23-F, operación limpieza

En medio de mis cambios personales y profesionales, prácticamente se me ha venido encima otro aniversario del 23-F. ¿Otro? En realidad, uno con los toques particulares que marcan las efemérides redondas. Oigan, que son ya 40 años, y seguimos en la inopia más absoluta de lo que pasó antes, durante y después de las chuscas imágenes del bigotón del tricornio pistola en mano en el Congreso de los Diputados. Diría, incluso, que con el transcurso de estos cuatro decenios hemos ido avanzando en el desconocimiento de los hechos a base de mezclar intentos serios de documentación con las más peregrinas teorías de la conspiración. Claro que lo peor es que a quienes tienen menos años que los sucesos todo aquello les importa una higa. Supongo que esa era y sigue siendo la idea: mejor correr un tupido velo.

No les niego, en todo caso, que del presente aniversario sí me está resultando golosamente llamativo el intento indisimulado de aprovechar el viaje para quitarle emérito el manto de roña que se le ha ido pegando al trascender sus pufos diversos. Allá al fondo a la derecha, pero también un poco más acá, hacia el tibio centro-izquierda, comienza a venderse la especie de que hay que ser indulgente con los mangoneos del turista de Abu Dabi porque hace 40 años salvó la democracia española. Esperemos que no cuele.

No toquen al Borbón

¿Investigar en sede parlamentaria los (presuntos, ejem) pufos campechanos de su emérita majestad borbónica? Hasta ahí podían llegar los hoy usufructuarios del partido en que militaron Pablo Iglesias Posse, Clara Campoamor o Julián Besteiro. Incluso el audaz Pedro Sánchez, aquel que le lloró a Évole que los poderosos le hacían la cama, tiene un non plus ultra, o sea, una línea azul que no va a traspasar. Sí, justo esa, la misma que Felipe Equis González, José Luis Rodríguez Zapatero, el difunto Pérez Rubalcaba y hasta los versos libres profesionales como Odón Elorza. En cinco palabras, la monarquía no se toca. Da igual la pasada que la presente o la por venir. Luego, ya si eso, nos ponemos requetesolemnes cada 14 de abril, trajinamos de aquí para allá la momia de Franco o rendimos sentido homenaje a los integrantes españoles de la Nueve que liberaron París.

¿Y eso, aunque sea a costa de pelearse con su socio de Gobierno? No contesten, que los interrogantes eran retóricos. Como en las rencillas por la subida de la luz, el bloqueo del salario mínimo, la propuesta para aumentar los años de cotización o cualquiera de las mil y una materias de gresca pública, de momento todo es balacera de fogueo. Ni siquiera un rey trincón es capaz de romper la sociedad de auxilios mutuos que gobierna en España.

Habla, mudito Felipe VI

Esta noche, gran velada. O sea, gran discurso. ¿Albergo expectativas exageradas? Seguro, pero si siguen mis desvaríos desde hace tiempo, sabrán que tengo entre mis perversiones menos presentables la de atizarme en vena el mensaje borbonesco de nochebuena. Del que toque. Lo hacía con el viejo y golfo y he seguido con su preparadísimo (ejem) vástago. Comprendo perfectamente el sarpullido que le puede provocar al común de los mortales, especialmente de los censados en la pérfida Baskonia, la sola idea de someterse al blablablá del coronado impuesto de turno. Sin embargo, entre que me dedico a esto de opinar y tengo ese natural bizarro que les decía, mientras las gambas chisporroteen en la plancha, yo estaré atento a la cháchara del inquilino de Zarzuela.

¿Es que nos va a dar algún gran titular? Abandonen toda esperanza. La gracia residirá, sospecho, en cuánto tiempo va a estar amorrado el tipo a los topicazos de la pandemia para evitar el par de asuntos sobre los que lleva callando el muy joío desde tiempo ya casi inmemorial: las incontables manganzas de su progenitor y los apoyos a su coronada persona del más rancio facherío con o sin uniforme. Apuesto (y creo que gano) a que en el mejor de los casos hará una velada alusión a lo primero y dejará sin mentar lo segundo. Queda poco para comprobarlo.

Esperando al ‘Preparao’

Se le acumula el trabajo a Felipín Six de cara al discurso de nochebuena. Ya puede pedir ampliación de minutaje porque anda que no tiene cosas de las que largar el muy preparado menarca, digo monarca. En todo caso, apuesto y creo que ganaré, que se liará con el coronavirus y no quedará espacio —perdonen el tonto juego de palabras— para el virus de la corona. Miren por dónde, que los cortesanos que le succionan los esfínteres sostienen exactamente lo contrario. Prometen que el barbado soberano se va a quitar el cinto en el mensaje y vomitará por esa boquita toda la bilis que le ronda, especialmente contra su campechano viejo, que no deja de ponerlo en evidencia desde el mismo día en que, a la fuerza ahorcan, abdicó y le cedió muy a regañadientes el cetro.

Lo creeré cuando lo vea. De momento, sonrío al pensar si va a tener bemoles en remedar al asesino de elefantes en aquella frase para la histeria, o sea, para la historia: la Justicia es igual para todos. Siempre puede marcarse un Ayuso y ser sincero: no todos somos iguales ante la ley, ¿qué se van a creer? Las otras dudas son si para esas fechas señaladas el aludido mantendrá la condición de rey y si seguirá siendo un distinguido huésped en una satrapía o, siguiendo el lema del célebre anuncio de turrón, habrá vuelto por Navidad. Más palomitas.

Una monarquía en cash

¡Caray con su emérita majestad borbónica! Pensábamos que ya nos había agotado nuestra capacidad de sorpresa con sus choriceos y sus extravagancias, y resulta que aún nos quedaba por conocer su faceta de trasegador de billetes de curso legal. Qué imagen, según el testimonio de la lenguaraz e indiscreta Corinna zu Sayn-Wittgenstein, la del campechano contando con una máquina sus billetes acarreados en maletones y colados en Barajas como quien pasaba salchichones y tocinos en los fielatos de la posguerra. O la del mismo gachó coronado sacando cien mil euros de vellón al mes de cajeros automáticos de aquí y de allá. Y no digamos ya de cuando, siempre atendiendo al relato de la aristócrata bocachancla, sacaba el fajo y le daba la paga en cash su hijo y sucesor.

Ahí tenemos, por un lado, a un ser humano aquejado de una más que probable patología mental —a expensas de que me corrija mi querido doctor Imanol Querejeta—, pero también a un vástago que lo sabía absolutamente todo y que no hizo nada por detener semejantes comportamientos de su viejo. No cuela, señor soberano preparao, lo de la renuncia de la herencia, cuando hasta el que reparte las cocacolas sabe que de su señor padre ahora medio repudiado no solo recibió un pastizal, sino un trono. Renuncie a eso y empezaremos a creer que va en serio.

Borbón intocable

¿Una comisión de investigación sobre los (presuntos) chanchullos muchimillonarios de su emérita y campechana majestad, Juan Carlos de Borbón y Borbón? Con la progresía monarquicana hemos topado, amigo Sancho. Ese es desde tiempo inmemorial el non plus ultra del PSOE, da igual el de Felipe Equis, el de Zetapé o el de Sánchez, apóstol de los avances sociales, sobre todo si el mago Iván Redondo decide que conviene a la causa. Por ahí no se pasa nunca y punto. Ni toca ni tocará. No juguemos con lo más sagrado, así huela a estiércol a millones de kilómetros. Y por si cupieran dudas, para algo están los lamelibranquios letrados de la cámara para dictaminar que la figura del padre del Preparao es inviolable. ¿También cuando los trapicheos son posteriores a su abdicación? Incluso después de muerto, si ha menester.

Ante la tozuda evidencia, la tentación es desanimarse. Pero servidor, que tiende a lo práctico, prefiere ver la botella llena por lo menos en un tercio. Nos queda lo simbólico. Imaginar, por ejemplo, lo que al fulano le tiene que haber jodido ver cómo su retrato era expulsado del parlamento de su Navarra foral y española. Eso, como anticipo para barruntar que la Historia no le deparará el tan trabajado papel de heroico conseguidor de la democracia sino el de vulgar choricete de bragueta floja.

Los chismes de Bono

Se oye comentar a las gentes del lugar —escojan ustedes de cuál— que el felizmente reimplantado capilar José Bono anda por ahí promocionando un libro dizque de memorias, el tercero de los que lleva no sé si escritos, pero sí publicados. Compite en el negocio de la venta de recuerdos trucados a granel con Mariano Rajoy Brey, al que dejaremos para mejor ocasión. Bastante material tenemos con don José de la Mancha, sin discusión, uno de los políticos más infames del abigarrado ránking hispanistaní de sanguijuelas de lo público. Guardo para cuando me llegue a mí el momento de compilar mis pedestres vivencias las perrerías que me contó sobre el individuo el difunto juez Joaquín Navarro, antiguo compañero de militancia en el PSP de Tierno Galván.

Pese al escaso cariño y nulo respeto que dispenso al personaje, confieso que me tienta echarle a la escudilla unos euros en concepto de derechos de autor. Por lo que leo en entrevistas y reseñas, el opúsculo, titulado Se levanta la sesión, es un refrito de jugosos chascarrillos y sonrojantes indiscreciones sobre —ahí está la gracia— las supuestas instituciones básicas del reino. Con el antiguo monarca como bochornoso protagonista de buena parte de los sucedidos narrados por el cotilla ególatra. Y los chismes son farlopa de categoría. El lenguaraz Bono desvela desde los amoríos del bragueta suelta con una Miss Mundo peruana a su nula confianza en su vástago Felipe “porque no es tan campechano como yo” —literal—, pasando por un lisérgico ensayo compartido de saludo con cara de mala uva para recibir al diputado de Amaiur Xabier Mikel Errekondo tras las elecciones de 2011.