La buena gente

Qué incómoda y pesada, la mochila de nuestro reciente ayer. Al tiempo, qué desazonante retrato de ese hoy que nos resistimos a admitir. Por mi parte, refractario al autoengaño, volveré a escribir que va siendo hora de reconocer que, por mucho que nos pese, hay una parte no pequeña de nuestros convecinos que creen que matar, si no estuvo bien del todo, por lo menos sí fue necesario y hasta resultó heroico por parte de quienes se dedicaron al asesinato selectivo —a veces, también a granel— del señalado como enemigo.

Lo tremendo es que no hablamos (o no solo, vamos) de individuos siniestros, malencarados e incapacitados para la empatía. Qué va. Muchos de los justificadores y/o glorificadores son tipos de lo más jatorra que te pagan rondas en el bar, te ceden el turno en la cola del súper o comparten tertulia contigo. Es esa buena gente, tan sanota, tan maja, la que estos días, al hilo de la exposición en un local municipal de Galdakao de un sujeto que se llevó por delante la vida de un currela (al que se suele obviar) y de un presidente del Tribunal Constitucional español, levanta el mentón y te advierte que mucho ojo con meterte con su asesino.

Cierto, quizá no te lo dicen exactamente así. Te espetan que no hay que mirar al pasado, que los del GAL se fueron de rositas, que a los de Vox nadie les dice nada, que qué pasa con la tortura, que por qué no te metes con los corruptos del PNV, que el PP es heredero del franquismo y te lo callas o, en la versión más suave, que a qué tanto cristo por unos cuadros. Vete y replícales que a ver qué pasaría si las pinturas fueran de Galindo, de uno de La Manada o, como escribió con tino alguien en Twitter, de Plácido Domingo.

La verdad, por fin

Supongo que debemos felicitarnos porque presuntamente se haya restablecido la verdad histórica del atentado que acabó con la niña de 20 meses Begoña Urroz el 27 de junio de 1960. No fue ETA, sino una singular organización que se presentaba como antifranquista y antisalazarista, y que atendía al pomposo nombre de Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación, por sus siglas, DRIL. Ocurre, tirando de refranero español, que para este viaje no hacían falta alforjas y que a buenas horas, mangas verdes. Hacía muchos años que se conocía cada pormenor de la acción criminal. Prácticamente desde que —creo que sin mala intención— Ernest Lluch echó a rodar la historia y fue comprada por golfos ávidos de efemérides truculentas, decenas de estudiosos y contemporáneos de los hechos han documentado sin lugar a la duda la autoría del grupo hispanoluso.

En todo caso, la novedad, que debe enunciarse entre el pasmo y la indignación, reside en la circunstancia de que la fuente del desmentido que pretende quedar como oficial sea la misma que durante todo este tiempo ha dado pábulo a la versión manipulada. No hablo, ojo, de los investigadores que firman la monografía titulada Muerte en Amara. La violencia del DRIL a la luz de Begoña Urroz, sino de la entidad que la avala, el tal Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo escorado ya sabemos a qué lado. Cuánto dolor y cuánto bochorno nos hubiéramos evitado sin el empeño en sostenella y no enmendalla… hasta ahora.

Por lo demás, y para los que levantan el mentón y hasta exigen peticiones de perdón, esta revelación no convierte a ETA en buena. Cerca de mil muertos lo atestiguan.

Extraña detención

Esa sensación tan familiar de que hay algo que no es como nos cuentan. O bueno, casi nada, en este caso. Lo que tampoco puedo jurarles sobre el episodio es dónde empiezan las causalidades y dónde las casualidades, que seguro que también se dan unas cuantas. No me digan que no es una curiosa coincidencia que menos de una semana después de la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba se detenga a Josu Urritkoetxea, es decir, Ternera, que fue uno de sus principales antagonistas en el gran drama con ribetes de macabro astracán que nos deparó ETA.

Se diría que alguien humano o extrahumano buscaba el simbolismo del círculo cerrado. Después de 17 años fugado pero covenientemente localizable por todos los gobiernos españoles de la época, la entente policial de costumbre le echa el guante en un lugar muy frecuentado. Ocurre, además, en medio de una campaña electoral y justo el día en que los plumillas habíamos despejado la agenda informativa para ocuparnos monográficamente del fiasco del PSOE en su intento de colocar a Iceta casi por decreto como presidente del Senado. Todo ello en una operación bautizada —creo que con pésimo gusto— Infancia robada, y con el llamativo elemento añadido de que el arrestado, que es una persona que arrastra una grave enfermedad desde hace mucho, acaba en un hospital.

El resto de la trama sí ha cumplido con el guion tristemente previsible en forma de brutal espejo de un problema que andamos tarde para solucionar. Los mismos que para otros asesinos exigen verdad y justicia se han hecho selfis con cara de indignación infinita clamando contra la detención de alguien a quien tiene por héroe. Tremendo.

Desmemoria interesada

Cuando despertó, la ponencia de memoria y convivencia del Parlamento Vasco todavía estaba ahí. Y seguirá por los siglos de los siglos porque en el fondo, no nos engañemos, la cuestión importa a cuatro ingenuos que alguna vez creyeron que cabía no hacerse trampas al solitario. El resto se divide entre la multitud que pasa cien kilos y los que de tanto en tanto sacan a paseo la martingala para hacer como que hacen, para tirársela a la cara o, bueno, porque lo obligan los protocolos de la cámara.

Dije ya hace años —¡años!— que sería más honesto plantarse ante un atril, respirar hondo y anunciar que hasta aquí hemos llegado con la vaina, y que en lo sucesivo cada palo ha de aguantar su vela. O, traducido a román paladino, que hay sectores, y no pequeños, que creen que la violencia de los suyos fue no solo necesaria sino heroica. Prefiero esa verdad cruda que las yenkas en bucle. Muy loable, sí, la “petición sincera de disculpas” de los familiares de los presos… si no fuera porque el mismo día se recibía bajo palio a un tipo que se llevó por delante una vida humana y formó parte de una banda que acabó con casi mil más.

Y como postre, esa frase terrible seguida de un silencio de tres segundos. “Faltan más personas dialogantes como Lluch”, dijo Arnaldo Otegi ante un periodista de TV3 que, como el propio líder de EH Bildu, pasó por alto el pequeño detalle de que el exministro socialista no desapareció como por ensalmo. Por tercera columna consecutiva, vuelvo a apelar a mi memoria. Porque yo sí me acuerdo, por desgracia, de que Ernest Lluch fue vilmente asesinado por ETA en el garaje de su casa hace más de 18 años.

Coexistir es suficiente

Me van a perdonar que yo no me reconcilie. Simplemente, no me da la gana. Ocurre que elijo libremente mis amistades, del mismo modo, espero, que ellas me eligen a mi. Mis afectos son personales y los transfiero a quien me sale de la sobaquera. Igual que mis desafectos, ojo. O, incluso, que mis sentimientos contradictorios, mis dudas metódicas o las empanadas mentales de las que no estoy libre, como cualquier humano. Quiero ser el único responsable de mis equivocaciones, ese es el resumen.

Y esto será así en lo sucesivo, pero también lo era en lo precedente. Que esté o deje de estar ETA puede cambiar que se me acelere el pulso más o menos al arrancar el coche, pero no mi escala de valores, ni mi forma de entender las relaciones personales. El censo de grandes tipos y el de tremebundos miserables sigue siendo el mismo. Bueno, poco más o menos; para mi enorme disgusto, muchos de los que parecían tener limpia la muda ética se han descubierto como justificadores y/o glorificadores de los asesinos, bien porque han hecho de ello su forma de ganarse el pan (luego dicen de los demás) o porque son unos acojonados que tratan de evitar que, como a mi, les salgan los malotes al encuentro para leerles las normas de la casa de la sidra.

Entre Bertiz y Arnaga, mil millones de veces me quedo con Bertiz. Y me alegro de que las falanges de los dos extremos echen las muelas al ver a quienes sí representan a este pueblo, la presidenta de Navarra y el lehendakari, dejando negro sobre blanco lo que, por otro lado, es una evidencia: que el reto es convivir. Yo lo rebajaría a coexistir Sería, creo, más que suficiente.

Pues agur

Por más que ensayo ante el espejo, no me sale la cara de solemnidad que, según el manual, requiere el momento. Llego a algo parecido a una jeta de sota, pero enseguida me viene este o aquel tic, y derroto por la risa floja, el rictus de úlcera duodenal, la pedorreta, la lágrima amarga pensando en los que no están o, para qué engañarles, el gesto de la más absoluta de las indiferencias. Todo mezclado, claro, con la sensación de estupor y despiporre infinitos al asistir a la chapuza ceremonial. He perdido la cuenta de los comunicados, cartas, mensajes, proclamas y/o partes para anunciar el sanseacabó a los diferentes públicos. Y nosotros, los cuentacosas, que somos unos benditos y nos va la marcha (bueno, y que necesitamos rellenar nuestros blablás), venga dar pábulo a cada una de las chapas, como si fueran algo más que los esfuerzos postreros de la decrépita prima donna por llamar la atención.

A ver si es verdad —empiezo a dudarlo— que el festejo aguachirlado de Kanbo es el definitivo. Qué papelón, siento escribirlo aunque me consta que los aludidos son conscientes de ello, el de los que van por el qué dirán o porque a estas alturas qué más da. Ojalá sea, copiando mal a Neruda, el último sofoco que ETA les causa, y esta, la última Fanta que les pagan a los entusiastas de la bicha y a los profesionales de la conflictología parda.

Y sí, estoy seguro de que serán muy bonitos los discursos apelando al empuje de la sociedad y a no sé qué futuro que se abre. Como si no tuviéramos la certidumbre de que esto no ha sido más que una liquidación por cese de negocio. Tardía, además. Dicen que se van. Pues agur.

ETA, penúltimo acto

Llevo desde el viernes tratando de imaginar un comunicado que me hubiera parecido aceptable. La respuesta es ninguno. A estas alturas —en realidad, desde hace muchísimo—, no hay nada que ETA pueda decir que me vaya a satisfacer. Incluso aunque le cedieran la redacción al mayor encantador de palabras del Universo y hasta las comas sonaran a música celestial, seguiría siendo insuficiente para mi. Simplemente, no hay modo de blanquear una organización que lleva a su espaldas semejante mochila de daño causado, no solo injustamente, sino de modo absolutamente voluntario y premeditado.

Por lo demás, también ha pasado mucho tiempo desde que me quité del vicio de practicar la espeleología semántica y gramatical en unos textos creados justamente para eso, para tener al personal entretenido discerniendo si son galgos o podencos, venga mirar el dedo, mientras la luna bosteza de puro aburrimiento. Así que de este en concreto, me quedaré con lo evidente, con lo que salta al primer bote: no es como los chopecientos anteriores. Está más cuidado en lo literario y posee una eficacia comunicativa (que es lo que cuenta; por algo se llama comunicado) de notable alto. Llegaría al sobresaliente si no fuera por esa cantada de dejar ver que hay víctimas de primera, segunda y tercera.

En cualquier caso, siendo importante el cómo, lo fundamental es el qué. Y más allá del blablablá, estamos ante el penúltimo acto antes de la disolución formal, con toda la parafernalia folclórica que tenga que tener, de algo que la inmensa mayoría de la sociedad vasca llevaba dando como disuelto desde hace un buen rato. Quedémonos con eso.