Debates electorales

Debate sobre el debate, he ahí un género ya muy asentado y que reverdece en cada campaña electoral. Si tuviéramos la mitad de memoria de la que presumimos, seríamos conscientes de cómo las posturas de siglas y menganos han sido diferentes según su conveniencia. En general, cuando se se es oposición, se reclama con insistencia y aspavientos el duelo dialéctico, y cuando se es gobierno, se silba hacia la vía y se trata de evitar la confrontación en la medida de lo posible.

En estas últimas anda Pedro Sánchez. Tanto que en su día buscó el lengua a lengua (perdón por la perturbadora imagen mental) con Rajoy, Rivera, Iglesias o quien le pusieran por delante, para andar ahora racaneando los careos. Manda narices, por lo demás, que siendo quien es y defendiendo lo que dice que defiende, el único que había aceptado era un sarao a cinco en una cadena priovada de televisión. Tiene guasa que haya tenido que venir la Junta Electoral Central, con su normativa prehistórica, a poner las cosas en su sitio, borrando a Vox del festejo —favor que le hacen al indocumentado Abascal, que es un manta intercambiando argumentos— y obligando prácticamente a llevar la cosa a la televisión pública, que debió ser la opción de origen. ¿Y debería ser también la única? Por supuesto que no. En esto estoy muy de acuerdo con Pablo Iglesias. Todas las personas que se presentan a unos comicios deberían tener la obligación legal de vérselas con sus adversarios en un número razonable de debates. Otro cantar sería dar con el formato adecuado para que estuvieran representadas todas las opciones sin que los mensajes se perdieran en la polvareda.

Otro debate imposible

Que si la libertad de expresión y tal, pero de pronto te encuentras que en la misma semana te atizan por el extremo babor y el extremo estribor con la misma saña y, lo que es más revelador, muy similares epítetos. “Soldadesca jeltzale”, me escupía el miércoles pasado Hermann Tertsch del Valle Lersundi, que aprovechaba el viaje para atribuirme connivencias en regímenes de terror, recogida de nueces y reparto de no sé qué con filoetarras. Apenas 48 después, desde el flanco presuntamente opuesto al del espirituoso Tertsch, me encalomaban la condición de pluma del régimen y escasamente originales demasías del pelo. Todo, como irán imaginando, por haber cometido la osadía de salirme de la martingala canónica sobre las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Anoté el viernes y repito hoy que el cirio que se está montando está a la altura de las del tantas veces nombrado Inda. Se puede ser igual de manipulador que el director de Okdiario vistiendo, como él, como para interpretar a Fígaro en El barbero de Sevilla o con jersei de lana, barbita y gafapasta. Lo determinante es el método, que como también apunté el otro día, consiste en tomar media de docena de hechos verdaderos para construir una mentira inconmensurable. Una vez difundida y repicada hasta la saciedad por los cantores de gesta habituales —muchas veces, en los mismos medios a los que acusan de ser sucursales de Sabin Etxea, empezando por EITB—, no hay forma humana de intentar un debate mesurado para separar el grano de la paja. Cualquiera que no comulgue con la versión oficial es un enemigo del pueblo. Qué hartura.

Ganarán los subrogadores

Cada vez que he escrito sobre el mercadeo indecente de bebés que maldisimulan con eufemismos de vómito como gestación subrogada o, peor todavía, gestación altruista, me han llovido incontables soplamocos dialécticos que encajo con la cabeza muy alta. También con rabia infinita, es verdad, porque no se me escapa que me he empeñado en una batalla (otra más) perdida sin remedio. Aunque al primer bote parezca que seamos mayoría pluralísima los que nos oponemos a esta atrocidad, es evidente que quienes la propugnan pertenecen a la élite económica y política que indefectiblemente acaba llevando el agua a su molino.

Si esto fuera cosa de tres gualtrapas excéntricos con ánimo de polemizar, como esos que argumentan, por ejemplo, que la pederastia es una inclinación legítima, a buenas horas íbamos a estar discutiendo. La simple circunstancia de que una aberración sin matices sea objeto de algo que se presenta como debate es en sí mismo indicativo del poderío de quienes lo han colado por la fuerza en la agenda. Y ojalá fuera solo una confrontación dialéctica respecto a una cuestión meramente hipotética. Por desgracia, hablamos de una práctica que se ha impuesto por la vía de los hechos consumados. Ya hay entre nosotros centenares de parejas con parné que se han agenciado una criatura a tanto el kilo en Ucrania, Estados Unidos, India o cualquiera de los, al parecer, mil lugares donde se permite la reproducción humana en semicautividad con fines lucrativos. En la mayoría de los casos, por el supuesto bien de los niños, la administración los ha regularizado. La bronca actual solo busca facilitar más el trámite.

¿Quién ganó el debate del PSOE?

No tengo demasiado claro quién ganó el debate de las primarias del PSOE. Al primer bote, diría que Mariano Rajoy, aunque salió igualmente muy bien parado Pablo Iglesias. Me cuesta poco imaginarme a cualquiera de los dos descuajeringándose de la risa desde el patio de butacas ante el espectáculo de taconazos mutuos que ofrecieron los dos contendientes con posibilidades, mientras el tercero les daba un baño de agárrate y no te menees.

En cierto modo, eso también forma parte de la noticia. Quizá porque no se jugaba nada o, sin más, por lo del tuerto en el país de los ciegos, Patxi López mostró una solvencia con la que no llegaron a empatar ni Díaz ni Sánchez. Aunque en el guión imaginado de víspera parecía que le tocaría no rascar bola, el de Coscojales se permitió dejar un buen puñado de banderillas en los lomos de sus rivales. De nota, por ejemplo, la bofetada que le atizó al exsecretario general ante la segunda OPA que le hizo en directo para retirarse de la liza y unirse a él. “Me parece muy bien, Pedro, que si no tienes ideas, cojas las mías”, le espetó.

Es obvio, en todo caso, que haber sido el más brillante en el intercambio dialéctico no le servirá a López para ganar el domingo. También que, pase lo que pase, y siguiendo su inveterada costumbre de salir siempre a flote, tendrá un sitio de relumbrón en la Ejecutiva de quien se lleve el gato al agua. Lo que no me atrevo a vaticinar es si la victoria sonreirá a la sultana del sur o al converso erigido en esperanza blanca de la militancia cabreada, aunque mi intuición me dice que, en el fondo, sea cual sea el resultado, no cambiará nada sustancial.

Reformar la RGI

El Gobierno vasco ha incluido la reforma de la RGI en su calendario legislativo. Si de verdad este fuera el tiempo del acuerdo, como se viene pregonando, no habría mejor momento. Toca ver cuánto va del dicho al hecho. Cada una de las cinco formaciones presentes en el parlamento deberá retratarse. Podrán, como hasta ahora, situarse en alguno de los extremos de la doble demagogia que ha venido impidiendo nada parecido a un debate sosegado o, si practican la tan cacareada altura de miras, abrirán el camino para mejorar el instrumento fundamental de lucha contra la desigualdad en los tres territorios.

Para mejorarlo, sí. Es imprescindible que la reflexión parta de la firme convicción de que el sistema actual sigue constituyendo, especialmente en su filosofía, una seña de identidad a la que en ningún modo se va a renunciar. Que lo tengan claro quienes, cada vez con menor disimulo, quieren eliminar la RGI o reducirla a lo puramente testimonial, más cerca de la limosna que de la justicia social. Sería un detalle que en la contraparte se abandonaran también los discursos facilones que pretenden recursos ilimitados sin necesidad de control alguno.

Propongo dos principios elementales como ejes para la puesta en común. Uno: el mayor de los fraudes no es que la cobre quien no debe hacerlo, sino que no la perciba quien sí debería. Los agravios comparativos están detrás del incendio creciente que vemos en las calles. Y dos: el objetivo del sistema de protección es ayudar a las personas a abandonar la exclusión, y no, como parece que muchos son incapaces de ver que ocurre, propiciar que se perpetúen en ella.

Educación y demagogia

Venga, sigamos con la Educación. No estaría mal, por cierto, que el súbito interés por debatir sobre el asunto que ha entrado en la demarcación autonómica tras el morrazo en PISA se extendiera a todos los días del año. Aunque estaría mejor aun que a la hora de abordar lo que debería ser una reflexión sosegada se dejaran en la puerta las simplezas ideológicas, los lemillas de a duro y, en definitiva, todo lo que demuestra que la cuestión de fondo es lo de menos. Más claro, por aquello del déficit en comprensión lectora que al parecer padecemos: que basta ya de hacer política, o sea, politiqueo, con la materia.

¿Seremos capaces? Me temo lo peor. Es mucho más fácil jugar al pimpampum y batir el récord de demagogia barata —algunos de los representantes políticos están demostrando que no pasan del Muy Deficiente— que proponer una solución y arrimar el hombro. Y otra vez sí, requetesí: el Gobierno tiene gran parte de la responsabilidad. Pongámosle de vuelta y media por ello, pero inmediatamente después preguntemos por el resto de los participantes en (perdón por la cursilería) el acto educativo. Es cierto que la generalización es injusta, pero ya que esto va de medias, ¿qué nos parece la media de calidad de las y los docentes? Ah, ya, con el tabú hemos topado. Pues sea, porque aquellos y aquellas que ponen alma, corazón y vida en su trabajo no merecen acarrear con los estragos de los que no hacen la o con un canuto ni dan un palo al agua. ¿Qué hay de nosotros, padres y madres sobreprotectores habitantes en la inopia? ¿Y de la propia chavalada que pasa un kilo? [El coro responderá: ¡Cállate, cuñao! ¡Ay!]

Pobre Pedro

Sería incapaz de decir quién ganó el monólogo a cuatro del lunes, pero no tengo la menor duda sobre el que salió peor parado del envite. Pedro Sánchez empieza a oler a cadaverina política que es un primor. Es cierto que esto mismo habría sido verdad el 20 de diciembre por la noche y que desde entonces acá ha luchado por su culo como un jabato. Ya escribí, y mantengo, que se manejó más que decentemente en toda la broma de la investidura. Dio la sensación de tener el empaque que le negábamos la mayoría y hasta medio mantuvo a raya a las peores alimañas que le acechaban, que eran y son las de su propia casa.

Tanto nadar para morir —salvo milagro de última hora— en la orilla. Cantaba Gardel que contra el destino nadie la talla, y menos, si te enfrentas a un tipo armado de una enorme inteligencia y, para colmo, una flor en el tafanario que le hace inmune. Simplemente, Pablo Iglesias, que está de dulce, le tiene comida la moral al atribulado candidato socialista. Uno es el coyote, y el otro, Correcaminos. La prueba audiovisual estuvo en ese momento en que Sánchez trataba de atizar al de la coleta, mientras este salmodiaba por lo bajo, casi como si fuera un espectro: “Pedro, el rival no soy yo, no te equivoques, es Rajoy”. Un instante que debía ser épico terminó siendo cómico.

No es cuestión de justicia ni de tener razón. Si vamos a los hechos medidos y tasados, el cabreo con el líder de Podemos está fundamentado. Quizá en otro mundo, su esfuerzo tendría recompensa. En este, lo más seguro es que se cumplirá la máxima que sostiene que ninguna buena acción queda sin castigo. El sorpasso será de escándalo.