Otro debate imposible

Que si la libertad de expresión y tal, pero de pronto te encuentras que en la misma semana te atizan por el extremo babor y el extremo estribor con la misma saña y, lo que es más revelador, muy similares epítetos. “Soldadesca jeltzale”, me escupía el miércoles pasado Hermann Tertsch del Valle Lersundi, que aprovechaba el viaje para atribuirme connivencias en regímenes de terror, recogida de nueces y reparto de no sé qué con filoetarras. Apenas 48 después, desde el flanco presuntamente opuesto al del espirituoso Tertsch, me encalomaban la condición de pluma del régimen y escasamente originales demasías del pelo. Todo, como irán imaginando, por haber cometido la osadía de salirme de la martingala canónica sobre las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Anoté el viernes y repito hoy que el cirio que se está montando está a la altura de las del tantas veces nombrado Inda. Se puede ser igual de manipulador que el director de Okdiario vistiendo, como él, como para interpretar a Fígaro en El barbero de Sevilla o con jersei de lana, barbita y gafapasta. Lo determinante es el método, que como también apunté el otro día, consiste en tomar media de docena de hechos verdaderos para construir una mentira inconmensurable. Una vez difundida y repicada hasta la saciedad por los cantores de gesta habituales —muchas veces, en los mismos medios a los que acusan de ser sucursales de Sabin Etxea, empezando por EITB—, no hay forma humana de intentar un debate mesurado para separar el grano de la paja. Cualquiera que no comulgue con la versión oficial es un enemigo del pueblo. Qué hartura.

La caza de Darpón

Se consumó la cacería. Después de meses de acoso y derribo sin cuartel, el consejero Jon Darpón, tan duro, tan berroqueño como parecía, se ha quitado de en medio. Fíjense que a primera hora de la mañana de ayer, cuando ya se había instalado el chauchau sobre su dimisión, yo no acababa de creérmelo. No llegué a apostar, pero pese a los crecientes indicios sobre lo que finalmente ocurrió, en mi fuero interno aún pensaba que aguantaría. En realidad, quería pensarlo por algo tan simple y primario como, obviamente, cándido por mi parte: era radicalmente injusto que resultara el chivo expiatorio de esa gran mentira con trocitos de verdad que se ha montado a cuenta de las irregularidades en unas especialidades muy concretas de la OPE de Osakidetza.

Muy concretas, vuelvo a resaltar, porque hace falta ser desmedidamente mezquino para extender la mierda, propia de Inda, de que todo quisque que trabaja en el Sistema Vasco de Salud ha conseguido su puesto haciendo tortillas en un batzoki. De hecho, las medianías políticuelas que han montado este pifostio saben que en el tráfico real —yo no niego evidencias— de favores no ha habido siglas, sino otras cuestiones. Amiguismo, desde luego, pero también, y aquí es donde los ventajistas dan grima, la intención de tener a los más aptos de verdad en la certidumbre de que el método de selección es un cagarro infecto. La cosa va de salvar vidas, poca broma. Pero, claro, en lugar de conjurarse para mejorar el procedimiento infame y hacer un verdadero servicio a la sociedad, resultaba más fácil sacarse la foto con la pieza cobrada entre las fauces y pidiendo todavía más sangre.

Ir a pillar

Como sabe cualquiera que haya participado en una, las ofertas públicas de empleo son una especie de yincana salvaje. Empiezan con la ingestión intensiva y acrítica de conocimientos —nueve de cada diez, inútiles— constituidos en temario, siguen con un bingo caprichoso disfrazado de examen tipo test y, si se pasa el corte, culminan rascando decimales a base de méritos tan diversos como arbitrarios. A veces, para joder un poco más, se incluye esa inconmensurable tomadura de pelo llamada psicotécnico que consiste en adivinar si a un cuadrado le sigue un triángulo, un círculo o la madre que lo parió, que suele ser la respuesta correcta. Atravesadas todas esas pantallas del videojuego, llega el momento de descubrir, como en el viejo Un, dos, tres, si te ha tocado el apartamento —el curro para toda la vida— o tienes que conformarte con la vaca, que en este caso es entrar en las listas de sustituciones.

Aunque sueñan con el premio gordo, quienes se presentan a las especialidades masivas (enfermería, auxiliares, celadores) de la OPE de Osakidetza aspiran, en realidad, al de consolación. Estar en un puesto medio o alto de la bolsa de trabajo equivale a la perspectiva más o menos razonable de encadenar contratos de dos meses, una semana o tres días y, mal que bien, ir tirando hasta la próxima convocatoria de plazas. Lo malo es que probablemente no haya otra en mucho tiempo. Y es ahí donde se torna en escabechina la decisión de los supertacañones de Bengoa de poner un examen trufado de tramposas preguntas sobre derecho para aligerar el número de candidatos que pasan a la siguiente fase.

Centenares de personas que vivían en el filo de la interinidad han sido definitivamente eliminadas del cruel juego. De un rato para otro, ya no sirven para suturar una herida o poner un termómetro, aunque lleven años haciéndolo. Y todo, porque como dicen con razón, han ido a pillarlas. Descaradamente, además.