11-M, el rostro del PP

La hipocresía de los desalmados o la falta de alma de los hipócritas. “Han pasado quince años ya, pero aunque pasaran mil, siempre llevaremos el recuerdo de las víctimas del 11-M en el corazón”, farfulla, con desahogo infinito, la cuenta oficial de Twitter del Partido Popular. Como acompañamiento, un video lacrimógeno con musiquita entre épica y solemne y proclamas que abundan en la desfachatez. De vómito, para quienes tenemos memoria y llevamos grabada a fuego la inconmensurable infamia que siguió al atentado más brutal de nuestra historia reciente.

¿Las víctimas? ¿Sus familiares? ¿El dolor? Aquel día y los que vinieron después importaron media mierda. Solo fueron carne de cañón para construir una mentira que buscaba ser canjeada en las inminentes urnas por votos contantes y sonantes. “Si ha sido ETA, barremos; si han sido los islamistas, gana el PSOE”, confiesa en El País —¡ya era hora!— que escuchó de labios monclovitas el comisario Juan Jesús Sánchez Manzano, jefe de los Tedax en aquella infausta fecha. Y toda la comunicación, o sea, la propaganda infecta del Gobierno todavía liderado por José María Aznar López, Chiquito de las Azores, fue en consonancia. Cómo olvidar al hoy multienmarronado judicialmente Ángel Acebes ganándose, según sus firmes creencias católicas, un lugar en el infierno al mentir como el bellaco que es sobre la autoría de la matanza cuando ya tenía sobre la mesa todos los datos que confirmaban que había sido obra de yihadistas de medio pelo. Patrañas, por cierto, que siguieron repitiéndose durante años desde las terminales mediáticas del PP. Menos recuerdo falso. Más pedir perdón.

El tal Cortés

En la todavía no digerida tragedia del pozo de Totalán ha destacado, por su estomagante omnipresencia, ese peculiar individuo llamado Juan José Cortés. Apuntaran donde apuntaran las mil y una cámaras que transmitieron al segundo cada insignificante detalle del rescate del niño Julen Roselló, él estaba allí. A veces, simplemente se conformaba con chupar plano junto a los padres o los familiares del pequeño, los operarios que colocaban los dispositivos, los expertos que explicaban lo que se hacía, los guardias civiles que pululaban por allí, las autoridades que acudían también a retratarse o el gentío atraído por el drama. En otras ocasiones, sin embargo, conseguía en exclusiva el micrófono y los focos para farfullar sus sonrojantes naderías. También es verdad que ninguna de sus melonadas in situ superó a la que lanzó desde la convención del PP, donde, como militante con derecho a escenario, bramó: “¡Aguanta, Julen, que Juan José Cortés y el Partido Popular están contigo!”.

Como no hay que explicar pero sí señalar porque tendemos a pasarlo por alto para evitar la incomodidad que provoca saberlo, la autoridad de este tipo para actuar así le viene dada por su condición de padre de una niña asesinada por un malnacido que, además, intentó abusar sexualmente de ella. Con ese tremebundo salvoconducto, Cortés ha conseguido, amén de una colocación vía carné, ser convocado a un sinnúmero de foros en calidad de experto al que, por descontado, no se puede rebatir ni poner en solfa. O no se podía. Por fortuna, este caso lo ha desenmascarado. Sería genial que cundiera el ejemplo. No es el único que vive de su sufrimiento.

Detrás del hacha

En esas andamos, en discusiones sobre el significado de una escultura. O sea, parece que andamos, porque solo si pretendemos hacernos trampas en el solitario podremos tomar como debate artístico el que ha suscitado la obra de Koldobika Jauregi para conmemorar —¿o celebrar?— la escenificación del desarme de ETA hace ahora un año. ¿El hacha invertida de cuyo mango sale un árbol es un brindis en honor de la banda que tiene ese distintivo o una metáfora de la sangrienta herramienta que da paso a la primavera de la convivencia? Como tantas veces, tenemos los suficientes años para saber la respuesta, igual que cuando nos cuestionamos si cabe considerar homenaje al recibimiento bajo palio al autor de media docena de asesinatos. Igual, por cierto, que en este mismo caso, cuando señalamos la unanimidad de las fuerzas políticas e instituciones de Iparralde, pasando por alto que las realidades a uno y otro lado de la muga son imposibles de comparar, salvo que se obre con ignorancia inconmensurable o mala intención todavía mayor.

Bastan unos cuantos gramos de empatía y otros poquitos de humanidad para plantearse, siquiera como hipótesis, la posibilidad de que la elección del símbolo pueda provocar sufrimiento en una parte no pequeña de la misma sociedad a cuya convivencia se apela en la explicación oficial de la escultura. Y no, no vale el comodín de aludir al dolor que también ha padecido “la otra parte”, porque entonces sí que se caen los velos y las máscaras del todo. Si no vamos de farol en las proclamaciones, se supone que se trata de que nadie se sienta ofendido ni excluido. No parece tan difícil.

El dolor que une

Cuánto mejor el trigo que la prédica. El viernes pasado ETB 2 rindió el servicio público que le corresponde. Si no pudieron ver en directo la primera parte de La noche en Jake, les animo con entusiasmo a que localicen el programa y le dediquen un tiempo que les será de mucho provecho. De bastante más, desde luego, que las palabras bienintencionadas, las peroratas impostadas o los estomagantes rifirrafes que habían acompañado en la víspera la conmemoración del pomposo Día de la Memoria.

El espíritu que no acaba de imponerse en el fallido homenaje oficial se hizo presente en el estudio de televisión a través de los testimonios de cuatro mujeres y un hombre que han padecido un daño injusto de distinta procedencia. ¿Víctimas? Sí, pero mucho más que eso, porque ellas y él tienen existencias que trascienden esa etiqueta paternalista y un tanto simplona. Quizá el auténtico reconocimiento empiece por ahí, por dejar de contemplarlas como a objetos de compasión y considerarlas de una vez personas que, además de no haberse quedado ancladas en el episodio más doloroso de sus vidas, son capaces de poner en común sus experiencias.

¿Es esa la perversa equiparación que denuncian quienes se emperran en distinguir entre aristocracia y plebe del sufrimiento? Nada más lejos. Como quedó de manifiesto en el espacio que insisto en recomendarles, Rosa Rodero, Idoia Zabalza, Inés Núñez, Manoli Urritegui y Gorka Landaburu son estimulantemente diferentes entre sí. Cada cual tiene su historia, sus cicatrices, su relato de lo que ocurrió y su visión propia de lo que debería ocurrir. Y aun así, es evidente que algo los une

IdiETAs y jETAs

Finalizaba mis líneas de ayer contándoles que estoy pensando en proponer a la Academia de la lengua española el término IdiETA. Si lo hago, incluiré en el mismo lote el vocablo jETA —exactamente con esa grafía—, que entiendo va como un guante para nombrar a la ingente legión de caraduras que llevan lustros pegándose la vida padre a cuenta de las tres siglas. Como todo no se reduce exactamente a parné, el neologismo sería también de aplicación a la magna patulea de politicastros que reducen su argumentario a sacar a paseo el espantajo para lo que fuere menester. Y ahí entra desde ganar juegos florales de la dignidad a tapar toneladas de corrupción hedionda, pasando, como estamos viendo en los patéticos ejemplos recientes, por enmerdar a los partidos que podrían formar una mayoría de gobierno alternativa. O a cualquiera que no trague con el catecismo obligatorio, lo mismo malvados soberanistas periféricos, que un par de titiriteros anarcoides que se ponen a tiro.

Recuerdo cuando señalar a estos desahogados era motivo de excomunión bienpensante. Parecía demasiado perverso para ser verdad: unos tipos, los más vociferantes del patio, que se habían montado un siniestro bisnes alimentado por la sangre y el dolor. No cabía tal grado de miseria en la mayoría de las bienintencionadas —o ciegas voluntarias, qué caray— mentes del lugar. Por fortuna, los acontecimientos, empezando por la ausencia constatable de violencia firmada por ETA, y siguiendo por la caída del guindo de una parte considerable del cuerpo social español, han puesto al descubierto a estos parásitos del sufrimiento, es decir, a los jETAs.

Medir el sufrimiento

Hasta hace un par de días ni se me había ocurrido que pudiera existir una tabla de pesos y medidas para determinar científicamente la cantidad y la calidad del sufrimiento. Lo descubrí escuchando, debo decir que atónito, a uno de los forenses que han intervenido en el juicio al que en los medios llamamos teatralmente ‘el falso shaolín’ cuando quizá bastaría referirnos a él como ‘el asesino del gimnasio’. El experto hablaba, en concreto, de Ada Otuya, la última víctima del matarife, la que tenía casi literalmente entre las manos en el momento de su detención. Fue hallada agonizante, ingresó en el hospital en estado de coma, y falleció tres días después.

Al impresionable común de los mortales como usted y yo se le ponen los pelos como escarpias y se le encoge el alma imaginando los padecimientos de la mujer. Pues con la cinta métrica oficial en la mano, no tenemos motivos para ello. Según afirmó el perito con una mezcla de frialdad y lo que parecía cierta molestia por tener que explicar cosas que en su círculo profesional son de parvulitos, Ada no fue sometida a un sufrimiento excesivo ni inhumano. Vamos, que fue el dolor corriente y moliente de cuando a alguien de complexión fuerte le está matando un tipo bajito con conocimientos de artes marciales.

Seguramente, desde el punto de vista técnico, la argumentación es impecable y, desde luego, imposible de refutar por quien, como servidor, sabe de la ciencia forense lo que ha visto en las películas y en las mil series sobre la materia. No puedo, sin embargo, dejar de anotar mi estupor y mi desazón al comprobar que hasta lo más íntimo es tasable.