Desmemoriados vocacionales

Con toda la razón del mundo, llevamos agarrados dos o tres cabreos siderales con el ministro Grande-Marlaska y sus ganas de echar pelillos a la mar en el caso de Mikel Zabalza. Que bueno, que sí, que qué pena, pero que en un Estado de Derecho hay que confiar en las instituciones y no buscar el rédito político de unos hechos desgraciados, viene a decir el juez en excedencia para encorajinarnos más. No es muy diferente de la respuesta de manual del PP cuando se le pide que reprueben los crímenes del franquismo y el postfranquismo, da igual los paseíllos con empujón a fosa común que los asesinatos del 3 de marzo en Gasteiz. Inevitablemente, la reacción es torcer el morro y acusar a quien le insta a algo tan básico de guerracivilismo, de negarse a cerrar heridas y, cómo no, de búsqueda de rédito político.

Y miren por dónde, que exactamente ese es el comodín que emplea EH Bildu para anunciar que votará en contra de las mociones que PNV y PSE presentarán en los ayuntamientos vascos para pedir que se evite recibir como héroes a asesinos o cómplices de asesinatos. Que esa es la agenda de Vox y del PP, sostienen quienes ya nos dijeron que matar estaba bien o mal según el relato. Félix González, sustituto de Miren Larrion en el ayuntamiento de Gasteiz se estrenará mañana defendiendo eso. Curioso.

3 de marzo, 45 años

Sin desdeñar ninguno, de los aniversarios que se nos han venido y se nos vienen encima estos días, me quedo con el de hoy. 45 años de la matanza de Gasteiz. Por fortuna, a diferencia de muchísimos otros casos, esta vez sí se ha conseguido mantener vivo el recuerdo de lo que el propio patrullero que hablaba por radio con sus jefes calificó como masacre. Desde el primer minuto, prácticamente desde el conmovedor e indescriptible funeral por los cinco asesinados, los supervivientes, las familias, el movimiento obrero, la mayoría de los partidos políticos y una parte no pequeña de los vecinos de la capital alavesa se conjuraron contra el olvido. Y con los años entrarían también las instituciones, aunque no todas: las gobernadas por el PP siempre evitaron no ya la condena, sino una mínima reprobación.

Esa cerrilidad con aroma culpable no ha impedido, como digo, que en Gasteiz —y diría que en cualquier lugar del Estado— se tenga una conciencia muy nítida de la injusticia todavía sin reparar que cometieron hace tres decenios y medio personas cuya responsabilidad tampoco ha sido señalada por los órganos supuestamente competentes. Ese debería ser el siguiente paso. Sin ánimo de venganza, y aunque ni siquiera acarree consecuencias penales, es necesario que quede claro quiénes fueron los culpables.

Robles, a lo Abascal

El hábito hace al monje y la cartera hace al ministro. A la ministra, en el caso que nos ocupa. Menuda transfiguración, la de Margarita Robles desde que juró el cargo como titular de Defensa en el gobierno español. De comparecencia en comparecencia, de declaración en declaración, se le van poniendo unas formas castrenses que empiezan a asustar. De seguir la escalada dialéctica, no descarto ver a la (tenida por) muy progresista magistrada soltando filípicas patrióticas en una refundada Radio Requeté.

Me dirán que exagero, pero ahí le anduvo ayer en el Congreso en su respuesta a una pregunta bastante facilita del diputado del PNV Joseba Agirretexea. Como unos cuantos millones de ciudadanos fusilables, el representante jeltzale quería saber si el Gobierno tenía la intención de poner freno a la seguidilla de regüeldos fascistoides de distintos uniformados en activo o jubilados. Ojo, que hablamos desde bravuconadas por guasap a incitación a un golpe de estado, pasando por cánticos franquistas. Robles tenía a huevo quedar de cine prometiendo meter en cintura a los nostálgicos. En su lugar, optó por abroncar a Agirretxea tachándolo de nacionalista excluyente y media docena de excesos verbales del pelo y por una explosión de elogios desmedidos a las milicias hispanas. Hasta Abascal tuvo ganas de aplaudir.

Los héroes de Burgos

Me alegra infinitamente el relieve que se le está dando en los medios al 50 aniversario del Proceso de Burgos. Salvando los inevitables ventajistas que han pretendido llevar el agua de la conmemoración a su molino ideológico, son también muy de agradecer los planteamientos de los diferentes reportajes. Resulta imprescindible la vertiente humana de los supervivientes y ayudan mucho las aportaciones documentadas de los historiadores o los analistas. Sumando lo uno y lo otro, creo que nos acercamos a la verdadera dimensión de un episodio que, más allá de los tópicos habituales, marcó un antes y un después.

O quizá fueron varios. Lo ocurrido en aquel diciembre de hace medio siglo supuso cambios decisivos en el régimen franquista, en la oposición, en la mirada internacional sobre la dictadura y, por descontado, en ETA. Poco calcularon los prebostes totalitarios que lo que planearon como venganza y escarmiento acabaría mostrando su debilidad y, en el mismo viaje, engrandeciendo a quienes se le enfrentaban, un amplio cajón de sastre de credos que iban desde la democracia cristiana a la extrema izquierda. Emociona ver en las imágenes de la época esa unidad y valentía tanto de quienes defendieron con la toga a los acusados como de los que se la jugaron en las calles o en los manifiestos. Hicieron Historia.

Casposos de la XIX

Supongo que debería indignarme, pero al intentar poner gesto de cabreo, me entra la risa floja y no puedo parar de descuajeringarme vivo. Qué tropa, literalmente, los de la XIX promoción de la Academia General del Aire del ejército español, que andan intercambiándose bravuconadas en un grupo de guasap con hedor a abrótano macho, caspa y sobaquina. “No queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta”, teclea con ardor guerrero y vaya usted a saber después cuántas dosis de Sol y Sombra, un generalote retirado que atiende por Francisco Beca. Otro milico desaforado, un tal coronel Andrés González Espinar, se lamenta: “Qué pena no estar en activo para desviar un vuelo caliente de las Bárdenas [sic] a la casa sede de estos hijos de puta”. Se refiere el espadón, como habrán imaginado, a los rojoseparatistas que —¡a su muy hondo pesar!— gobiernan porque así lo han querido los votos en el Estado español.

Busquen por ahí los cruces de regüeldos porque, salvo que tengan la querencia por tomarse en serio a quienes no se debe, pasarán un rato entretenido y obtendrán el retrato a escala de las jamás depuradas fuerzas armadas del Reino de España. No les sorprenderá que varios de los biliosos uniformados firmaron la famosa carta de apoyo a Felipe VI plagada de fascistadas sin cuento. País.

Pasar página

Cuatro expresidentes españoles han pedido a María Servini, jueza de la querella argentina por los crímenes del franquismo, que deje en paz al prohombre Rodolfo Martín Villa, llamado a declarar hoy por la magistrada. Según se cuenta, las cartas de este póker de antiguos inquilinos de Moncloa y de otros ilustres miembros de la cofradía de la Inmaculada Transición no se quedan en abogar por un pelillos a la mar, sino que glosan al individuo como extraordinario y sin par ser humano, amantísimo padre y abuelo de familia y, cómo no, forjador del milagro democrático español acaecido tras la muerte del bajito de Ferrol. Hasta Zapatero, el de la memoria histórica a tanto alzado, justifica al fulano afirmando que no se puede ser objetivo en el juicio sin haber vivido aquello. Y cuando decimos aquello, hablamos del 3 de Marzo en Gasteiz, de Montejurra, de los sanfermines del 78 y de un reguero de brutalidades del pelo ocurridas cuando el tipo era el jefe de la porra.

Como no podía ser de otro modo, el conocimiento de estas misivas ha desatado una justísima indignación. Resulta del todo vomitivo que se pida pasar página ante semejante colección de vulneraciones de los Derechos Humanos. Y aquí es donde esta columna se vuelve incómoda al señalar que eso es así, se llame el tipo Martín Villa o Josu Urrutikoetxea.

¿Exhumación o exaltación?

Andará preguntándole Pedro Sánchez a su gurú donostiarra de cabecera qué ha podido fallar para que lo que debía haber sido un acto lleno de épica y solemnidad acabara en esperpento circense rezumante de patetismo. ¡Si hasta le tenían dicho al piloto del helicóptero que evitara las farolas traicioneras! Al tiempo, en su recién estrenada nueva morada de Mingorrubio, la momia del viejo carnicero debe de estar retorciéndose de risa y gustirrinín. Miren que es joía la Historia: al cuadragésimo cuarto año resucitó y se pegó el lujazo de comprobar que en la reserva espiritual de Occidente todavía hay quien le añora.

El segundo entierro poco ha tenido que envidiar al primero. ¿Por qué? Vuelvan a cuestionárselo a los brillantes cacúmenes citados al principio de estas líneas. Suya es toda la responsabilidad de que la imagen que vaya a quedar del pifostio de ayer entre Cuelgamuros y El Pardo sea la del féretro de madera nobilísima saliendo a hombros de los familiares del dictador, liderados por uno que se apellida Borbón. Como guarnición, los brazos en alto, unos uniformados cuadrándose ante la comitiva, rojigualdas con el pollo, vítores a Tejero, Abascal profetizando una segunda maldición como la de Tutankamón y el equipo de producción de Ferreras persiguiendo a unos viejos comunistas para que se prestaran a dejarse grabar brindando en un bar.

Resumiendo, que la exhumación se transmutó en exaltación monda y lironda. La pretendida reparación ha resultado una ofensa para las víctimas del franquismo que se suma a las mil y una coleccionadas desde el comienzo de la interminable noche de piedra. Y todo, por un puñado de votos, qué rabia.