Delirante PP vasco

Asisto con fascinación enfermiza a la impudorosa autodestrucción del PP vasco a la vista de todo el mundo. Confieso que en no pocas ocasiones soy incapaz de discernir si el espectáculo es real o producto de un pésimo guionista de serie zeta. O quizá de uno de esos programas de cámara oculta. Hay momentos, no me lo nieguen, en que se trasciende el esperpento para dar de lleno en el delirio. Ni el actor más bregado en Stanislavski sería capaz de reproducir esos discursos abracadabrantes de Iturgaiz que provocan una mezcla de pasmo, asquete y compasión en el observador. ¿Cómo se puede llegar a semejante extremo de carencia de sentido del ridículo? ¿Es que no hay nadie cerca con la piedad necesaria para contarle al tipo que se le ha parado el calendario o que sus dislates encadenados resultan de un patetismo cósmico?

No, no lo hay. Pinta tiene, de hecho, de que el tristísimo festival de lo grotesco atiende al dictado de un estratega sin corazón de Génova, donde hace tiempo que dieron a Euskadi como tierra perdida para cazar votos. Por eso, cada intento de puesta al día del catecismo ha sido cercenada sistemáticamente. Nadie mejor que Amaya Fernández, presidenta interina que enseguida será fulminada, para describir la agónica situación: “Nos hemos dado un tiro en el pie”. En realidad, otro más.

Un filoetarra del PP

Impresionante magnanimidad, la del PP español. Desde su alto pedestal genovés, la banda liderada por el de los másteres de chicha y nabo asegura estar dispuesta a archivar el expediente que se le ha abierto a su único juntero en Gipuzkoa, Juan Carlos Cano. En actitud literal de perdonavidas, un tal Antonio González Terol, portavoz accidental de los gavioteros, proclama obrar en pos de rebajar la tensión, o sea, la santa y justa indignación de la sucursal del norte ante la villanía sin nombre cometida sobre uno de sus militantes más intachables. Resumiendo, aquí paz y después gloria, pelillos a la mar, circulen, que no hay nada más que ver.

Ocurre que la infamia ya está hecha, y por mucho que el auto de fe acabe un cajón, nada podrá borrar el inmenso daño que se le ha infligido a Cano por haber tenido un puñetero despiste. Todo lo que hizo, como saben, fue votar por error al candidato de EH Bildu a presidir la Comisión de Derechos Humanos del parlamento foral. Un voto que ni siquiera cambiaba nada, pues el aspirante tenía apoyos de sobra para ser elegido. Pero ahí fue cuando el ultramonte mediático olió la sangre y salió en tromba a convertir en filoetarra desorejado a un hombre que vivió tres lustros con escolta y que estuvo a un tris de ser asesinado por el mismo comando que se llevó por delante en Andoain a José Luis López de Lacalle y Joseba Pagazaurtundua.

Así las gasta la jauría cavernaria, que acabó triunfante. En lugar de poner pie en pared, la melindrosa dirección pepera se sumó al linchamiento con el oprobioso expediente. Por fortuna, el PP vasco esta vez sí ha estado a la altura. Conste en acta.

El portazo de Aznar

Qué oportunidad para Rajoy, soltarle a un ramillete de alcachofas que lo bueno del PP es que se puede debatir en abierto con su amigo José María. Si a Errejón le cuela con Iglesias Turrión (y viceversa), por qué no a él. Y con la carrerilla cogida, embarcarse en un intercambio epistolar entre lo empalagoso, lo impúdico y lo desleal. Visto con egoísmo de oficio, sería un chollazo alternar el folletón morado con la pimpinelada gaviotil. La de tertulias y columnas que tendríamos resueltas. Pero mucho me temo que los protagonistas de este lance no son de esos. Cuando el de las Azores se enfurruña, se enfurruña de verdad y no hay marcha atrás. Lo divertido es que al Tancredo de Pontevedra, plín. A buenas horas va a derramar una lágrima por su antiguo jefe. ¿Que ya no quieres ser presidente de honor de mi partido? Favor que me haces.

El portazo resentido y destemplado de Aznar tiene como destino el inventario de gestos inútiles. Da quizá para escribir un tango cutre, o mejor una milonga, pero no mucho más. O vaya, sí, un manual de psicopatología con extensos capítulos sobre el narcisismo, la intolerancia a la frustración y el resquemor.

Habría que dejar, eso sí, páginas en blanco. Me da a la nariz que este no va ser el último numerito. Aún habrá de darnos jornadas de gloria (o sea, de infamia) el antiguo señor de Moncloa. Por fortuna, con escasa capacidad para hacer ni una milésima del daño que ha hecho. Bastante será si logra indignarnos. Estadísticamente, es más probable que se limite a divertirnos o, si nos pilla en el día tonto, a provocarnos lástima. Ya no le van quedando ni perros que le ladren.