Sucesión, primer acto

Cuatro horazas de vellón atendiendo a pie firme al primer acto de la pamema para atornillar la sucesión borbónica, y aquí me tienen, incapaz de sobreponerme aún a la sensación de irrealidad. O quizá a lo contrario, al brutal baño de realidad. Esos y esas son los que nos representan, joder qué tropa.

De acuerdo, no caeré en el vicio generalizador. Ha estado muy bien Uxue Barkos, diciendo y votando lo mismo. Me ha gustado el discurso —¡por fin!— decididamente republicano y sin medias tintas de Aitor Esteban, aunque lo hubiera apreciado mucho más con la guinda de un no rotundo en lugar de la abstención justificada (barco, animal acuático) en el tecnicismo. Lo de Sabino Cuadra, logradísimo en forma y fondo, salvo por un pequeño detalle: ha proclamado “¡No vamos a participar en esta farsa!” en el mismo instante, vaya por Marx, en que lo estaba haciendo. Lara, Bosch, Baldoví y Olaia Fernández han puesto proa a los Capetos con digna convicción y, según los casos, parraplas mejorables. Fuera de concurso, el zigzagueo palafrenero de Durán para no enfadar demasiado ni a la dinastía ni a Artur Mas, que ya empieza a estar hasta el mentón del huésped del Palace.

Entre los del sí requetesí, Carlos Salvador oliendo a cuneta, Rosa Díez besuqueando el sistema que tanto critica y que le paga sus caros caprichos, Alfonso Alonso imitando a un Pemán de cuarta regional y a punto de enseñar los gayumbos bordados de coronas. Y luego, Pérez Rubalcaba, el Groucho de Solares, bufando que se puede querer dos sistemas a la vez y no estar loco, lo que Madina Muñoz, Eduardo ha certificado sonoramente: “¡Sí!”. Es lo que hay.

Arantza contra Quiroga

Al habla, el penúltimo quiroguista vivo, con Fito poniéndome la banda sonora: hay que ver qué puntería, no te arrimas a una buena. Quién me mandaría a mi, habitante de las antípodas ideológicas, meterme a cantaor de las virtudes de la sombra de una sombra que está batiendo plusmarcas de torpeza política. Una detrás de la otra, siempre empeorando la anterior y dejando margen para que la siguiente metedura de cuezo sea más profunda. La excelencia aplicada a la ineptitud, y me llevo una, tal es el camino que parece haber emprendido la presidenta digital del PP vasco en las semanas previas a la que debía haber sido su consagración y puesta en órbita ya sin las muletas heredadas de su (ínclito) antecesor. No es improbable —más bien al contrario— que a pesar del bochornoso espectáculo, aún salga elegida a la búlgara. Pero aunque la refrende el setecientos quince por ciento, hasta el que reparte las cocacolas sabe que su liderazgo será de blandiblub. Una pena.

Dirán ustedes que ya son ganas de meterme en casa ajena y de enternecerme con lo que debería alegrarme, como muestra que es de la debilidad de quien representa buena parte de las cosas a las que me opongo. Ocurre que uno es raro, y aunque solo sea por puro fair play, desearía tener enfrente un adversario con cierta solvencia. Palabra que leyendo entre líneas determinados discursos y actitudes de Arantza Quiroga anteriores a su comportamiento autolesivo, llegué a pensar que era la persona adecuada para encarnar la derecha españolista civilizada que entiendo que necesita el ecosistema político vasco. Ahora mismo tengo mis más que serias dudas.

Buenos y malos

Según parrapleó Alfonso Alonso en Onda Vasca, la ley navarra de reparación a las víctimas del franquismo pretende establecer que “unos son buenos y otros malos”, átenme esa mosca por el rabo. ¿Se imagina el lenguaraz portavoz del PP en el Congreso español —la de culos que hay que besar para llegar eso, por cierto— que alguien soltara tal membrillez respecto a una iniciativa legislativa para reconocer a las víctimas del terrorismo de ETA? Arde Troya, si es que no interviene de oficio el Fiscal General del Estado, o sea del Gobierno, por no hablar de la bilis negra que correría en ya saben ustedes qué tertulias y qué portadas.

Buenos y malos, dice el nieto de Manuel Aranegui y Coll, que en su calidad de vencedor de la guerra y afecto con méritos probados al régimen que la sobrevino, presidió la Diputación de Álava, la provincia no traidora, entre 1957 y 1966. Sé de sobra y hasta por experiencia propia —como tantos, tuve un abuelo en cada bando, aunque solo llegué a conocer al que no fusilaron los nacionales— que las ideas no se transmiten a través de los genes. Sin embargo, aparte de su pobre cultura general ampliamente demostrada, no se me ocurre otra explicación a esas palabras de Alonso que un intento de disculpa familiar. Le honra la defensa de la sangre tanto como le deshonra el tremendo insulto, por no decir brutal agravio, que tal vez sin pretenderlo, escanció sobre decenas de miles de personas. De buenas personas, añado, asesinadas y represaliadas durante cuarenta años (más la prórroga) por individuos de la peor calaña. ¿Que en el bando perdedor hubo también cierto número de indeseables? Cien veces habré escrito que no seré yo quien lo niegue, lo oculte, ni lo disculpe. Mi memoria alcanza a todos. Precisamente por eso y porque, a diferencia del trepador de escalafones, me he preocupado de documentarme mucho, sostengo que en aquella guerra unos eran los buenos y otros, los malos.

Su delincuente, señor Alonso

Si tuviera tiempo y una moviola, me vería marcha atrás a cámara superlenta los kilómetros y kilómetros de película del culebrón barcenesco hasta encontrar el fotograma exacto en el que el tipejo de la gomina se convierte en delincuente. A ojos de la oficialidad pepera, quiero decir. El resto de espectadores, más acostumbrados de lo que quisiéramos al género mafioso-politiquil, tuvimos claro desde su primera aparición en escena que el gachó no era trigo limpio. Sin embargo, la cúpula —o la cópula, si lo prefieren— genovesa defendía su honorabilidad y bonhomía a capa, espada y berbiquí. Quedan para la antología aquellas palabras del mero mero Rajoy porfiando, en una curiosa construcción gramatical, que nadie podría probar que el ciudadano motejado como el cabrón no era inocente.

Ese doble tirabuzón negativo con titubeo incorporado se espolvoreó, como seguramente recordarán, en el Parlamento vasco, donde el líder carismático o así compareció arropado por una miscelánea de figurantes llamados Antonio, Arantza, Borja, Iñaki, Antón o Leopoldo, no sé si les sonará alguno; son secundarios que por aquí trabajan bastante. Faltaba en la foto (o supo escapar al encuadre, será por mañas) un tal Alfonso Alonso, gran medrador y diestro manejador del piolet, que igual que el resto de los citados, es uno de los Kirikos principales del corral vascongado de la gaviota. Lo miento —del verbo mentar, no de mentir— porque todo parece apuntarle como el depositario del secreto de la transmutación de Bárcenas de enorme ser humano perseguido artera e injustamente a mangante de tres al cuarto. No en vano, fue la suya la primera boca mariana que promulgó la excomunión del antiguo conmilitón ejemplar. “¡Están ustedes apadrinando a un delincuente!”, escupió el trepador vitoriano a la oposición en el Congreso. Hasta el políticamente moribundo Pérez Rubalcaba resucitó: “Efectivamente, su delincuente, señor Alonso”.

¡Venceremos! (Y tal)

Jolines, qué tarde la de aquel día, martes de carnestolendas en el congreso de los diputados y las diputadas, cuando el empuje del pueblo que unido-jamás-será-vencido (¡ra, ra, ra!) abrió en el muro de la tiranía mayorabsolutista una grieta por donde se coló un rayo de luz y razón. Lívido el gesto cual María Antonieta al pie de la guillotina, el grumete Al Onso, portavoz de la reacción gaviotil, balbuceó su rendición: “Venga, va, aceptamos ladilla como animal de compañía y para que veáis que no somos tan malotes, votaremos a favor de la tramitación de la ILP sobre los desahucios. Luego ya, si eso, la convertiremos en fosfatina con nuestro rodillo, como siempre”. Tal fue el estruendo celebratorio —o la sordera selectiva—, que la última frase, la que contenía la parte fundamental del mensaje, se fue a cascarla a Ampuero. Twitter ardió de júbilo entre Favs y RTs: ¡Sí se puede, sí se puede! Y de este modo se convirtió en triunfo sin precedentes y gesta para contar a los nietos algo tan de carril como que los culiparlantes se avinieran a echarle un ojo —antes de tumbarla— a una propuesta legislativa avalada por casi un millón y medio de firmas.

No fue el único episodio épico de tan gloriosa jornada en el domicilio putativo de la soberanía popular. Un rato antes, un par de heroicas señorías del zurderío fetén se jugaron el pellejo (es decir, los padrastros de los dedos índice y pulgar) subiendo a Youtube de extranjis la ultrasecretísima comparecencia del baranda del Banco Central Europeo, Mario Draghi. Cierto que en los vídeos ni se jipiaba ni se escuchaba un carajo. Cierto también que el gachó vestido de Armani no había revelado el tercer secreto de Fátima ni cosa parecida y que la chapa requeteconfidencial fue colgada íntegramente en la web del BCE. Más cierto aun, que la directa habría sido un plante y que le fueran dando al buen señor. Pero, claro, eso lucía menos, dónde va a parar.