La venganza del PP

Se retrataba el otro día el presidente del PP vasco, Alfonso Alonso, al proclamar desde el cartel oficioso de avisos a navegantes que no es rencoroso pero que al PNV no le saldrán baratos los apoyos de su partido. Y no es solo la tarjeta de visita personal como espolvoreador de excusas no pedidas y amenazas por elevación. Peor es dejar ver su estrecha concepción de la política como un juego de represalias despechadas y chantajes donde se toma por rehén a la ciudadanía y se la convierte en pagana de la frustración.

No hablamos en hipótesis. Ahí están los hechos contantes y sonantes en forma de varias enmiendas en el Senado contra los propios presupuestos. 35 millones de euros de inversión en los tres territorios de la CAV que se esfuman sin otra razón que cobrarse una revancha que, para colmo, no tenía lugar, pues en ningún sitio estaba firmado que el apoyo a las cuentas era una declaración de fidelidad eterna. Con un par de hechos vergonzantes añadidos, además. El primero, haber mentido vilmente en las horas previas jurando con soniquete de perdonavidas que las inversiones no estaban en peligro. El segundo, la patética justificación del hachazo diciendo que las cantidades que vuelan son aquellas que benefician al PNV. “A los chiringuitos”, se adornó en el exabrupto el senador Iñaki Oyarzábal, sin caer en la cuenta de que por pasiva estaba reconociendo que el espíritu negociador de su partido se fundamenta en el unte puro y duro. Eso, sin contar lo desahogado que hay que ser para defender en público sin ruborizarse que Lanbide, la I+D o las energías renovables son chiringuitos. Será que piensa el ladrón…

El PP enfurruñado

Oigo, patria pepera, tu aflicción. O sea, la llantina de mocoso consentido que se ha quedado sin la cartera y sin los Donuts.

No les faltan motivos a los enlutados genoveses para el resentimiento hacia el que duerme donde lo hizo Tancredo Rajoy hasta hace apenas dos semanas. Pero poco ganarán ladrando su rencor por las esquinas —¡qué gran frase del recién salido del sarcófago Aznar!— contra Pedro Sánchez. Y parecido o menos, contra quienes ahora encabezan el hit parade de envenenadores de sus sueños, los taimados vascones a quienes juzgan culpables de la inesperada caída en desgracia, como si no llevasen años acumulando boletos para el hundimiento. Son cinco votos sobre los 180 del más variado pelaje que mandaron al charrán a la oposición. ¿A qué tanto despecho?

Ahora claman venganza y, peor que eso, ya han empezado a cobrársela sobre la ciudadanía de los territorios que arrumban, en un revelador remake de la Historia reciente, como traidores. Esas fueron las palabras que salieron de la boca de Alfonso Alonso. Está grabado. Del mismo modo que ha quedado por escrito en la incendiaria nota que informa de la ruptura del acuerdo presupuestario en Getxo una obscena alusión a no sé qué cánones de raza aria como presunto criterio jeltzale para otorgar la ciudadanía vasca. Más allá de la indecencia de la imputación, lo que denota es la cuesta abajo en la rodada de un partido que parece dispuesto a seguir profundizando en el pozo séptico de la irrelevancia en Euskal Herria. Y no será porque no se les han tendido manos para ayudarles a ser algo más que una excrecencia en un mapa político tan plural como el nuestro.

Pactando con el diablo

Tremendo cabreo al fondo a la derecha por el acuerdo sobre el Cupo. Los guardianes de las esencias hispanas braman las maldiciones del repertorio habitual por la nueva traición del melifluo inquilino de Moncloa. Le acusan de haberse vuelto a bajar los pantalones ante el insaciable sablista vascón. En su doliente versión, se trata de la enésima concesión a los egoístas e ingratos nacionalistas periféricos que viven como Dios a costa del sacrificio de los laboriosos naturales del país que dicen querer abandonar. Como corolario, sentencian con la carótida a punto de explotar que la venta de la primogenitura por cinco votos era innecesaria, pues unos presupuestos prorrogados no supondrían, en la práctica, un gran roto.

No les voy a engañar. Me resulta enternecedor y hasta divertido el rasgado ritual de vestiduras. Máxime, tras comprobar que al escocido coro de la reacción patriotera se le ha unido la crema y la nata del progritud local, foránea y entreverada. Dando la razón al castizo autor del astracán titulado Los extremeños se tocan, la izquierda fetén también habla de traiciones. En este caso, al pueblo, la ciudadanía o la mayoría social (escójase la terminología al gusto del consumidor), aprovechando que, como se sabe, todas las mañanas y algunas tardes despacha uno a uno con cada integrante del censo.

1.400 millones de euros de vuelta a las arcas vascas, otra rebaja de 256 en la liquidación de este año y cifras similares en los próximos ejercicios. Eso, de saque, y a sumar al resto de lo económico y no digamos a lo extraeconómico que se ha rascado. Pues no sale tan mal pactar con diablo, ¿o sí?

El portazo de Aznar

Qué oportunidad para Rajoy, soltarle a un ramillete de alcachofas que lo bueno del PP es que se puede debatir en abierto con su amigo José María. Si a Errejón le cuela con Iglesias Turrión (y viceversa), por qué no a él. Y con la carrerilla cogida, embarcarse en un intercambio epistolar entre lo empalagoso, lo impúdico y lo desleal. Visto con egoísmo de oficio, sería un chollazo alternar el folletón morado con la pimpinelada gaviotil. La de tertulias y columnas que tendríamos resueltas. Pero mucho me temo que los protagonistas de este lance no son de esos. Cuando el de las Azores se enfurruña, se enfurruña de verdad y no hay marcha atrás. Lo divertido es que al Tancredo de Pontevedra, plín. A buenas horas va a derramar una lágrima por su antiguo jefe. ¿Que ya no quieres ser presidente de honor de mi partido? Favor que me haces.

El portazo resentido y destemplado de Aznar tiene como destino el inventario de gestos inútiles. Da quizá para escribir un tango cutre, o mejor una milonga, pero no mucho más. O vaya, sí, un manual de psicopatología con extensos capítulos sobre el narcisismo, la intolerancia a la frustración y el resquemor.

Habría que dejar, eso sí, páginas en blanco. Me da a la nariz que este no va ser el último numerito. Aún habrá de darnos jornadas de gloria (o sea, de infamia) el antiguo señor de Moncloa. Por fortuna, con escasa capacidad para hacer ni una milésima del daño que ha hecho. Bastante será si logra indignarnos. Estadísticamente, es más probable que se limite a divertirnos o, si nos pilla en el día tonto, a provocarnos lástima. Ya no le van quedando ni perros que le ladren.

Acerca del hartazgo

Disgusto, descontento, irritación, ira, indignación, cabreo. No parece haber duda en el diagnóstico: el sulfuro popular alcanza máximos históricos (diría más bien, no recordados; maldita desmemoria), y ya no bastarán las palabras para hacer retornar las aguas a su plácido cauce. Es más, en el punto de ebullición en el que estamos, ni siquiera los hechos serán eficaces. Llegan muy tarde los partidos de la vieja política a soltar lastre podrido o sacrificar a sus ovejas negras a la vista pública. Eso no solo no calmará los ánimos exaltados, sino que será acogido como la confirmación de que durante años se ha consentido, cuando no promovido, el latrocinio sistemático… o sistémico, como tanto gusta decir ahora.

¿Estamos, entonces, a las puertas de la ruptura pendiente desde 1977? Eso es lo que sostienen algunos de mis amigos que siguen firmes en su fe a Marx, Lenin y Gramsci. Y aunque tengo el pálpito de que unas cuantas cosas sí van a cambiar, algo me dice que no será necesariamente en el sentido que ellos y ellas anhelan. Será cuestión de ver cómo discurren los acontecimientos, pero yo no estoy tan seguro de que el creciente ejército de hastiados pretenda alumbrar un nuevo orden basado en los más nobles principios. Mucho me temo, de hecho, que la aspiración mayoritaria no vaya más allá de rebobinar la película hasta aquellos momentos felices en los que el sistema, siendo igual de injusto que ahora, tenía una confortable zona de recreo para los que se soñaron clase media o similar. Al tiempo, si el antídoto para este hartazgo en apariencia incontrolable no es volver a repartir unas migajas.