El peso del pasado

Lo mire por donde lo mire, soy incapaz de comprender por qué el PSOE ha sumado sus votos en el Congreso a los de PP y Ciudadanos para tumbar la propuesta de Unidos Podemos de reformar la Ley de Amnistía de 1977 de modo que deje de ser el freno para investigar y juzgar los crímenes del franquismo. O, bueno, sí, acabo comprendiéndolo, pero casi me gusta menos por lo que implica: dar carta de naturaleza al atado y bien atado y, en definitiva, reeditar cuatro decenios después el cambalache para dejar que se fueran de rositas los perpetradores de lo que Celso Emilio Ferreiro llamó “la larga noche de piedra”.

Fíjense que pocas veces la Historia da una segunda oportunidad como esta. El que a duras penas sigue siendo primer partido de la izquierda española (o así) tenía en su mano corregir la flaqueza que cometió cuando tragó con aquello. Y sí, entonces quizá fuera entendible por el ruido de sables permanente, por la inyección de pasta de la socialdemocracia alemana, por los dedos hechos huéspedes ante la eventualidad de superar al PCE como oposición real a los sucesores del viejo régimen. Incluso cabe la hipótesis de la buena fe, el hecho de que, como tantos otros, no cayeran en la cuenta de que la misma ley que sirvió para aligerar las cárceles era una inmensa añagaza para salvar el culo de los incontables criminales de la Dictadura. Pero, ahora, ¿qué excusa hay? Desde luego, nada de lo que llevan dicho los portavoces socialistas resulta ni remotamente creíble. A más de uno se le nota la incomodidad al defender una actitud que en su fuero interno saben que no tiene defensa. ¿Tanto sigue pesando el pasado?

Tres tristes espectros

No gana uno para sustos. Al primer bote, parece una instantánea tomada en el museo de Madame Tussauds. O quizá un fotograma de La parada de los monstruos. Bajo una luz mortecina, el objetivo muestra la inexpresividad entre cerúlea y marmórea de tres rostros que hacen que el espectador se pregunte si se le habrá parado el calendario. Pero entre el hedor imaginado a sulfuro, Varon Dandy y naftalina, un despiadado titular deja las cosas en su sitio. Es un apunte del natural tomado en un acto público de apenas unas horas antes. Por las venas del trío protagonista sigue corriendo sangre real, quizá mezclada con vitriolo y un rencor infinito. Son, por orden de aparición, María San Gil, José María Aznar y Jaime Mayor Oreja. Reconozcan que la sola lectura consecutiva de sus nombres les ha provocado un escalofrío.

Sin embargo, se diría que poco de fuste hay que temer. Apenas se trataba de una reunión de espectros que habían abandonado sus respectivas madrigueras del averno para ponerle las rodillas temblonas a Mariano Rajoy. Ya ven qué guasa. Puesto que las dos atribuladas formaciones de la oposición reglamentaria —PSOE y Podemos—, enzarzadas en sus reyertas intestinas, no alcanzan ni a hacerle cosquillas al imperturbable inquilino de Moncloa, tienen que venir a darle la murga desde el ala (todavía más) dura del PP. Con escaso éxito, habrá que añadir. Incluso contando con la presencia en primera fila de la inevitable Esperanza Aguirre, la misa negra plagada de maldiciones, sapos, culebras y profecías apocalípticas llegó a los medios como divertimento, extravagancia o puro relleno. Y que siga siendo así.

Cinco años, cinco

Esta es una columna de trámite, no se lo negaré. Me traen la inercia de la efeméride y la fuerza de la costumbre. Si he escrito algo en cada aniversario, no voy a dejar de hacerlo en este, que es el quinto. Qué monográficos más bonitos hemos hecho todos para conmemorar el lustro del comunicado de liquidación de ETA por cese de negocio. Arrimando, claro, cada cual el ascua a su sardina o hasta mintiendo conscientemente. ¿Por? Pues porque hay que maquillar los recuerdos, supongo. ¿Cómo vamos a reconocer que, pasado un tiempo, aquello que tanto ansiamos, que soñamos de mil y una maneras, acabaría tocado de una vulgaridad carente de cualquier delicadeza?

Esto, sin más ni menos, era lo que algunos, exagerando dos huevas, llaman la paz. Ha tenido su cosa que estas fechas marcadas en el calendario hayan coincidido con el psicodrama de Alsasua. Qué gran piedra de toque para calibrar el minuto de juego y resultado del camino hacia la normalización. Por si alguien lo dudaba, hay quien está exactamente como en las décadas del plomo y la sangre corriendo por el asfalto. Unos en Tiro y otros en Troya, pero gastando las mismas demasías dialécticas y tirando sin rubor de panfleto chillón.

La buena noticia —y aquí descolocaré otra vez al señor que el otro día me reprochó que empezaba los textos de un modo y los terminaba de otro— es que esos, los irreductibles del conflicto a diestra y siniestra, son menos. Muchos menos. Están perfectamente censados en sus respectivas reservas que van menguando de elección en elección. Ocurre que los otros, los que les quintuplican, hace bastante tiempo que están a otra cosa.

Borrar tuits

Me estoy acordado mucho estos días de un amigo que queriendo convencerme de las bondades del entonces recién nacido Twitter, remató su alegato más o menos así: “Y lo mejor es que cualquier cosa que hayas escrito desaparece automáticamente al de una semana”. Desconozco de dónde había sacado tal idea —que no fue, ni mucho menos, la que me inclinó a hacerme adepto de la secta del pajarito azul—, pero hoy está claro que no era verdad ni por aproximación. En los infinitos anales cibernéticos queda constancia de cada una de las melonadas que hemos ido evacuando desde que nos abrimos la cuenta. También de las frases ingeniosas, pero aparte de que en la mayoría de los casos son excepcionales, en esas no va a reparar nadie. Las que buscan los espeleólogos de pozo séptico son únicamente las susceptibles de ser utilizadas en contra de cualquier mengano que acabe de adquirir relevancia, y no hay que dar ejemplos, ¿verdad?

La cuestión es que estos rastreadores de pasados digitales ajenos han tocado pelo. Están consiguiendo que muchos personajes públicos de nuevo cuño —y, por si acaso, otros que ni lo son ni lo serán— hayan emprendido el frenético borrado selectivo o total de tuits.

Asistiendo con creciente perplejidad a esta neurosis preventiva, me pregunto qué he de hacer yo con las más de 32.300 piadas que registra mi contador. Aunque tengo la convicción (o quizá es que quiera tenerla) de que ninguna me incriminaría gravemente, sin necesidad de echar un vistazo, sé positivamente que muchísimas de ellas me harían pasar gran vergüenza. Pero ahí se van a quedar porque el memo que las aventó sigo siendo yo.

La república del futuro

Con el recuerdo fresco de la modorra social que tanta culpa tiene en los hachazos que nos han dado, resulta estimulante ver las calles pobladas de banderas tricolores. Sí, por muy españolas que sean; ese sarampión ombliguero ya lo pasé. Más que el trapo en sí, además, lo que me parece digno de encomio es que miles de personas de todas las edades vuelvan a pisar el asfalto y provoquen un cierto tembleque —un cuarto de grado en la escala Richter, tampoco exageremos— a quienes estaban acostumbrados a pastorear la manada sin el menor contratiempo.

Aplaudido el afán de movilización y lo que supone, no puedo dejar de señalar, sin embargo, que no acabo de conectar con el enfoque de la mayoría de las reivindicaciones. O mucho me equivoco, o esa república que se reclama es una que, como escribí en el último aniversario, solo existe en una mitología quizá bienintencionada pero pésimamente documentada. Siento pinchar el globo, pero aunque la queramos tanto porque nuestros abuelos murieron por ella y porque los peores asesinos la destruyeron con saña, la segunda república no puede servirnos hoy de modelo, y menos, con tales dosis de cándida y desinformada idealización. Volteando el argumento, diría incluso que lo que nos vale de aquellos años tumultuosos son sus múltiples errores para empeñarnos en no repetirlos.

Lejos de estridencias o postureos, anoto que mi aspiración es la primera vasca, pero me apunto de buen grado y sin que se me caiga ningún anillo a pelear por la tercera española. Quisiera, eso sí, que, evitando caer en la amnesia, la que hagamos no sea la república del pasado sino la del futuro.

Derecho al olvido

Resulta curioso que con lo poco o casi nada que se respetan los de toda la vida (léase anteayer), en los paritorios jurídicos no dejen de venir al mundo —al trocito escogido, se entiende— nuevos derechos. El último alumbramiento, bendecido por ese Deus ex machina que llamamos Tribunal de Justicia Europeo, es el del derecho al olvido. No me digan, para empezar, que no suena poético; hecho a propósito para una letra de Joaquín Sabina, que rimaría con envido, pido o mido. Y pasado a prosa, aún mantiene el toque lírico, porque lo que acaban de reconocer sus señorías con asiento en Luxemburgo es que se pueden capturar unicornios azules. Poco más o menos de eso se trata cuando nos dicen a los humanos corrientes y molientes que la ley nos amparará si le vamos al todopoderoso Google con la exigencia de que borre cualquier rastro de nuestros patinazos pasados si entendemos que su permanencia a la vista pública nos perjudica.

Más allá de las dificultades técnicas y la escasa disposición del buscador de buscadores para llevar a cabo la exigencia, mi reflexión me lleva a la no sé si candidez o soberbia que hay tras la formulación general. Queremos decretar que nuestro pasado es legalmente moldeable a voluntad, que podemos quedarnos con los trozos vividos de los que estemos satisfechos y descartar el resto. Mantendríamos así biografías eternamente inmaculadas, amén del camino expedito para seguir errando, pues cada nuevo lamparón que nos echáramos sería inmediatamente eliminado sin dejar huella. Por suerte o por desgracia —elija cada cual— tan grande imposible escapa a las atribuciones de un tribunal.

Otra de tantas (2)

Vaya, al final aparecieron las dichosas palabras del presidente de Sortu tal y como habían salido de su boca. Día y tres cuartos después del primer ciclo informativo, anótese eso también, porque aquí no hay nada inocente. Es muy viejo lo de darle hilo a la cometa, que en este caso es dejar que crezca el ruido cuando tienes con qué detenerlo. Pero bueno, al grano: ¿Da para ilegalización al amanecer lo que dijo Hasier Arraiz? Hombre, fíate y no corras de cómo las gastan las fiscalías por estos pagos, pero por mucho que les pese a urquijos, covites, auvetés, maneiros (Sémper, tu quoque?) y demás postulantes de la tarjeta roja directa, no parece que los cuatro minutos de rajada contengan la excusa buscada. Desde luego, ni por el forro llegó a decir algo remotamente parecido a la barbaridad que entrecomilló el diario de Pedrojota. Se podría hacer una tesis de Periodismo o de Psiquiatría sobre cómo alguien que escuchó lo que escuchó acabó titulando lo que tituló.

Así que no fue para tanto lo de Arraiz. Ahora que me lo he repasado dos veces, puedo decir que fue simplemente un discurso político endeble y, de acuerdo con mi (hiper) sensibilidad, decepcionante. Comprendo a quién estaba dirigido y sé que si en los cartelones de atrás en lugar del logotipo de Sortu, hubieran estado la galleta del PNV, la rosa del PSE y no digamos la gaviota del PP, el portavoz de turno habría arrimado igualmente el ascua a su sardina. No espero que ninguna formación vaya a hacer la famosa revisión crítica del pasado en abstracto, y menos ante la militancia. Sin embargo, a cualquiera de las siglas mencionadas y a las ausentes sí les pido que, por lo menos, los equilibrismos sean de fuste.

Un ejemplo, que no tengo espacio para más. Dijo Arraiz que los demás están emperrados en la política de retrovisor. O sea, la misma tesis de Alfonso Alonso para darle carpetazo al franquismo. ¿Queremos memoria o no? (Continuará)