El ¿nuevo? PP vasco

¡Albricias! Después de una kilométrica retahíla de bofetones en las urnas, el PP vasco se ha caído del guindo. ¿Y si el origen de sus males está en la nave nodriza? Quiten los interrogantes. Escuchando a Alfonso Alfonso, queda claro que ese es el diagnóstico, y por ello, el tratamiento autorrecetado es una convención, allá por septiembre, para ir soltando lastre. O expresado con sus propias palabras, “para marcar una personalidad propia”. No me me digan que no es irónico asistir a esta especie de reclamación del derecho a decidir o, apurando, de autodeterminación respecto a la metrópoli gaviotil.

“Este partido en el País Vasco es de centro radical. Radicalmente moderados y de centro. Y somos foralistas”, proclamó Alonso al anunciar el plan que trata de evitar la irrelevancia por la vía de matar metafóricamente (y no mucho) al padre. Este servidor, que un día se definió aquí mismo como “el último quiroguista vivo”, no pudo evitar una media sonrisa al recordar el modo en que la anterior presidenta del PP de la demarcación autonómica fue despojada de su puesto y arrojada a la cuneta por plantear algo muy parecido a lo que ahora se presenta como el descubrimiento de la gaseosa. Ingrato destino, el de los adelantados a su tiempo.

Eso, claro, dando por cierta la voluntad del actual líder de los populares de los tres territorios de acometer el prometido cambio de mensaje y formas. La bibliografía reciente del susodicho invita a la prudencia, si no al escepticismo. Hechos serán amores y no buenas intenciones. De momento, no resulta buen augurio que el propósito de enmienda comience pintando estúpidas líneas rojas.

Eterno viaje al centro

Desde el mismo día en que se fundó para disimular sus orígenes netamente franquistas —Fraga, Arias Navarro, el blanqueado Areilza y un porrón de ministros del dictador—, el PP ha estado viajando al centro. Con más o menos brío, las cantinelas de la huida de los extremos, la moderación, y/o el liberalismo civilizado no han dejado de acompañar la trayectoria zigzagueante del partido hoy liderado (es un decir) por esa menudencia intelectual llamada Pablo Casado. Otra cosa es que los hechos contantes y sonantes desmintieran esas proclamas que, por lo demás, no se tragaban ni los más incautos.

Solo en los momentos de máxima necesidad, los genoveses han abandonado el búnker y han sido capaces de llegar a acuerdos con los que tildaban de rompepatrias. Ocurrió prácticamente anteayer, en la segunda legislatura de Rajoy, pero también en 1996, en la primera de Aznar. Sí, el mismo Aznar que luego abanderó la facción más ultramontana y que, como les anuncié en estas líneas que haría, se ha quitado de en medio tras el fiasco que él ayudó a cimentar.

También les anoté y vuelvo a reiterar que no nos apresuremos a firmar el certificado de defunción. De la extremaunción también se sale; mejor prueba que Sánchez y el PSOE no hay. Lo que es más complicado es que llegue a consumarse el ahora cacareado viaje al centro. Especialmente, si los capacitados para pilotar la salida de las cavernas no se dejan de piaditas tardías de bienqueda y pasan a la acción. Les doy un nombre: Alfonso Alonso. Una muestra de la voluntad de hacerlo sería rehabilitar a los muchos históricos del PP vasco castigados por la parte más dura de la dirección.

¡Qué hostia!

Se imagina uno a Rita Barberá desde el más allá repitiendo su segunda jaculatoria más famosa tras los balbuceos espirituosos del caloret: ¡Qué hostia, qué hostia! Ni en las previsiones más pesimistas —un saludo, por cierto, a los Rappeles de lance que no dieron una y ahora presumen de haberla clavado— se contemplaba semejante tantarantán del que el gracejo popular ya ha bautizado como Pablo Fra-Casado. Que me corrija alguien con más canas o lecturas que servidor, pero un morrazo así no se veía desde la descomposición de UCD en 1982.

¿Damos por muerta a la gaviota, entonces? Es lo que están haciendo los adivinos arriba citados, los mismos que vaticinaron la segura pasokización del PSOE, la derrota fija de Sánchez en las dos primarias y el sorpaso de Podemos en 2016. Buena pinta no tiene, desde luego, pero una gota de calma nunca es mala consejera. Total, lo que tenga que ocurrir ya lo iremos viendo desde el alivio que da haber certificado —otro saludo a los que anunciaban el apocalipsis— que la triderecha se ha quedado lejos de sumar.

Después de haberse quedado en pelota electoral picada, incluyendo la celebrada pérdida del ya para los restos escaño-de-Maroto, dice Alfonso Alonso que toca reflexionar y “volver a plantear una alternativa centrada, abierta y moderna”. Tarde piaste, pajarito, cabría decirle al presidente del PP en la demarcación autonómica y a todos los miembros de su ejecutiva, que desde la elección de Casado, no han dejado de reírle todas las gracietas ultramontanas y de fingir orgasmos ante las bravatas del palentino. Y Borja Sémper, silbando como si no le incumbiera. Saludo para él también.