Eterno viaje al centro

Desde el mismo día en que se fundó para disimular sus orígenes netamente franquistas —Fraga, Arias Navarro, el blanqueado Areilza y un porrón de ministros del dictador—, el PP ha estado viajando al centro. Con más o menos brío, las cantinelas de la huida de los extremos, la moderación, y/o el liberalismo civilizado no han dejado de acompañar la trayectoria zigzagueante del partido hoy liderado (es un decir) por esa menudencia intelectual llamada Pablo Casado. Otra cosa es que los hechos contantes y sonantes desmintieran esas proclamas que, por lo demás, no se tragaban ni los más incautos.

Solo en los momentos de máxima necesidad, los genoveses han abandonado el búnker y han sido capaces de llegar a acuerdos con los que tildaban de rompepatrias. Ocurrió prácticamente anteayer, en la segunda legislatura de Rajoy, pero también en 1996, en la primera de Aznar. Sí, el mismo Aznar que luego abanderó la facción más ultramontana y que, como les anuncié en estas líneas que haría, se ha quitado de en medio tras el fiasco que él ayudó a cimentar.

También les anoté y vuelvo a reiterar que no nos apresuremos a firmar el certificado de defunción. De la extremaunción también se sale; mejor prueba que Sánchez y el PSOE no hay. Lo que es más complicado es que llegue a consumarse el ahora cacareado viaje al centro. Especialmente, si los capacitados para pilotar la salida de las cavernas no se dejan de piaditas tardías de bienqueda y pasan a la acción. Les doy un nombre: Alfonso Alonso. Una muestra de la voluntad de hacerlo sería rehabilitar a los muchos históricos del PP vasco castigados por la parte más dura de la dirección.

Aznar al rescate

Están las hemerotecas —ahora Google— hasta las cartolas de desplantes de José María Aznar al Partido Popular y, de modo particular, al que él mismo impuso como su sucesor al mando del nido de la gaviota, Mariano Rajoy. Entre las bofetadas a mano abierta, destaca la carta que le escribió en noviembre de 2017 al hoy registrador de la propiedad para comunicarle su renuncia a la presidencia de honor de la formación.

Un gesto de rata abandonando el barco que se consumó hace menos de un año (junio de 2018), cuando en la presentación de un libro de su fiel sirviente, Javier Zarzalejos, se situó en varias ocasiones fuera del partido. “No tengo ningún compromiso partidario, ni me considero militante de nada ni me siento representado por nadie”, llegó a decir, antes de ofrecerse para liderar la reunificación de lo que él denomina sobrepasando el eufemismo “centro-derecha español”, dividido en tres, según su diagnóstico.

Por entonces, Abascal era “un chico lleno de cualidades”. Pero ya no. Ahora su exdíscipulo y Rivera son dispersadores del único voto útil para que en España no vuelva a ponerse el sol, el que vaya al PP de Pablo Casado, el otro niño amamantado con su mala leche. Y tan catastróficos está viendo los sondeos del chisgarabís palentino, que Superjosemari se ha echado la campaña a la chepa. Después de años negándose a poner los pies en un mitin (tampoco queda claro si era porque no le invitaban), Aznar figura como cabeza de cartel en media docena de actos selectos del que ya sin duda vuelve a ser su partido. Si consigue la remontada, será su éxito. Si no evita el fiasco, simplemente se encogerá de hombros.

Alianza Popular, otra vez

Mientras nos entreteníamos con el enésimo intercambio de navajazos en la cúpula del trueno podemil, descuidábamos lo que ocurría al fondo a la derecha. Es decir, en las cada vez más hondas profundidades cavernarias. Menuda bacanal ultramontana, la del recinto ferial de Ifema, allá en la villa y corte, con un Mariano Rajoy, no les digo más, que pareció, como poco, un socialdemócrata civilizado en comparación con la media exhibida por sus todavía conmilitones del Partido Popular. El ratazo que pasaría desde la nube negra en que esté el padre fundador de la cosa, Don Manuel Fraga Iribarne, al verse invocado una y otra vez, como el macho cabrío en los akelarres reglamentarios.

“¡Ni tutelas ni tutías!”, resucitó en el happening pepero la frase del abajofirmante de sentencias de muerte. Primero la soltó ante un ramillete de alcachofas el mingafría y morador de yates de narcos que atiende por Alberto Núñez Feijoó. Luego, ya desde el estrado y con el fondo de un banderón rojigualdo más grande que su ego, la repitió el probado trolero José María Aznar López, con la autoridad de haber sido, 30 años atrás, el destinatario de aquella martingala de Fraga. Como en las sectas y en los clanes mafiosos, se repetía el ritual de traspaso del mando, con la peculiaridad de que el verdadero antecesor, el arriba mentado Eme Punto, quedaba hecho luz de gas. La lectura es bien sencilla: este PP de Pablo Casado es, no ya ese de hace tres décadas que recibió Aznar, sino directamente la rancia y casposa Alianza Popular que inscribieron en el registro de partidos el gallego aullador y otro puñado de recalcitrantes franquistas como él.

Aznar se divierte

Aquellas legendarias matinales del Circo Price reviven de un tiempo a esta parte en la también madrileñísima Carrera de San Jerónimo, residencia putativa de la devaluada soberanía popular. La diferencia es que las originales fueron la cuna del pop español, más o menos cañí, y las funciones actuales no pasan del número del bombero torero o del intercambio de bofetadas de individuos a los que no llamo Tonettis por respeto a los hermanos que pasearon dignamente ese apellido. La representación de ayer, con José María Aznar de gallo mayor y una selecta reata de tiradores de esgrima de salón no haciéndole ni cosquillas, fue la enésima demostración de la nada entre dos platos que les describo.

La cosa es que se trataba de sustanciar algo tan serio como la responsabilidad del sujeto en los mil y un casos de corrupción que han acabado siendo seña de identidad de su (creo que todavía) partido. Aun siendo difícil lograr que sudara un poco de tinta china un tipo al que se la refanfinfla todo, cabía intentarlo a base de sobriedad en las formas, sin perder de vista que el foco debía estar en el interpelado y no en el interpelador. Pero ni modo. Llevados por su ego, los arrinconadores, bien es verdad que en complicidad con la claque acrítica que jalea cualquier cacaculopedopís y los editores de los programas matutinos que premian el regüeldo, salieron a escena a lucirse con el florete. Y eso era exactamente lo que quería Aznar, que además de dejar que los golpes resbalaran sin daño en su piel de ofidio, conseguía colocar sus bofetadas en las sonrientes caras de sus señorías y, de propina, en los principales titulares.

El Casadazo

Hay como un millón y medio de lecturas de la victoria por goleada de Pablo Casado en las primarias a la remanguillé del Partido Popular. De entrada, un saludo para los gurús y las gurusas que todavía a un cuarto de hora de conocerse los resultados daban por seguro que ganaría Sáenz de Santamaría, pontificando que el aparato era mucho aparato y que el aplausómetro del Congreso no era indicador de nada. Pues toma nada, pedazo de listillos: 451 votos y 15 puntos porcentuales de diferencia. Que Santa Lucía os conserve la vista y que los que os tienen por referencia sigan siendo lo suficientemente cabestros como para no retiraros el crédito.

Y volviendo a los hechos en sí mismos, anotemos algo que quizá quede en segundo plano: si en el inicio de todo esto las indiscutibles favoritas eran dos mujeres y el triunfo se lo ha llevado un hombre, eso es porque allá en lo más profundo del PP hay un machismo que huele a chotuno. En realidad, es algo en total sintonía con el resto de las rancias esencias de las que Casado se ha valido para conquistar (promesas de carguetes y otras canonjías aparte) a quienes lo han convertido en inopinado presidente. Manda pelotas que el renovador sea el que enarbola la herencia negra de los padres fundadores Fraga, Arias Navarro, Licinio de la Fuente, el ultra con cadenones Verstrynge (ahora igual de ultra, pero de otra obediencia), Gonzalo de la Mora y qué se yo cuántos ministros más del bajito de Ferrol. Y como síntesis hecha carne de los anteriores, claro, José María Aznar. ¿Saben lo que les digo? Que me alegro de tener un partido de derechas tan a la derecha, y que me voy de vacaciones.

Vuelve, Aznar

Sí, tal y como lo están leyendo. La coma del encabezado está bien puesta. No es un enunciado sino una petición, de ahí el imperativo. Mi lado oscuro —el mismo que hace diez días se ponía cachondón ante la perspectiva de unas elecciones generales inminentes— es ingobernable. Ahora anda palote fantaseando con la vuelta de José María Aznar López a la primera fila política. Ya sé que lo suyo es simular susto o repelús, pero si le dan media vuelta y se sueltan el corsé mental, seguro que acaban reconociendo que también les provoca cierto gustirrinín masoquista juguetear con la idea del regreso de un tipo que no llegaremos a saber si es más malvado que ególatra o ambas cosas al mismo tiempo. Incluso si lo miran por el lado maquiavélico, piensen si ha habido alguien que nos haya unido más. No hace falta que les diga a qué me refiero.

La ventaja de esta hipotética reencarnación es que, o mucho me equivoco, o el monstruo habrá perdido toda su capacidad de hacer daño. Hasta quienes fueron sus más entregados acólitos —véase Alfonso Alonso o Borja Sémper— gritan hoy a voz en cuello que el fulano es la peste personificada. Tarde se han dado cuenta de que él en sí mismo es como esas armas de destrucción masiva que le sirvieron de disculpa para justificar una guerra en compañía de sus amigotes de las Azores. Es ahora cuando, como un plazo que vence, ha surtido efecto el poder mortífero. El estrepitoso hundimiento del PP al que acabamos de asistir tiene su origen en la podredumbre sistemática que Aznar instiló en las arterias del partido. De aquellos polvos tóxicos proceden los lodos actuales. Doce de sus catorce ministros, enmarronados. Y se presenta como el gran regenerador. Vaya rostro.

Rajoy se rinde

Quién nos lo iba a decir hace solo diez días. Cautivo, desarmado, pero sobre todo, herido en lo más profundo de su alma al final no tan tancrediana, Mariano Rajoy Brey arroja la toalla y renuncia a luchar, seguramente, por primera vez en su carrera de berroqueño fajador. Lo que no hicieron dos humillantes derrotas electorales a manos de una menudencia política lo ha conseguido una moción de censura de carambola encabezada por otro que tampoco parece Churchill. Sí, de acuerdo, con la ayuda de una condena de corrupción de pantalón largo y el anuncio de otras cuantas que vendrán, pero hasta de mantenerse impertérrito ante eso lo creíamos capaz. Ya vemos que no. En esta ocasión el golpe ha debido de acertarle en medio de la madre y le ha hecho entregar la cuchara y coger la puerta, todavía no sabemos si giratoria (puede que en su caso, no) hacia la segunda parte de su vida.

Por de pronto, y más allá de otras consideraciones de mayor enjundia, que le vayan quitando lo bailado. Si tienen memoria, recordarán que, como todos los presidentes del Gobierno español —quizá salvo Felipe— llegó de pura chamba al puesto desde el que opositó a Moncloa. Nadie entendió en su momento que lo señalara el dedo todopoderoso de Aznar, teniendo por rivales a (entonces) dos pesos pesados como Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja. Y todavía le quedaban las mentadas bofetadas en las urnas y las consiguientes intentonas de la vieja guardia pepera de convertirlo en picadillo con la colaboración de los príncipes de la caverna Pedrojota y Losantos. Pero siempre salió airoso de cada envite dejando muertos a sus pies. Justo hasta ayer.