Aznar contra el delfín

Ya quisieran Pérez Rubalcaba, Cayo Lara y Rosa de Sodupe tocarle las narices a Mariano Rajoy la mitad de bien que lo hace José María Aznar. A falta de pan opositor externo en condiciones, buenas son las tortas desde dentro del nido de la gaviota. ¿Tortas? Hostiones del quince a mano abierta, en realidad. La última tunda, el lunes pasado en Donostia, con la excusa de presentar uno de esos libros en los que el dolor auténtico se pervierte en coartada para aventar odio añejo. Como compañía, Ángeles Pedraza [calificativo eliminado para no pasarme de frenada en la ofensa] y María de los Guardias San Gil, cuyo pensamiento político cabe en un cuarto de lenteja. Por ahí andaba también uno que me suele dar capones en Twitter y no muy lejos, el adelantado Don Carlos María de Urquijo y Valdivielso, aplaudiendo con las orejas al abofeteador de quien lo designó para representarlo en la pecaminosa Vasconia. Cría delegados del gobierno y te sacarán los ojos. De los pop, que de alevines fueron todos monaguillos del pucelano natural de Madrid, ni rastro, oigan.

Ante esa distinguida y distinguible camarilla ladró su rencor —la expresión es suya— un Aznar que, aun lejano a su mejor estado de forma, conserva la facultad para regalar titulares. De repertorio y tirando a grisotas, las andanadas contra el malvado nacionalismo; una pena, porque cuanto más gordas las suelta, más hace crecer la conciencia nacional sobre la que se cisca. Sabrosonas, sin embargo, las collejas que atizó al delfín que tantísimo le ha decepcionado. Pobre Mariano, que sin derecho a ser citado por su nombre, fue tildado de cobarde, gallina, capitán de las sardinas y cagueta frente a los rompeespañas. Ello, en siete u ocho versiones con leves matices de inquina, para gozo similar de la prensa cavernaria y de la contracavernaria, cada cual con su motivo para entrecomillar las diatribas. Ciertamente, este hombre debería prodigarse más.

Aznar amenaza

Aunque un día llegara a poner sus zancas sobre la mesa en una timba de los señores planetarios de la guerra, para mi Aznar siempre ha sido el Aznarín de los chistes de Forges de los primeros 90. Pocos fenómenos de sugestión colectiva me maravillan más que la conversión de un mindundi resentido y esquinado en estadista carismático. Que su aura no solo se mantenga sino que vaya creciendo con el paso de los años es algo que definitivamente escapa a mi capacidad de comprensión. Lo único que tengo claro es que las claves que hay que manejar para abordar al personaje no son políticas sino psiquiátricas. Sé que puede sonar a exabrupto o demasía, pero lo anoto tal cual lo percibo, a medio camino entre el asombro y, por qué negarlo, un cierto canguelo. Las enciclopedias y los libros de Historia están hasta arriba de perturbados que las han liado pardas. Literalmente pardas, con camisas de ese color y todo, en alguno de los casos.

Pero este ya nos ha hecho todo el daño que podía hacernos, ¿no? Pues no sé que les diga. En la lisérgica entrevista —o lo que fuera— que le regalaron anteayer en el canal complementario de ese otro que tanto mola al progrerío fetén, el fulano amenazó con volver a poner un poco de orden en este carajal. “Si es que no se os puede dejar solos”, le faltó añadir al Mesías que se anuncia a sí mismo. Habrá quien lo tome como un farol, un marcado de paquete para impresionar a la claque o un amago destinado a acojonar al heredero que le ha salido rana y al que, por cierto, menuda manta de collejas le arreó, pobre Mariano. Tal vez fuera solo para entregarse al onanismo compulsivo al leer y releer los titulares en las horas y los días siguientes.

Ojalá todo se quede en el susto, en el escalofrío rampante por el espinazo al imaginar que lo que ya es negro es capaz de tornarse más oscuro. Como a Sémper, me parece que Zapatero se consolida como el mejor expresidente español, ¡uf!

De cargo a cargo

En el primer bote, suena feo. Alguien que no hace ni tres meses que ha dejado de ser vicepresidenta y ministra de Economía ficha como consejera de Endesa. De una filial chilena de la compañía, para ser más exactos, por aquello de que quien hace las leyes sobre incompatibilidades hace la trampa en el mismo viaje. Más sospechoso todavía. Parece un caso de libro de lo que en Argentina llaman “la puerta giratoria”, es decir, el pasadizo directo del alto cargo político al alto cargo empresarial y, al albur de los vientos electorales, la viceversa: la cuestión es tener siempre cuero noble bajo el culo.

Con ánimo de ser justos, veamos los atenuantes. La remuneración anual que percibirá Elena Salgado por esta sinecura no pasará de 70.000 euros. Es un pastón para el común de los curritos, pero —no nos engañemos— una bagatela para lo que se estila en el Olimpo directivo de emporios como el que ha requerido los servicios de la escudera económica de Zapatero. Por otra parte, basta medio vistazo a su currículum para admitir, por poca simpatía que se tenga al personaje, que algún partido ya ha empatado en su carrera. Méritos profesionales no le faltan. Conclusión incompleta: han fallado las formas, sobre todo por la prisa que se ha dado en la mudanza, pero tampoco parece que nos hallemos ante un escándalo de parar las rotativas.

Creo —y aquí es donde quería llegar— que estos casos hay que mirarlos uno a uno en lugar de hacer una generalización facilona. Si criticamos que la política se haya convertido en una profesión vitalicia, no podemos quejarnos sistemáticamente cuando alguien deja lo público para reincorporarse a lo privado. Otra cosa es, y ahí es donde está el problema, que hablemos de chisgarabises y medianías que encuentren suculento acomodo donde jamás los habrían contratado ni como bedeles antes de tocar pelo gubernamental. Felipe González o José María Aznar, por poner dos ejemplos