Detrás del hacha

En esas andamos, en discusiones sobre el significado de una escultura. O sea, parece que andamos, porque solo si pretendemos hacernos trampas en el solitario podremos tomar como debate artístico el que ha suscitado la obra de Koldobika Jauregi para conmemorar —¿o celebrar?— la escenificación del desarme de ETA hace ahora un año. ¿El hacha invertida de cuyo mango sale un árbol es un brindis en honor de la banda que tiene ese distintivo o una metáfora de la sangrienta herramienta que da paso a la primavera de la convivencia? Como tantas veces, tenemos los suficientes años para saber la respuesta, igual que cuando nos cuestionamos si cabe considerar homenaje al recibimiento bajo palio al autor de media docena de asesinatos. Igual, por cierto, que en este mismo caso, cuando señalamos la unanimidad de las fuerzas políticas e instituciones de Iparralde, pasando por alto que las realidades a uno y otro lado de la muga son imposibles de comparar, salvo que se obre con ignorancia inconmensurable o mala intención todavía mayor.

Bastan unos cuantos gramos de empatía y otros poquitos de humanidad para plantearse, siquiera como hipótesis, la posibilidad de que la elección del símbolo pueda provocar sufrimiento en una parte no pequeña de la misma sociedad a cuya convivencia se apela en la explicación oficial de la escultura. Y no, no vale el comodín de aludir al dolor que también ha padecido “la otra parte”, porque entonces sí que se caen los velos y las máscaras del todo. Si no vamos de farol en las proclamaciones, se supone que se trata de que nadie se sienta ofendido ni excluido. No parece tan difícil.

El daño causado

Reconocer el daño injustamente causado es, miren ustedes qué perogrullada, reconocer el daño injustamente causado. Y hacerlo a pelo, porque sí, porque siendo imposible esa reparación de la que tanto se habla en vano, es lo menos que se le debe a quien se le provocó el sufrimiento, una disculpa. Pero no una de trámite en media línea perdida por ahí, como si todo el mal hubiera consistido en un pisotón al subir al autobús o fuera producto de un malentendido tonto. Algo de más fuste, pensado, elaborado, que se note que ha llevado su tiempo y que parte de la absoluta sinceridad. Tampoco vale apostillarlo con que si yo no empecé, a otros que han hecho cosas peores no se les pide lo mismo, es que había un conflicto… ni demás prosa justificatoria. Aunque las acciones se hayan dado en un contexto muy determinado, cada una es personal e intransferible.

¿Es que acaso hay que humillarse? No va por ahí. Un exceso de flagelo sonaría demasiado artificioso y habría motivos para desconfiar. Basta con unas gotas de naturalidad y otras de empatía, sin perder nunca de vista que incluso las palabras mejor escogidas y dichas no serán capaces de restaurar los estragos cometidos.

Se nos suele olvidar —o directamente no queremos contemplarlo así— que estamos hablando de una cuestión puramente moral. Es fatal mezclarla con las estrategias políticas coyunturales o vincularla, como se está haciendo, con la obtención de hipotéticos beneficios penitenciarios. Si queremos que el reconocimiento del daño causado tenga algún sentido o algún valor, no podemos ni exigirlo ni ofrecerlo a cambio de contrapartida alguna.