La Momia, capítulo ene

Quisiera compartir el alborozo por la decisión u-ná-ni-me del Tribunal Supremo es-pa-ñol —¿Esta vez no son una panda de fachuzos con toga?— respecto a la momia del bajito de Ferrol. Me alegro, claro que sí, por las víctimas del matarife y sus deudos, entre los que me cuento, pero tampoco acabo de ver los motivos para tanto festejo. Y menos, cuando los que se están atribuyendo el gol en Las Gaunas (ojo, que aún puede ser anulado por el VAR) obedecen a las cuatro siglas que, habiendo gobernado un kilo de años desde que se produjo “el hecho biológico”, no movieron un dedo por sacar los despojos del viejo dictador de su apartamento en el Valle de los Caídos. La misma Carmen Calvo que anda haciendo la conga de Jalisco era ministra de peso en el gabinete de Rodríguez Zapatero que, pese a ordeñar la Memoria Histórica sin rubor, jamás se atrevió a pasar la línea azul de Cuelgamuros.

Paso por alto que en todo este zigzagueo posturero se ha conseguido resucitar, si no al fiambre, sí a sus adoradores y adoratrices. O casi peor, que se han creado ex-novo franquistas retrospectivos que no superan los treinta tacos en canal. Ya veremos cómo pagamos esa ligereza. Me conformaré con que el dictamen judicial sea firme y con que se cumpla. Llévense las rebañaduras del sátrapa a donde proceda, expídanse los frailes del Valle al rincón en que se los requiera (si es que tal sitio existe), y dinamítese sin escatimar en trilita el fantasmagórico parque temático de la humillación. A partir de ahí, podremos emitir el parte de guerra definitivo y aplicarnos a la jodidísima tarea de enfrentarnos al presente y el futuro, que ya toca.

Calvo y la momia

Lo del desahucio de la momia de Franco de su pesada tumba de mármol en el Valle de los Caídos está siendo, casi literalmente, un pan hecho con unas hostias. O, como poco, la enésima prueba de que las buenas intenciones son las que alicatan hasta el techo el infierno. Claro que quizá sea, sin más, una lección para los aprendices de brujo que pensaron en un birli-birloque facilón para salir a hombros y se encuentran ahora con que lo que pretendían arreglar —¡con más de cuarenta años de retraso!— se les ha puesto más jodido de lo que estaba. Malo era, en lo simbólico, que los restos (o sea, los residuos) del dictador estuvieran en Cuelgamuros, pero es todavía peor que hallen cobijo en La Almudena, corazón, como quien dice, de Madrid, y lugar perfecto para montar centro de peregrinación de franquistas mayormente retrospectivos.

¿Y esto quién lo arregla? Pues parece que la Iglesia de Roma iba a mover sus hilos desde las tinieblas, siguiendo su costumbre, hasta que entró en juego la torpeza de la vicepresidenta española Carmen Calvo, aquella ministra de Zapatero con profundidad intelectual de pozo séptico y a la que los años no han mejorado. Sorprende que haya quien la presente como una Indira Gandhi rediviva, cuando no llega ni a administradora de comunidad de vecinos de teleseirie. Solo a una osada ignorante de todo, y en particular, de lo que sabe hasta una criatura de siete años de la diplomacia vaticana, se le ocurre bocachanclear que ha llegado a un acuerdo con sus reverendísimas eminencias. Les faltó tiempo a los mitrados para negarlo todo, y a ella, para volver a afirmarlo. Y lo que nos queda, me temo.