre la inmensa farsa que es la política reside en el hecho de que se había pactado hasta la crítica. Zapatero se dejaba hostiar dialécticamente por Rajoy, Sanz y el ultramonte mediático diestro a cambio de que no le reventaran totalmente las conversaciones. Es de imaginar, por cierto, que los otros interlocutores de Loiola estaban igualmente al corriente del apaño. Podríamos encabronarnos por el trile tardíamente descubierto. Pero también cabe pensar que entre bambalinas hoy está pasando algo parecido.

Íñigo Alli, qué rostro

Vengo a proponerles una ola gigante por Iñigo Jesús Alli Martínez, quinto culiparlante más pirulero del actual Congreso de los Diputados y recordman sideral de la dureza de jeta. Si los tendrá de titanio el vividorzuelo de UPN, que tras la pillada escandalosa con el carrito del helado, todavía tiene el desahogo de poner cara de cordero degollado y hacerse la víctima.

Qué figura, el regionalista beatón. Sale en los papeles, incluidos algunos de los que le bailan el agua, que el gachó se ha fumado una quinta parte de las sesiones completas de la legislatura y se ha pasado por el arco del triunfo nada menos que 77 votaciones, y todo lo que tiene que decir es que vale, que igual no ha estado muy bien por su parte, pero que, ya si tal, devuelve el dinero. Bueno, ni eso. Solo la parte de la pasta que corresponde a las ausencias que empleó en hacerse un máster para directivos privados de la Universidad del Opus —a 27.900 leureles la pieza, oigan—, pero que se queda con la de las pellas que hizo “para ayudar en casa a mi numerosa familia porque creo en la conciliación real de la vida personal y profesional”. Como lo leen. Imaginen a cualquier currela de a pie faltando al tajo y saliendo por la misma petenera.

Así las gastan los que luego van de la rehostia en verso de la pulcritud moral. Las que habrá soltado por esa boquita contra el rojoseparatismo desde la tribuna de oradores las veces que sí ha tenido a bien fichar en la Carrera de San Jerónimo. Solo Carlos Salvador, su compadre de hemiciclo, le hace sombra en el innoble arte del exabrupto al peso. Retratado queda como el bribón que se embolsa un potosí sin sudarlo.

Rusos, ¿para qué?

Risas con los rusos. Aunque se comprende que parece como puesto a huevo, no sé yo si las haría. ¿Nadie recuerda ya el descojono con el Comando Dixán? Pues luego vino el 11-M, y de ahí en adelante, la oleada de matanzas en nombre del Islam en el infiel Occidente. Vamos, que dicen en la tierra de mi padre que haberlas, haylas. Por lo demás, con una docena de lecturas no necesariamente de ficción sabríamos cómo las gastan las huestes putinescas. ¿Teoría de la conspiración? Como para fiarse y no correr. Nadie mejor para contarlo, si quisiera, que el avezado catalanista Julian Assange.

Otra cosa, de acuerdo, es que en la tragicomedia del nordeste estén de más los mercenarios profesionales de la manipulación. Nos bastamos y nos sobramos con los amateurs, igual en Independilandia que en Hispanistán o en la inmensa Babia intermedia de los equidistantes, los ni carne ni pescado, los que pretendemos no hacernos trampas al solitario y, en general, cualquiera no dado a las adhesiones inquebrantables.

Ahí iba yo. ¿Quién necesita que le lave el cerebro un ruso cuando se lleva de serie inmaculado a la medida exacta de la causa en que se milite? El descaro llega a tal extremo, que se miente utilizando la verdad. Ahí tienen, por ejemplo, a los que están confesando en fila india que se declaró la República cuando no estaba ni a medio hacer, e inmediatamente después aseguran que no han dicho lo que han dicho, pero vuelven a repetirlo ante la siguiente alcachofa que les ponen. Lo tremebundo es que las teóricas víctimas del trile no se revuelven contra quienes se la han pegado sino contra quienes constatamos el engaño.