No está todo escrito

Ha estado vivo Joseba Asirón al poner por la tarde el pleno de constitución de la nueva corporación municipal de Iruña. Para entonces se sabrá qué ha pasado en la mayoría de los demás pueblos de la Comunidad Foral y quizá quepa un movimiento in extremis para evitar que la vara de mando vuelva a manos de Enrique Maya. Como salga medio bien la jugada, la autoridad electoral competente tendrá motivos para imitar a las contiendas deportivas e imponer que en lo sucesivo todos los plenos inaugurales se celebren simultáneamente y sin posibilidad de saber qué ocurre en el resto de estadios, o sea, de ayuntamientos.

Con todo, la diferencia horaria de Iruña va a ser una excepción. La suerte de prácticamente todos los demás consistorios se va a dilucidar mañana por la mañana. En el caso de la demarcación autonómica, es cierto que el pacto-ómnibus entre PNV y PSE le ha restado mucha emoción al asunto, pero aun así, hay una docena de localidades donde las espadas siguen en alto. Espadas cruzadas y contradictorias, por demás. EH Bildu, que ha mostrado su enfado por la falta de respeto a las listas más votadas allá donde el binomio PNV-PSE les puede arrebatar los gobiernos, no tendrá empacho en actuar a la recíproca en los lugares donde le alcance la suma con Elkarrekin Podemos y/o las plataformas independientes. Es más: no es descartable que la coalición soberanista y los jeltzales, en un doble tirabuzón que encabritaría a Alfonso Alonso, se asocien para dejar al PP sin Laguardia y Labastida. No sé si me divierte o me espanta que casi todos los casos, por incoherentes que parezcan, vayan a ser perfectamente argumentados.

El ¿nuevo? PP vasco

¡Albricias! Después de una kilométrica retahíla de bofetones en las urnas, el PP vasco se ha caído del guindo. ¿Y si el origen de sus males está en la nave nodriza? Quiten los interrogantes. Escuchando a Alfonso Alfonso, queda claro que ese es el diagnóstico, y por ello, el tratamiento autorrecetado es una convención, allá por septiembre, para ir soltando lastre. O expresado con sus propias palabras, “para marcar una personalidad propia”. No me me digan que no es irónico asistir a esta especie de reclamación del derecho a decidir o, apurando, de autodeterminación respecto a la metrópoli gaviotil.

“Este partido en el País Vasco es de centro radical. Radicalmente moderados y de centro. Y somos foralistas”, proclamó Alonso al anunciar el plan que trata de evitar la irrelevancia por la vía de matar metafóricamente (y no mucho) al padre. Este servidor, que un día se definió aquí mismo como “el último quiroguista vivo”, no pudo evitar una media sonrisa al recordar el modo en que la anterior presidenta del PP de la demarcación autonómica fue despojada de su puesto y arrojada a la cuneta por plantear algo muy parecido a lo que ahora se presenta como el descubrimiento de la gaseosa. Ingrato destino, el de los adelantados a su tiempo.

Eso, claro, dando por cierta la voluntad del actual líder de los populares de los tres territorios de acometer el prometido cambio de mensaje y formas. La bibliografía reciente del susodicho invita a la prudencia, si no al escepticismo. Hechos serán amores y no buenas intenciones. De momento, no resulta buen augurio que el propósito de enmienda comience pintando estúpidas líneas rojas.

Eterno viaje al centro

Desde el mismo día en que se fundó para disimular sus orígenes netamente franquistas —Fraga, Arias Navarro, el blanqueado Areilza y un porrón de ministros del dictador—, el PP ha estado viajando al centro. Con más o menos brío, las cantinelas de la huida de los extremos, la moderación, y/o el liberalismo civilizado no han dejado de acompañar la trayectoria zigzagueante del partido hoy liderado (es un decir) por esa menudencia intelectual llamada Pablo Casado. Otra cosa es que los hechos contantes y sonantes desmintieran esas proclamas que, por lo demás, no se tragaban ni los más incautos.

Solo en los momentos de máxima necesidad, los genoveses han abandonado el búnker y han sido capaces de llegar a acuerdos con los que tildaban de rompepatrias. Ocurrió prácticamente anteayer, en la segunda legislatura de Rajoy, pero también en 1996, en la primera de Aznar. Sí, el mismo Aznar que luego abanderó la facción más ultramontana y que, como les anuncié en estas líneas que haría, se ha quitado de en medio tras el fiasco que él ayudó a cimentar.

También les anoté y vuelvo a reiterar que no nos apresuremos a firmar el certificado de defunción. De la extremaunción también se sale; mejor prueba que Sánchez y el PSOE no hay. Lo que es más complicado es que llegue a consumarse el ahora cacareado viaje al centro. Especialmente, si los capacitados para pilotar la salida de las cavernas no se dejan de piaditas tardías de bienqueda y pasan a la acción. Les doy un nombre: Alfonso Alonso. Una muestra de la voluntad de hacerlo sería rehabilitar a los muchos históricos del PP vasco castigados por la parte más dura de la dirección.

¡Qué hostia!

Se imagina uno a Rita Barberá desde el más allá repitiendo su segunda jaculatoria más famosa tras los balbuceos espirituosos del caloret: ¡Qué hostia, qué hostia! Ni en las previsiones más pesimistas —un saludo, por cierto, a los Rappeles de lance que no dieron una y ahora presumen de haberla clavado— se contemplaba semejante tantarantán del que el gracejo popular ya ha bautizado como Pablo Fra-Casado. Que me corrija alguien con más canas o lecturas que servidor, pero un morrazo así no se veía desde la descomposición de UCD en 1982.

¿Damos por muerta a la gaviota, entonces? Es lo que están haciendo los adivinos arriba citados, los mismos que vaticinaron la segura pasokización del PSOE, la derrota fija de Sánchez en las dos primarias y el sorpaso de Podemos en 2016. Buena pinta no tiene, desde luego, pero una gota de calma nunca es mala consejera. Total, lo que tenga que ocurrir ya lo iremos viendo desde el alivio que da haber certificado —otro saludo a los que anunciaban el apocalipsis— que la triderecha se ha quedado lejos de sumar.

Después de haberse quedado en pelota electoral picada, incluyendo la celebrada pérdida del ya para los restos escaño-de-Maroto, dice Alfonso Alonso que toca reflexionar y “volver a plantear una alternativa centrada, abierta y moderna”. Tarde piaste, pajarito, cabría decirle al presidente del PP en la demarcación autonómica y a todos los miembros de su ejecutiva, que desde la elección de Casado, no han dejado de reírle todas las gracietas ultramontanas y de fingir orgasmos ante las bravatas del palentino. Y Borja Sémper, silbando como si no le incumbiera. Saludo para él también.

¿Y qué opina Alonso?

Si lo piensan, tampoco es tan extraño que el petimetre Pablo Casado, un tipo que se merca másteres de Harvard en Aravaca y que cree que Getxo está en Gipuzkoa, vaya por ahí expandiendo la idea de que la Ertzaintza es una especie de policía de la señorita Pepis. Este humilde columnero que les canta las mañanas ni se molestó en indignarse ante la penúltima soplagaitez del ahijado putativo de Aznar. Me limité a sonreír con resignación cuando le escuché vomitar que si llega a Moncloa, hará que la Policía Nacional y la Guardia Civil, presunta Benemérita, tengan prevalencia sobre el resto de los cuerpos de orden público.

Qué santa paciencia, la de Aitor Esteban al contestarle lo obvio: que el Estatuto de Gernika, incluso en la parte más o menos cumplida y creíamos que asumida por todos, deja claro el carácter de la Ertzaintza como policía integral. Es más, si hay algo sujeto a debate es la negativa reiterada a replegar a los de los uniformes azules y verde oliva. Como sostuvo el portavoz de Lakua, Josu Erkoreka, la memez del chisgarabís palentino entra en la categoría de agresión a ese Estatuto que tan fariseicamente festejado. Y aquí es donde uno se acuerda de Alfonso Alonso, nominalmente responsable del PP vasco o, según me decía el otro día una lengua viperina, el encargado de ventas de la zona norte. Tengo la certeza de que ni de lejos comparte la demasía de su jefe y que en su fuero interno está que fuma en pipa, pero algo me dice que no saldrá a enmendarle la plana. Bajará la testuz y, como las veces anteriores, dirá que estamos haciendo una “lectura nacionalista” de las palabras de Casado. Apuesten algo.

Vox ya ha hervido

Persisto en la inconsciencia de la que les hice partícipes aquí mismo. Por más que lo intento, el ya rubricado apaño de las derechas unas y trinas para arrebatarle al PSOE el momio andaluz no me produce el espanto reglamentario. Tampoco les diré exactamente que me divierte el asunto, pero sí que asisto al fenómeno deglutiendo palomitas metafóricas a dos carrillos. Mejor eso que chuparme el dedo o simularlo, como compruebo que están haciendo con gesto de escándalo pésimamente impostado los guardianes de la pulcritud moral. Hasta el caradura Abascal tiene dicho que nada le viene mejor a su causa que estar desayuno, comida y cena en los picos de los cacareadores mayores del reino. De hecho, si hay algo que me sorprende y hasta me rebela, es tener la certidumbre de que nueve de cada diez sobreactuaciones sobre Vox son actos tan propagandísticos como los del chaval de Amurrio y su tropa. Retroalimentación se llama la vaina.

Por lo demás, quede aquí mi descoyunte más estentóreo ante el rostro de alabastro que le han echado al psicodrama los llamados barones del PP. Qué dignos y cluecos andaban por la mañana lanzando esputos al por mayor contra el partiduelo que antes de ponerse el sol terminó siendo su socio, sostén y palafrenero de lujo para arrebatar a Susana Díaz el sultanato del sur. Es ahora, con el pacto ya convertido en hecho, cuando procedería volver a escuchar al aguerrido Alfonso Alonso diciendo que a Vox le falta un hervor. Qué desahogo, por cierto, salir por esa petenera cuando, como recordaba Iker Merodio en Twitter, se preside un partido que acaba de fichar a la fascista de manual Yolanda Couceiro.

«Estatuto sobrepasado»

Lo que es la globalización. Ahora resulta que los votos de las elecciones andaluzas se pescan en la pérfida Vasconia. Y como parece que entre los emergentes ultramontanos de Abascal y los naranjitos entreverados de azul mahón se le está poniendo la cosa muy chunga a la menudencia que encabeza las listas del PP en la Bética y la Penibética, toca echar las pelágicas a todo trapo en el Cantábrico. En esas tenemos al Lepencitín Casado, que mientras su candidato pide el voto a una vaca —les juro que es literal—, se deja la garganta prometiendo expropiar las competencias de Educación, Sanidad y no sé cuantas cosas más. Por supuesto, con el añadido de conjurarse para que jamás de los jamases se transfiera a Euskadi la gestión de la Seguridad Social y, faltaría más, la de prisiones.

Serían solo cansinos regüeldos del chisgarabís venido a más que ahora manda en los gavioteros, si no fuera porque el baranda de la sucursal vascongada ve la apuesta de su jefe y la sube hasta el quinto pino. Tirando de esa parraplería de cuñao con cuatro vinos que cada vez le sale mejor, Alfonso Alonso soltó anteayer —con Iturgaiz el de los dedos largos como testigo de primera fila— que el Estatuto de Gernika no solo está cumplido, sino desbordado. Lo que están leyendo. 37 transferencias sin venir desde 1979 —35, según las cuentas a su favor de la ministra Batet—, y el que cada 25 de octubre, aniversario de la cosa, se viste de domingo para cantar las excelencias del texto presuntamente sagrado se engorila del modo que les acabo de relatar. Luego se extrañará el chistoso Alonso de la irrelevancia imparable de la formación que dirige.