Aquellos años grises

En medio de la repetición ritual del día de la marmota política y naderías por el estilo, te golpea una noticia de las que de verdad te hacen distinguir el trigo de la paja. Ha muerto un tipo, año arriba o abajo, de tu edad. Y no uno cualquiera con el que te cruzabas de vez en cuando o que te sonaba vagamente. Qué va, se trata de alguien que, sin ser exactamente un amigo o un conocido cercano, forma parte de tu currículum vital, sentimental y profesional. Una persona, por demás, que en tu disco duro se representa como eternamente joven.

Da igual que no hace demasiado hubiera visto imágenes de Iñigo Muguruza con los rastros evidentes de la cabrona enfermedad que se lo ha llevado. En mi cabeza siempre se aparecía casi con cara de niño, guitarra en ristre y, qué curioso, en blanco y negro, supongo que en consonancia con aquellos días grises que vivimos peligrosa e inconscientemente. O bueno, a lo mejor no tanto, que algo me dice que la nostalgia es una lupa de aumento o, casi peor, uno de esos espejos deformantes de las ferias de antaño. De hecho, bastante de lo que se está diciendo y escribiendo a raíz de la muerte del Iñigo me suena un tanto a cantar de gesta exagerado. Y. ¡ojo!, no por él, sino por la época —unos años guarros de plomo, paro, caballo y pelotazos en varias acepciones de la palabra— y, especialmente, por los autores de los ditirambos. De pronto, un fulano con Audi A8, segunda residencia en Jaca y reserva quincenal en un tres estrellas Michelín te cuenta que él también dio patadas al aire al ritmo de Sarri-Sarri. Al escucharlo, sientes el peso de treinta y pico calendarios. DEP, Iñigo Muguruza.

¿Arde Gasteiz? ¿Arde Iruña?

Seguimos siendo un multicine de reestrenos. Cada equis, en las pantallas amigas y menos amigas se proyectan los viejos clásicos. El otro día, por ejemplo, volvieron a poner en sesión simultánea ¿Arde Gasteiz? y ¿Arde Iruña?, dos rancios títulos que, según parece, jamás pasarán de moda. Aunque lo conocen sobradamente, les resumo el argumento de ambas cintas: con el pretexto de defender una buena causa, una panda de niñatos se pega un festín de cargarse lo que se ponga por delante y se monta un rollete épico para intercambiarse hostias con unos uniformados que tampoco le hacen ascos a moler alguna costilla. Y luego, ya saben, las tramas añadidas. Por un lado, la prensa cavernaria poniéndose pilonga porque puede volver a soltar el cronicón de la nunca extinta guerra del norte. Por otro, y esto es lo que da para llorar un río porque se supone que sí debería haber cambiado, las justificaciones, cuando no aplausos, de la gesta perpetrada por lo que hoy ya no se atreven a llamar la juventud alegre y combativa.

¿Cómo dicen? ¿Que ha habido desmarques? Sí, ya sé, y ustedes también saben. Si quieren nos engañamos en el solitario y nos chupeteamos el dedo como si fuera un polo de fresa. Esos textos de mecachis y jolín, evacuados casi al despiste y en contradicción con los tuits apologéticos de señalados incombustibles de la cosa radicaloide, lo que vienen a decir es que aunque esté una gotita feo romper cuatro fruslerías de nada, había un buen motivo para hacerlo, y que en todo caso, la culpa es de los que vinieron con las porras. Pues nada, ovación para los que defienden lo público destrozando lo público.

IdiETAs y jETAs

Finalizaba mis líneas de ayer contándoles que estoy pensando en proponer a la Academia de la lengua española el término IdiETA. Si lo hago, incluiré en el mismo lote el vocablo jETA —exactamente con esa grafía—, que entiendo va como un guante para nombrar a la ingente legión de caraduras que llevan lustros pegándose la vida padre a cuenta de las tres siglas. Como todo no se reduce exactamente a parné, el neologismo sería también de aplicación a la magna patulea de politicastros que reducen su argumentario a sacar a paseo el espantajo para lo que fuere menester. Y ahí entra desde ganar juegos florales de la dignidad a tapar toneladas de corrupción hedionda, pasando, como estamos viendo en los patéticos ejemplos recientes, por enmerdar a los partidos que podrían formar una mayoría de gobierno alternativa. O a cualquiera que no trague con el catecismo obligatorio, lo mismo malvados soberanistas periféricos, que un par de titiriteros anarcoides que se ponen a tiro.

Recuerdo cuando señalar a estos desahogados era motivo de excomunión bienpensante. Parecía demasiado perverso para ser verdad: unos tipos, los más vociferantes del patio, que se habían montado un siniestro bisnes alimentado por la sangre y el dolor. No cabía tal grado de miseria en la mayoría de las bienintencionadas —o ciegas voluntarias, qué caray— mentes del lugar. Por fortuna, los acontecimientos, empezando por la ausencia constatable de violencia firmada por ETA, y siguiendo por la caída del guindo de una parte considerable del cuerpo social español, han puesto al descubierto a estos parásitos del sufrimiento, es decir, a los jETAs.