Borbón en off

Se ha ido el Borbón mayor, y no para Barranquilla, precisamente. Por lo visto, enfila el último tramo de su peripecia vital, y anticipa ese momento empalagoso en el que la cortesanía chupadora nos llenará de babas glosando sus gestas sin igual. De hecho, algo hay de menú-degustación de ese reguero de melaza en esta, su segunda marcha en cinco años. Pocos se atreverán a hacerlo, pero cabría apuntar que debió bastar con la primera. ¿Qué carajo es, si no, una abdicación? Supusimos, y algo así nos contaron, que el campechano se quitaba de foco y, salvo momentos requetexcepcionales, su siguiente aparición sería en una caja antes de ser facturado a ese lugar de El Escorial bautizado con gusto mejorable como pudridero de reyes. Ya hemos visto que no. Pese a su prematura decrepitud manifiesta, el tipo se las ha arreglado para hacerse ver en diversas jaranas propias de su regia condición. Y cuando se le ha intentado hacer luz de gas, el fulano ha sido capaz de montar una barrila lo suficientemente audible.

Ahora, sin embargo, nos juran que es la buena. Mantiene cuatro fruslerías protocolarias, una pingüe asignación que tampoco parece que vaya a ser capaz de pulirse, dado su estado, y, lo más importante, su blindaje jurídico. Por si alguien lo dudaba, no serán los tribunales quienes lo juzguen, y mucho me temo que tampoco la Historia. Aunque en su última etapa en activo pareció que por fin caía la mordaza sobre cómo las gastaba, desde el minuto uno de su abdicación, hemos asistido a un blanqueo nuclear de sus cuarenta años como sucesor de Franco a título de rey… y de los que vengan de su hijo ocupando el mismo trono.

Historias corinnáceas

Siempre he sostenido, y lo haré una vez más, que el verdadero fin de una monarquía a estas alturas del calendario es entretener al populacho. En ese sentido, los súbditos forzados de los Borbones no tenemos motivo de queja, y menos, desde que el circo capeto ofrece sus funciones simultáneamente en dos pistas, cada una con su payaso principal, a saber, el joven y el viejo. Aunque el primero apunta maneras, al que de verdad hay que estarle agradecido por el espectáculo es al veterano. Teóricamente retirado, el paquidermicida sigue dándolo todo para que a la plebe no nos falte solaz. Incluso, por persona interpuesta (o sea, testaferro, ejem) como está siendo el último caso, que encierra una jartá de guasa.

Para empezar, y al margen de las cuestiones de portería sobre queridas y tal, no me digan que no tiene su puntito que lo que puede acabar en hostia a la regia institución provenga de un medio de la extrema derecha (el tal OKdiario de Inda), que antes ha recogido la mercancía en lo más profundo de las cloacas del estado, léase comisario Villarejo, y me llevo una.

De esta historia corinnácea me quedo sin dudar con una de las frases de la mengana (sí, mejor así) en las grabaciones de matute: “Juan Carlos no distingue entre lo que es legal y lo que es ilegal”. La frase vale para 2018, para el día de su entronización como sucesor del caudillo a titulo de rey y para su largo y ancho reinado alfombrado de succionadores sin cuento. Claro que a su emérita majestad ahí se las pueden ir dando todas, que por algo abdicó, jodiéndole un congo, en su vástago varón. Ese, Felipe VI, es el que tiene motivos para apretar el culo.

Gracias, Felipe VI

Pues qué quieren que les diga, a mí sí me gustó la largada del Borbón joven. De hecho, cada minuto que pasa, me relamo un poquito más evocando esos seis minutos de cháchara furiosa. Y eso que, como les ocurriría a tantos de ustedes, la primera reacción fue de gran cabreo al asistir a tal exhibición de desparpajo autoritario por parte de un gachó que parecía tonto cuando lo compramos en aquel birlibirloque que fue la abdicación de su viejo tras el episodio del paquidermicidio y la caída etílica en un bungalow de Botswana.

Menudo retrato de sí mismo se ha hecho el fulano. Muy preparao, pero ni se ha debido de leer la Constitución a la que debe su chiringo. Vale, sobresaliente cum laude en lo de garante de la unidad de la patria, pero cero patatero en todo lo demás. ¿Papel de moderador y árbitro? Sí, igual que Mateu Lahoz cuando le pita al Athletic, no te joroba. Eso, sin mencionar el rostro que hay que gastar para que un tío que es lo que es por haber sido en su día un espermatozoide en los dídimos de su padre se permita echarle los perros a un gobierno como el de la Generalitat, legítimamente elegido por la ciudadanía de Catalunya.

Para que luego digamos que Rajoy es una máquina de hacer independentistas; pues este no es manco. Por cierto, recuerden la columna de ayer. Ya ven que el cachazudo de Moncloa no es el único problema. Tras él hay toda una tramoya, el andamiaje de un régimen que no es el del 78, como le dicen, sino el régimen a secas. Hasta Isabel y Fernando debemos remontarnos. Pero que siga. Un día ojalá no muy lejano gritaremos en su honor: “¡Gracias, Felipe Sexto, contigo empezó todo!”.

Cabreo campechano

Ea, ea, ea, el Borbón mayor se cabrea. Con su hijo, concretamente, que lo excluyó del festejo oficial de los cuarenta años de las primeras elecciones tras la muerte del bajito de Ferrol, que fue, como nadie ha olvidado, quien lo designó literalmente “sucesor a título de rey”. Vaya por delante que al campechano le sobran razones para encabronarse por el feo. No se entiende que uno de los principales protagonistas del cambiazo se quede fuera de la casposa foto conmemorativa del birlibirloque. Pero ya debería saber que los de su regia estirpe son muy dados a las guarradas filiopaternales desde que el felón Fernando VII le afanó el trono de malos modos al incauto Carlos IV, a la sazón, presunto autor de sus días. Sin ir más lejos, él mismo le hizo la trece-catorce a su viejo al quitarle el puesto por todo el morrazo. El tal Don Juan se fue a la tumba sin perdonarle la sucia jugarreta.

Así que, ajo y agua, don abuelo de Froilán. Donde las dan las toman. Si le pega una pensada, concluirá que hasta debería henchirse de orgullo y satisfacción al ver cómo su vástago continúa con la tradición familiar de los Capetos de mearse en el ojo de la generación anterior. ¿Y lo preparado que le ha salido? A sus 49 tacos, el niño ya balbucea la palabra dictadura, y sabe relacionarla con lo que pasó entre 1936 y 1975, para pasmo de propios y extraños, que corrieron cortesanamente a repicar la buena nueva, como si el chaval hubiera descubierto la pólvora. No se aflija, pues, gran vaciador de vasos y copas. Aguante vivo y coleando hasta el próximo aniversario, la Constitución del 78, que ya verá como a ese sí lo invitan.

Pablo decreta el silencio

Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Seguro que no sospechaba el Borbón mayor que sus balbuceos a modo de disculpa crearían escuela y serían imitados incluso por los revoltosuelos morados. Pues ahí tienen al rey Sol, Luna y Estrellas de Podemos marcándose un Juan Carlos. Ocho minutazos de vídeo para pedir perdón. Con soniquete de rap suave, carita compungida ma non troppo y un derroche de lirismo incompatible con la sinceridad del mensaje. Cuando cuidas más la forma que el fondo en algo tan primario, malo. Pero a quién va a sorprender a estas alturas el individuo, un narciso tóxico de manual de esos que expresan su amor a bofetadas.

Claro que aquí hay que aplicar otro clásico: la primera vez que me engañas es tu culpa, la segunda, la tercera, la cuarta y la vigesimonovena es mía. Allá quién se trague la enésima contrición seguida de un propósito de enmienda que nunca llega. Eso, si nos fijamos solo en los pucheritos rogando la absolución. La lectura verdaderamente política está en el resto de la plática, cuando decreta que lo que hasta ayer era sano debate en abierto es en lo sucesivo un cáncer liquidacionista. Y con un par, Kim Jong-Iglesias Turrión impone la ley del silencio a su mesnada. “Esto no va de callarse, va de contenerse”, sentencia con el morro rozando el asfalto. A la transparencia, al streaming, al rico intercambio de opiniones, a la sana confrontación de pareceres, que les vayan dando. Lo dice él, punto en boca.

Desde mi butaca de patio, aguardo entre divertido y curioso el nuevo capítulo del psicodrama. Dos plateas más arriba, Rajoy se orina encima de la risa.

Plácida Borbonidad

Francamente, no sé si decirles que parece que fue ayer o hace un par de glaciaciones cuando vimos la imagen que nos van a atizar tres o cuatro millones de veces a lo largo de esta jornada. Un año redondo de la tocata y fuga del Borbón mayor a sus borbonadas crepusculares y de su inmediata sustitución por el joven pero sobradamente preparado. ¿Recuerdan a los que, igual con un canguelo notable que reventando de felicidad, vaticinaban el desparrame para siempre jamás de la monarquía? Pues ya ven qué tino en el pronóstico. Aunque al vástago de Juan Carlos le pitan lo reglamentario en las finales futboleras que ahora le cumple presidir, si hacen números en serio, comprobarán que su reinado marcha con una enorme placidez.

Reconozcámoslo: la operación Borbón y cuenta nueva ha sido un éxito. No diré que sin precedentes, pues gracias a mi provecta edad, tengo muy presente que estamos ante una repetición. Este cambiazo de trileros del Retiro nos lo dieron prácticamente idéntico con su viejo, al que los optimistas llamaron El breve para asistir después a su eternización. Bastaron entonces dos pases de magia mediático-cortesana y, sobre todo, unas manos de barniz legitimador a cargo de presuntos republicanos de tronío —mayormente, Carrillo, Felipe y (me parto) Tierno Galván— para consumar el birlibirloque.
¿Y quiénes están jugando hoy el papel(ón) de palafreneros? Ahí tienen a Ken Sánchez, corriendo al teléfono para expresarle al marido de Letizia Ortiz su solidaridad tras el trago del Camp Nou. O a la vanguardia de Podemos proclamando a lo Pujol que el debate Monarquía-República no toca hasta nuevo aviso.

Nada personal

Todo lo que cabe pedirle al rey —es decir, exigirle— es que devuelva lo que no es suyo y se quite de en medio. Lo demás es entrar en el juego y aceptar, aunque sea por pasiva, que a estas alturas del tercer milenio tiene sentido que la jefatura de un estado sea hereditaria por vía inguinal. Incluso si el destino nos deparase al más justo y benéfico de los monarcas, deberíamos poner pie en pared y renunciar a la hipotética felicidad que nos hubiera de traer, simplemente por una cuestión de principios. Hay que acabar de una vez con la anomalía histórica, con el tremendo anacronismo. Punto. Hasta plantear un referéndum es conceder carta de naturaleza a lo irracional. ¿Sería admisible, por más que lo apoyase una mayoría, que todas las instancias de gobierno, cargos judiciales o empleos públicos fueran hereditarios? Ahí dejo la pregunta.

Hago estas anotaciones sin albergar ninguna inquina especial por el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia. Pasando por alto que, como dice Luis María Anson, lo más parecido a un Borbón es otro Borbón, no dudo de que este en concreto tenga la preparación del copón y medio que le cantan los juglares. Y seguro que es un tipo sensato, moderno, cabal, menos dado a la jarana y a los caprichos bragueteros que su antecesor, con un círculo de amistades que no desprende tanta caspa, amén de esposo ejemplar y cariñosísimo padre, como hemos podido ver. Todo eso estaría muy bien si se tratara de tomarse unas cervezas o unos cafés con él o, por qué no, de votarle en unas elecciones en las que se enfrentara de igual a igual a otros candidatos. Pero ya sabemos que ese no es el caso.