Diario de la segunda ola (3)

Grandes retratos de la segunda ola. Mientras un disciplinado ejército de alevines avanzaba hacia sus pupitres-burbuja cumpliendo escrupulosamente con las medidas de prevención, sus progenitores contemplaban el espectáculo apiñados a la puerta del centro educativo en cuestión. Alguno, hasta cigarrillo en mano. Y mientras, los plumíferos agotábamos los tópicos sobre el incierto regreso, sabiendo en nuestro fuero interno que, casi como desde la irrupción del bicho allá por el pasado invierno, nuestras palabras pueden quedar desmentidas por los hechos medio minuto después de ser pronunciadas.

Lo único seguro es que no hay nada seguro. Otra cosa es que asumirlo provoque tal zozobra que salga a cuenta no darse por enterado. Total, la frágil memoria juega a favor de los contumaces anunciadores del fin del mundo. Como me sopló alguien por el pinganillo ayer, de haber hecho caso a ciertos doctores Tragacanto, en la demarcación autonómica ahora mismo estaríamos a las puertas de una campaña electoral. “¿Por qué en julio y no en septiembre?”, preguntaban con los ojos fuera de las órbitas. Pero casi mejor que ni se les ocurra recordárselo, porque aun les porfiaran, como hizo hace poco un aguerrido padre de la patria, que aquellos comicios son el origen de la situación actual. Le faltó tararear Amante bandido.

Pasar página

Cuatro expresidentes españoles han pedido a María Servini, jueza de la querella argentina por los crímenes del franquismo, que deje en paz al prohombre Rodolfo Martín Villa, llamado a declarar hoy por la magistrada. Según se cuenta, las cartas de este póker de antiguos inquilinos de Moncloa y de otros ilustres miembros de la cofradía de la Inmaculada Transición no se quedan en abogar por un pelillos a la mar, sino que glosan al individuo como extraordinario y sin par ser humano, amantísimo padre y abuelo de familia y, cómo no, forjador del milagro democrático español acaecido tras la muerte del bajito de Ferrol. Hasta Zapatero, el de la memoria histórica a tanto alzado, justifica al fulano afirmando que no se puede ser objetivo en el juicio sin haber vivido aquello. Y cuando decimos aquello, hablamos del 3 de Marzo en Gasteiz, de Montejurra, de los sanfermines del 78 y de un reguero de brutalidades del pelo ocurridas cuando el tipo era el jefe de la porra.

Como no podía ser de otro modo, el conocimiento de estas misivas ha desatado una justísima indignación. Resulta del todo vomitivo que se pida pasar página ante semejante colección de vulneraciones de los Derechos Humanos. Y aquí es donde esta columna se vuelve incómoda al señalar que eso es así, se llame el tipo Martín Villa o Josu Urrutikoetxea.

Desclasificando a Felipe

Más claro no lo puede decir el informe de la CIA de 1984 que ahora sabemos que ha sido desclasificado: “[Felipe] González ha acordado la formación de un grupo de mercenarios, controlado por el Ejército, para combatir fuera de la ley a los terroristas”.

Y es radicalmente verdad que no necesitábamos leerlo en un documento secreto de la agencia de inteligencia más poderosa —y con menos escrúpulos— del planeta, pero 36 años después de los hechos, la frase es una patada en la boca del estómago de la democracia española. Certifica, más allá del relato de aquel patético juicio de fogueo, que el presidente de un gobierno salido de unas urnas recurrió a los secuestros y los asesinatos para acabar con ETA. En realidad, para tratar de acabar con la banda, debemos matizar, porque la chapuza sanguinaria solo sirvió para dejar un reguero de dolor. Las acciones se prolongaron durante tres decenios más.

Con todo, lo más revelador del dossier no es que nos cuente algo, insisto, que ya sabíamos. Lo verdaderamente significativo es el manto de silencio indiferente y cómplice que ha seguido a su publicación en el diario La Razón. Muchos de los que gastan palabras grandilocuentes sobre el imperativo de reconocer el daño causado en aras de la reparación callan y otorgan. El GAL siempre quedó fuera de esas exigencias.

Todas las memorias

La memoria vuelve a interpelarnos. El lunes conmemoramos los cuarenta años del cobarde atentado de la extrema derecha paraestatal en el bar Aldana de Alonsotegi que segó cuatro vidas y dejó una decena de heridos. Hoy recordamos los 25 años del asesinato a sangre fría de Gregorio Ordóñez mientras comía en un bar de la Parte Vieja de Donostia. Permítanme que vomite ante el primer imbécil que me esté reprochando ahora mismo lo que los que no tienen ni idea de geometría ni de geografía moral llaman equidistancia. Inútil tarea, explicar a esos mendrugos obtusos y malnacidos que todos los criminales son, en esencia, idénticos. Cambia la atribución de sus vilezas a una causa de conveniencia, pero es puro accidente que maten a este o al otro lado de la línea imaginaria. De hecho, son abundantes los ejemplos a lo largo de la Historia de matarifes que han ejercido en los extremos opuestos.

Y más allá de los victimarios, lo terrible es que cuatro decenios y un cuarto de siglo después de las atrocidades, respectivamente, siga habiendo innumerablesjustificadores de ambas. Especialmente, de la segunda, no nos engañemos. Apuesten y ganen a que hoy tendré que mandar al guano a varios comentaristas de la edición digital de esta columna que vendrán, siempre desde el anonimato farruquito y cagueta, a explicarme por qué Ordóñez se ganó su final a pulso y a conminarme a pasar página por el bien de la convivencia. Lo siniestramente gracioso es que son los mismos que exigen que no queden impunes otras iniquidades. Como ni mi memoria ni mi ética son selectivas, clamo, ya sé que en el desierto, por la denuncia de todas y cada una.

Ortega Smith, qué asco

Sabíamos, porque lo ha acreditado ampliamente en el corto espacio de tiempo desde que tenemos la desgracia de conocerlo, que Javier Ortega Smith es un memo ambulante. También un bocabuzón, un sobrado, un chulopiscinas y un analfabeto funcional con balcones a la calle. Ahora, la verdad es que sin gran sorpresa, podemos añadir al currículum de este pedazo de carne supurador de gomina a granel la condición de canalla cobarde sin matices. Hace falta serlo en dimensión superlativa para atreverse a vomitar que las conocidas como 13 Rosas Rojas, las jóvenes militantes de izquierdas ejecutadas por el régimen franquista, se buscaron su despiadado final porque “torturaban, asesinaban y violaban vilmente en las checas de Madrid”.

Espero que semejante fechoría dialéctica no quede impune. Leo que varias asociaciones memorialistas, empezando por la que lleva el nombre de las represaliadas y ahora manchadas con infundios, estudian emprender acciones legales. Me parece lo menos, aunque entiendo que el emplumamiento del fachuzo rebuznador —no llega ni a fascistilla— debería ser de oficio. Por bastante menos se han sentado en un banquillo o, incluso, han sido condenados, varios tuiteros. Y que no tenga nadie el desparpajo de sacar el comodín zafio de la libertad de expresión. No estamos ante una opinión. Ni siquiera ante un insulto grueso. El regüeldo del secretario general de VOX anda entre la injuria y la calumnia, si no es que incurre de lleno en lo uno y lo otro.

Eso, en sede judicial. El otro castigo debería ser social y, desde luego político, empezando por sus socios, PP y Ciudadanos, que guardan un vergonzoso silencio.

Desmemoria interesada

Cuando despertó, la ponencia de memoria y convivencia del Parlamento Vasco todavía estaba ahí. Y seguirá por los siglos de los siglos porque en el fondo, no nos engañemos, la cuestión importa a cuatro ingenuos que alguna vez creyeron que cabía no hacerse trampas al solitario. El resto se divide entre la multitud que pasa cien kilos y los que de tanto en tanto sacan a paseo la martingala para hacer como que hacen, para tirársela a la cara o, bueno, porque lo obligan los protocolos de la cámara.

Dije ya hace años —¡años!— que sería más honesto plantarse ante un atril, respirar hondo y anunciar que hasta aquí hemos llegado con la vaina, y que en lo sucesivo cada palo ha de aguantar su vela. O, traducido a román paladino, que hay sectores, y no pequeños, que creen que la violencia de los suyos fue no solo necesaria sino heroica. Prefiero esa verdad cruda que las yenkas en bucle. Muy loable, sí, la “petición sincera de disculpas” de los familiares de los presos… si no fuera porque el mismo día se recibía bajo palio a un tipo que se llevó por delante una vida humana y formó parte de una banda que acabó con casi mil más.

Y como postre, esa frase terrible seguida de un silencio de tres segundos. “Faltan más personas dialogantes como Lluch”, dijo Arnaldo Otegi ante un periodista de TV3 que, como el propio líder de EH Bildu, pasó por alto el pequeño detalle de que el exministro socialista no desapareció como por ensalmo. Por tercera columna consecutiva, vuelvo a apelar a mi memoria. Porque yo sí me acuerdo, por desgracia, de que Ernest Lluch fue vilmente asesinado por ETA en el garaje de su casa hace más de 18 años.

Arzalluz y la desmemoria

En medio de la tristeza por la muerte de Xabier Arzalluz, no puedo evitar sonreír ante las glosas exageradamente elogiosas de su figura que han espolvoreado muchas personas que apenas anteayer le dedicaban los peores descalificativos. Tengo como defecto una memoria —quizá selectiva, no lo niego— en perfecto estado de revista. Por eso, recuerdo nítidamente cómo hubo un tiempo en que al de Azkoitia se le escupía uno de los peores insultos que para nuestra vergüenza colectiva cabía en esta tierra: españolazo. Hay una abundantísima iconografía cartelera en la que se representaba a Arzalluz con una rojigualda, junto a las siglas GAL o, directamente, con una diana en su frente. Tampoco eso lo he olvidado. Durante muchos años lo vi Campo Volantín arriba y abajo caminando flaqueado por una notable escolta.

No me digan que no es, como poco, llamativo que quien fuera acreedor de tal trato despectivo o criminal sin matices haya acabado convertido —¡por los mismoS que se lo dispensaron!— en un abertzale sin fisuras, referente imprescindible de la lucha de Euskal Herria por su soberanía. Es decir, en lo que siempre le reconocimos incluso aquellos que no necesariamente estuvimos en primer tiempo de saludo respecto a su desbordante personalidad.

Y sí, como me ha apuntado alguien al aventar esta reflexión en Twitter, es verosímil que proceda tomárselo como evolución en positivo de los y las que han hecho semejante ciaboga. Sin embargo, permítanme que anote la tardanza en la caída del caballo, y que piense en cuánto tiempo va a pasar hasta que otras personalidades hoy vilipendiadas sean sacadas bajo palio. Ocurrirá, ya lo verán.