¿Vuelta a las urnas?

Qué extraña coincidencia. 24 horas después de haber anunciado las fechas de los intentos de Pedro Sánchez para ser reinvestido presidente del gobierno español, nos sale el prestidigitador Tezanos con un CIS que vaticina una apabullante victoria del PSOE en caso de repetición electoral. Está hecho tan a bulto, que en la demarcación autonómica el PACMA anda a la par del PP —¡tampoco es para tanto!—, pero a quién le importa. Como quiera que en una porra anterior el brujo demoscópico de Ferraz desde tiempos de Felipe X y Alfonso Z acertó un par de cosas, al tosco sondeo apoquinado con dinero público se le concede la condición de augurio infalible. En consecuencia, se usa como aviso a navegantes morados, naranjas y azules subidos a la parra: ustedes verán, señores Iglesias, Rivera y Casado —a Abascal lo dejamos para otro rato— a quién le conviene más que nos veamos en las urnas allá por novienbre..

Los analistas de mejor fe, que son la mayoría, aseguran que se trata de un farol o, incluso, de un teatro que, como suele ser costumbre, tendrá como desenlace un pacto de último segundo, justo al borde del precipicio. Confieso que quiero creerlo porque es difícil concebir una irresponsabilidad de tal calibre que implique meternos en otro pifostio electoral dentro de cuatro meses, pero no apostaría más de diez céntimos por el buen fin de la vaina. Quien tenga memoria, y no demasiada, recordará cómo tras las generales de diciembre de 2015 anduvimos en parecidas cábalas y, contra lo que parecían indicar la lógica y hasta el decoro, acabamos volviendo a votar medio año después. Quedan poco más de dos semanas para evitarlo.

Investidura… o no

¿Una investidura canicular, Don Camilo? ¡Venga! No se diga más. El 22 de julio, día de Magdalenas, cuando por Bermeo, Mundaka y Elantxobe tiren la teja, Pedro Sánchez tirará los tejos a quienes pueden procurarle la renovación de su estancia en La Moncloa. Mal pinta la cosa hasta ahora. Tanto, que a la hora de darnos las fechas, han incluido la de la primera votación —23 de julio—, la de la segunda —25 de julio, Santiago y cierra España— y la de la probable repetición de las elecciones, allá por el 10 de noviembre. Si fuera una peli de serie B, que lo parece, al retorcido gurú de Sánchez, Iván Redondo, le brillaría el colmillo. ¡Tachán!

Como ya anoté por aquí, resulta entre divertido y escandaloso que con la supuesta urgencia que había en buscar la estabilidad, se plantee la cuestión como un juego de estrategia. O más bien, de cachazudez, porque parece que la vaina va de quién se para el último al borde del precipicio. Y a todo esto, la ciudadanía a la que todos invocan y en cuyo nombre aseguran hablar, alucinando en colorines ante la desparpajuda irresponsabilidad de quienes recibieron sus votos. Eso, claro, si no son tan inconscientes como el que suscribe y pasan un kilo de los jueguecitos de tronos que se traen los que lo tienen a huevo para pactar y no lo hacen por un dame acá ese ministerio o por unas cuentas de la lechera que determinarían un notable aumento de respaldo. Menuda ceguera o prepotencia sin matices, no contemplar que las urnas las carga el diablo y que si se soba mucho la entrepierna al personal, los nuevos comicios pueden tener como desenlace inesperado que esta vez sí sumen las tres derechas.

Sánchez, otra vez humillado

Pagaría 50 céntimos por los pensamientos de Pedro Sánchez en estas horas sombrías. Como Marco Antonio en el célebre verso de Kavafis, no podrá decir que fue un sueño. Tuvo en la yema de sus dedos ser, como poco, la cabeza de la rebelión contra el herrumbroso aparato del PSOE. Ahora, por enésima vez desde que lo elevaron de culiparlante a secretario general manejable, debe de barruntar que sigue sin saber absolutamente nada de política.

Hace falta una ingenuidad oceánica para llegar a la conclusión de que una entrevista de confesionario con Évole erige a alguien en líder de no se sabe qué movimiento regenerador. Item más, para tragarse las palabras dadas por buena parte de sus conmilitones, como si no supiera que en su formación (igual que en todas) las declaraciones de principios tienen una caducidad más baja que el yogur. Te quiero mucho hoy es el anticipo de la puñalada trapera de mañana. Con una sonrisa en los labios, para que duela más.

Absténgase, en todo caso, de quejarse, aprendiz de brujo Sánchez. Usted mismo se ha labrado a pulso este triste final, si es que lo es. ¿A santo de qué se echó a dormir en la cresta de la ola? ¿Quién le aconsejó que pasara a cuarto plano mientras actuaban en su nombre los elementos más pintorescos de su partido convirtiendo su opción en una extravagancia? Quedará, tal vez sin serlo, como un cobarde y, desde luego, como un pésimo estratega incapaz de tomar las riendas de su propio destino, y por eso mismo, un tipo al que no se le puede confiar una organización en un momento delicado. Podrá repetir su famoso tuit de cuando no era nadie: ¡Qué paliza me han dado!

Un partido normal

Gol en Las Gaunas, es decir, en El Escorial: “Entramos en una fase en la que nos tenemos que convertir en un partido normal”. Es la versión sin adornos. Entre otras muchas, tienen otra más florida, preñada de metáforas belicosas, como corresponde a quien confiesa sin tapujos tirar de piquito de oro para embaucar a la peña… que se deja embaucar: “La fase del asalto ha terminado. Tenemos que pasar de partisanos a ejército regular”. Palabras, se lo juro, de Pablo Iglesias Turrión, ejerciendo al mismo tiempo de líder máximo de Podemos y de profesor de Ciencias Políticas en un curso de verano de la Complutense.

Elijan si ríen o lloran al pensar en las presuntas bases y cuadros intermedios de la cosa, aplicados en el kindergarden a rellenar la encuesta para la reflexión interna, mientras los de la cúpula del trueno morado contaban al mundo lo que ya habían decidido que sería su criatura en el próximo capítulo: un partido corriente y moliente. Sí, como los de casta casturienta. O en prosa de Iñigo Errejón, tal que esto: “Un Podemos predecible, menos sexy, que genere a lo mejor menos ilusión en los sectores más movilizados, pero al mismo tiempo, menos incertidumbre y menos miedo entre los sectores que miran con posiciones más retardatarias el cambio político”.

Espero que hayan guardado unas gotas de capacidad de asombro, porque la frase definitiva del neoconverso vallecano es esta: “Esa idiotez que gritábamos cuando estábamos en la extrema izquierda y decíamos que la lucha está en la calle y no en el parlamento, es mentira. Las cosas se cambian desde las instituciones”. Los del 15-M estarán encantados.

Sánchez en rojo y gualda

Está dando mucho que hablar el banderón rojigualdo ante el que compareció Pedro Sánchez el otro día. Y ahí tienen la clave para entender la vaina. Se trataba, en primer lugar, de ganarse unos minutos de blablablá en tertulias de aluvión, Twitter y otros espacios de opinión al por mayor o al detalle, como estas mismas líneas.

Una vez comprobado que, a diferencia de las fuerzas nuevas (uy, perdón), el PSOE no coloca una puñetera escoba marcándose el rollete chachiguay y que tampoco sale de pobre vendiendo a su líder como un excitante sexual, alguien decidió que había que probar otra cosa. O en realidad, dos cosas, porque lo de la enseña nacional ciclópea fue conjunta e inseparablemente con la presentación en sociedad de la esposa del secretario general. Al estilo House of cards, dicen algunos con memoria tirando a frágil: el dos en uno de buena física y aparente mejor química lo viene utilizando últimamente Artur Mas y antes lo hizo, sin salir de Ferraz, Rodríguez Zapatero, cuya señora, Sonsoles Espinosa, tiene, por cierto, algo más que un aire a Robin Wright, la protagonista femenina de la serie antes mentada.

¿Hay alguien en la sala que sea capaz de citar alguno de los mensajes espolvoreados por el ya investido candidato socialista a la presidencia del Gobierno español en el acto de marras? Apuesto a que no. Y ni falta que hace, porque lo que se pretendía que captaran las cámaras eran los colores. En primer término, los de la bandera, y en segundo, el del vestido de la compañera de Sánchez. Luego venía el debate (o así) en el que hemos entrado de cabeza. Una estrategia verdaderamente acertada.